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Mostrando entradas con la etiqueta Preguntar para escribir [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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14 de octubre de 2019

  • 14.10.19
Hace ya treinta años que Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) publicó Juegos de la edad tardía, la novela que lo catapultó como uno de los narradores más exigentes del panorama literario español. Su última novela se titula Lluvia fina, un título que, a diferencia de las demás novelas, le surgió al comienzo de la escritura. Un libro que habla de conflictos familiares que, en este país, dice, “son un poco tabú”, porque “la familia es nuestra principal escuela sentimental”. Esta vez le resultó fácil la escritura de una historia que parte de un hecho real: una bronca familiar cuyo balance fueron un muerto y dos heridos.



Luis Landero advierte que no le extraña que ocurran estos sucesos, porque estamos aprendiendo a convivir: “Estamos en Primaria de convivencia”. Es entrañable en la cercanía y ambicioso en la escritura. De ahí que su novela no sea inocente y esté muy bien calculada en su estructura. Prefiere seleccionar estos hechos sangrientos a escribir sobre la felicidad. Algo que le parece absurdo y cuyo producto final solo concibe como un relato monótono que no interesaría a nadie.

—En cuanto se le ocurrió la historia, supo el título. ¿Vio primero el temporal o la lluvia fina?

—Vi las dos cosas a la vez. A mí siempre los títulos se me ocurren al final, pero este se me ocurrió al principio. Sabía que esa lluvia fina iba a acabar en lluvia torrencial.

—Las familias son como los icebergs. ¿Tan poco se ve, tan bien disimulamos nuestras desgracias?

—Las familias y todo bicho viviente. Y naturalmente tenemos nuestra parte oculta. No sé si como un iceberg, que quizá es un poco exagerado, porque el iceberg tiene nueve décimas partes por debajo del agua.

—Del mismo modo que la soledad ha estado denostada en nuestra sociedad, la familia igual ha estado sobrevalorada.

—No sabría responder. ¿Sobrevalorada? No. Lo que pasa es que los problemas familiares son todos de puertas a dentro. Siempre se ha dicho que la ropa sucia se lava en casa y que las cosas familiares no deben a la luz pública. Los conflictos familiares son un poco tabú. Normalmente los conflictos familiares pertenecen a la intimidad de cada cual.

—Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. ¿Comparte el arranque de 'Ana Karenina'?

—Sí. Las felicidades todas se parecen. La felicidad es bastante monótona. Nadie ha escrito una novela sobre la felicidad porque sería absurdo. La felicidad no tiene interés desde el punto de vista literario. Y efectivamente en la desdicha y en la desgracia es donde aparece la singularidad de cada cual.

—Como usted dice, el escritor es alguien que observa el mundo. Usted encontró en la realidad la base que sustenta su novela. Pero se ve que le fue fácil ficcionar.

—Fue relativamente fácil. La invención fue fácil. La escritura, que es lo que más cuenta, creo que no fue tan difícil como otras veces y la estructura fue lo más complicado.

—Arranca su novela afirmando que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes. ¿Tampoco su novela lo es?

—No. No. No es inocente. Está todo bastante calculado. Para que no sea inocente. Precisamente lo que intento es desenmascarar los conflictos que hay detrás de esa aparente inocencia de los relatos, la trastienda de esa inocencia aparente.

—Hemos odiado a nuestros hermanos, a nuestros padres y, sin embargo, también hubiéramos dado la vida por ellos. Es difícil de entender.

—Sí es difícil de entender. Porque además con la familia convivimos cuando estamos aprendiendo a vivir y estamos aprendiendo a conocer el mundo. Y entonces, en esa medida, nuestro mundo sentimental se va desarrollando muy poco a poco y se va proyectando en los seres que tenemos alrededor que son los padres, los hermanos, los tíos y todo esto.

Y entonces, nuestros sentimientos más primarios, más inocentes, más malvados también, se proyectan en ellos. Pero, bueno, eso es natural, ¿no? Sentimientos infantiles, sentimientos adolescentes, donde podemos ir desde la rabieta a la desesperación. Es una escuela de sentimientos. La familia es nuestra principal escuela sentimental.

—Dice usted: “Tengo la sensación de que es una novela que se ha escrito sola”. La verdad: da esa sensación.

—Bueno, pero eso me gusta. Me gustan las sensaciones de que se haya ido escribiendo sola. Normalmente uno tira de la novela hasta que la novela tira de ti. Sin embargo, en este caso, desde el primer momento, la novela me agarró a la solapa y tiró de mí hasta el final. Y yo creo que eso quizá se nota. Ha sido una historia que me ha arrastrado desde el primer momento como un torrente (ríe).

—Dice usted que la literatura ha perdido el aura de arte sagrado que tenía en el pasado. Rota esa distancia, tampoco la hemos sabido acercar más al lector.

—Pero quizás ocurre en todas partes. En España de un modo especial. En España, el problema no es tanto la lectura como la educación. Como la reforma agraria, que veníamos discutiendo de ella desde el siglo XVIII y no tiene solución. Pero es también la figura del intelectual, la figura del sabio, la figura del maestro, la figura del profesor. Todo eso ha perdido su aura. Porque el saber ha perdido su aura.



Ahora es todo bastante tribal y demás. Y entonces, yo no sé quién tiene el aura ahora. Probablemente un youtuber, los influencers y toda esta gente. Pero la figura del intelectual, del artista, etcétera, que tenían un aura un poco exagerada, pero cierta aura tenían. Y eso efectivamente se ha perdido. Ha perdido la importancia que tenía en la sociedad. Ha perdido su estatus evidentemente. Hemos perdido el estatus los escritores, los profesores y demás.

—Como decíamos, el caso que usted cuenta está basado en una bronca real, cuyo balance fueron un muerto y dos heridos. Pero todos hemos conocido muchos casos como este. Y los que nos habremos perdido.

—Suele ocurrir, claro. Porque convivir es muy difícil. De hecho, estamos aprendiendo a convivir. El hombre está aprendiendo a convivir. No hace tanto que perdimos el rabo, vaya. Estamos aprendiendo a convivir y en esa medida hay muchas cosas por hacer, claro. No sé. Estamos en Primaria de convivencia y, a veces, estamos muy cerca de la violencia. Nos separa de la violencia una capa muy fina. Estamos a medio civilizar, efectivamente.

—La literatura le ha servido para prolongar la infancia. ¿Ha vuelto a creer en los Reyes Magos o le seduce más Papá Noel?

(Ríe). No, no. Los Reyes Magos de toda la vida. A mí Papá Noel nunca me ha regalado nada. Se lo debo casi todo a los juguetes de los Reyes Magos.

—Y además la infancia le lleva a la irresponsabilidad. ¿Ese estado de enajenación le lleva después en volandas a la creatividad?

—De enajenación y de asombro, porque el niño es alguien que se asombra. Yo se lo decía siempre a mis alumnos: “Debéis preservar al niño que sois, que no se muera el niño que sois, para que no se muera en vosotros también la capacidad de asombro”. El asombrarse ante lo que se ve es la doctrina platónica. Todo comienza con el asombro. Y el niño es muy proclive a asombrarse. De manera que un artista es el que prolonga una situación en la medida que mantiene su capacidad de asombro.

—Treinta años de 'Juegos de la edad tardía'. ¿Cómo se ve todo con los años?

—El libro lo veo bien. Me sigue gustando. Estoy contento y orgulloso de haber escrito ese libro. Que di lo mejor de mí en ese libro y ahí está. ¿Cómo lo veo con el paso del tiempo? Pues que tenía razón aquel tango que decía veinte años no es nada (ríe). Efectivamente, la vida es un soplo, me decía mi padre de pequeño. Y yo decía: “Tonterías. Volará para ti. Para mí, no”. Ya lo creo que vuela. La verdad es que el tiempo vuela.

—¿Después de esta lluvia fina comenzará a escribir ahora directamente sobre la tormenta?

—Tengo por ahí un proyecto a medias. Lo tengo un poco enjaretado. Ya me pondré al tajo a ver si sale.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

7 de octubre de 2019

  • 7.10.19
Clara Sánchez (Guadalajara, 1955) publica El amante silencioso, una novela en la que su protagonista, Isabel, recibe una propuesta que va más allá de sus competencias: ir a Mombasa para rescatar a un joven llamado Ezequiel que ha sido abducido por la Orden Humanitaria, una secta que esconde algo turbio. Su autora se expresa así: “Es que la manipulación a través de los sentimientos es la más efectiva de todas”.



Ha publicado además Piedras preciosas (1989), Últimas noticias del paraíso (Premio Alfaguara de Novela 2000), Lo que esconde tu nombre (Premio Nadal de Novela 2010) o El cielo ha vuelto (Premio Planeta 2013). Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas.

—'El amante silencioso' se adentra en el hermético mundo de las sectas. Todo comienza cuando conoces el caso del hijo de una familia amiga captado por una secta. ¿Tan difícil es desprogramarlo?

—Es como un drogadicto, que si no quiere desintoxicarse voluntariamente, pues la verdad es que es sumamente difícil, por no decir imposible. El que no se salva por sí solo, nadie puede salvarlo.

—El mundo es una secta dividida en múltiples microsectas: empresas, equipos de fútbol, la familia, la pareja. ¿Como para tener miedo?

—Como para tener sentido crítico y como para ser reflexivos.

—Tu protagonista, Isabel, viaja a Kenia, en busca de Ezequiel, un joven captado por una secta cuando le abandona la novia.

—Isabel es una chica corriente, inexperta, que se embarca en un viaje a un mundo desconocido donde se va a convertir en una infiltrada en ese mundo y en una infiltrada en la secta donde tiene que rescatar a Ezequiel. En ese mundo ninguno es lo que parece. Tampoco Isabel.

—Isabel tiene motivos para emprender ese viaje. Redimirse por la pérdida de un hermano también atrapado por una secta. Siempre la culpa.

—Sí. Isabel vive con un enorme sentimiento de culpa del que se va a ir descargando poco a poco en ese viaje en que se da cuenta de que en realidad si puede salvar a alguien un poco es a sí misma.

—Tus personajes actúan movidos por el amor. Unos porque lo han perdido y otros para conseguirlo.

—El amor es el que mueve a los personajes. Todos están en la situación en la que están, bien porque han sido rechazados o bien sienten que les falta algo en la vida. El amor, desde luego, es como un superpoder que se nos ha dado a los seres humanos, como volar o como atravesar paredes, por el que podemos llegar al corazón de otro, influirle para bien o para vampirizarlo.

—¿El amor es la principal herramienta que utilizamos para la manipulación?

—Es que la manipulación a través de los sentimientos es la más efectiva de todas. De hecho, desde los grandes poderes económicos, políticos, todos quieren entrar a influirnos a través de los sentimientos. Los grandes poderes económicos, porque explotan el miedo a que podamos perder nuestros ahorros, a que pueda quebrar la economía. Es decir, en el fondo lo que se nos infunde es miedo.

—Otros personajes, como Maína y Said, son reales. Los conociste en Kenia.

—Sí. Hice un viaje a Kenia hace siete años y allí conocí todos los lugares, las casas, los hoteles que aparecen en la novela, y también a las personas. Maína, en la vida real, era una persona muy espiritual, pero no era retorcido como el Maína de la novela.

—Las vivencias de Isabel la van a convertir en una persona diferente. Dices que es una especie de Ulises moderno.

—Sí, claro. Porque sale de su casa para emprender una aventura con un objetivo, que es rescatar a Ezequiel. Y cuando regresa, ya no es la misma persona. La vida, la aventura, todo lo que se ha encontrado, la han cambiado.

—Justificas la manipulación con esta frase: “La libertad es difícil y el alma a veces necesita cárcel”.

—A veces es que nuestra alma necesita ser encerrada un poco. Necesitamos descansar de nuestra responsabilidad y si hay alguien en esos momentos en que estamos cansados de desdecir constantemente, si viene alguien que nos marca el camino, que te dice que no te preocupes, lo que tienes es esto y lo otro, pues a lo mejor nos pescan, ¿no? Porque podemos caer en ese momento de saturación y de debilidad.

—Como decíamos, Maína es real. Un hombre sabio, que hablaba español y al que le encantaba Machín.

—Sí. A mí me contó que había aprendido español porque le encantaba Machín y tenía toda esa carga, ese bagaje, de persona que conoce el mundo desde que ha nacido y que me pareció que, si él hubiese querido, podría haber sido un gurú.

—África es un lugar propicio para que surjan órdenes humanitarias. ¿Por qué?

—Porque es un territorio muy necesitado de la caridad ajena. Y la caridad se puede ejercer de distintas maneras y con distintos objetivos y, sobre todo, la caridad ejercida por los blancos que vamos allí a salvarlos tiene un poco de engreimiento. O sea, el salvador blanco que va allí a decir cómo tienen que vivir es una figura que tendría que ser analizada.

—El calor sofocante y el sol. Turistas blancos, pobreza, voluntarios, salvadores. ¿Te atreverías ahora a definir cómo es África?

—África es muy compleja y, sobre todo, está llena de habitada por seres humanos que no son los que salen en las postales de National Geographic.

—Te llamaron la atención en Kenia las mujeres. ¿Cómo ven a la mujer occidental?

—Nos ven como unas privilegiadas que vamos allí a mirarlas un poco con conmiseración. Y la conmiseración tiene algo de subestimación.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: HOEPLI LIBRERÍA EDITORE

30 de septiembre de 2019

  • 30.9.19
El escritor argentino Patricio Pron (Rosario, 1975) ha obtenido con Mañana tendremos otros nombres el Premio Alfaguara de novela 2019, un libro donde retrata a la generación Tinder, aquella en la que unas personas eliminan a otras con un dedo. La historia cuenta la ruptura de una pareja y dibuja la dura radiografía de estos tiempos. La novela es distinta a las anteriores y muestra esas nuevas relaciones de pareja que, hasta ahora, no habían sido contempladas en literatura.



Asimismo, el autor expresa su sorpresa ante un mundo que ofrece a los jóvenes flexibilidad y precariedad en el ámbito laboral y, sin embargo, les demanda relaciones estables en la pareja. Esta es la primera novela en la que su autor se enfrenta al presente “sin rodeos”.

Autor de seis libros de relatos y de seis novelas, dice que esta obra no es autobiográfica, aunque sí le interesaba explorar la posibilidad de que esta novela dijese “cosas del mundo en el cual vivimos”. Todo lo que le interesa de Argentina va con él: discos y libros, el sentido del humor, cierto pesimismo de la razón y un optimismo de la voluntad. Pero advierte que, a veces, “es tan importante el lugar de donde uno viene como lo que uno hace con su vida y los lugares a donde va”.

—'Mañana tendremos otros nombres'. Definitivamente, los títulos extensos pasaron a la historia.

—No es el más corto de mi trayectoria, pero me parecía interesante señalar, desde el título, que esta es una novela distinta a las anteriores.

—Dice el acta del jurado que te concedió el Premio Alfaguara que tu novela es “el mapeo sentimental de una sociedad neurótica donde las relaciones personales son producto de consumo”.

—Cuando un jurado de la calidad y la reputación de este dice algo así del libro de uno es poco lo que uno puede agregar, tan solo celebrar el hecho de haber sido también leído. Efectivamente, coincido con ellos en que esta novela es una especie de intento de trascender la historia de los personajes para abordar de manera más general el modo en que vivimos actualmente.

—Tus personajes, Él y Ella, ya próximos a los cuarenta, son la generación Tinder, personas que se eliminan unas a otras con un dedo.

—Sí. Creo que este es el punto de partida de ellos y diría que su historia es la historia de cómo ellos superan esa condición y aprenden algo de sí mismos y del mundo en el que viven. Diría yo que es la oportunidad que se dan a sí mismos y al otro de evaluar cómo es que amaron y fueron amados en el pasado y se encuentran la posibilidad de amar y ser amados mejor en el futuro. La historia de cómo llegan de un punto a otro es la historia de la novela.

—Dices que un buen personaje es siempre un espejo del lector. ¿Cuánto has puesto de ellos para que se puedan reconocer en estas páginas?

—Cuando uno escribe acerca de la intimidad de unos personajes lo hace inevitablemente acerca de uno mismo, al menos de manera parcial. Sin embargo, este no es un libro autobiográfico. No me interesaba tanto narrar mi propia experiencia como narrar la de otros personajes y comprender cuánto de las experiencias de esas otras personas me concernían a mí mismo.

Esto es también lo que reclamo del lector: que el lector determine cuánto de las historias de los personajes de este libro se vinculan con la suya propia. A eso me refería cuando digo que se trata de un espejo del lector. Al margen de que estos personajes viven en Madrid o tengan profesiones específicas o edades específicas, creo que, en algún sentido, la experiencia de amor que atraviesan son universales y, en ese sentido, el libro está ahí para que el lector se identifique con ellos y los ponga a jugar con las suyas propias.

—Los intercambios escritos que producimos en las redes están creando una especie de “nueva literatura” que a ti te parece muy interesante explorar. ¿Qué le encuentras de novedoso o de adictivo?

—En primer lugar, me interesa el hecho de que no son considerados absolutamente literatura. Esas cosas son consideradas básicamente basura electrónica. Y en segundo lugar, lo que me interesa es en la medida en que las personas emplean más y más su tiempo en ese ámbito que llamamos virtual que en el ámbito real. Y es en esa especie de basura electrónica donde se puede encontrar buena parte de los sueños, de las preocupaciones, de las ambiciones de las personas de tu alrededor.

Lo que vemos allí tal vez no nos agrada particularmente pero es parte de la naturaleza humana en este momento, de la cual desde luego está este mundo de lo virtual que constituye una caja de resonancia.

—Defines este libro como tu novela más esperanzada y esperanzadora.

—Sí. Creo que lo sé. A pesar de que muchos de los desarrollos que aparecen en el libro pueden inducir a cierto pesimismo. Durante los trece o catorce meses en los que transcurre esta historia, los personajes aprenden a conocerse a sí mismos y el mundo en el que viven, y esto, en algún sentido, los salva.

Comprenden la serenidad de tomar por fin las riendas de sus vidas y adquieren una o dos herramientas para hacerlo. Y en ese sentido, su situación es mucho mejor al final de la novela que al principio de ella. Tal vez el lector comparte con los personajes esa experiencia o tal vez adquiera una par de conocimientos del mundo en que vivimos con ellos.

—Tu percepción es que la novela hispanoparlante narra la experiencia amorosa desactualizada. ¿Cómo han cambiado estas relaciones para que tantos escritores se queden fuera del relato?

—De manera general, diría que las luchas que las mujeres han abanderado en las calles en los últimos años es por una mayor soberanía sobre sus vidas, sobre sus cuerpos. Han supuesto una serie transformaciones en la manera en que conseguimos el consentimiento, el deseo, la seducción, la pareja. Y se trata de cambios que, contra lo que podía creer, han venido para quedarse y que la novela contemporánea no podía soslayar si quiere ser una novela realista.

Posiblemente hay muchas personas ahí fuera concibiendo muchas maneras de relación amorosa y esas nuevas parejas tenían que ser contempladas por la literatura tarde o temprano, si la literatura quiere dar cuenta del mundo en que vivimos.

—Uno de los principales cambios tal vez sea el concepto efímero del amor, tan lejos de aquel compromiso para toda la vida que impuso la cultura judeocristiana.

—Parece ser el elemento destacado de esta nueva forma de comprender el vínculo entre el deseo y apego. Y, sin embargo, no es mucho más que una deriva de lo que sucede en el ámbito del trabajo. Hay muchas demandas contradictorias que operan sobre la forma en que vivimos actualmente, se encuentra la de que en el ámbito del trabajo debemos ser flexibles, tenemos que estar dispuestos a cambiar de rubro con facilidad y al mismo tiempo se nos demanda que tengamos relaciones estables, amores estables.



Esa contradicción, desde luego, acabó produciendo muchas frustraciones en muchas personas, que algunas personas han abrazado por completo esta especie de precariedad y que es, digamos, el signo de los tiempos. Y esa precariedad ya no se extiende solamente al ámbito del trabajo sino que alcanza también al ámbito de los afectos.

Y en algún sentido era bastante predecible que pasara eso en un momento u otro. Algunas personas lo celebran, otras condenan ese desarrollo. El caso es que, al margen de lo que podamos pensar sobre él, está aquí y está aquí para quedarse, al parecer.

—Te gusta experimentar, afrontar riesgos, no escribir siempre el mismo libro. ¿Qué aporta esta novela al conjunto de tu obra?

—La diferencia sustancial entre esta novela y las anteriores es que, en ésta, el pasado juega un papel menor y lo hace en virtud de que, sumidos en la vorágine del presente, a menudo olvidamos muchos vínculos que tenemos con el pasado y la forma como el pasado ha transformado o condicionado el presente. Esta es la primera novela mía en la que yo me enfrento al presente sin rodeos, por decirlo así.

—Escribes en tu libro que, cuando una pareja se separa, debería tener también una fórmula para separar los recuerdos. De manera que, al quedarse con la mitad, la carga sería más liviana.

—Se habla mucho en la novela de la maternidad de la experiencia y de la maternidad en la que no pensamos mucho. Cuando pensamos en una separación, pensamos en una separación de bienes que para muchas personas constituye el aspecto más dificultoso de la separación. Pero no pensamos en muchos bienes inmateriales de los que no podemos desprendernos.

Los personajes aspiran a eso en algún sentido. Luego comprenden que esto es imposible y al mismo tiempo indeseable. Tienes esa dificultad y están preguntándose cómo seguir adelante, que es la pregunta que nos hacemos todos cuando rompemos con una pareja.

—Tus personajes, al final, entienden que la pareja no constituye un refugio.

—Ha sido concebida como un refugio, efectivamente, y en algún sentido lo es para muchas personas. Los personajes comprenden, sin embargo, que también es posible pensar en la pareja como un ámbito en el cual se libran algunas de las muchas batallas de nuestra época. Su decisión de quedarse en el centro de la ciudad, su voluntad de poner sus herramientas y su trabajo al servicio de un cierto sentido de comunidad, constituyen formas de resistencia y también suponen pensar en la pareja, en la suya propia, ya no como un refugio sino como un campo de batalla ampliada para las luchas de la época.

—Además del amor, en el libro también hay resonancias al tiempo que vivimos: las relaciones amistosas, la comida, el transporte, los teléfonos, las drogas. Es decir, una novela también de ideas.

—Me interesaba explorar la posibilidad de que esta novela dijese cosas del mundo en el cual vivimos y que ofreciera al lector la posibilidad de pensar con el libro. Los libros buenos son siempre mucho más inteligentes que los que los hemos escrito, y contribuyen a decisiones específicas, a la visión del mundo que el lector tiene de maneras muy particulares. Y me interesaba abundar en esas maneras y contribuir a esos modos más que, digamos, escribir una historia que entretuviera. Aunque, desde luego, esta también pretende entretener a gente.

—Todo lo que te interesa de Argentina va contigo: discos y libros, el sentido del humor, cierto pesimismo de la razón y un optimismo de la voluntad.

—Sí, desde luego. Pero también la identidad. Este es uno de los ejes centrales de esta novela. A veces es tan importante el lugar de donde uno viene como lo que uno hace con su vida y los lugares adonde va. Y los personajes también lo descubren. Comprenden que los nombres a los que responden y con los que se identifican no son solamente los nombres que les han dado sus padres, y que no conocemos en esta novela, sino también y sobre todo los nombres que le daba la persona que amaron.

De tal manera que, si en el futuro, va a amar a otras personas y de manera distinta, van a ser llamadas de otra manera por otras personas. Hay un cuestionamiento de la identidad que me parece importante incluso, aunque desde luego al final no puedes dejar del todo de lado el lugar del cual vienes. Y tampoco tiene mucho sentido hacerlo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

23 de septiembre de 2019

  • 23.9.19
Licenciada en Derecho y Geografía e Historia, Paloma Sánchez-Garnica (Madrid, 1962) obtuvo con Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido el Premio Fernando Lara 2016. Es autora además de El gran arcano (2006), La brisa de Oriente (2009), la novela El alma de las piedras (2010) y, sobre todo, La sonata de silencio, de la que se hizo una adaptación para una serie de televisión. Ahora publica La sospecha de Sofía.



—Visitó la Berlín socialista antes de la caída del muro. Pensó que pisaba otro planeta, donde el tiempo se había congelado.

—Efectivamente. Cuando crucé el muro, me encontré con una ciudad detenida en el tiempo: gris, lenta, sin apenas pálpito vital. Me sorprendió.

—Ahora recupera ese paisaje en su nueva novela, 'La sospecha de Sofía'.

—Sí. Después de treinta años, me ha servido aquella experiencia como punto de partida para algunas secuencias que viven mis personajes. Porque las he vivido yo.

—Dos hermanos y una mujer, Sofía, se ven envueltos en un 'thriller' emocional que marca las claves del relato.

—Es un matrimonio que vive en Madrid. Él es abogado. Y una mañana se encuentra en su despacho una nota anónima. Él es hijo único. O cree ser hijo único. Una nota anónima que le obliga a hacer un viaje a París. Acude a esa cita a París y allí conoce a una persona con la que va a Berlín Este. Y a partir de ahí, su vida cambia y se transforma absolutamente.

—El relato retrata los secretos y las contradicciones de la España franquista, una constante en su obra que le apasiona.

—La verdad es que saber de dónde procedemos y de dónde venimos la sociedad en la que vivo, me interesa. Yo nací en el año 62 y me interesa saber por qué somos lo que somos a partir de esos orígenes, a partir de ese pasado.

—Sofía entierra sus aspiraciones cuando se casa, como ocurría en la época. Pero ahora ella busca su identidad.

—La novela le da la oportunidad para poder resurgir como ser humano, brillante y talentosa, como es ella.

—La identidad, el sacrificio, la superación. ¿Ecos de 'La vida de los otros' o 'El regreso de Martin Guerre'?

—Bueno, tiene un poco de todo, porque La vida de los otros me ha servido para entender matices psicológicos, sobre todo cómo trabajaban en esa dictadura de corte soviético que era la República Democrática. Y la mujer de El regreso de Martin Guerre es una evidencia de suplantación.

—Desde los ojos de la Stasi, el lector es un 'voyeur' de los secretos y misterios ajenos.

—Sí. Porque en este caso el lector sabe lo que está pasando y espera o está atento a la reacción del personaje, que no la sabe. Lo desconoce. Pero, no obstante, hay unos giros que, yo creo, sorprenden.

—La novela tiene banda sonora propia, que compuso su hijo Javier.

—Sí. Mi hijo es músico. No ha estudiado nunca música, pero le gusta, le ha gustado siempre la música. Es piloto de aviación. Y hace dos años se compró un piano y me dijo que me iba a regalar una banda sonora con lo poquito que le iba contando. Y la verdad es que ha creado una composición bellísima que encaja perfectamente con la historia.

—Este año se cumplen 30 años de la caída del muro y su novela explica qué sucedió desde su construcción hasta su caída en 1989.

—Fueron más de 28 años en los que los habitantes de la RDA se vieron encerrados en su propio país sin poder salir sin la previa autorización. Y desde ese 11 de agosto de 1961, en el que la ciudad quedó partida en dos, hasta esa noche de locura del 9 de noviembre de 1989, en la que de repente pudieron pasar la frontera sin enseñar sus pasaportes, debió ser aquello tan espectacular, tan esperanzador, tan locura, como decían ellos.

—Describe en estas páginas el feminismo comunista. ¿Cómo era?

—Pues engañoso, como todo en una dictadura. Porque sí es verdad que había una igualdad entre el hombre y la mujer. Era un ejemplo de integración de la mujer en el ámbito laboral. Había guarderías en el 98 por ciento de las empresas. Por tanto, las mujeres podían conciliar perfectamente la vida familiar y la vida laboral.

Pero, detrás de esa conciliación, había una trampa. Y es que se doblaba el trabajo para las mujeres. Porque los roles tradicionales se mantenían en las casas. Cuando la mujer llegaba de su jornada laboral tenía que hacer la cena, planchar, cuidar a los niños... Y el hombre se sentaba en su sillón.

—Sus lectores también conocerán el París del mayo 68.

—La verdad es que es un París efervescente, que contrasta con el Madrid represor y represivo que había en esa época, aunque ya empezaban a sacar los pies los estudiantes en las universidades. Pero también en ese París revolucionario había una contradicción con respecto de esa sociedad democrática. Y es que era revolucionario pero, por otra parte, era muy retrógrado, porque era una sociedad jerarquizada, patriarcal, muy machista.

Las mujeres intervienen en sus manifestaciones pero de forma minoritaria y no toman la palabra en las asambleas, que se dieron por cientos. Porque el espacio público no les pertenecía. Tenían asumida la dominación del hombre. Su rol era muy parecido al de las mujeres de España. Lo único que tenían es divorcio. Pero esa revolución, ese mayo, fue la espita que se abrió para una concienciación feminista que fue mucho más fluida de lo que luego nos costó a nosotras con la desaparición de la dictadura. Nos costó muchísimo más quitarnos la costra que teníamos del franquismo.

—Al final, no logró hablar con nadie de la Stasi. Hubiese sido un documento revelador.

—Pues sí. Me hubiese gustado conocer desde el otro lado la historia. No solamente desde las víctimas, sino desde los victimarios, los que llevaban a cabo esos trabajos tan siniestros, ese sistema orwelliano.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

9 de septiembre de 2019

  • 9.9.19
El escritor francés Eric Vuillard (Lyon, 1968) cuenta en 14 de Julio la toma de la Bastilla, pero en el relato no aparecen aquellos personajes que nunca estuvieron allí. Sus auténticos protagonistas son el pueblo, gentes anónimas impulsadas por el hambre y la miseria, individuos sin derechos que convulsionaron un régimen arcaico para dar un nuevo sentido a la Historia. Narra también cómo se vivía entonces en la corte de Versalles y descifra el trasfondo económico y social que provocó el levantamiento.



El libro sorprende al lector, está bien escrito, es breve y de estructura perfecta. Un libro que para nada es novela histórica, sino relato donde Historia y Literatura se funden. Vuillard escribe desde el presente. Dice que la Historia se puede escribir de dos maneras. Como algo que ocurrió y se concluyó. Pero también como hechos que no están cerrados. Y para él el 14 de Julio no lo está. Se prolonga, por ejemplo, con los chalecos amarillos. Para él, el París del siglo XIX y principios del XX representa el tumulto, la gran capital del mundo.

No tiene nada contra la ficción, pero considera que en una época en que la libertad retrocede y la desigualdad avanza abriendo una brecha inquebrantable, no es ese el camino más certero. Excepto para fotografiarse, anda por la vida enfundado en un fular, viste de oscuro, habla con entusiasmo de su obra y es generoso en su discurso oral, pero muy escueto en sus libros, que los lima hasta la perfección.

En España, solo se han traducidos dos novelas más: El orden del día, con la que obtuvo el Premio Goncourt 2017, y Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill. Dos libros de imprescindible lectura. Ha publicado, además, Congo (2012), Conquistadors (2009) o La bataille d’Occident (2013).

—En su libro no hay grandes personajes. Sus protagonistas son la gente anónima, el pueblo, impulsada por el hambre y la miseria.

—Creo que la historia de la literatura, cuando gira hacia la realidad, aparece que la realidad somos muchos y no solamente un pequeño grupo de individuos que quisieron ocultar unos eventos. Y uno de los objetivos es intentar cómo contar una historia colectiva. Es lo que yo pretendía.

—Dice usted que relatar la Historia es una manera de mirar el presente. ¿Cómo ve el presente?

—Yo diría casi lo contrario. Yo creo que es el presente el que nos permite comprender el pasado. Cosas que han ocurrido desde 2008, una asociación de movimientos populares en Grecia, en Francia, en el mundo árabe o en Estados Unidos, permiten desleer el pasado de otra forma. Por ejemplo, la deuda, que es un tema muy importante en España, es la base. Y del porqué la crisis española y del levantamiento de parte del pueblo, este problema de la deuda lo encontramos el 14 de Julio.

Hay deuda. Y esta deuda de España o de otros estados nos permite ver el pasado de otra manera, y vemos esa deuda del 14 de Julio, y antes de la Revolución, y eso nos hace ver más allá. Lo que vemos es que en el nacimiento de la democracia está el tema de la deuda nacional. El nacimiento de la democracia es el borrado de la deuda nacional.

—Ahora los más ricos ya no necesitan al pueblo. Viven en barrios apartados. Dice usted que este hecho afectará al trabajo del escritor porque ya no frecuentaremos a esas clases pudientes. Tendrá que nacer otro Marcel Proust.

—Bueno, siempre hay renegados. Hay una bella expresión que dice que hay porquería en todas las clases. Lo que, en cierta manera, el regalo de Proust, que proviene de un medio que es judío en un ambiente de aristócratas desfasado, y luego está esa burguesía enriquecida y digamos está doblemente extranjero de este ambiente. Es quizás una forma y una parte de esa mirada que puede tener. Por lo tanto, como Proust, deberíamos buscarnos un renegado o encontrar otra relación, como intentar aprender cosas sobre esos grupos que están tan cerrados.

De alguna forma, podemos decir que la Historia hoy en día es un recurso. Ya no puedo frecuentar a los grandes comerciantes, los grandes industriales, los banqueros, los hombres políticos de hoy en día, ya que vivo en un medio y en un ambiente normal y muy alejado de mí, pues si miro en la Historia, puedo ver que el pasado me da un cierto acceso, una presencia, y vemos el cinismo de ese mundo.

—Dice usted que los movimientos de los indignados y la 'Nuit Debout' contienen sentimientos parecidos a los de la Revolución Francesa. En el sentido de que resurge el sentimiento colectivo y se vuelven a tomar las plazas.

—Sí. En el fondo, los historiadores insisten en la diferencia. Cada historiador es especialista de la Comuna de París o de la Guerra Civil española, y demás. Insisten sobre la diferencia, ya que la conocen. También podemos considerar que existe una secuencia histórica de largo recorrido y que, en el fondo, acerca de esta cosa, no es fácil cuando la desigualdad de las sociedades a veces son diferentes, pero como estructura la desigualdad es perenne.

Y el descontento tiene relación con escribir la Historia y la Historia se puede escribir de dos formas. Como algo que ocurrió y se terminó. La historia de la Guerra Civil como algo que pasó. Se puede escribir la historia del 14 de Julio como algo que ha ocurrido. Pero se puede contar también una historia como que no estuviera terminada. Y la historia del 14 de Julio no es una historia terminada. El tema de la emancipación de los hombres sigue.

—Su intención con este libro era deconstruir la toma de la Bastilla petrificada como fiesta nacional y mostrarla como una insurrección popular. ¿Se estaba deteriorando su perfil, su significado?

—Es que, de la manera como se citó en el pasado, se hizo con objetivos particulares. El contexto político era diferente. No hay historia neutra. Las historias del historiador Jules Michelet eran historia republicana, como antiguamente se decía, porque él quiere que la república se establezca, y daba mucha importancia a las embajadas burguesas, que siguen después del 14 de Julio, porque jugaron incluso un papel contrarrevolucionario el 14 de Julio.



A mí me parece que hoy en día, en el presente que nos ocupa, esa presencia del pueblo que se busca nos obliga a ver la cosa de manera diferente y nos permite ver el aspecto heterogéneo del gentío y vemos las cosas de otra manera y, sobre todo, la importancia que Michelet le había dado a la burguesía para no ver la realidad: que el 14 de Julio era únicamente ese hecho no solamente popular.

—La Revolución Francesa fue ante todo parisina. París es la ciudad que siempre todos quisieron conquistar o quemar. Incluso Hitler.

—Es que París ha sido al final del siglo XVIII una de las ciudades más importantes del mundo. La ciudad es, en ese momento, un fenómeno capital. Las ciudades poco a poco van a acoger a los campesinos, gente de la zona rural. Y las ciudades se convierten en un lugar de gran heterogeneidad de orígenes. Se oyen idiomas y lenguas diferentes. Son los idiomas del mundo entero y construyen una subjetividad diferente. Las ciudades enormes que aparecen en esa época construyen otra forma de amar, de frecuentar amigos, de trabajar, de andar por la calle, y construyen un anonimato que es otra forma nueva de libertad. Y de alguna forma, París inventa la Revolución Francesa. Hace posible la Revolución Francesa.

Esa subjetividad exige unas nuevas relaciones y es por ello, pienso, que París es un personaje que sigue en el siglo XIX y XX. Ha sido centro de muchos desafíos y por ello París es un personaje de novela que atraviesa todas las grandes obras noveladas del siglo XIX y principios del XX. París es el gran personaje colectivo, democrático, del siglo XIX y principios del XX. Eso es lo que representa París. Representa el tumulto.

—La mayoría de los pobres han sido expulsados del centro de París, pero el extrarradio de la ciudad puede arder cualquier día. ¿Lo ve así?

—Sí. Sin duda. Son pobres casi enteramente. Todavía el norte-este aún es muy popular, pero es verdad que han sido exiliados fuera del centro de la ciudad y, sobre todo, el norte-este se ve a menudo como el extrarradio francés. Digamos que algo sale ardiendo y donde la policía actúa o mata a un joven es precisamente en la periferia.

Y lo que podemos desear quizás es que algún día, tras no sé qué operación policial de importancia, el pueblo pueda de nuevo ocupar París y el centro. Hoy en día es un poco lo que puede ocurrir. Cuando vemos los chalecos amarillos desfilando por París, de pronto un sábado o un domingo, se ve cómo la ciudad está a su favor cuando ellos desfilan.

—Los personajes aparecen con sus nombres. No quiso escribir esta historia desde el cielo, sino fundido con la multitud. No era posible otro punto de vista.

—Yo creo que no. Mi libro no es una contrahistoria. No se puede decir de 14 de Julio que no es una historia popular, porque el pueblo es la componente esencial en su historia. Porque el 14 de Julio no hay otra historia popular.

—La multitud, cuando asalta la Bastilla, es consciente de que lo que quiere es tomar el poder. Se apodera de fusiles y de pólvora. Pero también las élites entendieron, aunque tarde, qué pasaba.

—Sí entendieron lo que pasaba. Conspiraron todo el día para evitar la caída de la Bastilla. Pero la masa era tan determinante. Y es lo que intento poner en escena en el libro, por una razón muy simple. El libro empieza contando una revuelta menos conocida que se llama revuelta de Réveillon, que tuvo lugar a finales de abril y que tuvo 300 muertos. Eso no fue una represión real. El Ejército del Rey mató a 300 personas y fueron tiradas en las catacumbas de París. Claro, que todo el pueblo sabe lo que ocurrió y lo tiene en su memoria. Y amenaza antes del 14 de Julio.

Parece que el ejército está presionando y yo creo que la conciencia del pueblo de París recuerda esa matanza, y el pueblo se organiza. Ya no puede permitirse perder. Y luego también, en la guardia francesa, una de las componentes del ejército del rey, va a cambiar. Antes dispararon contra el pueblo y se le ha reprochado mucho. Porque esa gente vive en torno a la Bastilla. Y esos militares van a irse de allí. Y eso abre la posibilidad del 14 de Julio precisamente.

—Dice usted que la historia de la emancipación de la humanidad no ha concluido. ¿Los chalecos amarillos es una prolongación de esta historia interminable?

—Sin duda. Como cada vez que se producen eventos de esa naturaleza. Forman parte de esa historia de la emancipación. Y cuando yo digo que esa historia no está terminada es que me ha parecido, escribiendo mi libro, que yo entiendo la cosa así. Por eso escribo y me dedico a ello. Es que escribiendo el libro he tenido cada vez más el sentimiento de escribir como si la historia estuviera terminada. Y me ha parecido que ese momento se puede escribir de otra manera, que otros libros se escribían también como si la Historia hubiera estado terminada.

En realidad, es un punto de vista político en el que en el instante sí se considera que la historia de la emancipación no está terminada. Al igual que el de las desigualdades no se ha terminado. Se escribe de otra manera. Y la escritura compromete el estilo, la forma del libro, porque compromete al lector personalmente si la historia no está terminada. Significa que el lector está escribiendo y forma parte de esa historia.

—Dice usted que “vivimos una época en que el pueblo se busca as sí mismo”. Pero parece que anda un poco perdido. Porque la ultraderecha triunfa en toda Europa, en América.

—Yo creo que significa sobre todo que el procedimiento democrático tiene fallos, porque finalmente el pueblo responde a las preguntas que se le plantean.

—Su libro es historia y literatura. Una relación muy antigua. Al igual que ocurre con el periodismo. Imagino que no le gustará que digan que se trata de novela histórica. Porque es otra cosa.

—Sí. Es diferente. Tengo un reflejo esnob contra la novela histórica, pero de alguna forma me parece que, después del siglo XIX, hemos podido distinguir novelas muy interesantes pero que cuentan una aventura siempre con un fondo de amor y una decoración, mientras que Noventa y Tres de Víctor Hugo es una novela que va a jugar un papel político en su momento. Es una novela que va a revaluar el terror. Es una novela donde Víctor Hugo va a modificar profundamente la relación que podemos tener con la Revolución Francesa, de forma general, y con la realidad. Va a hacer de Robespierre, Marat, Danton, personajes que no solo son antipáticos, les va a dar una dimensión política. Y vemos ahí que aparece otra posibilidad de novela. Trata de la Historia.



Y lo que yo hago aquí es totalmente diferente, pero no creo que se pueda calificar de relato histórico. Yo personalmente prefiero, más que considerar que puede ser un género aparte, aunque el título del relato que le doy está más bien ahí para decir que es un género aparte, pero en el fondo quiero decir que es una relación con la realidad más importante. Esta me parece que la tiene la literatura con el paso del tiempo.

—Trabaja con libros breves. Como Modiano, Echenoz y otros muchos. ¿La 'nouvelle'  es el género perfecto donde encontrar una estructura y una cadencia idóneas?

—Para mí, está ligado más bien al hecho sin que yo pensara todo de forma espontánea. Un libro es un equilibrio. Luego, pensando sobre el 14 de Julio, contar una revuelta, cómo hacerlo con 400 páginas. La revuelta exige también una cadencia. Y la brevedad me parece ahí una forma necesaria y también porque me parecía raro hablar del pueblo en una novela y que la gente que está trabajando no la pueda leer porque es enorme ese libro.

—Escribe en presente de indicativo. ¿Para tratar el pasado como presente? ¿Para acercarlo al lector?

—Por las dos cosas en realidad. En cierto modo, incluso utilizo el pasado compuesto. Pero escribo desde el presente. Yo creo que, de todas maneras los historiadores pueden a veces reprochar a los escritores ser anacrónicos. Pero yo creo que toda nuestra prosa es anacrónica. Cuando se escribe del pasado, estamos en una prosa que es fija en el presente, es una síntesis del presente. Debemos hacerlo así pero, en el fondo, contrariamente a rechazar ese anacronismo, hay que hacer algo de ello, producir algo.

El presente produce unos conocimientos sobre el pasado y, además, el tiempo es real, es también un medio de estar en relación con lo que yo estaba diciendo antes, con el hecho de que cuando escribimos una historia en el presente consideramos que no está terminada y yo sé que me comprometo con la Historia. El lector, también. Y forma parte de ello. En este caso, el presente es una forma de hacerlo sacar y de ser algo más vivo.

—Como lector, se siente cada vez más ávido de realidad. Como escritor, rechaza la ficción. Dice que puede ser engañosa.

—No tengo nada contra la ficción en sí. Sé que es un tema de conjuntura. Yo, como lector, leo mucha novela. La tendencia, en el contexto contemporáneo, es que yo prefiero, por ejemplo, un ensayo, un relato que habla del pasado, pero quien me dice una verdad del pasado, que es una relación real, más que una ficción que me hablaría del presente.

—La libertad retrocede en nombre de la seguridad. La crisis económica trajo más desigualdad. ¿Hacia dónde vamos?

—No lo sé. No puedo leer el futuro, pero estoy de acuerdo con lo que dice en su diagnóstico. Me parece que, adentro de las dos coordenadas que acaba de dar, es ahí donde la relación con la realidad es necesaria, ¿ve? En una época donde la libertad retrocede y donde la desigualdad es cada vez más importante, no deberíamos irnos por la ficción. Eso sería terrible.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

2 de septiembre de 2019

  • 2.9.19
Miriam Fernández es cantante, actriz y conferenciante. Ahora también publica Los cometas de Miriam. ¡La importancia de creer en ti! Tiene una parálisis cerebral de nacimiento, pero esta incapacidad nunca le ha impedido alcanzar sus sueños. A los doce años se proclamó campeona nacional de Natación Adaptada, título que revalidó hasta 2008. Ese mismo año ganó la segunda edición del programa televisivo Tú sí que vales.



A partir de esta experiencia grabó su primer disco, Bailando bajo la lluvia. Compagina su actividad artística con su tarea como conferenciante motivacional. Hija adoptada, no tiene duda de dónde está y por quién: “Amo a mi madre adoptiva, a la que me ha criado”.

—Actriz, cantante, conferenciante y ahora también escritora. ¿Tanto motiva nacer con parálisis cerebral?

—Lo que motiva de nacer con parálisis cerebral es tener una familia estupenda que, desde muy chiquitita, te enseña y te inculca que hay que levantarse cada vez que te caes y que hay que seguir siempre para adelante.

—“El amor me ha salvado tantas veces que ya he perdido la cuenta”. Igual un esfuerzo sobrehumano también tiene algo que ver.

—Bueno, no creo que sea un esfuerzo sobrehumano. Yo creo que simplemente se trata de aceptarse, de quererse uno mismo, de saber que las cartas que te llegan en la vida son las que son, y que hay que aprender a jugarlas y salir a jugarlas.

—A los doce años te proclamaste campeona nacional de Natación Adaptada, título que revalidaste hasta 2008. En el agua no necesitas andador.

—El agua es mi medio natural por excelencia, porque desde muy chiquitita estuve haciendo rehabilitación y uno de mis ejercicios más importantes era nadar. Entonces, si lo llevaba haciendo tanto tiempo por rehabilitación, un día me planteo por qué no llegar un poquito más hacia adelante y probar en las competiciones. Y la verdad es que fue una época muy bonita, muy bonita, porque conocí mucha gente, aprendí también al tratar con otras personas que tenían lo mismo que yo, a mirar lo que yo tenía con humor.

—Dices que la mayor parálisis cerebral que más nos limita es el miedo.

—El miedo yo creo que es la barrera que más limita a todo tipo de personas, tengan discapacidad o no la tengan. Es lo único que puede hacer que realmente no vayamos por nuestros sueños y nos rindamos antes de empezar.

—Con seis años fuiste dada en adopción. Conoces a tu madre biológica y la comprendes. ¿Cuesta amar a dos madres?

—Bueno, yo es que amo a mi madre adoptiva, a la que me ha criado. A la madre biológica que me dio a luz, no la amo, porque no he tenido trato con ella como para generar ese sentimiento. Lo que sí que puedo decir es que estoy muy agradecida porque las circunstancias a priori no fueron fáciles. Ella decidió darme la oportunidad de vivir. Amor no, pero agradecimiento, sí.

—La primera vez que viste a tus hermanos sabías que eran ellos. ¿Qué viste en su mirada que los delató?

—Ver a mis hermanos biológicos fue muy especial, porque no me hizo falta siquiera que se me presentaran. Vi simplemente a dos niños que eran dos gotas de agua a mis fotos cuando era pequeña. Me impactó porque el parecido era brutal y simplemente era algo que se sabe.

—Tuviste una infancia difícil. Los niños te veían débil. ¿Entiendes por qué a esa tan temprana edad el ser humano es tan cruel?

—Yo no creo que el ser humano sea cruel. Yo creo que, bueno, cuando tienes una diferencia notable, sobre todo para ciertas edades, los niños necesitan sentirse parte de un grupo y, cuando ven a alguien distinto, pues allá que van a por el niño. Y también creo que cuenta muchísimo la educación que se les da en casa.

—Con tesón has cumplido muchos de tus sueños. ¿Incluso bailar?

—Sí he bailado. En mi nuevo videoclip, segundo disco, No dudo que es amor, el tema musical es un videoclip en el que salgo bailando. Claro, que desde otra perspectiva.

—En 2008 ganaste la segunda edición del programa 'Tú sí que vales'. Ese fue el primer paso hacia la música. Por causalidad. Después vino 'La Voz', en Antena 3. ¿Y ahora?

—Ahora a seguir con la misma ilusión y quiero tomarme este verano para darle mucho cariño al libro y para componer temas para el segundo disco.

—Compones tus propias canciones. De hecho, como dices, ahora andas preparando tu segundo álbum.

—Sí. Bueno, estoy componiendo canciones con mi productor, Iñigo Guerrero. Llevo diez años trabajando con él y lo estamos haciendo con mucho cariño, muy despacito, escogiendo muy bien cada cosa de la canción. No queremos hacer un álbum para sacarlo en una fecha muy concreta, sino hacer un trabajo muy delicado, muy cuidado, y que salga cuando tenga que salir, pero que salga lo que nosotros queremos contar a través de la música.

—Empezaste con el piano y la guitarra, pero no podías tocar instrumentos. Dime que esa incapacidad no te ha roto ningún sueño.

—Bueno, no es incapacidad realmente. Lo que pasó es que mi madre me planteó la guitarra y el piano cuando era pequeña como otra rehabilitación más. Entonces, yo ya que estaba de rehabilitación hasta arriba, pues veía el piano y la guitarra cuando era pequeña como más trabajo más que como una devoción. Y ahora que tengo ya una edad y que me gusta muchísimo el piano y la guitarra, sí que quiero retomarlos. No es que no pueda tocar, sino que lo dejé en un momento determinado y me gustaría retomarlos.

—Das conferencias para motivar a gente que necesita de tu apoyo. También lo haces ahora con tu libro. ¿Qué le dirías a alguien que no cree en la felicidad?

—Yo no tengo el secreto de la felicidad, pero la vida me ha enseñado una tras otra vez que la felicidad es algo tan simple como tomar la decisión diaria de ser feliz cada día centrándote en aquello que te hace feliz y no en aquello que te falta. Entonces, bueno, el libro es todas aquellas experiencias que me han llevado a tener todas estas conclusiones y espero que a la gente le guste mucho.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

26 de agosto de 2019

  • 26.8.19
Después de haber vendido más de 150.000 ejemplares de Mujeres que compran flores, Vanessa Montfort (Barcelona, 1975) publica ahora la novela titulada El sueño de la crisálida, un libro muy personal. Pero, al mismo tiempo, es la crónica de una mujer de hoy en día, de los retos a los que se presenta como profesional, hija, amante y amiga. En definitiva, un retrato sobre la sociedad del siglo XXI. Desde 2015 dirige la compañía teatral Hijos de Mary Shelley. Su obra está siendo traducida, estrenada y publicada en antologías y estudios críticos de Europa, Estados Unidos, América Latina y Asia.



—'Mujeres que compran flores' vendió más de 150.000 ejemplares. ¿Todo un reto al que te enfrentas con 'El sueño de la crisálida'?

—El mayor reto para mí fue hace ya 15 años, cuando tomé la decisión de dejarlo todo para apostar por la vocación con la que casi podría decir que nací. Mujeres que compran flores fue un paso más, uno enorme, en mi carrera, y no me ha dado otra cosa que más libertad para escribir que la que ya tenía, que siempre fue mucha. He querido que El sueño de la crisálida fuera un libro bello, emocionante y muy personal con el que corresponder a los lectores que me siguen. Lo mejor que puedo dar a día de hoy como escritora. He trabajado muy duro en él.

—Todos somos, de algún modo, crisálidas, gusanos mutando en un capullo, que nunca sabemos si alcanzaremos nuestros sueños.

—Eso es parte de la emocionante aventura de vivir. En palabras de Leandro, entomólogo amigo de la coprotagonista de la novela: "La fase de crisálida resulta fascinante a muchas escalas: no sólo supone deshacerse para renacer, sino ser capaz de reorganizar la materia viva anterior, conservando en la memoria las capacidades y los errores que ha registrado el cerebro, que permanece intacto. Una forma de afrontar con experiencia la última fase de su vida, la más especial y la más emocionante, con una nueva capacidad: la de volar". Pensé que era una metáfora muy precisa para aplicarla a un ser humano.

—Tanto más la mujer de hoy, que se enfrenta cada día a retos como hija, madre, amante o amiga. Pero le crecen las alas a la mariposa.

—Bueno, ese tema en realidad lo exploré más en Mujeres que compran flores. Esta novela habla de seres humanos en fase de cambio, de rebeldes con causa, no trata tanto de temas de género. Es cierto que, al ser dos coprotagonistas mujeres, su aventura tiene un regusto a Thelma & Louise, o eso me dicen, pero hay casi sesenta personajes de todos los géneros, edades y tendencias emocionales, sexuales, políticas, espirituales...

—Su novela es una profunda radiografía del 'mobbing', una pandemia que, como dices, no acostumbra a denunciarse.

—Es que la vida no es cómica ni dramática, es irónica. Y es irónico que alguien trate de echar o destruir a un compañero sólo por ser justo o destacar positivamente. Es cierto que aquel que desafía lo establecido, aunque proponga un cambio a mejor, dependiendo de la madurez mental del grupo en el que caiga, puede ser marginado o atacado. Eso es lo que une a ambas protagonistas, y Patricia, sin conocer de nada a Greta, va a querer darle voz a la injusticia que la otra ha vivido, porque también la vivió y no lo denunció. Una forma también de salvarse a sí misma.

—Fuiste víctima del acoso laboral en el pasado. Viviste un proceso de reconstrucción. De ahí nace tu carrera literaria.

—En mi caso mi vocación literaria es tan temprana que puedo decir que casi nací con ella. A los seis o siete años ya cosía mis cuentos, les dibujaba una portada, les escribía una dedicatoria y se lo regalaba a alguien a quien quería. ¡Me autoeditaba libros! Pero es cierto que llevé en paralelo mi carrera literaria y la periodística y en uno de los trabajos sufrí un mobbing tan brutal que sentí la necesidad de refugiarme en mi casa, con mis libros y de apostar por la literatura durante un tiempo, el que me permitieran mis ahorros.

Tenía 28 años: terminé mi primera novela, ese mismo año gané el Premio Ateneo Joven de Sevilla con mi primera novela y me becaron para ser dramaturga residente en el Royal Court Theatre de Londres. Nunca volví a tener un trabajo estable y, aunque fui pluriempleándome para resistir, cada vez le di más espacio a mi carrera literaria y menos a todo lo demás. Después de 20 años de profesión, puedo decir que me dedico por completo a la literatura.

—Parte de esa vivencia se ve reflejada en tu protagonista, Patricia Montmany. De algún modo, es tu alter ego. Pero no le prestaste tu vida privada.

—Porque mi vida privada es, como su nombre indica, privada. No se trataba de hacer un streaptease, sino de prestarle al personaje de Patricia mi forma de ver el mundo, algunas experiencias laborales y, sobre todo, aquello que pudiera empatizar con su coprotagonista.

—Patricia es periodista, vive a contrarreloj, sufre una crisis de ansiedad. ¿No hay manera de acabar con esta esclavitud de lo urgente?

—Sí, claro que la hay, pero supone hacer un férreo compromiso con uno mismo. Últimamente he reflexionado mucho sobre una cuestión: creo que a menudo confundimos la libertad con el "viva La Pepa", con una obsesión por vivir sólo en el presente, en definitiva, con la falta de compromiso con uno mismo y con los demás.

Para mí la libertad también es compromiso. Sólo que tienes libertad para comprometerte –con un ideal, con una forma de vida, con un sueño, contigo mismo o con otro–, si adquieres el compromiso de no procrastinar lo que es importante para ti, acabarás por darle su espacio.

— Patricia conoce en un avión a Greta, una exreligiosa colombiana que le confiesa oscuros entresijos de su congregación.

—Sí, un tema del que no se ha hablado pero importante, aunque no sea el tema central de la novela. Greta nos habla de la falta total de valoración de las religiosas y, considerando que nuestra cultura ha bebido de una educación judeocristiana, observar ese micromundo nos da mucha información del por qué de nuestros comportamientos en la sociedad: desde nuestra relación con la culpa, con el merecimiento, con la falta de valoración intelectual de las mujeres en muchos otros campos.

—Las vivencias de Greta también están basadas en un caso real, que replantea el papel de la mujer en la Iglesia.

—Sí, basé el personaje de Greta en la experiencia de una mujer valiente que quiso prestarme su historia con la única intención de que ayude a que las cosas cambien y a dar voz a esas mujeres valiosas que siguen sin tenerla en la institución.

—Habla de abusos de poder y sexuales a las religiosas, pero no por sacerdotes sino por otras religiosas.

—Quizás esa sea la principal novedad. La violencia de género también es violencia de mujeres contra mujeres, cuando la violencia se desata hacia alguien por el hecho de ser mujer y no resignarse.

—Como dices, el proceso de la crisálida es lo opuesto a la resignación. ¿Qué les dirías a todas aquellas mujeres que sueñan con ser mariposas?

—¿Por qué sólo a las mujeres? En esta novela hay casi sesenta personajes y muchos de ellos tienen en común ser rebeldes con causa y que están haciendo su propio proceso de transformación, unos con mejor fortuna que otros. ¿Qué les diría? Yo nada. Eso se lo dejo a mis personajes.

—Aseguras que el éxito te ha cambiado la vida. ¿Miras ya sin prisas el horizonte?

—No, el éxito –y depende de lo que consideremos "un éxito"– no cambia nada, porque si tienes algo de vida acumulada y capacidad de observación, sabes que es algo tan inconstante como la felicidad, la libertad o el amor: si no lo alimentas y lo trabajas, adelgaza hasta desaparecer. Y, además, nunca depende totalmente de ti. Como mucho, si se trata de un éxito profesional, te puede dar más libertad, confianza e ilusión para seguir.

Una palmadita en la espalda por tanto trabajo y esfuerzo invertido nunca viene mal. Pero yo nunca he dicho que me haya cambiado la vida, sería absurdo: trabajo lo mismo o más, tengo más o menos las mismas preocupaciones y miro el horizonte con la misma ilusión con la que lo he hecho siempre. Sin prisa pero sin pausa. Tengo el don de la paciencia y el defecto, supongo, de ser una soñadora irredenta.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

19 de agosto de 2019

  • 19.8.19
Isaac Rosa (Sevilla, 1974) quería escribir una novela para su hija Olivia. Al final optó por escribir el libro con ella. El resultado de esta coautoría se titula W. La novela es, dice, “el resultado de muchas tardes felices”. Él aportó la técnica. Ella, la mirada de una adolescente. Entre ambos corrigieron el resultado final. Isaac Rosa ha publicado novelas como El vano ayer, El país del miedo, La habitación oscura o Feliz final. Olivia Rosa (Madrid, 2004) estudia Secundaria, boxea, lee, inventa historias desde pequeña y tiene dos hermanas, Carmela y Elvira, que también quieren escribir su novela.



—Querías escribir un libro para que lo leyera tu hija. Al final optaste por escribirlo con ella. ¿Te ayudó para conocer mejor a Olivia?

(Isaac). Tenía una mezcla de motivaciones, literarias y personales, y entre estas últimas estaba la posibilidad de que la escritura compartida fuese otra forma de comunicación entre nosotros. Y creo que lo conseguimos.

—La adolescencia te alejó de los libros. ¿Escribir con tu padre te ha ayudado a reencontrarte con ellos?

(Olivia). No solamente me alejó la adolescencia, ni tampoco creo que la gente de mi edad se aleje por eso, pero sí, supongo que volver al mundo de los libros me ayudó bastante.

—¿Qué te llevó a apostar por las historias de Valeria y Valentina, por la tradición de los dobles en la literatura?

(Isaac). Siempre me ha interesado la figura del doble, un tema muy recurrente en todo tipo de ficciones desde hace siglos. Pero echaba de menos llevarlo a un terreno especialmente propicio: la adolescencia. El doble siempre pone en juego preguntas sobre la identidad, la conciencia de uno mismo, la extrañeza del propio cuerpo, los miedos y deseos más íntimos. Es decir, las preguntas que más aprietan en la adolescencia.

—Tu aportación al libro fue decisiva, porque iluminaste la historia con tu mirada, con tu edad, con tus sueños.

(Olivia). Sí, creo que para un adulto es muy difícil escribir sobre la adolescencia de ahora, ya que las cosas cambian cada año. Yo pude crear a los personajes de mi edad con sus problemas e inseguridades, el instituto y también sus alegrías, y mi padre pudo crear a los de su edad, con problemas diferentes, visto cada uno de una perspectiva, como se puede leer en el libro. Supongo que cada uno entenderá más y se sentirá más identificado con un personaje.

—Te has metido en el teatro, el cómic, el cine, el periodismo y ahora en la novela juvenil. ¿Por qué?

(Isaac). Supongo que tengo vocación de intruso. Mi terreno “natural” es la novela, pero me atrae probar otros lenguajes. En el caso de la literatura juvenil, tras años participando en encuentros con estudiantes, tenía ganas de escribir algo no para adolescentes –pues a esas edades la literatura no tiene límites de edad–, sino algo sobre adolescentes, sobre su mundo.

—¿Escribir con tu padre te ha ayudado a conocerlo mejor o te has empeñado en hacerle la puñeta como escritora?

(Olivia). Ha ayudado a que él me conozca más a mí y a la gente de mi edad, lo que pasa por nuestras cabezas, cómo ha cambiado todo desde que él tenía mi edad y a pasar más tiempo con él.

—Las buenas novelas juveniles no rebajan la exigencia literaria. Pero sí hay que saber encontrar el tono para atrapar a los jóvenes.

(Isaac). Al contrario, la exigencia debería ser mayor. No es precisamente fácil interesar y emocionar a un lector joven, tanto más exigente cuanto más joven.

—Escribiendo con una persona mayor de edad, como es tu padre, ¿te has percatado de que el mundo, sin remedio, es un disparate?

(Olivia). Más que eso, me he dado cuenta y he entendido más el trabajo que lleva un libro y lo poco que se aprecia después, incluyéndome a mí… Pero sobre el mundo, no creo que haya que ser adulto para entender el mundo. Creo que cada persona tiene un nivel de madurez muy distinto y que cada uno lo vemos de una manera muy diferente.

—Contando las historias de Valeria y Valentina os habéis encontrado también a vosotros. ¿Qué has encontrado en Olivia que desconocías o que te haya impresionado?

(Isaac). Supongo que los dos nos hemos transparentado en la construcción de los personajes, y nos hemos conocido un poco mejor. De Olivia me quedo con su curiosidad, que al escribir se desata.

—Ahora te gustan más los libros sobre la vida real que los de fantasía. ¿Has descubierto, por fin, que la realidad supera a la ficción? ¿Da miedo pensarlo?

(Olivia). No, la verdad es que siempre ha sido así, nunca me han gustado los libros de fantasía, me aburrían muchísimo, porque lo que yo buscaba y busco al leer un libro es poder entender al personaje y a su historia, poder sentirlo como que me podría pasar su historia en cualquier momento, como pasa en la historia de W, te podría pasar a ti mañana mismo.

—Escribes en el libro: “Aquí está el resultado de muchas tardes felices”. ¿Cómo prolongarás ahora esas otras tardes?

(Isaac). La experiencia ha sido tan hermosa, la escritura primero, y ahora la publicación y que nos lean, nos inviten a institutos o firmemos juntos en ferias del libro, que por supuesto repetiremos. Ya estamos pensando en una próxima historia.

—¿Qué piensas que te dirá tu padre si un día le planteas que te dedicarás a escribir novelas? Igual te responde que, en casa, con un escritor basta.

(Olivia). Pues pienso y espero que me apoye tanto si decido escribir novelas o cualquier otro trabajo, pero que lo haga porque yo quiera. Y pienso que tener a otra escritora en la familia le gustaría bastante, aunque no tengo ni idea de lo que quiero hacer en el futuro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

12 de agosto de 2019

  • 12.8.19
Eloy Tizón (Madrid, 1964) es autor de tres libros de relatos: Técnicas de iluminación (2013), Parpadeos (2006) y Velocidad de los jardines (1992; 2017); y de tres novelas: La voz cantante (2004), Labia (2001) y Seda salvaje (1995). Su obra ha sido traducida a varios idiomas. Es profesor en Hotel Kafka y editor de Relee. En su último libro, Herido leve, recoge un barrido de treinta años de memoria lectora, una obra que es también una autobiografía intelectual trazada desde su amor inagotable a la literatura.



—Escribes en el prefacio: “Hay libros que persigues para escribirlos y libros que te persiguen a ti”. ¿De qué libro lograste evadirte y qué otro te viste obligado a leer sin interés ni pasión?

—Bueno, libros que se aparecen y se quedan para siempre, pues los libros de Kafka, por ejemplo. Son libros que te acompañan siempre. Y libros que hubieras preferido esquivar, cualquier best seller comercial de hoy en día.

—Este libro ha tenido además su historia detectivesca. Encontraste los textos en una carpeta de un disco duro. ¿Viste en esos textos más a quien eras o a quien hoy pretendes ser?

—Vi una posibilidad de libro. Me parece que eran textos válidos pero que necesitaban una reactualización. Me identificaba con alguna parte de lo que leía y otra, digamos, que a medias, porque había pasado mucho tiempo.

—Como buen letraherido, titulas el libro 'Herido leve'. ¿Seguro que no sangras a solas cuando alguna lectura te puede?

—Claro. Seguro que sí. Esa es una herida que, a pesar de su levedad, se abre y se cierra en el tiempo y nunca deja de abrirse y de cerrarse. Por supuesto.

—Eliminaste textos, añadiste artículos inéditos, algún prólogo, y le diste sentido al conjunto con una estructura coherente.

—Sí. Esa era la idea. El desafío era cómo vertebrar un material bastante extenso dándole un ritmo, una progresión, que fuera grato de leer para un posible lector.

—El libro te ha supuesto también una meditación sobre el sentido del tiempo y la memoria lectora, tanto individual como colectiva.

—Claro. Yo creo que es interesante observar cómo oscila nuestro gusto individual y cómo, paralelo, oscila el gusto social. Porque hay libros que en su momento fueron encumbrados y ahora han desaparecido, libros que llevaron una vida más subterránea y hoy están en el centro del canon.

—¿Cuántas huellas biográficas deja la biblioteca del un buen lector?

—Toda. Porque nuestra autobiografía, en parte, está en los libros que leemos, además de muchas otras cosas.

—'Cien años de soledad' te pilló tendido en la hamaca de tu jardín. ¿Alguna secuela incurable?

(Ríe). Pues también dejó bastantes secuelas: la capacidad de entusiasmo y enamoramiento hacia la imaginación y el lenguaje.

—En el terreno literario, es sano ser promiscuo. ¿Tal vez por eso la literatura se parece tanto a la vida?

—Sí. En la vida no lo sé. Pero en literatura el poliamor es bueno. Es conveniente tener varios amores literarios. Creo que es sano.

—Leemos a autores que parecen intocables, pero desaparecen, aunque momentáneamente, a la vuelta de la esquina. Cela, Umbral. ¿A dónde los lleva el viento?

—Eso es parte, yo creo, de una cierta injusticia histórica. Autores que, mientras viven, tienen una gran presencia y, una vez que mueren, prácticamente desaparecen. Deberíamos hacer el esfuerzo de recuperarlos. Cuando merecen la pena, claro.

—Dices que tu libro es ambicioso. Aspira a muchas cosas. ¿Cómo cuáles?

—Aspira a inocular el veneno de la literatura, básicamente.

—Hoy recibimos los libros con mucha información previa. Tú piensas que es necesaria una cierta inocencia para enfrentarse a ellos.

—Yo creo que sí, que leer sin prejuicios, leer sin ideas preconcebidas, beneficia la relación que existe entre el lector y el libro.

—En el libro faltan autores que debieran estar. No está Proust. Ni Virginia Wolf. ¿A quién más has tirado al olvido?

—Bueno, yo no he olvidado, ni olvidaré nunca, a Robert Barnes, por ejemplo. O a Italo Svevo, La conciencia de Zeno. Lo que pasa es que el libro no es una enciclopedia. Pretende ser simplemente una serie de calas en unos autores que me importan, con la idea de transmitir ese entusiasmo lector a los que se acerquen al libro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

5 de agosto de 2019

  • 5.8.19
Javier Castillo (Málaga, 1987) estudió Empresariales y un máster en Management en ESCP Europe. Ahora publica su tercera novela: Todo lo que sucedió con Miranda Huff. Trabajaba como consultor de finanzas corporativas, pero abandonó los números para dedicarse a las letras a raíz del éxito de su primera novela, El día que se perdió la cordura, convertida en fenómeno editorial y vendida en Italia, México, Colombia, Argentina y Portugal, y próximamente en Turquía, Japón y Corea.



Los derechos audiovisuales de la novela han sido adquiridos para la producción de una serie de televisión. Su segunda novela, El día que se perdió el amor, lo afianzó como autor de historias de suspense. Ambas novelas llevan vendidos más de 300.000 ejemplares en España.

—Con esta novela, ya van tres. Y hasta ahora sin pinchar.

—Hasta ahora. Y espero que la racha me dure un tiempo.

—Tu historia indaga en los misterios de lo cotidiano, allí donde se agazapan los miedos más primarios.

—Ahora en el miedo que hay dentro de una relación.

—Una pareja en crisis decide pasar un fin de semana en una cabaña en el bosque en Hidden Springs.

—El marido se ha encontrado con su mujer y, al llegar a la cabaña, se da cuenta de que ya no está. Y la novela va sobre su búsqueda.

—La novela arranca así: “Aún sentía el olor de la sangre en mi nariz”. O sea, que el fin de semana fue movidito.

—Sí. Bastante entretenido. Pero igual que el matrimonio, que ha sido una relación muy movida. Y este fin de semana ha sido la gota que ha colmado el vaso.

—Abandonaste los números a raíz del éxito de tu primera novela. O sea, se ve que le sacas los números a las letras.

—Hace ya un par de años dejé mi anterior trabajo y ahora me dedico cien por cien a escribir. Es verdad que tengo la sensación de que ahora estoy cumpliendo un sueño, que es dedicarme a lo que me apasiona.

—Nunca terminaste de leer el 'Ulises' de James Joyce y nunca regalarías 'En busca del tiempo perdido' de Proust. Los críticos te van a perseguir sin clemencia.

(Ríe). Y yo estaré encantado de explicarles por qué. Tiene su lógica. Son libros muy complicados de regalar. Y Ulises tiene un estilo que a mí no me encaja. Lo bonito de leer es encontrar el libro que a cada uno le guste.

—Hasta que no comenzaste a leer los libros que te apasionaban, no te colgaste por la lectura. ¿La pasión y la calidad no siempre van unidas?

—Exactamente. Muchas veces no están unidas. Hay grandes libros con gran calidad literaria que no te apasionan y no te llenan. Y luego, libros con menos calidad literaria que son capaces de dejarte toda una noche sin dormir.

—Así que, según tú, es mejor que en los institutos se lea a 'Harry Potter' que 'Cien años de soledad' o 'El Quijote'.

—Sí. Depende de la edad. Yo abogo por que la gente lea libros que de verdad les llenen a una edad concreta. Yo, con veinte años, descubrí Cien años de soledad, y me pareció una maravilla. Pero lo había leído con catorce y me había parecido el peor libro de la Historia.

—Antes escribías en el tren, ahora en la biblioteca de Fuengirola. ¿La familia te ha expulsado definitivamente del hogar?

(Ríe). Sí. Y encima, con la llegada de mi segundo hijo, me he quedado casi huérfano de escritorio. No tengo en casa. Me han quitado mi mesa de escritorio para poner la cuna otra vez. Así que tengo que irme fuera. Un huérfano de mesa. Escribo casi siempre fuera de casa.

—300.000 ejemplares vendidos. Tus libros se publicarán ahora también en Japón, Turquía y Corea. Y ante tanto relumbrón, dices que no sientes presión sino responsabilidad.

—Yo siempre, cuando escribo, el único objetivo es hacer que los veinte euros que la gente se gasta en el libro, valgan la pena. No pienso en si gustará o no gustará. Intento que merezcan la pena el viaje, el dinero y el tiempo de la gente.

—Te propongo que el escenario de tu próxima novela sea un tren. Deberías dar coherencia a tu biografía.

—Yo creo que un tren daría para una muy buena novela. De verdad lo creo.

—Imagina que el propio escritor escribe en el tren y desaparece antes de llegar a la última parada.

—Pues ya tienes la historia (ríe).

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

29 de julio de 2019

  • 29.7.19
Escritora y periodista, Nuria Labari (Santander, 1979) publicó en 2016 su primera novela: Cosas que brillan cuando están rotas. Su segunda novela, que publica ahora, se titula La mejor madre del mundo. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad del País Vasco y Relaciones Internacionales en el Instituto Ortega y Gasset. Colaboró con los portales digitales de El Mundo y Telecinco, medio en el que es redactora jefe. También es autora del libro de cuentos Los borrachos de mi vida (2009), ganador del VII Premio de Narrativa de Caja Madrid.



—A tu protagonista, que es estéril, la idea de ser madre se le mete dentro como un cáncer. Como cualquier cáncer, también puede laminar la idea de no serlo.

—No. Creo que nos invade más el deber ser de la maternidad. Al revés, la idea de no ser madre hay que pelearla mucho. Es menos invasiva.

—Ella tiene dos hijas. Tú también. En ese duelo entre ser madre o escritora, ¿siempre tiene que vencer una de las dos?

—Creo que sí, porque, cuando una mujer tiene un hijo, se crean dos seres. El hijo que ha llegado y la madre que acaba de nacer. Y parece que la madre que acaba de llegar fuera un folio en blanco. Y en realidad, no. Tiene que haber una lucha para que todas las mujeres que eran antes convivan con esa nueva mujer que es una madre.

—Tu protagonista examina la maternidad como mito y como timo. Jugando con las palabras, en verdad, ¿la maternidad no está sobrevalorada?

—La maternidad es un timo porque está simbólicamente muy sobrevalorada y socialmente denostada. En realidad, no hay ayudas para criar, en muchas ciudades faltan guarderías. Faltan muchas ayudas, las familias han cambiado y tenemos el peor cóctel posible en este momento.

—Hasta ahora las mujeres habéis construido la igualdad jugando a ser chicos. ¿Una imposición social, un cambio por mimetización o un error que se va corrigiendo?

—Sin duda, un error que urge corregir. Y no lo hemos construido las mujeres. Hombres y mujeres hemos construido así la igualdad y ahora nos toca construir una igualdad no contra vosotros, sino hacia vosotros, y traeros hacia espacios propiamente femeninos.

—La frase es tuya: “El mercado ha penetrado en el cuerpo de las mujeres de una manera absoluta”.

—Pues sí. Es así. Desde las vallas de publicidad, las películas, la prostitución. Hay una presión sobre el cuerpo de la mujer, desde que nace hasta que muere. Y ahora también a través de la maternidad alquilando úteros. Las mujeres somos muy fértiles para el mercado.

—Este es un libro generoso, dices, porque has cogido muchas partes de tu vida. ¿Te sientes como una especie de donante de vivencias?

(Ríe). Sí. Y he dejado mucho más. He dejado mis vivencias, las de mi abuela, las de mi madre, las de las pelis que he visto, todos los libros que he leído. Es un libro en el que me he vaciado y he utilizado todo. Ha sido como un filtro de todo lo que alguna vez en mi vida he experimentado.

—Otras escritoras hablan de la maternidad en tono crítico. Samanta Villar en 'Madre hay más que una' o Gabriela Wiener en 'Nueve lunas'. ¿Qué pasa?

—Está pasando que cada vez hay más mujeres que escribimos y hay temas que ahí han estado apartados del foco literario, y están entrando de forma natural.

—Algunas mujeres deciden no tener hijos. Otras no pueden. ¿Esa huella deja algún vacío existencial?

—El vacío existencial lo deja el no ser capaz de habitar el mundo sintiéndose uno una gota del océano. Para eso, una solución puede ser madre, pero no es la única solución.

—Cuando vais a ser madres os previenen de que no vais a dormir, pero tú dices que nadie os previene de que tampoco vais a soñar.

—Es que es exactamente así. Nos hablan del peso corporal y emocional, pero nadie habla del peso mental. La maternidad es, ante todo, un viaje de la imaginación.

—Temías que tu madre no entendiera el libro, que tus hijas no lo puedan entender. ¿De verdad crees que solo verán a una madre que era un monstruo?

—Me da miedo que se cabreen y que se equivoquen. Aunque no todo lo que dice el libro me ha pasado a mí.

—Hay frases hechas que te rechinan. La más lapidaria es esta: “Eso lo entenderás cuando seas madre”. ¿Así es?

—No. Esa frase se la puede decir una madre a una mujer que sea Premio Nobel de Física. No. El hecho de parir no es una ventana al conocimiento.

—Algunas fuerzas políticas, como Vox, intentan de nuevo poneros en el lugar en el que estabais. ¿Siempre se puede dar un paso atrás o el regreso ya es imposible?

—No creo que haya regreso posible. Y si lo hubiera, creo que sería sangriento en este punto.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

22 de julio de 2019

  • 22.7.19
Licenciado en Sociología, Rafael Navarro de Castro (Lorca, 1968) trabajó durante quince años en el sector audiovisual y en 2001 se fue a vivir al campo. Lo cuenta en su primera novela, La tierra desnuda. Hijo de un ingeniero agrónomo, pasó los primeros diez años de su vida en una granja antes de mudarse a Granada, primero, y a Madrid después, donde trabajó como guionista. Después se cansó de la capital. Tuvo a su hija, plantó más de un árbol y ahora publica su primer libro, un homenaje a la vida del campo y a sus gentes.



—El escenario de tu novela podría ser cualquier rincón de la España interior. ¿Tanto se parece la soledad de nuestros campos?

—Pues yo creo que sí. De hecho, tengo muchos amigos que me han hablado, del Pirineo hasta Cazorla o Gredos, de que este pueblo podría estar en cualquier lugar de España.

—Allí nace, al mismo tiempo, la Segunda República y un niño llamado Blas, tu protagonista.

—La novela abarca 80 años y va desde el año 1932 hasta el 2012, y cuenta la vida de Blas, que es como una excusa para contar la vida del valle, incluso la vida del país, pero tal como se ve en ese valle y visto a través de los ojos de los campesinos.

—Ochenta años después muere allí y se lleva a la tumba una forma de vida milenaria. Y también algunos secretos.

—Bueno, yo lo que he querido es rescatar sobre todo los valores y los principios que van a desaparecer con estos campesinos, su forma de respetar la tierra, de relacionarse con ella, de relacionarse con el valle, su forma de ayudarse, de cooperar entre ellos, de juntarse para hacer cosas. Estas son las cosas que a mí me parecen importantes que no se pierdan.

—La vida de Blas es la historia de España en el último siglo. Que bien sintetizada sería como...

—Pues, vista desde el campo, es la historia de una decadencia, de un acorralamiento. Porque ellos están cada vez más acorralados. Y el progreso, en muchos sentidos, es innegable, aunque en otros no tanto. A ellos no parece afectarles de ninguna manera.

—Después de quince años trabajando en el sector audiovisual, abandonas Madrid y te trasladas a Monachil. ¿Qué buscabas en el campo o qué no te daba la ciudad?

—La pregunta es buena, porque eran las dos cosas. Por un lado, huía de esta deshumanización de las ciudades, de las prisas, del estrés, del trabajo. Y, por otro lado, buscaba la tranquilidad del campo y la paz del campo. Y tal vez inconscientemente estos valores de los campesinos, de la autosuficiencia, la cooperación, la relación con la naturaleza.

—Te dedicas a las tareas del campo y al movimiento ecologista. Además, construyes tu propia casa.

—Todas esas cosas están en conexión directa con la novela. Tosas esas cosas son todo lo que pretendo contar y defender y homenajear en la novela, que no solo homenajear el pintorequismo y la vida rústica, sino esta filosofía de vida. Mi filosofía de vida está más cerca de la de los campesinos que de la del urbanita.

—Hay quien ve en tu novela ecos de Delibes o de Chirbes.

—Hay ecos de muchos. Con Delibes yo creo que tengo en común la empatía por el mundo rural y del cariño que le tenemos. Y con Chirbes, la preocupación y la verdad en el mundo que te rodea, y la verdad de su goce. Eso es lo que me gusta de Chirbes.

—La vida campesina va a desaparecer. ¿Qué está muriendo con ella?

—Están muriendo otros valores. No hay que tener una idea nostálgica de la vida campesina, porque es durísima. Y no se trata de recuperar eso ni de volver a eso, sino de aprender lo que tengan que enseñarnos que se basa en esos principios.

—'Los santos inocentes', 'La lluvia amarilla', 'Intemperie'. De vez en cuando el campo aparece por una esquina de nuestra literatura. Pero siempre retrata un mundo de miseria.

—Yo creo que ese retrato de hambre, miseria, injusticia, explotación, abuso, maltrato, analfabetismo, ese retrato es ineludible. En mi novela creo que también está. Respecto a los ejemplos que me has puesto, yo he intentado romper el esquema en el último punto. Hago ese mismo retrato pero el resultado de ese mundo es Blas. Es decir, no es Pascual Duarte, que muestra cómo el resultado es la violencia, la brutalidad.

En Los Santos Inocentes, el paisano con el que hemos simpatizado, termina ahorcando al terrateniente en el olivo. En La lluvia amarilla, la mujer se suicida y el marido se deja morir medio loco. En Intemperie, el niño huye del maltrato y al final el pastor termina matando a los guardias civiles que le persiguen. Es como si el resultado de esa vida tan durísima, tan terrible, que es así, siempre fuera la violencia.

Yo he intentado que el resultado en mi novela sea distinto. Es decir, esto es terrible, vale, pero aquí hay gente sana, aquí hay gente normal, sencilla, que no reacciona violentamente. Reacciona más metiéndose en el caparazón, diciendo, bueno, me quedo en mi terrenillo cuidando mis gallinas, mis cabras, y a mí que me dejen.

—Querías huir de los cuentos de pueblo. Escribir en presente de indicativo. Contar que hay miseria pero que también hay flores.

—Quería huir de la batallita del abuelo, del cuento de pueblo, y ponerlo en presente de indicativo. Como coger al lector y decirle no te voy a contar, vente conmigo que vamos a subir a la sierra y vamos a ver cómo estos niños plantan los pinos, o cómo este niño cuida sus cabras aquí en la sierra. Ese era mi objetivo.

—¿Y qué escribes ahora?

—Estoy escribiendo sobre la contaminación, que sería la agricultura industrial moderna. Es decir, se ha muerto una forma de relacionarnos con la naturaleza, con el campo y con la agricultura. Pero hay otra que viene después. Si he hecho el elogio de la tierra, pues esto sería la crítica del plástico.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

15 de julio de 2019

  • 15.7.19
Arquitecta por la Universidad Politécnica de Madrid, Alba Carballal (Lugo, 1992) obtuvo en 2016 una beca de residencia literaria en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores de Córdoba. Fruto de esta estancia es su primera novela: Tres maneras de inducir un coma. Ha sido redactora en la revista especializada Arquitectura Viva y escribe también en otros medios de comunicación y difusión cultural, como la web literaria Zenda. Ha traducido textos periodísticos y libros.



—Esta novela es el fruto de una beca de residencia literaria en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. ¿Cómo fue la experiencia?

—Pues fue una experiencia muy intensa, muy fructífera y, además, creo que fue el primer paso o la primera vez que sentí esto como una profesión. O sea, fue la primera vez que me tomaron en serio como escritora y de algún modo sentí que esto era un oficio y que se podía llegar a convertir en mi modo de vida. Es una sensación como de profesionalidad que no había tenido hasta entonces.

—Estudiaste Arquitectura. En cierto modo, existe un paralelismo entre esta y la literatura. En el sentido de que escribir es crear una estructura arquitectónica pero con palabras.

—Supongo que algo de eso hay. Aunque, la verdad, lo que yo más aprendí en la carrera de Arquitectura es a delatar a vuela pluma a los farsantes, a la gente que vende humo y que realmente no tiene ni un discurso ni una idea ni un proyecto bien hecho. Y creo que ese es un entrenamiento que para cualquier otra cosa es muy adecuado y muy efectivo.

—Eduardo Mendoza habla de ti como una voz solvente y Muñoz Molina ve en ti una mirada ácida y crítica. Con tales padrinos, ni habrás pensado en el fracaso.

(Ríe). Bueno, lo pienso todos los días, casi con más razón. Me da mucho respeto y, bueno, de algún modo me da un poco de miedo fallar porque las expectativas se han puesto muy altas. Y para mí es un honor que me consideren una buena escritora.

—Tu protagonista es un cuarentón sin perspectiva de futuro. ¿Para quienes nacisteis en 1992 la palabra futuro tiene algún sentido?

—Sí, sí tiene sentido. Lo que pasa es que a nosotros nos enseñaron desde muy pequeños a pensar en el futuro, además a proyectar un futuro muy prometedor, y ese futuro se ha truncado. Con lo cual es una palabra que tiene un significado casi mítico o utópico. Pero sí existe, claro.

—Tu novela es una sátira social y moral muy conectada con la tradición de la picaresca española.

—De hecho, la estructura bebe un poco de la picaresca. Yo encabezo los capítulos con una frase que podría recordar a las novelas de la tradición picaresca española, pero creo que a nivel formal también tiene mucho de pastiche o de monstruo. Porque yo en ella vuelco cosas del cine, cosas de guión de televisión, del género epistolar. Entonces, al final lo que sale es una especie de cadáver exquisito. Una cosa así montada de una forma extraña pero también extrañamente funcional.

—El escenario, claro, no podría ser otro que un Madrid contemporáneo y 'underground'.

—Es la ciudad en la que yo he crecido como ser humano. Quiero decir: yo he vivido hasta los 18 años en Lugo, pero me fui a estudiar a Madrid y, desde luego, es el escenario de mi vida adulta. Y además creo que es una ciudad muy sexy, porque tiene un punto folklórico, un perfil kitsch, un punto quizá macarra también, que a estos personajes que son un poco perdedores pues les venía especialmente bien.

—Darío Adanti se pregunta cómo una primera novela puede ser tan buena. Se lo pregunta, obviamente, teniendo en cuenta tu edad. Imagino.

—Tengo 26 años, pero esta novela la terminé de escribir con 25 recién cumplidos en la Fundación Gala. Yo creo que hay gente joven que está haciendo cosas muy interesantes. De hecho, hay mucha gente que ha salido de la Fundación Gala que escribe realmente bien. Ahí está Cristina Morales, que acaba de ganar el Premio Herralde.

—Ecos de Mendoza, de Almodóvar, de John Kennedy Tool. ¿Ese es el territorio que pisas, donde te sientes a gusto?

—Bueno, desde luego lo han sido para escribir mi primera novela. He escrito desde donde yo me siento cómoda, que es el humor, la sátira, también una melancolía un poco extraña, que tiene también algo de Woody Allen. Pero sí, yo ahí me muevo con cierta desenvoltura, en esa ambivalencia entre la ironía y el desencanto.

—Los nacidos en 1992 se os conoce como la 'Generación de la Resaca'. ¿Os habéis adaptado a una realidad truncada o seguís soñando a veces?

—Yo, desde luego, sí. En estos tiempos tan nihilistas, lo revolucionario es creer en algo. Lo revolucionario es seguir creyendo que algo hay para ti de todo este horror. De hecho, mi personaje me lo llevo a 15 años mayor que yo, porque creo que hay que ser mayor para estar desencantado. A mí todavía no me toca eso.

—Dices que el 15-M fue tu bautismo político.

—Yo llegué a la universidad en 2010. Y cuando no llevaba un año en Madrid, me vi envuelta en todo aquello. Y para mí, la verdad, que fue como el bautismo político, porque fue la primera y la más potente, probablemente, de mis experiencias colectivas. También fue darme cuenta de que estamos aquí para cambiar las cosas y de que el mundo no va a cambiar solo, de que o lo haces tú o no lo va a hacer nadie por ti.

—Tú, en cierto modo, estás triunfando, vas encontrando tu perfil en la literatura. ¿Los amigos te miran como un bicho raro, como alguien que ha logrado agarrar un sueño?

—Aún me cuesta a mí decir soy escritora. Pero cuando lo digo hay suspicacia y yo lo comprendo perfectamente porque es una marcianada. No es lo habitual. No sé. Para mí es lo natural.

—¿A quién odias tanto que te gustaría inducirle un coma?

—Un coma a nadie, por dios. Yo soy muy buena gente. Aunque no lo parezca con la novela. Pero sí hay gente que estaría mejor callada (ríe). Aunque tampoco hace falta que entren en coma.

—¿Sabes ya hacia dónde irás ahora?

—Estoy empezando a trabajar en mi segunda novela. Está ambientada en un tiempo anterior. Me muevo a Galicia y a Valencia. Será una cosa bastante distinta, a pesar de que la voz autorial pienso que tiene que conservarse.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ALBA CARBALLAL (FACEBOOK)

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