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17 de agosto de 2018

  • 17.8.18
Hace solo un día que te has ido y ya te echo de menos. Ya no baila la cortina de mi cuarto con tu brisa; ya no me acaricias el cuerpo; ya no siento tu invitación a pasear. Ya no me haces amar el verano. Te doy las gracias por haberme hecho tan feliz durante este último tiempo. Por las noches de sueños dulces mientras me arropo con sábanas blancas, por las cenas al aire libre y las caminatas bajo la luna cambiante.



Manga larga en las noches de estío... ¡Lo nunca visto! Tú traes la vida, las ganas de perderse por las calles semidesiertas de la ciudad que descansa del tráfico del invierno. Luz y sol que no queman. Bendito Dios del aire, bendito Poniente que portas la frescura del mar a la tierra seca.

Ventanas abiertas a las estrellas y lecturas a medianoche. Tus regalos han sido infinitos, pero el mayor de todos, la calma, la paz, el ahora. No he deseado que los días vuelen para que llegue el nostálgico otoño. He podido observar a los álamos blancos desprendiendo destellos de plata mientras tú corres entre sus hojas.

Siestas llenas de bonitos sueños, llenas de tus arrumacos que saben a madre tierna. Has abierto mis puertas, no ha reinado la oscuridad en mi hogar, y las amigas y sus risas me han acompañado en tus tardes suaves. Tú haces que todo fluya, que nada se estanque, que la vida corra por nuestras venas.

Te doy de nuevo las gracias por tu largo abrazo de estos meses. Aunque ya no estés, sueño contigo; tu recuerdo me acompaña en los días que se vuelven oscuros en la guarida donde me protejo de la canícula. Sentirme agradecida expande mi pecho y mi alma. El aire que baila dentro de mí borra mis contornos y se hace uno contigo, querido Poniente.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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