:::: MENU ::::
Mostrando entradas con la etiqueta Preguntar para escribir [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Preguntar para escribir [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas

19 de agosto de 2019

  • 19.8.19
Isaac Rosa (Sevilla, 1974) quería escribir una novela para su hija Olivia. Al final optó por escribir el libro con ella. El resultado de esta coautoría se titula W. La novela es, dice, “el resultado de muchas tardes felices”. Él aportó la técnica. Ella, la mirada de una adolescente. Entre ambos corrigieron el resultado final. Isaac Rosa ha publicado novelas como El vano ayer, El país del miedo, La habitación oscura o Feliz final. Olivia Rosa (Madrid, 2004) estudia Secundaria, boxea, lee, inventa historias desde pequeña y tiene dos hermanas, Carmela y Elvira, que también quieren escribir su novela.



—Querías escribir un libro para que lo leyera tu hija. Al final optaste por escribirlo con ella. ¿Te ayudó para conocer mejor a Olivia?

(Isaac). Tenía una mezcla de motivaciones, literarias y personales, y entre estas últimas estaba la posibilidad de que la escritura compartida fuese otra forma de comunicación entre nosotros. Y creo que lo conseguimos.

—La adolescencia te alejó de los libros. ¿Escribir con tu padre te ha ayudado a reencontrarte con ellos?

(Olivia). No solamente me alejó la adolescencia, ni tampoco creo que la gente de mi edad se aleje por eso, pero sí, supongo que volver al mundo de los libros me ayudó bastante.

—¿Qué te llevó a apostar por las historias de Valeria y Valentina, por la tradición de los dobles en la literatura?

(Isaac). Siempre me ha interesado la figura del doble, un tema muy recurrente en todo tipo de ficciones desde hace siglos. Pero echaba de menos llevarlo a un terreno especialmente propicio: la adolescencia. El doble siempre pone en juego preguntas sobre la identidad, la conciencia de uno mismo, la extrañeza del propio cuerpo, los miedos y deseos más íntimos. Es decir, las preguntas que más aprietan en la adolescencia.

—Tu aportación al libro fue decisiva, porque iluminaste la historia con tu mirada, con tu edad, con tus sueños.

(Olivia). Sí, creo que para un adulto es muy difícil escribir sobre la adolescencia de ahora, ya que las cosas cambian cada año. Yo pude crear a los personajes de mi edad con sus problemas e inseguridades, el instituto y también sus alegrías, y mi padre pudo crear a los de su edad, con problemas diferentes, visto cada uno de una perspectiva, como se puede leer en el libro. Supongo que cada uno entenderá más y se sentirá más identificado con un personaje.

—Te has metido en el teatro, el cómic, el cine, el periodismo y ahora en la novela juvenil. ¿Por qué?

(Isaac). Supongo que tengo vocación de intruso. Mi terreno “natural” es la novela, pero me atrae probar otros lenguajes. En el caso de la literatura juvenil, tras años participando en encuentros con estudiantes, tenía ganas de escribir algo no para adolescentes –pues a esas edades la literatura no tiene límites de edad–, sino algo sobre adolescentes, sobre su mundo.

—¿Escribir con tu padre te ha ayudado a conocerlo mejor o te has empeñado en hacerle la puñeta como escritora?

(Olivia). Ha ayudado a que él me conozca más a mí y a la gente de mi edad, lo que pasa por nuestras cabezas, cómo ha cambiado todo desde que él tenía mi edad y a pasar más tiempo con él.

—Las buenas novelas juveniles no rebajan la exigencia literaria. Pero sí hay que saber encontrar el tono para atrapar a los jóvenes.

(Isaac). Al contrario, la exigencia debería ser mayor. No es precisamente fácil interesar y emocionar a un lector joven, tanto más exigente cuanto más joven.

—Escribiendo con una persona mayor de edad, como es tu padre, ¿te has percatado de que el mundo, sin remedio, es un disparate?

(Olivia). Más que eso, me he dado cuenta y he entendido más el trabajo que lleva un libro y lo poco que se aprecia después, incluyéndome a mí… Pero sobre el mundo, no creo que haya que ser adulto para entender el mundo. Creo que cada persona tiene un nivel de madurez muy distinto y que cada uno lo vemos de una manera muy diferente.

—Contando las historias de Valeria y Valentina os habéis encontrado también a vosotros. ¿Qué has encontrado en Olivia que desconocías o que te haya impresionado?

(Isaac). Supongo que los dos nos hemos transparentado en la construcción de los personajes, y nos hemos conocido un poco mejor. De Olivia me quedo con su curiosidad, que al escribir se desata.

—Ahora te gustan más los libros sobre la vida real que los de fantasía. ¿Has descubierto, por fin, que la realidad supera a la ficción? ¿Da miedo pensarlo?

(Olivia). No, la verdad es que siempre ha sido así, nunca me han gustado los libros de fantasía, me aburrían muchísimo, porque lo que yo buscaba y busco al leer un libro es poder entender al personaje y a su historia, poder sentirlo como que me podría pasar su historia en cualquier momento, como pasa en la historia de W, te podría pasar a ti mañana mismo.

—Escribes en el libro: “Aquí está el resultado de muchas tardes felices”. ¿Cómo prolongarás ahora esas otras tardes?

(Isaac). La experiencia ha sido tan hermosa, la escritura primero, y ahora la publicación y que nos lean, nos inviten a institutos o firmemos juntos en ferias del libro, que por supuesto repetiremos. Ya estamos pensando en una próxima historia.

—¿Qué piensas que te dirá tu padre si un día le planteas que te dedicarás a escribir novelas? Igual te responde que, en casa, con un escritor basta.

(Olivia). Pues pienso y espero que me apoye tanto si decido escribir novelas o cualquier otro trabajo, pero que lo haga porque yo quiera. Y pienso que tener a otra escritora en la familia le gustaría bastante, aunque no tengo ni idea de lo que quiero hacer en el futuro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

12 de agosto de 2019

  • 12.8.19
Eloy Tizón (Madrid, 1964) es autor de tres libros de relatos: Técnicas de iluminación (2013), Parpadeos (2006) y Velocidad de los jardines (1992; 2017); y de tres novelas: La voz cantante (2004), Labia (2001) y Seda salvaje (1995). Su obra ha sido traducida a varios idiomas. Es profesor en Hotel Kafka y editor de Relee. En su último libro, Herido leve, recoge un barrido de treinta años de memoria lectora, una obra que es también una autobiografía intelectual trazada desde su amor inagotable a la literatura.



—Escribes en el prefacio: “Hay libros que persigues para escribirlos y libros que te persiguen a ti”. ¿De qué libro lograste evadirte y qué otro te viste obligado a leer sin interés ni pasión?

—Bueno, libros que se aparecen y se quedan para siempre, pues los libros de Kafka, por ejemplo. Son libros que te acompañan siempre. Y libros que hubieras preferido esquivar, cualquier best seller comercial de hoy en día.

—Este libro ha tenido además su historia detectivesca. Encontraste los textos en una carpeta de un disco duro. ¿Viste en esos textos más a quien eras o a quien hoy pretendes ser?

—Vi una posibilidad de libro. Me parece que eran textos válidos pero que necesitaban una reactualización. Me identificaba con alguna parte de lo que leía y otra, digamos, que a medias, porque había pasado mucho tiempo.

—Como buen letraherido, titulas el libro 'Herido leve'. ¿Seguro que no sangras a solas cuando alguna lectura te puede?

—Claro. Seguro que sí. Esa es una herida que, a pesar de su levedad, se abre y se cierra en el tiempo y nunca deja de abrirse y de cerrarse. Por supuesto.

—Eliminaste textos, añadiste artículos inéditos, algún prólogo, y le diste sentido al conjunto con una estructura coherente.

—Sí. Esa era la idea. El desafío era cómo vertebrar un material bastante extenso dándole un ritmo, una progresión, que fuera grato de leer para un posible lector.

—El libro te ha supuesto también una meditación sobre el sentido del tiempo y la memoria lectora, tanto individual como colectiva.

—Claro. Yo creo que es interesante observar cómo oscila nuestro gusto individual y cómo, paralelo, oscila el gusto social. Porque hay libros que en su momento fueron encumbrados y ahora han desaparecido, libros que llevaron una vida más subterránea y hoy están en el centro del canon.

—¿Cuántas huellas biográficas deja la biblioteca del un buen lector?

—Toda. Porque nuestra autobiografía, en parte, está en los libros que leemos, además de muchas otras cosas.

—'Cien años de soledad' te pilló tendido en la hamaca de tu jardín. ¿Alguna secuela incurable?

(Ríe). Pues también dejó bastantes secuelas: la capacidad de entusiasmo y enamoramiento hacia la imaginación y el lenguaje.

—En el terreno literario, es sano ser promiscuo. ¿Tal vez por eso la literatura se parece tanto a la vida?

—Sí. En la vida no lo sé. Pero en literatura el poliamor es bueno. Es conveniente tener varios amores literarios. Creo que es sano.

—Leemos a autores que parecen intocables, pero desaparecen, aunque momentáneamente, a la vuelta de la esquina. Cela, Umbral. ¿A dónde los lleva el viento?

—Eso es parte, yo creo, de una cierta injusticia histórica. Autores que, mientras viven, tienen una gran presencia y, una vez que mueren, prácticamente desaparecen. Deberíamos hacer el esfuerzo de recuperarlos. Cuando merecen la pena, claro.

—Dices que tu libro es ambicioso. Aspira a muchas cosas. ¿Cómo cuáles?

—Aspira a inocular el veneno de la literatura, básicamente.

—Hoy recibimos los libros con mucha información previa. Tú piensas que es necesaria una cierta inocencia para enfrentarse a ellos.

—Yo creo que sí, que leer sin prejuicios, leer sin ideas preconcebidas, beneficia la relación que existe entre el lector y el libro.

—En el libro faltan autores que debieran estar. No está Proust. Ni Virginia Wolf. ¿A quién más has tirado al olvido?

—Bueno, yo no he olvidado, ni olvidaré nunca, a Robert Barnes, por ejemplo. O a Italo Svevo, La conciencia de Zeno. Lo que pasa es que el libro no es una enciclopedia. Pretende ser simplemente una serie de calas en unos autores que me importan, con la idea de transmitir ese entusiasmo lector a los que se acerquen al libro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

5 de agosto de 2019

  • 5.8.19
Javier Castillo (Málaga, 1987) estudió Empresariales y un máster en Management en ESCP Europe. Ahora publica su tercera novela: Todo lo que sucedió con Miranda Huff. Trabajaba como consultor de finanzas corporativas, pero abandonó los números para dedicarse a las letras a raíz del éxito de su primera novela, El día que se perdió la cordura, convertida en fenómeno editorial y vendida en Italia, México, Colombia, Argentina y Portugal, y próximamente en Turquía, Japón y Corea.



Los derechos audiovisuales de la novela han sido adquiridos para la producción de una serie de televisión. Su segunda novela, El día que se perdió el amor, lo afianzó como autor de historias de suspense. Ambas novelas llevan vendidos más de 300.000 ejemplares en España.

—Con esta novela, ya van tres. Y hasta ahora sin pinchar.

—Hasta ahora. Y espero que la racha me dure un tiempo.

—Tu historia indaga en los misterios de lo cotidiano, allí donde se agazapan los miedos más primarios.

—Ahora en el miedo que hay dentro de una relación.

—Una pareja en crisis decide pasar un fin de semana en una cabaña en el bosque en Hidden Springs.

—El marido se ha encontrado con su mujer y, al llegar a la cabaña, se da cuenta de que ya no está. Y la novela va sobre su búsqueda.

—La novela arranca así: “Aún sentía el olor de la sangre en mi nariz”. O sea, que el fin de semana fue movidito.

—Sí. Bastante entretenido. Pero igual que el matrimonio, que ha sido una relación muy movida. Y este fin de semana ha sido la gota que ha colmado el vaso.

—Abandonaste los números a raíz del éxito de tu primera novela. O sea, se ve que le sacas los números a las letras.

—Hace ya un par de años dejé mi anterior trabajo y ahora me dedico cien por cien a escribir. Es verdad que tengo la sensación de que ahora estoy cumpliendo un sueño, que es dedicarme a lo que me apasiona.

—Nunca terminaste de leer el 'Ulises' de James Joyce y nunca regalarías 'En busca del tiempo perdido' de Proust. Los críticos te van a perseguir sin clemencia.

(Ríe). Y yo estaré encantado de explicarles por qué. Tiene su lógica. Son libros muy complicados de regalar. Y Ulises tiene un estilo que a mí no me encaja. Lo bonito de leer es encontrar el libro que a cada uno le guste.

—Hasta que no comenzaste a leer los libros que te apasionaban, no te colgaste por la lectura. ¿La pasión y la calidad no siempre van unidas?

—Exactamente. Muchas veces no están unidas. Hay grandes libros con gran calidad literaria que no te apasionan y no te llenan. Y luego, libros con menos calidad literaria que son capaces de dejarte toda una noche sin dormir.

—Así que, según tú, es mejor que en los institutos se lea a 'Harry Potter' que 'Cien años de soledad' o 'El Quijote'.

—Sí. Depende de la edad. Yo abogo por que la gente lea libros que de verdad les llenen a una edad concreta. Yo, con veinte años, descubrí Cien años de soledad, y me pareció una maravilla. Pero lo había leído con catorce y me había parecido el peor libro de la Historia.

—Antes escribías en el tren, ahora en la biblioteca de Fuengirola. ¿La familia te ha expulsado definitivamente del hogar?

(Ríe). Sí. Y encima, con la llegada de mi segundo hijo, me he quedado casi huérfano de escritorio. No tengo en casa. Me han quitado mi mesa de escritorio para poner la cuna otra vez. Así que tengo que irme fuera. Un huérfano de mesa. Escribo casi siempre fuera de casa.

—300.000 ejemplares vendidos. Tus libros se publicarán ahora también en Japón, Turquía y Corea. Y ante tanto relumbrón, dices que no sientes presión sino responsabilidad.

—Yo siempre, cuando escribo, el único objetivo es hacer que los veinte euros que la gente se gasta en el libro, valgan la pena. No pienso en si gustará o no gustará. Intento que merezcan la pena el viaje, el dinero y el tiempo de la gente.

—Te propongo que el escenario de tu próxima novela sea un tren. Deberías dar coherencia a tu biografía.

—Yo creo que un tren daría para una muy buena novela. De verdad lo creo.

—Imagina que el propio escritor escribe en el tren y desaparece antes de llegar a la última parada.

—Pues ya tienes la historia (ríe).

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

29 de julio de 2019

  • 29.7.19
Escritora y periodista, Nuria Labari (Santander, 1979) publicó en 2016 su primera novela: Cosas que brillan cuando están rotas. Su segunda novela, que publica ahora, se titula La mejor madre del mundo. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad del País Vasco y Relaciones Internacionales en el Instituto Ortega y Gasset. Colaboró con los portales digitales de El Mundo y Telecinco, medio en el que es redactora jefe. También es autora del libro de cuentos Los borrachos de mi vida (2009), ganador del VII Premio de Narrativa de Caja Madrid.



—A tu protagonista, que es estéril, la idea de ser madre se le mete dentro como un cáncer. Como cualquier cáncer, también puede laminar la idea de no serlo.

—No. Creo que nos invade más el deber ser de la maternidad. Al revés, la idea de no ser madre hay que pelearla mucho. Es menos invasiva.

—Ella tiene dos hijas. Tú también. En ese duelo entre ser madre o escritora, ¿siempre tiene que vencer una de las dos?

—Creo que sí, porque, cuando una mujer tiene un hijo, se crean dos seres. El hijo que ha llegado y la madre que acaba de nacer. Y parece que la madre que acaba de llegar fuera un folio en blanco. Y en realidad, no. Tiene que haber una lucha para que todas las mujeres que eran antes convivan con esa nueva mujer que es una madre.

—Tu protagonista examina la maternidad como mito y como timo. Jugando con las palabras, en verdad, ¿la maternidad no está sobrevalorada?

—La maternidad es un timo porque está simbólicamente muy sobrevalorada y socialmente denostada. En realidad, no hay ayudas para criar, en muchas ciudades faltan guarderías. Faltan muchas ayudas, las familias han cambiado y tenemos el peor cóctel posible en este momento.

—Hasta ahora las mujeres habéis construido la igualdad jugando a ser chicos. ¿Una imposición social, un cambio por mimetización o un error que se va corrigiendo?

—Sin duda, un error que urge corregir. Y no lo hemos construido las mujeres. Hombres y mujeres hemos construido así la igualdad y ahora nos toca construir una igualdad no contra vosotros, sino hacia vosotros, y traeros hacia espacios propiamente femeninos.

—La frase es tuya: “El mercado ha penetrado en el cuerpo de las mujeres de una manera absoluta”.

—Pues sí. Es así. Desde las vallas de publicidad, las películas, la prostitución. Hay una presión sobre el cuerpo de la mujer, desde que nace hasta que muere. Y ahora también a través de la maternidad alquilando úteros. Las mujeres somos muy fértiles para el mercado.

—Este es un libro generoso, dices, porque has cogido muchas partes de tu vida. ¿Te sientes como una especie de donante de vivencias?

(Ríe). Sí. Y he dejado mucho más. He dejado mis vivencias, las de mi abuela, las de mi madre, las de las pelis que he visto, todos los libros que he leído. Es un libro en el que me he vaciado y he utilizado todo. Ha sido como un filtro de todo lo que alguna vez en mi vida he experimentado.

—Otras escritoras hablan de la maternidad en tono crítico. Samanta Villar en 'Madre hay más que una' o Gabriela Wiener en 'Nueve lunas'. ¿Qué pasa?

—Está pasando que cada vez hay más mujeres que escribimos y hay temas que ahí han estado apartados del foco literario, y están entrando de forma natural.

—Algunas mujeres deciden no tener hijos. Otras no pueden. ¿Esa huella deja algún vacío existencial?

—El vacío existencial lo deja el no ser capaz de habitar el mundo sintiéndose uno una gota del océano. Para eso, una solución puede ser madre, pero no es la única solución.

—Cuando vais a ser madres os previenen de que no vais a dormir, pero tú dices que nadie os previene de que tampoco vais a soñar.

—Es que es exactamente así. Nos hablan del peso corporal y emocional, pero nadie habla del peso mental. La maternidad es, ante todo, un viaje de la imaginación.

—Temías que tu madre no entendiera el libro, que tus hijas no lo puedan entender. ¿De verdad crees que solo verán a una madre que era un monstruo?

—Me da miedo que se cabreen y que se equivoquen. Aunque no todo lo que dice el libro me ha pasado a mí.

—Hay frases hechas que te rechinan. La más lapidaria es esta: “Eso lo entenderás cuando seas madre”. ¿Así es?

—No. Esa frase se la puede decir una madre a una mujer que sea Premio Nobel de Física. No. El hecho de parir no es una ventana al conocimiento.

—Algunas fuerzas políticas, como Vox, intentan de nuevo poneros en el lugar en el que estabais. ¿Siempre se puede dar un paso atrás o el regreso ya es imposible?

—No creo que haya regreso posible. Y si lo hubiera, creo que sería sangriento en este punto.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

22 de julio de 2019

  • 22.7.19
Licenciado en Sociología, Rafael Navarro de Castro (Lorca, 1968) trabajó durante quince años en el sector audiovisual y en 2001 se fue a vivir al campo. Lo cuenta en su primera novela, La tierra desnuda. Hijo de un ingeniero agrónomo, pasó los primeros diez años de su vida en una granja antes de mudarse a Granada, primero, y a Madrid después, donde trabajó como guionista. Después se cansó de la capital. Tuvo a su hija, plantó más de un árbol y ahora publica su primer libro, un homenaje a la vida del campo y a sus gentes.



—El escenario de tu novela podría ser cualquier rincón de la España interior. ¿Tanto se parece la soledad de nuestros campos?

—Pues yo creo que sí. De hecho, tengo muchos amigos que me han hablado, del Pirineo hasta Cazorla o Gredos, de que este pueblo podría estar en cualquier lugar de España.

—Allí nace, al mismo tiempo, la Segunda República y un niño llamado Blas, tu protagonista.

—La novela abarca 80 años y va desde el año 1932 hasta el 2012, y cuenta la vida de Blas, que es como una excusa para contar la vida del valle, incluso la vida del país, pero tal como se ve en ese valle y visto a través de los ojos de los campesinos.

—Ochenta años después muere allí y se lleva a la tumba una forma de vida milenaria. Y también algunos secretos.

—Bueno, yo lo que he querido es rescatar sobre todo los valores y los principios que van a desaparecer con estos campesinos, su forma de respetar la tierra, de relacionarse con ella, de relacionarse con el valle, su forma de ayudarse, de cooperar entre ellos, de juntarse para hacer cosas. Estas son las cosas que a mí me parecen importantes que no se pierdan.

—La vida de Blas es la historia de España en el último siglo. Que bien sintetizada sería como...

—Pues, vista desde el campo, es la historia de una decadencia, de un acorralamiento. Porque ellos están cada vez más acorralados. Y el progreso, en muchos sentidos, es innegable, aunque en otros no tanto. A ellos no parece afectarles de ninguna manera.

—Después de quince años trabajando en el sector audiovisual, abandonas Madrid y te trasladas a Monachil. ¿Qué buscabas en el campo o qué no te daba la ciudad?

—La pregunta es buena, porque eran las dos cosas. Por un lado, huía de esta deshumanización de las ciudades, de las prisas, del estrés, del trabajo. Y, por otro lado, buscaba la tranquilidad del campo y la paz del campo. Y tal vez inconscientemente estos valores de los campesinos, de la autosuficiencia, la cooperación, la relación con la naturaleza.

—Te dedicas a las tareas del campo y al movimiento ecologista. Además, construyes tu propia casa.

—Todas esas cosas están en conexión directa con la novela. Tosas esas cosas son todo lo que pretendo contar y defender y homenajear en la novela, que no solo homenajear el pintorequismo y la vida rústica, sino esta filosofía de vida. Mi filosofía de vida está más cerca de la de los campesinos que de la del urbanita.

—Hay quien ve en tu novela ecos de Delibes o de Chirbes.

—Hay ecos de muchos. Con Delibes yo creo que tengo en común la empatía por el mundo rural y del cariño que le tenemos. Y con Chirbes, la preocupación y la verdad en el mundo que te rodea, y la verdad de su goce. Eso es lo que me gusta de Chirbes.

—La vida campesina va a desaparecer. ¿Qué está muriendo con ella?

—Están muriendo otros valores. No hay que tener una idea nostálgica de la vida campesina, porque es durísima. Y no se trata de recuperar eso ni de volver a eso, sino de aprender lo que tengan que enseñarnos que se basa en esos principios.

—'Los santos inocentes', 'La lluvia amarilla', 'Intemperie'. De vez en cuando el campo aparece por una esquina de nuestra literatura. Pero siempre retrata un mundo de miseria.

—Yo creo que ese retrato de hambre, miseria, injusticia, explotación, abuso, maltrato, analfabetismo, ese retrato es ineludible. En mi novela creo que también está. Respecto a los ejemplos que me has puesto, yo he intentado romper el esquema en el último punto. Hago ese mismo retrato pero el resultado de ese mundo es Blas. Es decir, no es Pascual Duarte, que muestra cómo el resultado es la violencia, la brutalidad.

En Los Santos Inocentes, el paisano con el que hemos simpatizado, termina ahorcando al terrateniente en el olivo. En La lluvia amarilla, la mujer se suicida y el marido se deja morir medio loco. En Intemperie, el niño huye del maltrato y al final el pastor termina matando a los guardias civiles que le persiguen. Es como si el resultado de esa vida tan durísima, tan terrible, que es así, siempre fuera la violencia.

Yo he intentado que el resultado en mi novela sea distinto. Es decir, esto es terrible, vale, pero aquí hay gente sana, aquí hay gente normal, sencilla, que no reacciona violentamente. Reacciona más metiéndose en el caparazón, diciendo, bueno, me quedo en mi terrenillo cuidando mis gallinas, mis cabras, y a mí que me dejen.

—Querías huir de los cuentos de pueblo. Escribir en presente de indicativo. Contar que hay miseria pero que también hay flores.

—Quería huir de la batallita del abuelo, del cuento de pueblo, y ponerlo en presente de indicativo. Como coger al lector y decirle no te voy a contar, vente conmigo que vamos a subir a la sierra y vamos a ver cómo estos niños plantan los pinos, o cómo este niño cuida sus cabras aquí en la sierra. Ese era mi objetivo.

—¿Y qué escribes ahora?

—Estoy escribiendo sobre la contaminación, que sería la agricultura industrial moderna. Es decir, se ha muerto una forma de relacionarnos con la naturaleza, con el campo y con la agricultura. Pero hay otra que viene después. Si he hecho el elogio de la tierra, pues esto sería la crítica del plástico.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

15 de julio de 2019

  • 15.7.19
Arquitecta por la Universidad Politécnica de Madrid, Alba Carballal (Lugo, 1992) obtuvo en 2016 una beca de residencia literaria en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores de Córdoba. Fruto de esta estancia es su primera novela: Tres maneras de inducir un coma. Ha sido redactora en la revista especializada Arquitectura Viva y escribe también en otros medios de comunicación y difusión cultural, como la web literaria Zenda. Ha traducido textos periodísticos y libros.



—Esta novela es el fruto de una beca de residencia literaria en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. ¿Cómo fue la experiencia?

—Pues fue una experiencia muy intensa, muy fructífera y, además, creo que fue el primer paso o la primera vez que sentí esto como una profesión. O sea, fue la primera vez que me tomaron en serio como escritora y de algún modo sentí que esto era un oficio y que se podía llegar a convertir en mi modo de vida. Es una sensación como de profesionalidad que no había tenido hasta entonces.

—Estudiaste Arquitectura. En cierto modo, existe un paralelismo entre esta y la literatura. En el sentido de que escribir es crear una estructura arquitectónica pero con palabras.

—Supongo que algo de eso hay. Aunque, la verdad, lo que yo más aprendí en la carrera de Arquitectura es a delatar a vuela pluma a los farsantes, a la gente que vende humo y que realmente no tiene ni un discurso ni una idea ni un proyecto bien hecho. Y creo que ese es un entrenamiento que para cualquier otra cosa es muy adecuado y muy efectivo.

—Eduardo Mendoza habla de ti como una voz solvente y Muñoz Molina ve en ti una mirada ácida y crítica. Con tales padrinos, ni habrás pensado en el fracaso.

(Ríe). Bueno, lo pienso todos los días, casi con más razón. Me da mucho respeto y, bueno, de algún modo me da un poco de miedo fallar porque las expectativas se han puesto muy altas. Y para mí es un honor que me consideren una buena escritora.

—Tu protagonista es un cuarentón sin perspectiva de futuro. ¿Para quienes nacisteis en 1992 la palabra futuro tiene algún sentido?

—Sí, sí tiene sentido. Lo que pasa es que a nosotros nos enseñaron desde muy pequeños a pensar en el futuro, además a proyectar un futuro muy prometedor, y ese futuro se ha truncado. Con lo cual es una palabra que tiene un significado casi mítico o utópico. Pero sí existe, claro.

—Tu novela es una sátira social y moral muy conectada con la tradición de la picaresca española.

—De hecho, la estructura bebe un poco de la picaresca. Yo encabezo los capítulos con una frase que podría recordar a las novelas de la tradición picaresca española, pero creo que a nivel formal también tiene mucho de pastiche o de monstruo. Porque yo en ella vuelco cosas del cine, cosas de guión de televisión, del género epistolar. Entonces, al final lo que sale es una especie de cadáver exquisito. Una cosa así montada de una forma extraña pero también extrañamente funcional.

—El escenario, claro, no podría ser otro que un Madrid contemporáneo y 'underground'.

—Es la ciudad en la que yo he crecido como ser humano. Quiero decir: yo he vivido hasta los 18 años en Lugo, pero me fui a estudiar a Madrid y, desde luego, es el escenario de mi vida adulta. Y además creo que es una ciudad muy sexy, porque tiene un punto folklórico, un perfil kitsch, un punto quizá macarra también, que a estos personajes que son un poco perdedores pues les venía especialmente bien.

—Darío Adanti se pregunta cómo una primera novela puede ser tan buena. Se lo pregunta, obviamente, teniendo en cuenta tu edad. Imagino.

—Tengo 26 años, pero esta novela la terminé de escribir con 25 recién cumplidos en la Fundación Gala. Yo creo que hay gente joven que está haciendo cosas muy interesantes. De hecho, hay mucha gente que ha salido de la Fundación Gala que escribe realmente bien. Ahí está Cristina Morales, que acaba de ganar el Premio Herralde.

—Ecos de Mendoza, de Almodóvar, de John Kennedy Tool. ¿Ese es el territorio que pisas, donde te sientes a gusto?

—Bueno, desde luego lo han sido para escribir mi primera novela. He escrito desde donde yo me siento cómoda, que es el humor, la sátira, también una melancolía un poco extraña, que tiene también algo de Woody Allen. Pero sí, yo ahí me muevo con cierta desenvoltura, en esa ambivalencia entre la ironía y el desencanto.

—Los nacidos en 1992 se os conoce como la 'Generación de la Resaca'. ¿Os habéis adaptado a una realidad truncada o seguís soñando a veces?

—Yo, desde luego, sí. En estos tiempos tan nihilistas, lo revolucionario es creer en algo. Lo revolucionario es seguir creyendo que algo hay para ti de todo este horror. De hecho, mi personaje me lo llevo a 15 años mayor que yo, porque creo que hay que ser mayor para estar desencantado. A mí todavía no me toca eso.

—Dices que el 15-M fue tu bautismo político.

—Yo llegué a la universidad en 2010. Y cuando no llevaba un año en Madrid, me vi envuelta en todo aquello. Y para mí, la verdad, que fue como el bautismo político, porque fue la primera y la más potente, probablemente, de mis experiencias colectivas. También fue darme cuenta de que estamos aquí para cambiar las cosas y de que el mundo no va a cambiar solo, de que o lo haces tú o no lo va a hacer nadie por ti.

—Tú, en cierto modo, estás triunfando, vas encontrando tu perfil en la literatura. ¿Los amigos te miran como un bicho raro, como alguien que ha logrado agarrar un sueño?

—Aún me cuesta a mí decir soy escritora. Pero cuando lo digo hay suspicacia y yo lo comprendo perfectamente porque es una marcianada. No es lo habitual. No sé. Para mí es lo natural.

—¿A quién odias tanto que te gustaría inducirle un coma?

—Un coma a nadie, por dios. Yo soy muy buena gente. Aunque no lo parezca con la novela. Pero sí hay gente que estaría mejor callada (ríe). Aunque tampoco hace falta que entren en coma.

—¿Sabes ya hacia dónde irás ahora?

—Estoy empezando a trabajar en mi segunda novela. Está ambientada en un tiempo anterior. Me muevo a Galicia y a Valencia. Será una cosa bastante distinta, a pesar de que la voz autorial pienso que tiene que conservarse.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ALBA CARBALLAL (FACEBOOK)

8 de julio de 2019

  • 8.7.19
Escritor, editor y gestor cultural, Iván Repila (Bilbao, 1978) es el autor de El niño que robó el caballo de Atila, novela que ha sido publicada en España, Italia, Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Corea, Rumanía, Holanda, Japón e Irán y que, además, ha sido adaptada a los escenarios en Estados Unidos.



Ha trabajado para diversos organismos e instituciones nacionales e internacionales en la producción, coordinación y dirección de congresos, encuentros y festivales de teatro, música y danza. En El aliado, su última novela, se acerca a la revolución feminista. Su protagonista se considera “el tío más feminista del mundo”. El relato es la visión de un hombre contemporáneo que se acerca al feminismo y decide implicarse con él hasta las últimas consecuencias.

—“Soy el tío más feminista del mundo. Sin embargo, tengo mis contradicciones”. Así arranca tu novela.

—¿Quién no se ha sentido feminista alguna vez y ha estado a favor de la igualdad y luego, en realidad, cuando ha hecho examen de conciencia, ha descubierto que es un verdadero machista?

—Tu protagonista está convencido de que toda conquista social ha requerido una revolución violenta. La feminista también.

—Como no tengo muy claro si la violencia ayudará o no ayudará al movimiento feminista, y es una duda que tengo, efectivamente, planteo las preguntas en el libro. Por eso lo he escrito.

—Tu relato es la visión de un hombre contemporáneo que se acerca al feminismo. ¿Mucho que ver con la realidad?

—Sí. Creo que, cada vez más, los hombres por fin, después de muchos años de inactividad, pereza y vagancia, nos estamos acercando al feminismo interesados por él.

—¿Con esta novela vas a perder más amigos machistas o más mujeres feministas?

—No tengo ni idea de lo que pueda suceder. Espero, como mínimo, que muchos hombres hagan examen de conciencia y que les escueza porque se vean reconocidos.

—En el fondo, tu novela es una historia de amor cargada de contradicciones. Vamos, como la vida.

—Yo creo que todos tenemos contradicciones y quien diga que no, seguramente está mintiendo. También en nuestra relación con el feminismo y con el machismo.

—¿El humor y la ironía pueden ser a veces, como en tu libro, la mejor arma para destripar la realidad?

—No sé si la mejor pero, desde luego, es un arma muy útil para denunciar, para criticar y para hacer daño.

—Tu protagonista se convierte en el ser que más odia la mujer que él ama. ¿Tan camaleónicos podemos ser en ocasiones?

—Somos contradictorios, como decíamos antes. Y las contradicciones implican, cuando intentamos superarlas, que a veces nos demos de bruces contra la realidad y podamos perder gente a nuestro lado.

—Defines tu libro como una novela de hombres machistas, donde ellos descubren con dolor sus contradicciones.

—Y es el mismo proceso que yo he estado viviendo en los últimos años. En ese sentido, me identifico con el personaje. Creo que todos los hombres somos machistas y que deberíamos empezar a corregir nuestros comportamientos. Quien diga que no lo es, seguramente le está fallando la capacidad de autocrítica.

—Dices que el machismo que sufrimos los hombres es genético. ¿Hay alguna cirugía para poder extirparlo?

—Bueno, lo de genético es una boutade. Las únicas herramientas que tenemos a nuestro alcance son, primero, mirarnos a nosotros mismos, corregirnos. Y luego, trabajar también con los hombres de nuestro alrededor para intentar construir un mundo mucho más igualitario.

—Es cierto que, aunque lentamente, los hombres vamos concienciándonos de este grave problema del machismo. ¿A ti este libro te ha cambiado o sigues siendo feminista de lunes a viernes?

—No. Sí que he cambiado. Pero mentiría si dijera que he radicado de mí todos los comportamientos machistas con los que he crecido y con los que he vivido.

—Eres consumidor de pornografía, aunque cada vez menos. Dices que el porno está teniendo una influencia muy fuerte en los más jóvenes.

—Sí. Y, efectivamente, esta es una de mis contradicciones. En algún momento, seguramente, tendré que detenerme a pensar fríamente cuál es mi relación con el porno. Pero, a día de hoy, lo que has dicho es completamente cierto.

—¿El nuevo panorama, con la presencia en el escenario de Vox, hará tambalear los objetivos hasta ahora alcanzados?

—Vox es un partido abiertamente machista y sospecho que muchos de sus miembros son irrecuperables para una sociedad futura que defienda la igualdad. No creo, sin embargo, que vaya a detener el auge del movimiento feminista.

—¿Algún día dejaremos de ver y escuchar noticias sobre mujeres asesinadas?

—“Dejaremos de ver noticias sobre mujeres asesinadas cuando los hombres dejemos de matarlas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

1 de julio de 2019

  • 1.7.19
Licenciada en Filosofía y Letras, en la especialidad de Literatura Hispánica, y en Derecho, pasó su infancia en Dublín y Montevideo. Con Nada que no sepas, María Tena (Madrid, 1953) se alzó con el XIV Premio Tusquets de Novela 2018. En la actualidad es miembro del Consejo Editorial de la revista Galerna y profesora de Narrativa en la Escuela de Escritores de Madrid. En esta novela, la narradora, en plena crisis de pareja, vuelve al asunto que marcó el final de su adolescencia y de los años más felices de la década de los sesenta, cuando nada, aparentemente, turbaba su vida.



—La historia que narras en 'Nada que no sepas' no es real, pero te ha enfrentado a tu propia vida. ¿Sabes por fin quién eres?

—Sí, sobre todo, quiénes son mis padres que, en definitiva, es saber quién soy yo misma también, porque uno siempre quiere saber de dónde viene.

—Con esta novela has alcanzado también la madurez como escritora. ¿No me dirás que vas a tirar la toalla ahora?

—No. No voy a tirar la toalla. Creo que uno de los aciertos es el tema. Elegir un buen tema. Y estoy buscando un buen tema para la siguiente novela. Tengo dos o tres ideas, pero el tema es fundamental. Me he dado cuenta con esta novela.

—El jurado del Premio Tusquets ha valorado de tu novela la seductora evocación de la vida cosmopolita, libre y desprejuiciada en Uruguay frente a la estrechez de España en los años sesenta.

—En la realidad llegamos al Uruguay, y también en la ficción llegan al Uruguay. El contraste es brutal. Son dos mundos distintos. De la oscuridad de los armarios oscuros donde se guardaban los secretos, a la ligereza, la claridad, de un verano interminable en Uruguay.

—Tu protagonista regresa a España tras la muerte inesperada de la madre. También tú dejaste Uruguay a los 13 años.

—Sí. Pero yo me fui con mis padres. La historia es una novela. No es una historia real. Hay muchas cosas que ayudan a esa novela pero no es una historia real.

—Volver a España fue un drama. ¿Cómo ves ahora España y Uruguay?

—Ahora están más igualadas, porque son dos democracias. La gran diferencia era la libertad de la democracia, de los derechos humanos. Ahora son dos países amigos y que pueden entenderse mucho mejor.

—Te gusta recordar la frase de Rilke: “La verdadera patria es la infancia”. Ese fue tu caso.

—Bueno, sí. Esa época del Uruguay, que no coincide con la de la novela, fue un momento de muchos descubrimientos. Que luego me sigo riendo de cosas que me pasaban con los chicos en aquella época. El descubrimiento del amor, entre otras cosas. Que no es poco. Es mucho.

—Eres frágil porque el peligro siempre acecha. Esta es la razón que te motiva a escribir.

—Me fortalece escribir. Me quita dudas. Me quita prejuicios. Me quita culpas del pasado. Escribir me abre un horizonte de claridad y de seguridad. Sí. Totalmente. Esa escritura insegura me hace más segura.

—Viviste paseando por el mundo con un padre diplomático, madre poeta y ocho hermanos que escriben o leen compulsivamente. Las historias de familia son un excelente caldo de inspiración.

—Son lo mejor para escribir, porque tienen de todo. Es una mezcla de comedia y tragedia griega. Ahí está todo. Ahí está la semilla de la acción. Los griegos empezaron por ahí: el padre, la madre, los hijos, las envidias, los amores, las pasiones. Está todo. Está el viaje también. De Ulises, por ejemplo.

—Tu estilo es conciso. No te gusta “dar lata al lector”. Pero eso no te impide renunciar a describir lo esencial del ser humano.

—Exacto. Yo escribo conciso después de haber quitado muchas, muchas frases. Pero lo esencial se queda siempre. Empiezo escribiendo una novela de 300 páginas y se queda en 150 para que contenga lo esencial. Da sensación de limpieza pero ahí está todo. Esa es mi técnica de escritura.

—El libro te ha ayudado a reconciliarte con tus padres. Tenías que desprenderte de ellos. ¿Escribir es mejor que recostarse en el diván?

—Bueno, son procesos bastante parecidos. Lo que pasa es que el escribir lo haces en las horas que te deja la realidad. Lo haces en los márgenes. Lo haces en el terreno indeciso de los sueños, de los deseos. En cambio, en el diván hay que trabajar pero al revés, para llevarlo a la realidad, para mejorar tu realidad. Son procesos opuestos, en realidad.

—Fuiste directora del Centro del Libro y de la Lectura. Dicen las estadísticas que cada vez leemos menos. ¿Hay solución?

—Yo creo que cada vez leemos más. Cada vez lee más gente por una cuestión estadística. Cada vez hay más gente que ha tenido un bachillerato y una enseñanza primaria potente. Lo que pasa es que hay un punto ahí en la adolescencia en que se pierde gran cantidad de lectores. Los chicos empiezan con las hormonas y la música. La música entra ahí brutalmente y el lector que aguanta ese tirón ya es lector para toda la vida. Pero yo creo que la familia es fundamental para que la gente siga leyendo. Un padre o una madre que te cuenta cuentos de pequeño es una cosa fundamental.

—Ida Vitale, Premio Cervantes. Mujer y uruguaya. ¿Doblemente feliz?

—Completamente feliz de que Ida Vitale sea Premio Cervantes. Es una mujer excepcional. Es una gran intelectual además. No es una poeta superficial. La conozco. Estuve con ella durante varias horas un día. Y me parece una mujer excepcional.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

24 de junio de 2019

  • 24.6.19
La primera novela de Eva García Sáenz de Urturi (Victoria, 1972) vio la luz en 2012, La saga de los longevos. Desde entonces, publica libro por año. Los señores del tiempo, que ve la luz ahora, es el desenlace de la Trilogía de la Ciudad Blanca. En 2014 presentó la segunda entrega de la saga, Los hijos de Adán, y también la novela histórica Pasaje a Tahití. En 2016 publica El silencio de la ciudad blanca, un thriller apasionante ambientado en su ciudad natal.



—En el primer capítulo de tu novela un empresario muere envenenado con la “mosca española”, es decir, la viagra medieval. ¿No encontraste a mano otro veneno con menos significado emocional?

—Emocional y casi erótico. Tenía un significado muy potente. El hecho de que un hombre quisiera usar un estimulante potente como era la viagra y que pudiese morir por sobredosis, y muere de esa manera tan horrible que es con las tripas abrasadas. Me parecía una manera muy potente de empezar un thriller.

—Con 'Los señores del tiempo' pones un cierre épico a la 'Trilogía de la Ciudad Blanca'. ¿Exhausta o con ganas de volver a los ruedos y enredos de otra historia?

—Como escritora, siempre se te ocurren historias. Lo que es cierto es que he publicado seis novelas y me he ganado el privilegio de la próxima novela disfrutarla y no seguir los dictados de los lectores de lo quiero ya.

—Esta entrega es, además, un 'thriller' y una novela medieval. Dos libros en un libro. Pero es el libro donde la Historia tiene más peso.

—Los tres libros de la trilogía son novela policíaca con poso histórico importante, pero en esta realmente te encuentras una novela histórica, una novela medieval, y ocupando la mitad de las páginas dentro del thriller. La novela histórica y un thriller.

—Un cierre épico para dar al lector la sensación de haber emprendido un viaje emocional que, después de todo, valió la pena.

—Sí. Lo bueno es que ha sido satisfactorio para mí escribirlo pero ha sido un libro que, como ves, ha sido número uno de ventas en España. Arrastraba a los otros dos. Las críticas han sido unánimes. En ese sentido, creo que el viaje emocional de los lectores ha sido muy satisfactorio. Han quedado satisfechos con el cierre.

—Como decías, crímenes cometidos hoy con métodos de la Edad Media. Y además son de lo más refinado.

—Sí, sí. Siempre me propuse matar sin sangre en mis tres libros. En todos los asesinatos: abejas que se metían en la garganta e impedían la respiración y los mataban, el lenguamiento, las emparedadas o la viagra. Me lo había propuesto como un reto creativo y lo he conseguido.

—Los lectores conocerán en estas páginas el destino que le has preparado al inspector Kraken. Pero adelántanos si lo entierras ya o le tienes preparado otro destino.

—Siempre digo que es muy prematuro. A meses de publicar una novela, y más con el éxito que está teniendo y con la gira que estamos teniendo, preguntar al lector por lo siguiente o por si va a rescatar a personajes de anteriores éxitos, es muy prematuro. Mentalmente, creativamente, no estoy en ese punto de plantearme nada.

—700.000 lectores, 51 ediciones y 8 traducciones. ¿Difícil de superar o piensas seguir sumando?

—Siempre hay que sumar y ha pasado desde la primera novela hasta esta sexta. La plataforma de lectores ha ido creciendo, creciendo, creciendo. Siempre he ido ganando lectores con cada libro. No sé por qué

—Tus lectores te escriben pidiendo, como en la plaza de toros, que saques el pañuelo blanco e indultes a algún personaje. ¿Eres indulgente o te puede el drama que alimenta tus venas?

(Ríe). Pues me pedían que no matase al abuelo y no lo mataré en la vida. Porque le presté mi propia voz al protagonista. Como decía Hemingway, hay que matar a los seres queridos. A otros sí que les he cercenado la vida. Me ha dolido mucho, y los lectores también me lo dicen.

—He leído que te documentas a fondo. Acudes a cursos de autopsias, perfilación, inspecciones técnicas oculares. ¿Viste algo desagradable que no te atreviste a escribir o la vocación te puede?

—No. Lo que sirvió precisamente fue tan desagradable de ver en las autopsias, leer atestados reales desde las comisarías de España, leer tantos casos reales, y las fotos sobre todo. Las fotos de quemados, de falsos ahorcados. Me sirvieron para no meterlos.

—La primera novela, 'El silencio de la ciudad blanca', está siendo adaptada al cine por Daniel Calparsoro. Javier Rey y Belén Rueda, de protagonistas. ¿Qué más sabemos?

—Se rodó el pasado verano en Vitoria y en Madrid, en agosto y en septiembre. Ahora mismo están con el montaje y será el gran estreno este año para final de verano. Va a ser el gran lanzamiento del año para Atresmedia.

—Los fanáticos de tu serie se definen, por tu personaje, como “krakenianos”. ¿Logras controlarlos?

—No. Son ya masa propia. Ten en cuenta que 700.000 mentes, y obsesionadas con Kraken, con el abuelo, han hecho muy propia la novela y Dios sabe qué opinan de todo en las redes sociales y, bueno, son muy posesivas también con la novela con quién vas a poner de Kraken en la película, a quién vas a poner de Alba. Se lo han tomado como muy propio. Muy fenómeno fan.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

17 de junio de 2019

  • 17.6.19
Autora de novelas como La ciudad en invierno, La ciudad feliz o La trabajadora, Elvira Navarro (Huelva, 1978) publica La isla de los conejos, donde recoge once relatos perturbadores. En estas páginas, un falso inventor lleva conejos a una isla para que acaben con los nidos de unos pájaros cuyo nombre nadie conoce. El fantasma de una madre abre una cuenta en Facebook y le pide amistad a su hija. En otro, los sueños de los clientes de un hotel son objeto de un insólito hurto.



Esta autora estudió Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. En 2013 fue elegida una de las voces españolas con mayor futuro por la revista El Cultural, y en 2014 la misma revista seleccionó su obra La trabajadora entre las diez mejores novelas en español del año.

—Once piezas inquietantes. Dices que si algo comparten todos los cuentos de 'La isla de los conejos' es una atmósfera extraña.

—La misma que esa convención a la que llamamos realidad en cuanto nos percatamos de cuánto tiene de ficticio.

—El libro se iba a titular 'La habitación de arriba', que es otro de los relatos. ¿Qué encontraste en 'La isla de los conejos' que te hizo cambiar de opinión?

—Fue mi agente, María Lynch, quien me dijo que era mejor así, y entonces me acordé de La casa de los conejos de Laura Alcoba y de lo mucho que siempre me había gustado ese título.

—Escribes todos los días, pero tardas en publicar. Eres lenta escribiendo. ¿Te gusta ver madurar cada página o la inseguridad es parte de este oficio?

—Todo eso sumado a que el tiempo haga su trabajo de criba.

—Como decías, los cuentos comparten una atmósfera, pero cada cuento bebe de un sitio diferente, de un conflicto único.

—Sí, en efecto. Si no fuera así, el libro sería una novela.

—El cuento con el que titulas el libro es una anécdota que te contó un amigo, Sancho Arnal, que dices, como homenaje, es su verdadero autor.

—Él me regaló la historia sin saberlo, o yo se la robé. Sancho Arnal me cuenta siempre cosas loquísimas, cosas que hace él, así que también podría decir que escribir ese cuento fue un intento de vivir yo esas cosas a través de la literatura.

—El tema de 'La habitación de arriba' lo desarrollaste en 'La trabajadora': la precariedad y la desposesión por el trabajo. Hoy, desgraciadamente, casi es una epidemia.

—Lo peor es que ha sido una epidemia casi siempre. España es un país de escasez. Las dos novelas capitales en nuestra tradición son el Lazarillo, que cuenta la vida de un miserable, y El Quijote, que es un hidalgo pobre. Parecía que habíamos salido de ahí, pero…

—Dices que lo que nos perturba y no hacemos consciente nos puede destruir. ¿De esa materia está hecho este libro?

—Diría que en parte sí. Ya el impulso creador es misterioso, al menos en mi caso. No sé muy bien qué es lo que me lleva a escribir unas historias en vez de otras. Ahí hay algo oscuro que ordena, que pide ser expresado, recorrido, iluminado.

—El relato necesita de una intensidad que se disipa en la novela. ¿Con qué género te sientes más cómoda?

—Me siento cómoda cuando encuentro la forma más apropiada para expresar algo, ya sea un relato o una novela.

—El feminismo no está a salvo del giro conservador y vulgar que vive nuestra sociedad. ¿Sabes hacia dónde vamos?

—Se está sustituyendo el pensamiento por un simple estar a favor o en contra que tiene más de identitario que de otra cosa. Como pertenecer a un equipo de fútbol o ser nacionalista. Y eso también ha contaminado a cierto feminismo, que al tiempo que se declara como no esencialista, defiende las esencias cuando reparte carnets de buenas feministas. Aunque a lo mejor siempre hemos estado ahí, en el dogma, y lo que pasa ahora es que las redes amplifican el asunto.

—Te molesta que el feminismo sea reactivo y no propositivo y que la mujer aparezca como víctima.

—Me molesta como feminista que soy. La víctima se ha convertido en el lugar santificado de enunciación, y es una posición peligrosa porque impide el empoderamiento, refuerza el estereotipo machista de que la mujer es alguien débil y obvia los logros de muchas mujeres, su poderío.

Santiago Alba Rico, en un artículo, traía la siguiente reflexión de Sánchez Ferlosio: “Sólo el daño recibido de otros hombres crea valor, porque la víctima se hace acreedora de retribución y se convalida, por tanto, como ‘de los buenos’. Sólo la culpa humana produce lo que podríamos llamar ‘víctimas morales’, porque son acreedoras de venganza”. No suena muy revolucionario, ¿no? Y yo creo que el feminismo ha de ser revolucionario, no replicar al Dios del Antiguo Testamento.

—En tu libro no hay sangre. Hay un terror psicológico, “cotidiano y doméstico”, y los personajes se mueven en entornos absurdos.

—Se está leyendo así, ¡pero también hay quien me dice que se ríe mucho!

—Tus personajes aceptan explorar la anormalidad, lo ficticio, que es lo normal. Descubren que el control de sus vidas es una ilusión.

—Viven en la anormalidad, aunque creo que eso es muy común porque, ¿qué es lo normal? El control es una ilusión de la razón que produce muchos monstruos, como en el grabado de Goya.

—Ahora trabajas en dos libros. Un volumen de novelas cortas y un libro sobre tu experiencia en Madrid.

—Así es, y espero acabar antes el de novelas cortas, que parece que ha cogido carrerilla.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

10 de junio de 2019

  • 10.6.19
El lector que quiera decodificar y desbrozar un poco más el mapa político actual de Venezuela deberá adentrarse en las páginas de esta novela: La hija de la española. Su autora, Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982), hija de españoles y exiliada en nuestro país desde hace doce años, confiesa que lleva la culpa del superviviente en el pasaporte y que esta sensación es como si se hubiese dado de baja en el dolor de otros. Es pesimista respecto al futuro de Venezuela, de la que no alcanza a dibujar un horizonte de futuro. Siente también que la persigue la identidad y el desarraigo.



Es muy bella y muy delgada, con el carácter hondo y decidido heredado de los abuelos que cruzaron el Atlántico para nunca volver. Maneja con desenvoltura y cadencia su castellano de acento venezolano. Dice que su libro también es una novela sobre la pérdida. Habla de su hermana, que vive en Venezuela, sin Internet y leyendo por las noches alumbrada con una vela, sin agua, sin nada. Nació en Caracas, dice en la portada de su libro, cuando el país estaba a punto de incendiarse.

Trabaja como periodista especializada en temas culturales, aunque confiesa que escribe a todas horas. Ha publicado los libros de periodismo Caracas hip-hop (2007) y Tráfico y Guaire. El país y sus intelectuales (2007) y mantiene el blog Crónicas Barbitúricas. La hija de la española es su primera novela, que ya ha sido vendida en traducción a veintidós países.

—Tu primera novela y ya ha sido vendida a 22 países para su publicación. ¿Qué esconden estas páginas que despiertan tanto interés?

—Yo todavía me hago esa pregunta, porque la impresión fue devastadora. Sin embargo, creo que, con el paso del tiempo, realmente el libro tiene elementos de tragedia y de belleza universales en los que han encontrado eco muchas personas.

—Adelaida, tu personaje, usurpa la identidad a su vecina que yace en el suelo para huir del país. ¿A dónde vamos cuando escapamos del infierno?

—Vamos a un lugar en el cual no te puedes dar la vuelta. Adonde sea que vayas no puedes mirar atrás. Por eso este libro dice que el Atlántico es un mar donde la gente se dice adiós. Porque los españoles que vinieron y se quedaron en Venezuela, nunca miraron atrás. Y ahora, sus nietos se marchan a España y no pueden mirar atrás.

—'La hija de la española', en realidad, tendría que haber sido hija de la gallega. Caracas está llena de gallegos.

—Eso es cierto pero no del todo. Porque en este libro hay gallegos, canarios, extremeños, andaluces, catalanes. De hecho, uno de los grandes símbolos de la novela es una vajilla de La Cartuja de Sevilla.

—Dices que la novela, en realidad, trata de la culpa del superviviente. ¿Nunca se supera?

—Nunca se supera. Ni yo la he superado ni Adelaida Falcón como personaje la supera. Incluso ni siquiera sé si se matiza. Creo que permanece perpetuamente. Es como si, haberse marchado, hubiese sido darse de baja del dolor de otros.

—Tienes una sensación de desarraigo con Venezuela. De hecho, la novela es un homenaje y también un desengaño respecto a lo que os prometieron.

—Sí. Yo tengo un tema profundo que me persigue sobre la identidad y sobre el desarraigo. Yo tengo doce años en España, pero siento que he tenido un proceso al que han pasado dos cosas al mismo tiempo. Al mismo tiempo que tuve que superarme un poco de mi venezolanidad para entenderla, me fui haciendo española. Entonces, esta novela me permitió a mí purgar todo eso.

—Obviamente, Venezuela está reflejada en el libro, pero tú querías ir más allá, querías universalizar una tragedia contemporánea.

—En efecto. Yo quería que el libro fuera una gran alegoría de qué ocurre con las sociedades cuando son sometidas a un poder totalitario. Cómo se borran los individuos cuando el poder los persigue y los acorrala. Y La hija de la española en buena medida quería ser eso. También creo que es una novela de la pérdida. Aquí todo el que ha experimentado un proceso de pérdida, sea orfandad, de su casa, de su ciudad, va a sentir eco en este libro.

—Escribes en el libro: “Mientras redactaba la inscripción para su tumba, entendí que la primera muerte ocurre en el lenguaje”. ¿Cuántas muertes son necesarias para entender una pérdida?

—Hay tantas formas de morir en una misma defunción, en una misma desaparición. Tú puedes morir espiritualmente, como mueren los personajes de este libro. Tú puedes morir moralmente, como muere el país que estás retratando. Puedes morir de desmemoria. Puedes olvidar lo que has sido. Es tan profundo un proceso de pérdida en condiciones como las que ocurren en esta novela. Es muy profundo y muy amplio.



—Muchos venezolanos han salido del país o quieren hacerlo. Sin embargo, tu hermana sigue dando clases en la universidad. ¿Qué te dice de lo que ocurre allí que no sepamos?

—Me gusta mucho la pregunta de mi hermana. Mi hermana me habla de un infierno que ignoramos pero que ella asume como cotidiano. Para ella es normal tener quince días sin agua. Se acostumbró a no tener Internet. Se acostumbró a leer con una vela. Aparte, por supuesto, de la tremenda carestía que hay. De no haber, no hay nada. Lo que hay es miedo y desesperación.

—Esta frase es tuya: “El mundo se ha vuelto trashumante”. En efecto, 60 millones de seres humanos, de refugiados, van sin rumbo por la vida. Un éxodo mayor al de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué nos está pasando?

—Creo que estamos viviendo lo que le pasa a los fines de ciclo. Es como los siglos crepusculares. El XIX estuvo lleno de fenómenos parecidos. Y en el fondo, en el siglo XX, lo que percibo es que está dando un coletazo. Y estamos viendo, por lo menos, si no la transformación o el colapso, sí un cambio apreciable en nuestra forma de movernos. Y creo que eso ocurre con los fines de ciclo. Como dice Félix de Azúa, que somos unos primitivos de nuestra era.

—Escribes periodismo y escribes literatura. En el fondo, ¿se trata de observar la realidad con otra mirada?

—Para mí no son distintas. Yo no distingo el periodismo de la literatura. Incluso a veces digo que es redundancia. Porque es cierto que hay que respetar la verdad, el dato. Sin embargo, sí creo que hay una aproximación con la palabra escrita. Y están hechas con el mismo material. Yo creo que se complementan. No son excluyentes.

Yo creo que son dos formas de mirar que normalmente coinciden. Quizás yo soy un novelista más aperiodistado o un periodista más novelado (ríe). No lo sé. Pero no hago distingos. Miro igual. Creo que miro exactamente igual. Otra cosa es qué haga con lo que mire.

—Eres dura con la izquierda europea, de quienes dices que les gusta irse de safari con los barbudos, a los que ven como especies exóticas. ¿Tan pijos nos ves?

(Ríe). No, no, no. Es una parte. No es todo. Es una parte de la izquierda europea y que tiene un lobby muy potente políticamente. Y yo creo que, bueno, ha contribuido a la confusión, a la creación de una mitología de procesos más autoritarios que otra cosa. Pasó con Cuba. Entonces, hay una cosa allí que es contradictoria y que no se resuelve. Lleva años sin resolverse.

—Te sientes desterrada. Ves a Venezuela quebrada y piensas que tardará mucho en recomponerse. A medio plazo, ¿cómo dibujarías el horizonte?

—Veo un camino largo, accidentado, lleno de piedras, en el que falta la luz, en el que llueve una tormenta, en el que hay forajidos por todos lados. Va a ser un camino largo y profundo de recuperarnos. Y yo ni siquiera sé si estamos cerca de comenzarlo.

—Viviendo afuera, en España, ¿duele más Venezuela?

—Sí, por supuesto. Duele mucho más profundamente, porque además llevas la culpa del superviviente en el pasaporte. No lo puedes evitar Y en mi caso es más complicado, porque yo soy hija de españoles y siento que por primera vez entendí a mis abuelos, porque ellos nunca miraron atrás.

Entendí que ellos habían perdido tanto que mirar atrás era mucho más doloroso. Era como recordar perpetuamente todo lo que se había perdido. Al país que yo quiero volver, ya no existe. Y eso hace que te duela todo mucho más. Todo el mundo es amor. El país es un desamor. En serio. Venezuela para mí es un desamor.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

3 de junio de 2019

  • 3.6.19
Autora de varios libros de poesía que publica desde los dieciocho años (Estar enfermo, La tumba del marinero, Los estómagos o El arrecife de las sirenas) y del ensayo sobre la masturbación femenina El dedo, del que Lumen prepara una edición ampliada, El funeral de Lolita es la primera novela de Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1999). Además, es editora en PlayGround y columnista en El Cultural de El Mundo. Desde este año es editora invitada de Caballo de Troya, junto a Antonio J. Rodríguez.



—'El funeral de Lolita' es tu tan esperada novela. En ella cuestionas la interpretación que se ha hecho del personaje.

—Sí. Creo que era necesario cuestionar las interpretaciones que, desde la moda, el cine, incluso desde todas las artes, se han hecho del mito, porque también había que plantearse qué peso tiene ese mito en las mujeres jóvenes del mundo.

—Dices que a Lolita nunca la ha censurado ni destrozado el feminismo, sino el conservadurismo y aquellos que no la entienden.

—Nabokov, desde el primer momento, tuvo problemas para publicar la novela y, de hecho, la primera edición es de una editorial de casi contenido erótico en París. Entonces, sería absurdo pensar que son los tiempos de hoy los que censuraron una gran obra como es la suya.

—¿Cómo debemos ver hoy a Lolita?

—Bueno, Lolita, la de Nabokov, creo que hay que leerla con inteligencia y cuestionándose siempre el relato único que es el del narrador, que es el propio pedófilo que narra, que además es un delincuente, que pega a la gente, que roba y que es un maltratador psicológico durante todo el libro. Entonces, hay que leerla dudando de la versión de él.

—“Ser creativa en España es una mierda”. Los críticos pueden que te traten mal, pero el público te trata bien.

(Ríe). Sí. Me refería más con esa frase a la precariedad que a los críticos. Yo, con los críticos, me llevo muy bien también afortunadamente, porque también trabajo como periodista y como crítica. Entonces, me sé algunos trucos. Pero es cierto, y el personaje de la novela además lo es, es una persona precaria. Y esto es algo que para un artista va ligado ahora mismo de la mano. Cómo crear, cómo innovar, cómo investigar, si no tienes nada.

—Te han llamado de todo por lo que piensas y por lo que escribes. ¿Enumera los tres insultos con más enjundia?

(Ríe). Precisamente, me han llamado muchas veces Lolita. Yo creo que, además, con la mala baba de no puede ser una mujer joven con ambiciones y con sueños. Por eso te meten en un arquetipo además sexualizado y terrible. Pero el más divertido es cuando me llaman la Hannah Montana de la literatura. Y ya me gustaría a mí.

—La mujer sigue relegada a la categoría de musa. Pero no lo dirás por ti. Poeta, antóloga, traductora, novelista.

—Otra de las grandes escritoras de la generación de García Márquez, que es Elena Garro, mejicana, cuando se le publicó por primera vez una novela en España suya, decía: Musa de García Márquez, novia de Bioy Casares y mujer de Octavio Paz. Una mujer completa pero, claro, de lo que no se está hablando es de lo que ha hecho, que es escribir una narrativa brutal y ser una de las autoras más grandes de México y de su generación. Lamentablemente, por muchos títulos que tengas en la biografía, hay algo que pesa más todavía, que es la mirada, muchas veces, machista de esta sociedad.

—Publicaste el primer poemario a los 18 años. Te decían entonces que eras “insultantemente joven”. ¿Desde cuándo ser joven es un insulto?

—Eso me preguntaba yo siempre y curiosamente ahora tengo 28, soy madre, tengo canas (ríe) y muchas veces se me sigue tratando como la eterna promesa, como algo que algún día pasará. Lo que yo me pregunto es cuánto tiempo tiene que estar alguien creando para que le tomen en serio, y sobre todo una mujer, para que la tomen en serio.

—Volviendo a tu novela, una mujer de 30 años mantiene una relación con un hombre maduro. Algo bastante habitual.

—Sí, sí. Bueno, la mantiene cuando tiene 15 y luego a los 30 está tonteando con otro. Creo que es normal porque a muchas les atrae el poder o la sensación de alguien supuestamente más inteligente que tú o con más poder, porque te va a llenar el alma de otras cosas que alguien de tu edad no lo haría. Creo que bastante común. Sí.

—Te documentaste con correos de chicas que habían mantenido relaciones con hombres bastante mayores que ellas.

—Recibí historias de muchas mujeres, algo que solo me había pasado una vez que traté temas como por qué no nos suicidamos, o sea, por qué alguien que se va a suicidar decide finalmente no suicidarse. O como cuando traté el tema del aborto espontáneo, de la pérdida gestacional. Creo que son temas que remueven a las personas y que invita a contar su experiencia a las personas porque son temas que se tratan muy pocas veces en los grandes medios y, por fortuna, eso está cambiando ahora. Entonces, me inspiró mucho saber que había mujeres que se iban a sentir identificadas, incluso salvadas un poco por un personaje como Helena.

—Hace dos años Facebook censuró tu cuenta por colgar la portada de tu libro 'El dedo', sobre la masturbación femenina. No logramos arrebatar espacio al puritanismo.

—Hace falta educación y hace falta que la gente pueda acercarse al arte y juzgarlo pero sabiendo que es arte. Pero estamos en un momento en el que quizá porque todo se precipita por las redes sociales o porque cada vez hay menos literatura, menos filosofía y menos arte en las escuelas, tendemos a perder la mirada.

—¿Alguna vez hiciste o soñaste con ser Lolita? Porque el 70 por ciento de tus amigas, según tú, sí lo vivieron.

(Ríe). Me pregunto mucho, a veces, si yo, cuando sea mayor, querré ser hombre y me pregunto qué haré para detener esos impulsos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

27 de mayo de 2019

  • 27.5.19
Laura Restrepo (Bogotá, 1950) publica Los Divinos, una historia que no la dejaba dormir y que le surgía a borbotones de la sangre, pese a que confiesa que ella es lenta para la escritura. La novela es una ficción, aunque parte de un hecho real: el crimen de Rafael Uribe a la niña Yuliana Samboné. Este joven arquitecto –joven, guapo y carismático, según la autora– secuestró a la criatura, la torturó y la asesinó. Ella tenía siete años. El crimen, contra toda sospecha, conmocionó a Colombia, un país que comenzaba a salir de una guerra que arrastraba desde varias décadas atrás.



La escritora colombiana vive la década de los sesenta con una belleza interior que no esconde su capacidad seductora, su belleza de entonces traducida a la madurez con una mirada profunda de mujer hábil y una precisión en las palabras que mide a su antojo. Su sonrisa es discreta, pero plena.

De aquella juventud que no se atreve a desechar del todo, conserva una melancolía sentimental que controla férreamente. Andaba escribiendo otra novela, cuando se le cruzó la historia de Yuliana en el camino. Y ya no podía pensar en otra cosa.

Cuidó el lenguaje palabra por palabra, como a coma. Dejó fuera de la narración su voz de mujer combativa y se entregó sola a contar esta monstruosidad con la voz de un hombre. No investigó. Los hechos se mostraban contumaces. Solo quería escribir desde dentro del corazón del asesino. El narrador es uno de los cinco amigos. No quería tampoco ponerle adjetivos a la historia.

Ha sido maestra. Ha sido política. Pero ante todo es madre. Es novelista. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas y han merecido varias distinciones, como el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, el Prix France Culture o el premio Grinzane Cavour 2006 a la mejor novela extranjera publicada en Italia.

Profesora emérita de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, ha publicado, entre otros los libros Delirio (2004), Demasiados héroes (2009 y 2015) o Pecado (2016). Ahora que ha encontrado la paz, ha vuelto con la novela que abandonó para escribir Los Divinos.

—'Los Divinos' está basada en un hecho real, en el crimen de Rafael Uribe a la menor Yuliana Samboné. Yuliana fue secuestrada, torturada y asesinada. Tenía siete años. El crimen conmocionó a su país.

Los Divinos es una novela de ficción y, sin embargo, tiene un detonante en la vida real y en el crimen que acabas de mencionar. El crimen en sí y la conmoción que provocó en el país. Hay crímenes contra las mujeres que resultan ser una radiografía profunda de los países en que vivimos, porque esto sucede en Colombia pero yo creo que situaciones similares, no que estén pasando ahora y antes no, pero que ahora están siendo destapadas en distintas partes del mundo.

Como que toda la capa de eufemismos y de falsos pudores que había sobre el feminicidio, y ni qué hablar del infanticidio, que sí que se tapa, empieza a destaparse y ahí empieza a salir el monstruo que hay detrás. Que no solamente los ejecutores del crimen en sí, sino de alguna manera leyes, instituciones, de procedencia patriarcal que respaldan ese estado de cosas. Todo está saliendo a la luz en el mundo, entonces el país entero.

Colombia es un país familiarizado con la criminalidad desgraciadamente por décadas de guerra, y sin embargo este crimen sacó al país a la calle. La primera pregunta que te hacías era por qué este. Claro, es absolutamente atroz. Pero la movilización que generan estos crímenes también aterradores, masacres de 300 personas, no la había producido.

Creo, simplificando, que básicamente tiene que ver con dos cosas. La primera, la víctima o la víctima absoluta. Imposible una víctima más indefensa y más inofensiva que esta pequeñita de siete años, paupérrima, de un barrio de invasión de familia indígena, desplazados por la violencia. No podían encontrar una víctima a la que fuera más difícil adjudicarle todo aquel tipo de raciocinio, de argumentos mediante el cual la culpabilidad recae sobre la víctima. No podían decir que usara la ropa no sé cómo, ni que estaba borracha. Ahí no cabía. Era la víctima absoluta.

Y por otro lado, el victimario era el culpable absoluto, porque la gente más o menos cataloga las bandas, los guerrilleros, los narcos, los malos, de quienes se sabe que cometen atrocidades y que andan armados. Este era un muchacho que tenía el mundo en la mano. Arquitecto, joven, guapo, carismático. De quien nunca se hubiera esperado que hiciese una cosa así. No porque no las hagan. Lo que se ha visto precisamente es que sí que las hacen. Sino porque son ciudadanos al margen de toda sospecha y que de alguna manera se mantienen por distintos mecanismos fuera del brazo de la ley.

—El arquitecto Rafael Uribe cumple una condena de 58 años en la cárcel. Dices de él y de sus amigos que se les educa como si fueran “amos del universo”, hijos de madre poderosa que, cuando tienen un hijo débil, se dedican a taparle sus debilidades y acaban convirtiéndolo en un monstruo.

—Claro que eso se refiere al Muñeco, que es el asesino en la ficción. Porque yo, sobre el asesino en la vida real, no investigué nada. Yo empecé haciendo la novela y el primer intento de meterme en los zapatos de los muchachos de cierta clase social. De una edad que no es la mía, yo empecé con la hipótesis de que eran hijos de papá, que heredan todo su poder, su carisma, el espacio de influencia que mueven lo heredan de un padre rico que, de alguna manera, les entrega todo el paquete. Y, sin embargo, muy pronto pensé no, estos ya no son hijos de papi.

Yo no sé si aquí el término está tan acuñado, pero en Colombia tú dices "un hijo de papi" y está muy claro a qué te refieres. Pensé no son hijos de papi, son hijos de mami. La poderosa es la madre, que gerenta o es dueña del negocio. O sea, económicamente, la madre que ya cumple un papel decisivo y que utiliza la fuerza que ha ganado para encubrir las debilidades del hijo para suplir los vacíos del hijo, para disfrazar la inercia y la incapacidad del hijo con falsos cuentos hasta que va creando un monstruo que le salta a la yugular.

—Como dice, la novela es ficción. El único elemento verídico es el crimen de la niña. Pero nunca pensó en hacer una reconstrucción periodística de los hechos, acercarse a un reportaje neutral, como 'A sangre fría'.

—Lo descarté desde un principio, Antonio. Primero, porque la prensa había hecho un cubrimiento muy excepcional, exhaustivo. Digamos que el público lector colombiano que iba a ser los primeros receptivos de la novela sabían perfectamente lo que ha pasado. Inclusive internacionalmente era un crimen que ha tenido repercusiones.

Ahí no valían técnicas de novela negra como mantener el suspense en torno al asesino. No se podía. Y es una novela que yo escribí enteramente en mi montaña de los Pirineos aislada, y yo quise hacer uso de ese aislamiento para hacer una novela interior, que los hechos no se la tragaran, y yo creo que es un problema que nos pasa mucho a los escritores hispanoparlantes, que los hechos son muy contundentes y nos vamos por la épica y la intimidad se escapa.

Yo quiero tratar de ver cómo son por dentro estos muchachos que pueden llegar a una cosa así. Cómo su relación, no solamente la del asesino de la víctima, sino la del grupo de los cinco amigos que conforman desde niños este grupo, que ellos mismos llaman Los Tutti Frutti, cómo son sus relaciones con las demás mujeres también, con sus madres, son sus novias, con las empleadas del servicio, que me parece que en países como el mío con una primera escuela de respeto con la mujer.



Porque me parecía que, claro, que el crimen de una niña de siete años es la monstruosa punta del iceberg lo que asoma. Pero me parecía que por detrás tenía que haber una cadena de irrespetos a la mujer. Digamos socialmente tolerable, entre comillas. Pero que no están desconectados del crimen intolerable que es ya el rapto, la tortura, la violación y la muerte de una niña.

Es decir, ese irrespeto por la mujer de todas maneras ancla muy atrás y muy abajo. Y la sociedad tiene un margen de tolerancia grande, hasta que ya el crimen se manifiesta en tal volumen que ahí pasó una atrocidad. Pero cuáles son las raíces de la atrocidad me interesaba a mí verlas.

—Escribía otro libro, pero sucedió el crimen y no podía pensar en otra cosa. Usted que ha nacido en un país que ha convivido con la muerte varias décadas. ¿Qué le conmovió de este hecho?

—Yo escribo. He sido maestra. He sido política. Pero yo soy madre ante todo. Y la idea de que a esa chiquitica le hicieran ese daño, cómo convivir con eso. Y pensar que eso ocurre en una sociedad en la cual, mal que bien, haces parte y que no basta con señalar al asesino y decir es un monstruo, sino que hay que pensar qué estamos haciendo todos nosotros para que una cosa así pueda suceder.

Eso no pasa de la noche a la mañana. Aquí hay abismos sociales brutales que permiten que se abuse de esa forma de una niña, porque la niña no es nadie, la niña no existe en nuestra sociedad. Yo soy lenta para escribir pero este libro salió a borbotones. No me dejaba dormir. De hecho, lo escribí muy rápido.

Poco tiempo después del crimen apareció el libro. Y yo sentía que de pronto con palabras podía hacer una especie de protección de burbuja de protección para esa niña o revertir el tiempo. De hecho, El Hobbit, que es el que narra en tercera persona, que hace parte del grupo pero que está también aterrorizado con el crimen, digamos que rebasa sus márgenes de dudosa moral.

El Hobbit siempre está pensando por qué no nos dimos cuenta antes de que El Muñeco estaba yendo tan lejos, en qué momento lo hubiéramos podido parar, inclusive El Hobbit piensa quizás lo habíamos tenido que haber matado a él. En su delirio de cómo impedir que pasara lo que sucedió.

Entonces, yo pensaba eso. Cómo con palabras revertir el tiempo, frenarlo antes de que pase esto. Proteger a esta chiquita con palabras obviamente no se puede hacer. Pero si tú me preguntas qué era el impulso que me hacía escribir de día y de noche, pues era eso.

—Pero la prisa no le hizo descuidar el lenguaje.

—De hecho, el lenguaje tenía que ser cuidado palabra a palabra y coma por coma, porque una novela escrita en primera persona por uno de los personajes, que mal que bien participa de la trama del asesinato, lo único que el lector iba a tener eran las palabras de ese personaje. Porque ahí no aparece un detective, no aparece alguien que abunde dentro de la ficción, que pudiera dar un correlato de realidad, que te dijera las cosas fueran así o asá.

Lo único que había era la opinión de este muchacho que habla todo el tiempo en primera persona. Entonces yo pensaba lo que tiene el lector, lo que yo entrego son las palabras. Y en las palabras tiene que estar el ADN de lo que son. Por eso lo escribí en bogotano. Tenía que estar escrito en bogotano porque fuera del bogotano los personajes se me desdibujaban.

He pensado el alma de estos personajes tan particulares, estos niños bien, estos narcisos colombianos, pero que en realidad pertenecen a una cultura del hedonismo que puede estar en cualquier parte del mundo, su alma tiene que estar reflejada en la forma como hablan.

—No investigó pero tampoco quiso meterse en quién tiene la culpa. Quiso hacer un universo de ficción pensando que quizás la literatura fuera una herramienta para entender qué pasó.

—Fíjate que, digamos, volviendo al hecho real, que es el detonante de la novela, sucedió que la Justicia se movió muy rápido en Colombia. Entiendo que es de los casos de los últimos años en el mundo del abuso sexual de una mujer el que más rápido recibe una condena. Y una condena radical. Porque le pusieron la pena máxima sin posibilidades de reducción de ningún tipo. Lo capturaron enseguida y a los tres meses ya estaba condenado.

Entonces, por ese lado, lo que en principio fue un gran movilizador de la opinión, porque yo creo que la gente que estaba en la calle pensaba a este no lo tocan, porque a estos no los tocan, pertenecen a esos grupos de poder Los Divinos que, de alguna manera, están al margen de toda sospecha. Están blindados.

Ese malestar espantoso de que no lo van a tocar motivó mucho de la movilización. La justicia operó rápido. Entonces, digamos, la trama suicida estaba resuelta. ¿Qué quedaba? Toda la trama moral y toda la trama social era lo que estaba por debajo. En donde sentía que la ficción era la herramienta más propicia.

—El crimen sucede con un proceso de paz en marcha. Y El Muñeco, cuando mata a la niña, no se oculta, actúa con absoluta impunidad. ¿Qué le movía para actuar así?

—El título Los Divinos tiene también que ver con eso. El desparpajo con que opera en la ficción El Muñeco y en la vida real el asesino. No se preocupó. Quedó grabado en no sé cuántas cámaras de seguridad. Eso te habla de alguien que sabe que no le va a pasar nada. Yo pensaba, tratando de ponerme en los zapatos de El Muñeco, el asesino en mi libro, claro, finalmente este tipo no está matando a nadie. La niña no es nadie. No pasa nada. O como las mujeres que asesinan en México cuando vienen los migrantes indocumentados al tratar de pasar la frontera.



Matan miles de mujeres. Claro, no hay repercusión. Las mujeres no son nadie. No las busca la justicia. No están registradas. No pasa nada. Esa actitud de cazador que tiene el personaje en la novela. Él es un ave rapiña. Desde su penthouse está mirando allá el arrabal como buscando a la presa. Me parece que sintetiza un poco la posición de ese personaje. Exactamente lo mismo que en mis montañas de cazador está esperando el que se abra la temporada de caza para bajar a un jabalí que lo siente por ahí rondar.

—Los Divinos tienen con las mujeres relaciones de desprecio, de idealización, de fracaso. ¿Esa es la causa que impulsa su acción?

—Entiendo tu pregunta. Evidentemente, a pesar de que los otros pueden tener unas relaciones horribles con las mujeres, como suele suceder en toda nuestra sociedad, muchos hombres habituados a tener una relación de desprecio, y a muchas mujeres que además la toleran, pero evidentemente hay algo excepcional en él. Es decir, los otros no van a violar ni asesinar a una niña.

Y la novela, aparte del tratamiento de grupo de la mentalidad colectiva de ese grupo de niños bien, intenta profundizar más en lo que es el propio Muñeco y en la rareza de su acción. Cómo se va hasta el límite y sobrepasa de una manera brutal. Fíjate que era interesante pensar: El Hobbit lo conoce desde niño y lo recuerda de las épocas del colegio donde de verdad el más carismático era él; el buen deportista, el que enamoraba a todas las muchachas, el jefe de la banda de guerra, el que era capaz de hipnotizar, de cautivar, a toda su escuela, haciendo proezas como jefe de la banda de guerra. El más matón a la hora de jugar fútbol.

Era este muchacho más carismático precisamente el que acaba yendo más hondo. Y pensaba: quizás en otra sociedad, este muchacho hubiera podido ser un artista, un buen periodista, hubiera podido ser alguien un poco distinto del molde, no un simple ejecutivo de empresas. Es el único que se anima a salir a la calle.

Hay ciertos rasgos que te hacen pensar que quizás separarse del grupo hubiera podido tener connotaciones positivas. Él frecuenta otras clases sociales. Estos otros niños son niños de club, son niños de discoteca, como circuitos muy restringidos y muy exclusivos de su clase. El Muñeco es más aventurero. El Muñeco se sale. Lo que pasa es que esa misma salida, al caer en el abismo que hay entre las clases sociales en una ciudad como Bogotá, a lo que lleva es a esta monstruosidad.

En ese sentido, yo tengo un amigo muy querido, jesuita, un tipo extraordinario, proveniente de las familias ricas, y ha vivido durante muchos años justamente en el barrio vecino de la niña. Y yo pensaba: mira qué destinos contrapuestos. Hubiera dado otra novela. Interesante la contraposición.

—El narrador es uno de los cinco amigos pero al mismo tiempo no se identifica con ellos. ¿El Hobbit tenía que ser así?

—Claro, porque yo no quería aparecer. Por eso la novela no está contada por mujeres. Si bien es imprescindible que las mujeres nos manifestemos, además con toda la energía y todas las convicciones, tenemos que ser quienes llevamos la vanguardia en eso, de todas maneras se conoce más nuestro punto de vista de absoluto rechazo.

Me interesaba más contarlo desde la perspectiva de un hombre, y de un hombre que pertenece al grupo. Si tú quieres saber cómo son, no puedes empezar con adjetivos que descalifiquen de entrada. Tienes que entrar suave, tratando de acompañar al personaje y, al mismo tiempo, tenía que ser alguien que perteneciera al grupo, pero que fuera un poco distinto, de una clase social diferente, sus padres no son tan ricos como los de los amigos, es un traductor, lo cual hace que él lea.

De alguna manera, El Hobbit es un bicho que no sale de su casa, ha roto los vínculos sociales, se lo pasa viendo con los videojuegos, la televisión. Un personaje encerrado en su propia cueva. Entonces, era el narrador idóneo para mí, porque conoce desde dentro pero me evitaba a mí como autora estar haciendo juicios de valor o poniéndole adjetivos a la historia.

—Le interesaba trabajar en el libro con un concepto nuevo: el hijo de mami. Contra una idea generalizada de que los hombres son violentos y las mujeres buscan la paz. Pero usted no opina así. La mujer puede generar esquemas que lleven a la violencia.

—Mira, es un tema muy resbaloso. Porque, evidentemente, es ese terreno atroz del abuso de la mujer. La víctima es la mujer y el victimario, un hombre. Y en ese sentido está claro que las mujeres, como conjunto, tienen que estar en la vanguardia de la protesta y de la exigencia de que las realidades cambian. Pero al mismo tiempo, simplificar con hombres malos, mujeres buenas, solo lleva a la derrota. Primero, porque no es así.

Hay muchos esquemas donde las mujeres tienen una participación activa. Yo lo he podido ver en otras novelas las realidades en guerra, por ejemplo, en donde quienes impulsan a continuar con la cadena de sangre son las propias mujeres. O escribir reportajes sobre Yemen y Etiopía donde se producen la ablación de la mujer, y allí hablé con muchos hombres jóvenes que dijeron ojalá no mutilaran a las muchachas, porque nosotros no queremos tener un personaje muerto en la cama, quisiéramos tener una vida sexual activa con nuestras esposas y no estarlas lastimando. Y en muchos casos era la abuela la que llevaba a la niña a la cocina.

Entonces, eso no lo puedes ignorar, porque nosotros tenemos que trabajar en nuestro propio campo para romper con sus cadenas de machismo que muchas veces las asimilamos. Decir esto te trae problemas porque, claro, tú no puedes echar la culpa sobre la víctima. Entiendo que es un terreno muy delicado, pero cuántas veces también las madres generamos estos egos monumentales de los hijos que se creen salidos de la nave de Zeus precisamente porque tienen detrás una madre tapando todos sus defectos y auspiciando la desidia en el hijo.

Yo creo que eso hay que mirarlo en cualquier momento. Cuando empezaron las grandes matanzas patrocinadas por Pablo Escobar, yo estuve en uno de los barrios populares en Medellín que era el caldo de cultivo donde él sacaba la institución del sicariato. Yo estuve entrevistando a una mujer que lavaba las camisas ensangrentadas del hijo, sabiendo perfectamente que el hijo había estado matando, sin preguntarle. ¿Por qué? Porque el hijo era el proveedor.

Una familia sin padre, donde el hijo mayor era el sicario y era el que traía el dinero. Esa madre no preguntaba de dónde venía el dinero. El hijo mayor es el más amado por la madre y, al mismo tiempo, es una madre que lo está entregando a la muerte, ¿no? Inclusive había una analogía con la imagen cristiana de la madre que adora al hijo que va a ir a la cruz, la madre que adora al hijo que sabe que se va a morir.

—Este es un crimen que se hace por placer. No hay otros intereses. ¿Ese aspecto es el que lo hace más condenable?

—Claro. Yo creo que tienes razón. Seguramente es igual de condenable que cualquier otra motivación. Violar a una mujer, asesinarla, y más a una niña, no tiene ningún tipo de excusa ni moral ni legal en ninguna circunstancia. Pero quizás aquí la indignación popular fuera todavía más fuerte.

Es sabido que en los sitios donde hay guerra, y esto he podido comprobarlo personalmente en el mundo entero, las mujeres se convierten en motín de guerra. Es decir, violar a la mujer de tu enemigo es parte de tu victoria. Pero aquí, claro, había un componente adicional.

Este niño todo lo tiene. Este muchacho que tiene el mundo en su mano, lo que en Manhattan llaman "uno de los amos del universo", ¿por qué lo hace? Lo hace por placer. Y eso le añade un toque al repudio generalizado. La mató por placer.

—No le interesaba que la novela estuviera narrada por mujeres, como dice. Quería meterse en el corazón de esos niños, en el corazón del asesino. Pero sí encontramos en estas páginas la mirada de Alicia o Malicia.

—Sí. Para mí es interesante Malicia. Y era importante que El Hobbit, que es un tipo bien perceptivo le dijera no Alicia sino Malicia. Por qué ella es Malicia. Ella es Malicia porque ella observa a los muchachos y los conoce. Ella no es ingenua con respecto a cómo es este grupo con el que se está metiendo. Y al mismo tiempo es víctima de sus tratos.



Ella va a confesarle a El Hobbit "yo misma he permitido que me traten como objeto". Entonces, Malicia es doble. No quería yo que la única mujer que aparecía fuera la buena. De alguna manera, contribuye a romper una cierta cadena, pero al mismo tiempo ella no es ajena a un cierto tipo de utilización de la mujer. Ella se da cuenta.

—En la traducción de la obra al inglés, le pidieron que para su publicación le subiera la edad a la niña.

—Afortunadamente, las cosas están cambiando rápidamente en el mundo. Pero eso tiene que ver con el silencio aterrador que pesa sobre el infanticidio. Porque si bien con el feminicidio se ha puesto el grito en el cielo y se ha puesto contra la pared a la justicia para que condene, sobre el infanticidio, en general, todavía pesa un silencio imperdonable. Porque, claro, el silencio lo que hace es facilitar, permitir, que las cosas sigan sucediendo.

Yo creo que tiene que ver, primero, con algo de lo políticamente correcto. No hay que herir la sensibilidad del lector hablándole del crimen contra una niña tan pequeña. Tiene que ver con que la sociedad no puede reconocer que las niñas son víctimas de abuso. Es algo que hay que ir destapando o que hay que destapar de una vez por todas.

La realidad lo que te indica es que el abuso sexual es más frecuente entre menores de edad que sobre mayores. Pero muchas veces se mantiene en el marco de la familia como grandes secretos. Pero luego que sucedió, vinieron casos como el de la chiquita en la India a la que violan masivamente porque ella es musulmana y quienes la violan pertenecen a otro grupo social que la violan y la matan.

Eso tiene repercusiones mundiales y empieza a salir a la luz también las niñas y los niños como víctimas de prostitución, los abusos sexuales, de violación. Y empieza eso también a tener presencia. Es un indicador de cómo cambia de rápido la percepción por cuenta de la movilización que ha habido de las mujeres.

—Dice que su hijo y sus sobrinos le ayudaron a recoger la mirada de esa generación que ronda los 40 años, la generación de estos muchachos.

—Mi sobrino y mi sobrina, que también desde el punto de vista femenino me ayudó mucho. Mi hijo fue directamente decisivo porque fue el que en realidad sabía cómo es esa generación, y esa generación de ciertos niños. Yo he sido maestra de escuela con muchachos de esa edad, pero de otra clase social.

De ese grupo en específico, mi hijo jugaba fútbol con muchachos así y los conocía en el terreno. Y fue clave para mí. Bueno, él escribe también. Está viviendo conmigo aquí en la montaña. Entonces, fue muy interesante la contraposición con él, porque puedes mirar las cosas a través de los ojos de otra generación. Normalmente, los escritores quedamos anclados en la perspectiva de nuestra generación. Y este trabajo conjunto con mi hijo me permitió ver las cosas a través de sus ojos. Fue muy interesante.

—¿Qué puede encontrar el lector en el libro que no estaba en la realidad, en las crónicas periodísticas?

—La búsqueda que a mí me interesaba y que me gustaría compartir con el lector es la interioridad, la intimidad que hay detrás de todo esto. Ya no el marco exterior de los hechos, sino cómo funcionan las cabezas de quienes están operando. Sus vidas familiares, su trayectoria desde la infancia. O sea, si el crimen atroz es la punta del iceberg, yo quería ver lo que hay bajo el agua.

La palabra "monstruo" nos sorprende desde el inicio, porque la palabra "monstruo" viene de "mostrar". El monstruo es lo que se muestra. A partir de ahí, todo es como detonante que de pronto enruta tu pensamiento hacia otro lado. Yo dije: si el asesino es lo que se muestra, si el crimen es lo que se ha mostrado, lo que se ha visto, yo quiero hacer una novela sobre lo que no se ve, lo que es invisible detrás, lo que está tras bambalinas en un crimen. Me pareció que eso era una perspectiva, yo que no soy una experta en novela negra, algo que quizás yo podía aportar.

—¿Y ahora a recuperar la novela que abandonó?

—Sí. Ya la saqué de los cajones y de la memoria del ordenador. Con los proyectos archivados pasa como con los viejos novios, que los miras y uno se pregunta: por qué era que me gustaba tanto (ríe). Qué hacía yo ahí, cuál era la fascinación que ejercía sobre mí. Entonces, estoy un poco en esa fase, tratando de retomar el viejo entusiasmo. Todavía no sé si lo lograré o no.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
REPORTAJE GRÁFICO: ELISA ARROYO

DEPORTES - CASTRO DEL RÍO DIGITAL

FIRMAS
Castro del Río Digital te escucha Escríbenos