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27 de diciembre de 2018

  • 27.12.18
Debido a circunstancias personales, me he visto obligado a recorrer la Península Ibérica de norte a sur en menos de una semana. En concreto, he tenido que viajar a Pamplona. Era la primera vez que viajaba a esta ciudad y ha sido toda una experiencia. Sin embargo, tras mi regreso a mi puesto de trabajo en Madrid, me sorprendió escuchar a una persona que sostenía que Pamplona era una ciudad demasiado “provinciana” para su gusto. Un calificativo que alguna vez habían usado en mi persona. Ahora, en la Ciudad del Betis, retomo esa afirmación y me planteo qué supone ser ‘provinciano’.



En el diccionario de la Real Academia de la Lengua se aportan cuatro definiciones. Dos de ellas se pueden considerar neutras, descriptivas si lo preferimos. En cambio, los otros dos tienen un uso despectivo. En primer lugar, se indica que el provinciano es la persona que está “excesivamente apegada a la mentalidad o a las costumbres de su provincia”.

Por otro lado, también define a alguien “poco elegante o refinado”. Se puede reflexionar mucho sobre las implicaciones sociológicas de ambas definiciones, si bien nos quedamos con la primera que hemos expuesto.

¿Es malo estar “excesivamente” apegado a la mentalidad o a las costumbres de tu tierra? ¿Quién establece lo que es excesivo? Zygmunt Bauman afirmó que la sociedad global iba a sufrir un doble proceso, contradictorio en apariencia. Por un lado, que las sociedades estarían interconectadas y que las fronteras serían cada vez más “líquidas”. Sin embargo, al mismo tiempo, se viviría un auge de lo local.

A mi entender, esta realidad se está cumpliendo. De acuerdo con la lógica, esta creciente preocupación por los localismos, con sus evidentes implicaciones directas en la conformación de la identidad personal y colectiva, debería suponer un aumento de ese provincianismo, en el sentido del apego a la mentalidad y costumbres locales. Un hecho contradictorio en cuanto a que tiene que convivir con la globalización y su tendencia a la homogeneización social.

Entiendo que uno de los muchos retos de la sociedad postmoderna es encontrar ese equilibrio entre lo local y lo global. Reconozco que esta reflexión me vino a la mente paseando por las calles de Pamplona. Bella ciudad, orgullosa de sus tradiciones y de su historia. Un lugar donde se puede comprobar con claridad cómo conviven opciones ideológicas antagónicas, escarmentadas por la violencia pasada.

Y no solo me refiero a la política. Es una población que ha sido capaz de mantener sus tradiciones, sus fueros y su identidad sin cerrarse a la modernidad. Tiene sus retos, por supuesto, pero salí encantado de tan interesante ciudad. De vuelta a la Patria andaluza, me he planteado si hemos sido capaces de lograrlo. Por desgracia, no ha sido así.

No es que hayamos perdido las tradiciones o que no seamos capaces de abrirnos a la modernidad. Los andaluces arrastramos un sentimiento de culpa por el mantenimiento de nuestras tradiciones. En ocasiones, nos transmiten y perpetuamos la idea de que el andalucismo, las tradiciones populares de origen religioso e, incluso, nuestro dialecto y sus hablas son propios de ese provincianismo y, por ende, de nuestro retraso.

Son muchas las causas que nos impiden conciliar lo global con lo local. Sin embargo, entiendo que tienen un carácter más psicológico y social que material. Somos una nación histórica que no reclama nada, a diferencia de los nacionalismos vasco y catalán. Nos decimos que no tenemos idioma propio, despreciando nuestro dialecto y sus implicaciones y, lo que es más importante, no existe una reflexión sobre las auténticas causas de nuestra economía colonial. De hecho, ni somos capaces de asumirla como tal.

Mientras que los andaluces sigamos asumiendo el estigma del provinciano, en el peor de los sentidos, no seremos capaces de abordar con garantías nuestro futuro. Por lo que a mí respecta, yo recojo el guante y asumo el calificativo de ‘provinciano’ con orgullo. Y lo hago desde la conciencia de que Madrid y Barcelona no han sido capaces de digerir bien la globalización, y les va a pesar.

Esta última afirmación requeriría de una explicación más profusa. Dejémoslo ahí. Lo que sí deseo proponer a los andaluces como propósito de Año Nuevo es reflexionar sobre sus propios complejos y viajar. Sobre todo, viajar a otros lugares de España. Veamos la situación de nuestros iguales y, quizá, nos sorprendamos de nuestras limitaciones autoimpuestas.

RAFAEL SOTO

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