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18 de octubre de 2018

  • 18.10.18
El andalucismo es un sentimiento de pertenencia, a la vez que una perspectiva política. Es un concepto capaz de aglutinar a regionalistas (mayoría en Andalucía), nacionalistas e, incluso, independentistas declarados. Sin embargo, el que pretenda defender un nacionalismo clásico, excluyente, como los nacionalismos del norte de España (y los de Europa, cabe decir), no entiende o, al menos, se topa con las principales señas de identidad del andaluz: su mestizaje y su apertura al mundo.



El andaluz tiene unas señas de identidad evidentes. Habla un castellano impuesto en los tiempos de la Reconquista, que ha derivado en un dialecto propio. Su arquitectura, su espacio e, incluso, su carácter son muy distinguibles con respecto a otras realidades peninsulares. Tiene unos recursos envidiados y climas ricos por su variedad.

Ahora bien, la huella árabe es todavía evidente. Y con orgullo. Así como el contacto con la etnia gitana, que tanto ha aportado a nuestra sociedad desde una perspectiva cultural. Una buena parte de la población desciende de castellanos, aragoneses y navarros, que se trasladaron durante la Reconquista. El rock andaluz empezó con Smash, influidos por la cultura americana importada en la base militar de Morón de la Frontera. ¿Cómo se puede pretender un nacionalismo similar al catalán o al vasco en Andalucía?

El nacionalismo andaluz es posible. Al menos, desde un punto de vista teórico. Siempre desde la aceptación de que debe ser diferente. El propio Blas Infante argumentó la necesidad de un nacionalismo antinacionalista, en el que se defendieran los intereses de Andalucía como pueblo, sin renunciar a la apertura al mundo. O lo que es lo mismo: coger todo lo bueno del nacionalismo, sin lo negativo. ¿Una utopía? Quisiera pensar que no.

Por todas estas razones, siento vergüenza al escuchar a Pedro Ignacio Altamirano Macarrón, autoproclamado presidente de la República de Andalucía en diciembre de 2017 y líder de la Asamblea Nacional Andaluza (ANA), defender en TV3 la existencia de los "Países Andaluces".



Más allá de la Andalucía paralela planteada por Altamirano, la ANA y la coalición de Andalucía en Marcha, movimientos como Adelante Andalucía (si lo aceptamos como andaluz, que es debatible) desde la extrema izquierda o Andalucía Por Sí (AxSí) desde posiciones más moderadas, hay razones para ser optimistas.

Porque el autonomismo ha fracasado: no ha dado riqueza a una tierra cuyos habitantes representan alrededor del 18 por ciento de la población española (sin contar emigrantes) y no ha impedido que sigamos teniendo el estereotipo más negativo del país. Habrá que dar paso a movimientos nacionalistas más decididos y, con ellos, a partidos de identidad andaluza.

Es necesario volver a El Ideal Andaluz de Blas Infante y a su idea del pugilato de las regiones para ser cabeza de España por su progreso, la del andaluz universal y la de Andalucía como territorio de convivencia. No a nacionalismos excluyentes, basados en el desprecio a la Patria común, tergiversadores de su Historia y encerrados en su realidad paralela. Para eso ya tenemos al soberanismo catalán, que cumple ese papel de manera estupenda.

RAFAEL SOTO

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