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26 de enero de 2018

  • 26.1.18
Hoy iba por la calle y me he sentido como una extraterrestre, como un ser que acabase de llegar de otro planeta y observa todo lo que ocurre a su alrededor con ojos muy abiertos y extrañado por el comportamiento de los humanos. Paseo por Gran Vía y veo a miles de personas locas por comprar, por acumular más cosas en sus casas. El látigo del capitalismo feroz las empuja como si fueran animales que no tienen poder para decidir. La máxima es que “hay que consumir, da igual si necesitas algo o no”.



Colas en los probadores, colas en las cajas, colas para andar, para moverse... Los edificios a ambos lados hacen de sándwich, estrujándote para que no veas más allá, para que solo haya escaparates. Las rebajas pueden empezar un domingo, da igual si los trabajadores no son robots y tienen una vida familiar o social inexistente.

Ahora que he vuelto a España, tengo todas mis pertenencias en mi nuevo piso, alquilado con una amiga. Metiendo la ropa en los cajones me he dado cuenta de que no soy tan extraterrestre y también he sucumbido a menudo a los cantos de sirenas de la publicidad y de las compras. Más de 20 fulares, unas cuantas bufandas, sombreros, guantes, y me pregunto: ¿necesito tantos? ¿Cuándo fue la última vez que me puse alguno de estos complementos?

Recuerdo cuando era pequeña y el poco tiempo que pasaba en casa, entre el internado y cursos veraniegos obligatorios en el extranjero, mis padres aún estaban juntos y me llevaban a un club exclusivo al que pertenecían.

Había que ser de ese club para ser alguien en la sociedad en la que ellos se movían, con independencia de que allí no tuvieras ningún amigo de verdad o fuera un sitio donde te convertías en un maniquí de escaparate. Pero yo no era ningún maniquí sin oídos y sin sentimientos; a mí me dolían los comentarios maliciosos, ya fueran contra mí o contra otra persona.

Ir a aquel lugar era un suplicio: había que tener miles de bikinis o bañadores; era pecado mortal repetir traje de baño en una misma semana. Ahora, desde la lejanía, me parece una estupidez haber entrado en aquel juego de "mírame y te miro" pero, sobre todo, encuentro absurdo tratar de agradar a un grupo de gente que no me importaba nada y que eran unos frívolos y superficiales.

Estoy mirando con los ojos de una adulta que se conoce cada día más, pero yo entonces era una niña que necesitaba cariño.Y aún lo necesito. La serpiente sigue ahí. De vez en cuando aparece una voz seductora en mi cabeza que dice: "cómprate algo nuevo y te sentirás mejor". Es difícil no morder la manzana...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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