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7 de mayo de 2018

  • 7.5.18
Dirigió el programa Hablar por hablar en la Cadena SER y presenta La 2 noticias en TVE. Mara Torres (Madrid, 1974) es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. En 2004 publicó el libro Hablar por hablar. Historias de madrugada y, en 2006, Sin ti. Cuatro miradas desde la ausencia (finalista del IV Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos). Finalista del Premio Planeta 2012 con La vida imaginaria, Los años felices es su segunda novela.



—Te gusta buscar párrafos potentes para meter al lector en tus historias. 'Los días felices' arranca con esta frase: “Soy un desastre sentimental. Me canso de todo”. ¿Habla Miguel o también puedes ser tú?

—Pues puedo ser yo. Y creo que tú también (ríe). Muchos lectores han dicho que se van a hacer una camiseta con la frase “Soy un desastre sentimental”. Porque es verdad que es una afirmación en la que nos sentimos identificados muchos, pero sobre todo de los 20 a los 40 años.

—Tu novela es una historia sobre los años más intensos de la vida. ¿Los días más felices, como el yogur, tienen fecha de caducidad?

—Los días felices están siempre por llegar. Y si no pensáramos eso, muchos días no nos levantaríamos de la cama. Es verdad que el título tiene un doble sentido. Por una parte, hace alusión al día de cumpleaños, que es un día en el que todo el mundo te desea que tengas un feliz día. Y por otro, a la intensidad que tienen esos 20 años que retrata la novela. En lo bueno y en lo malo. Te puedes perder igual.

—Dices que, si queremos saber cómo es nuestra vida, solo tenemos que observar el día de nuestros cumpleaños. ¿Vale con eso para saber que no andas perdido?

—Quién sabe lo que es andar perdido en la vida. No. No estoy de acuerdo con que eso sirva para saber que no andas perdido. Te puedes perder igual.

—Uno de tus principales desafíos fue encontrar la voz narrativa. ¿Por qué la tercera persona de un hombre? ¿Nunca te pareció una impostura?

—No. Eso surge porque yo perfilé tres personajes. Una mujer y dos hombres. Y el personaje que más me atrajo para desarrollar fue Miguel. Pasados unos días, yo seguía pensando en Miguel. Por eso decidí trabajar en él.

—Miguel recibe de regado un libro de Gil de Biedma con esta dedicatoria: “Para Miguel, para que tarde mucho en descubrir que la vida va en serio”. ¿A veces, da miedo la vida?

—Vamos a ver. A mí lo que me gusta pensar es que ojalá tardemos, como dice la dedicatoria, en descubrir que la vida va en serio. Porque está claro que, descubrir, lo vas a descubrir.

—Confiesas que hay cosas que no te hubieras atrevido a abordar en la novela de no haberlas vivido. Muchos libros no son autobiográficos, pero siempre dejamos nuestras huellas en cada párrafo que escribimos.

—Sí. Y este tiene una parte muy autobiográfica que no voy a desvelar cuál es. Pero sí te digo que yo he sido siempre muy enamoradiza, y muy de amores platónicos. Es decir, en el sentido que luego, cuando tengo que hacerlo realidad, me echo para atrás. No me atrevo. Ahí sí que hay una parte de autobiografía. O sea, yo soy capaz de no hacer realidad una relación que me produce deseo por el miedo a perderlo.

—En la novela hay escenas con motos Vespa. En la misma portada del libro. Siempre he tenido la sensación de que la Vespa es un símbolo de libertad, sobre todo para la mujer.

—Yo nunca tuve Vespa ni Vespino ni nada que se le pareciera. Sin embargo, sí me parecía siempre que la Vespa era un objeto de deseo para toda una generación. No lo relaciono ni con hombres ni con mujeres. De hecho, hay una escena en la que van los tres personajes de la novela juntos.

—'Los días felices', cuentas, tiene al menos cuatro bandas sonoras. ¿La música ayuda a poner el punto nostálgico a la vida y también a una historia?

—Totalmente. Con esta novela ha pasado algo muy curioso. Los lectores han creado un canal en Youtube y un hashtag que se llama #LosDíasFelices con las canciones que les sugiere la novela y que no están en la novela.

—A escribir se aprende leyendo. En la radio, aprendiste de los oyentes a escribir diálogos y a respetar la expresión de cada cual cuando habla.

—Sí. Es cierto. Eso se lo debo a los oyentes de Hablar por hablar. Me enseñaron la fuerza que tiene un relato que sale de dentro sin tapujos y sin necesidad de cumplir con la regla.

—Un jueves no saliste de marcha. Abriste una botella de vino y empezaste a escribir. Al final, no podías parar con ninguna de las dos cosas. ¿Un maridaje perfecto para huir del mundo y crear un mundo propio?

(Ríe). Bueno, a mí no me funcionó porque lo que escribí fue una birria, pero igual si hubiera bebido un poquito menos… No, no, no. La verdad es que aquello a mí no me funcionó, pero el maridaje entre literatura y vino me parece perfecto.

—Escribes diarios desde los nueve años. De hecho, este libro tiene un hermano gemelo: el diario privado de la escritura de la novela.

—El diario de una segunda novela, que es muy divertido. Muy divertido. Ese diario, que por supuesto está mal escrito y está escrito como se escriben los diarios, o eso escribo yo, para que no se lean, solo para leerlo yo, tiene puntos muy divertidos, que es cuando aparecen los primeros bloqueos de la novela, aparecen las personas que me hacen desbloquearme de la novela sin ellos pensarlo. Y luego aparecía mi otro personaje, Fortunata Fortuna. Se colaba al principio de la novela toda rabiosilla.

—Tu madre es tu primera lectora, tanto del primer borrador como de la versión última. ¿Ayuda con su censura o con su ánimo?

—Mi madre siempre con su ánimo, porque lo llamativo es que los primeros borradores no hay quien los entienda. Solo los entiendo yo y me parece que también los entiende ella. Pero no, no. Mi madre siempre con su ánimo. Es verdad.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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