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11 de mayo de 2018

  • 11.5.18
Si mi vida son solo tareas, ¿dónde quedo yo? Si solo existo si hago algo, ¿qué pasa cuando no puedo hacer nada? ¿Cuando el cuerpo no me tira? Como ahora... Estoy harta de correr despavorida, de enlazar "tengo que hacer", de hacer listas interminables que parecen que se llenan de más trabajos sin que yo pueda opinar. Lo peor es que, además, me siento mal por creer que estoy perdiendo mi vida, que debería estar haciendo otra cosa. Es como si nunca estuviera en el lugar adecuado.



Este sinvivir me tiene permanentemente cabreada porque me siento como una pantera en una jaula pequeña, mirando con rabia el exterior y maldiciendo a los que me metieron allí. Yo sé quién me ha metido aquí. Y los odio. Desde pequeña me han creado una gran responsabilidad: las buenas niñas son las que hacen lo que se les dice; las buenas niñas no discuten, ni mandan a nadie a la mierda; las buenas niñas de verdad... son mudas.

Sacar la rabia me cuesta, porque no está bien visto. Y sí, he hecho muchos cursos de filosofía budista, de perdón y de tener solo buenos sentimientos hacia los demás, aunque sean unos cerdos. Pero esto a mí no me ayuda.

Yo necesito gritarle a mucha gente que me ha hecho daño en el camino. Golpear a los abusones con los que me he encontrado y han utilizado mi buena voluntad para destrozarme. Ser una especie de superheroína vengativa que permita que el mundo sea como las monjas me dijeron: a los malos los castiga Dios... Y como Él no lo hace, lo debo hacer yo.

Ya sé que soy muy mayor para haber aprendido, pero aún me sigue enfadando que la justicia divina no exista y que los buenos sufran, y los hijos de puta vivan felices. Me vuelve loca esto. Llevo años esperando al Ángel Castigador del Señor para que actúe en mi defensa, pero sigue sin visitarme.

Ya sé, la violencia engendra violencia. Pero entonces, ¿para qué mierda me enseñaron todo aquello? Está claro. Lo que querían eran controlar las mentes más sensibles para que se convirtieran en serviles. Llevan miles de años haciéndolo. Para que nada cambie, para que sigan los mismos.

Cuando una tenía malos pensamientos debía irse a confesar, sentirse mal y, después, hacer propósito de enmienda para que la perdonaran. Pues hoy me perdono yo; me perdono por no escucharme, por seguir unas reglas que anulan mi naturaleza –la otra mejilla está ya muy hinchada–.

Me perdono por no hablarme lo suficiente en el espejo; por los castigos que me he infligido sin ser culpable de nada; por exigirme ser perfecta como mi supuesto padre; por sentirme permanentemente observada. Me perdono por todo aquello que me ha hecho daño: pensamientos, palabras y obras.

Y delante de ti, mi diario, me comprometo a sentir mi cuerpo como un todo que está unido a mi mente y a mi espíritu; a decirme solo cosas bonitas; a tener una cita conmigo misma cada día para leer o escuchar música. Y, sobre todo, me comprometo a no llenar mis días de obligaciones y sí de tareas que me gusten y me hagan sentir bien. Amén.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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