:::: MENU ::::

14 de junio de 2018

  • 14.6.18
Entro al trapo refiriéndome aL civismo. Para dicho término aparecen dos significados en apariencia distintos, pero complementarios entre sí. La primera definición lo especifica como “celo por las instituciones e intereses de la patria” (sic). Supongo que dicha explicación se nos escapa a la mayoría.



¿Razón? Creo que, en sentido amplio, no solemos aparecer muy patrioteros. Si acaso somos acérrimos defensores de la llamada “patria chica”. Sólo me atrevo a afirmar tímidamente que vivimos en un mundo abierto, ecuménico. Ello no significa olvidar los orígenes y sí tener la capacidad de acoplarnos allá donde estén las “habichuelas”.

En segundo lugar se define el término civismo como “el comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública” (sic). ¡Siempre con las normas que nos llevarán a los principios éticos que orientan la acción!

Tener principios, entendidos como “la norma o idea fundamental que rige el pensamiento o la conducta” (sic), es de vital importancia para cada persona y para un país, en este caso el nuestro, que ha sido ninguneado, que está al borde de un precipicio por circunstancias varias y la poca paciencia que nos queda desconsuela ya más de lo tolerable.

Los “principios” son juicios prácticos que derivan de la inmediata aceptación de un valor el cual hace que nos comportarnos, si somos consecuentes con nosotros mismos, con una marcada “rectitud de ánimo, integridad en el obrar” (sic). En este caso nos estamos refiriendo al valor de la honradez para consigo mismo y para con los demás.

Ahora bien, tener principios y ser consecuente con ellos no es nada fácil, máxime si el sujeto se mueve en el terreno de lo público e intenta llevar a la práctica su ideario en este caso político. Puede y debe, por imperativo moral y legal, si quiere ser consecuente, acoplarse a dichos principios. Otro cantar es que tenga claro su ideario.

Mantener la ideología como “conjunto de ideas fundamentales que caracterizan una manera de pensar” no es tarea fácil. Visto lo visto, parece más bien que el chaqueteo abunda y el venderse por un plato de lentejas está a la orden del día.

Es bastante cierto que los políticos, al menos los de nuestro entorno, se olvidan con facilidad de todo lo que habían dicho y/o prometido anteriormente cuando pertenecían al difuso mundo de la oposición. ¡Qué frágil y quebradiza es la memoria cuando alcanza el poder! Pensemos que las circunstancias no siempre permiten ir por la senda trazada.

Hago referencia a políticos en general, puesto que el mal que ataca al llegar al poder no establece diferencias entre derecha e izquierda en cuanto a la amnesia repentina que les asalta una vez en el pedestal. Sé que es sumamente difícil ser objetivos a la hora de enjuiciar las acciones tanto del enemigo como de nuestros correligionarios.

Hasta que haya elecciones generales estamos en compás de espera para disponer de un Gobierno refrendado democráticamente en las urnas. Hemos iniciado una nueva etapa política en el ruedo ibérico. Las esperanzas reflorecen y con la llegada de un nuevo Gobierno nacen nuevas ilusiones para el pueblo… ¿Dónde quiero llegar?

Invito a reflexionar sobre el favoritismo político-familiar existente en nuestro entorno. “Nepotismo” se le llama a la sustitución de los lazos familiares en lugar de los méritos, para ocupar un puesto. Hemos pasado de la “meritocracia” a la “familicracia”. Alguien pensará que me adelanto a los acontecimientos. Es posible.

Lucrarse del enchufismo ha sido frecuente en la España moderna. Posiblemente nunca haya estado tan extendido su uso y abuso como en los últimos tiempos. Coloquialmente cuando creemos que algo es bastante imposible decimos que “no caerá esa breva”. ¿Está a punto de caer?

La “breva” en dos de sus significados se define como “empleo o negocio lucrativos y poco trabajosos” y como “provecho logrado sin sacrificio” (sic) que es lisa y llanamente en lo que ha derivado dicha arbitrariedad.

El nepotismo se define como “desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos”; originariamente el “nepote (sobrino) era el pariente y privado del Papa”. Esta sutil práctica viene de lejos.

Dicha prebenda estará en plena efervescencia en la curia romana desde finales de la Edad Media y hasta el siglo XVII. La familia Borgia, españoles ellos, con su desmedido afán de poder, hicieron un magnánimo uso de este tipo de actividad nepótica.

Haciendo caso omiso sobre el origen del vocablo, sí que hay que subrayar su reiterada propensión en nuestro país. Dicho de otra manera, hay pocos políticos que no tengan predilección por esta querencia familiar, hasta el punto de compartir el sentir de que el Gobierno central o autonómico se ha convertido en una oficina de colocación, haciendo sombra al INEM.

El asunto no es nada baladí hasta el punto de convertirse en un cáncer con metástasis. Es decir, el problema se reparte por toda la geografía, sobredimensionado hasta términos francamente insostenibles. Dicho favoritismo es tanto autonómico como estatal.

Me atrevo a emitir un temerario juicio de valor: dado que el panorama político seguirá más o menos igual, es de suponer que tampoco se den cambios radicales en la maraña existente antes de las elecciones generales –excepción hecha del ya dimitido ministro de Cultura, el más fugaz de la democracia–. Los idealistas puede que opinen que sí.

Permítanme, en este caso, un razonable derecho a desconfiar. Mi duda es simplemente realista porque los hechos son muy contumaces. Personalmente soy un escéptico en lo tocante a la “res pública”. Estoy refiriéndome a la “cosa pública” como bien común. Es muy frecuente en el mundo político olvidarse de dónde venimos.

Puedo entender que un “equis”, familiar de un político “ene”, se “resigne” a trabajar en una ocupación pública para la que, ante todo, está demostradamente cualificado y que, además sea pariente de tal o cual ministro o presidente autonómico o director general…

Es lógico y tiene sentido que un familiar o un amigo de dicho “Ene”, debidamente capacitado porque conoce el paño en cuestión, sea llamado a consulta. Dos razones avalan este planteamiento: conoce el terreno que va a pisar y me fio de él.

Pero ¿todos los colocados desde la “Agencia del Dedo” son debidamente competentes para desempeñar el trabajo para el que han sido contratados? O ¿solamente su mérito estriba en ser marido o esposa, hermano o hermana, primo o prima, tío o tía del preboste que en ese momento dirige el Ministerio o la Dirección General de lo que sea?

El clientelismo se asociaba con situaciones no democráticas donde la corrupción estaba a la orden del día. La democracia también se embadurna de desvergüenza y se sitúa “al borde de lo inconveniente o de lo inmoral” sin que le tiemble la mano.

Donde hay poder hay clientelismo, favoritismo. “Te doy favores a cambio de lealtad”. El problema de bulto, en muchos de los casos, es que la persona fidelizada carece de talla profesional para ocupar dicho cargo. Flagrante daño al principio de igualdad.

Hace tiempo quisieron vendernos que “la Ley de Transparencia permitiría conocer a los enchufados públicos y aseguraba que se harían públicos sus nombres y apellidos y por qué se les contrató”. ¡Magnífico! Si son “enchufados” ya hay poco más que decir.

¿Se llevó a término dicho esculque? Si el actual Gobierno hace suya la idea, hay que aplaudirlo y apoyarlo por el bien de todos. El patio está muy sucio. Dado que éste parece ser el Gobierno de la “esperanza”, habrá que confiar para ver.

El problema no creo que radique en hacer pública la lista de “acoplados” sino, más bien, en justificar honradamente el por qué se les contrata y si es en igualdad de condiciones con otros candidatos; y, sobre todo, si esas personas están preparados para desempeñar dicha función (la que sea). Posiblemente haya más “peros” que aportar.

Desde luego, si una de las razones principales es que son “parientes de…”, seguiremos pensando que el nepotismo no ha desaparecido y que solo se le ha lavado la cara al hacerlo público, para más recochineo de los poderes públicos y el consabido cabreo o envidia o caridad o todo junto, del resto del personal.

En otras palabras: la Ley de Transparencia puede que aporte claridad y hasta un cierto grado de minuciosidad. En los momentos que nos toca vivir es difícil escamotear cierta información. Las redes sociales están a la que cae y si salta la liebre, pronto es capturada. El único problema es que bulos y mentiras corretean al lado de información válida.

PEPE CANTILLO

DEPORTES - CASTRO DEL RÍO DIGITAL

FIRMAS
Castro del Río Digital te escucha Escríbenos