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26 de febrero de 2018

  • 26.2.18
Batería de Los Planetas y Lagartija Nick, con quienes grabó, junto a Enrique Morente, el mítico disco Omega. Eric Jiménez publica ahora sus memorias: Cuatro millones de golpes. Durante veinte años consecutivos, ha recibido el premio al mejor batería alternativo español. Su historia es la de un hombre que ha estado siempre en la cuerda floja, entre ganar y perder. Él lo dice así: “Durante estos cuarenta años he golpeado la batería como la vida me ha golpeado a mí, con todas sus fuerzas”.



—Con esta frase arranca tu libro: “Quiero dejarlo claro desde el principio: la música no me ha salvado”.

—Yo he escuchado música de gente que quería hacer un cadáver bien bonito, por lo cual la música me podría haber matado.

—Tu vida da para mucho. De hecho, a los seis años tu padre te encañonó con una pistola. ¿Es cierto que no recuerdas ni su nombre?

—Es cierto que nunca he sabido bien cómo eran sus apellidos, pero su nombre, sí. Y su cobardía, también. Me encañonó con una pistola y siempre he desconfiado de la gente que lleva armas.

—Con diez años ingresaste en la Falange porque querías tocar el tambor. ¿De todo aquello solo quedó el retoque de los palillos?

—Por supuesto. De hecho (ríe), mi hermano me acusaba de ir haciendo el ridículo con los que mataron a Federico García Lorca.

—‘Cuatro millones de golpes’. Así titulas el libro. Pero me da la impresión de que han sido muchos más golpes en todos los sentidos.

—En todos los sentidos. Sí, por supuesto. Son menos de cuatro millones de golpes los que he recibido y más de cuatro millones de golpes los que he dado en la batería.

-—¿Y sin la batería también?

—Menos. Menos. Yo he sido más de recibir (ríe).

—Confiesas que deberías haber muerto antes de los treinta. ¿La vida te está pareciendo, como cantó Paul McCartney, un largo y curvo camino?

—Antes quería ser un cadáver bonito y bien parecido. Y ahora quiero ser el cadáver más feo del mundo. Cuando eres padre, la perspectiva son las cosas cambiadas de una manera vertiginosa.

—Durante veinte años consecutivos has recibido el premio al mejor batería alternativo español. ¿Ese reconocimiento lo compensa casi todo?

—Recompensa el cariño del público, porque ese reconocimiento para nada significa que yo sea el mejor batería de España. Sencillamente, esos oyentes me tienen muchísimo cariño, pero me hace muchísima ilusión y me hace mantener viva mi vocación.

—Nadie diría que tu mayor influencia musical fueran las marchas procesionales de Semana Santa.

—En América los niños tienen a Halloween. Y mi pequeño Halloween fue la Semana Santa que, aparte de mi cultura, me hizo meterme en el misticismo siempre desde un punto de vista laico.

—Con Lagartija Nick y Enrique Morente grabaste ‘Omega’, uno de los discos más transgresores de la música española. ¿Esa y qué otras han sido tus grandes aportaciones?

—Creo que mi mejor patrimonio es los discos que he grabado. Cuando voy a mi casa y veo los discos que he grabado, no me avergüenzo de ninguno. Entonces, creo que he aportado en todos los discos, solo que a veces coincido con gente con la que hay una química contigo que hace que surjan cosas realmente especiales.

—Confiesas en el libro tus intentos de suicidio con la música de ‘La Buena Vida’. Dices que sus discos son maravillosos para suicidarte o enamorarte. Pero parece que son más eficaces con el amor que con la dama de la guadaña.

—Realmente, si hubiera querido suicidarme, hubiera sabido cómo hacerlo. Cuando contesté a esa entrevista, puse una sonrisa. Era una manera de decir que sus canciones, en una parte de mi vida, me influyeron mucho para un poco más que morirme de amor, y me estaban dando ganas de quitarme la vida. De hecho, luego dije que intenté cortarme las venas con un cuchillo de plástico, intenté tirarme de un balcón pero tenía vértigo en un primer piso y quería abrir el butano y era gas eléctrico.

—Te casaste a los 16 años. Cuentas también tus vaivenes emocionales con tus distintas parejas. ¿A dónde te llevó el amor, además de a ser padre?

—Siempre he buscado la familia y el amor. Porque de pequeño tenía libertad, que es lo que añoran todos los rockeros, pero no tenía una familia unida. Entonces, siempre he perseguido lo contrario de lo que perseguía cualquier persona que se dedicara al rock. Y el amor me ha llevado a no rendirme, hasta encontrarlo.

—Tienes material para dos o tres libros más. Cierra esta entrevista con una anécdota hasta ahora inédita.

—Me acuerdo un día que pasé por la iglesia de Fray Leopoldo de Alpandeire, un santo muy venerado en Granada. Yo salía de una discoteca y entonces me encontré a tres señoras que parecían vestidas de la casa de Benarda Alba levantando a Carmencita, que iba en una silla de ruedas. Carmencita se levantó y quería un milagro por cojones. Le achucharon y Carmencita se dio una hostia, se abrió la cabeza y yo tuve que ir adonde se vende el merchadising de este hombre a decir que había un intento de asesinato. Cuando bajé, toda la gente estaba cantando. Creían que habían visto un milagro. Vino la Policía, tuve que pagar 50.000 pesetas por alteración del orden público y ya juré que jamás me metería en mitad de un milagro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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