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25 de junio de 2018

  • 25.6.18
Escritor y periodista, Sergio del Molino (Madrid, 1979) publica La mirada de los peces. Su anterior obra es el ensayo La España vacía, considerado uno de los diez mejores libros de 2016. Conocido fundamentalmente por la novela La hora violeta, donde narra la enfermedad y muerte de su hijo Pablo, en La mirada de los peces se propone una exploración de la adolescencia ya lejana, pero suscitada por el deseo de su profesor de Filosofía de suicidarse y preparar serenamente la ceremonia de despedida.



—En tu adolescencia te entregaste al canuto y a la litrona. Como tantos. Tu profesor de Filosofía, Antonio Arayona, ¿te ayudó a salir de la duda?

—No. Me generó dudas nuevas. De hecho, me enseñó a dudar. La adolescencia es, realmente, un tiempo de certezas más que de dudas. Y Antonio lo que contribuyó fue a romperlas y a generar esas dudas.

—Las drogas son abundantes. Lo fueron en tu generación. ¿Las drogas acaban con nosotros? ¿O es un discurso teleológico?

—Es un discurso teleológico. Yo creo que sí, que es verdad, que son peligrosas y que hay gente a las que les han hecho mucho daño. Pero hay un discurso muy tremendista y que, además, es muy hipócrita. Porque realmente las drogas han sido muy abundantes, son muy abundantes en todas partes y han formado parte de la socialización básica de los adolescentes en los barrios desde hace mucho tiempo, sin que todos hayan acabado yonquis debajo de un puente. Solo una parte.

—Tu profesor se suicidó. Y a ti te adelantó la noticia. ¿Un privilegio que entonces te hubiera gustado compartir?

—Bueno, me la adelantó a mí y a unos cuantos porque lo que quería era que apareciéramos en el documental de Jon Sistiaga que estaba rodando en su momento. A mí me puso en un dilema, que me siento honrado de que me eligiera para contármelo, y a la vez pues, en fin, me provocó una serie de sensaciones encontradas.

—'La mirada de los peces' es una historia testimonial que mira al pasado con lucidez. ¿La memoria no se vuelve nebulosa?

—Claro. Con los años y con el paso de los minutos. El recuerdo de esta misma entrevista dentro de cinco minutos va a ser nebuloso. Y precisamente por eso es una sustancia tan literaturizable. Si fuera algo notarial y todos estuviéramos de acuerdo, no habría posibilidad de construir relatos literarios.

—El libro es un homenaje a tu maestro, defensor de la enseñanza pública, el laicismo y la muerte digna.

—Yo no creo que sea un homenaje. Creo que es una mirada, un reflejo, y le uso también como pantalla para poder proyectarme a mí mismo. Pero no creo que sea un homenaje. Ni un homenaje, ni, como se ha dicho en algún momento, un ajuste de cuentas. Es una mirada y las miradas son complejas y son difíciles de encasillar y de encuadrar.

—¿Hay culpa en ti hacia quien te ayudó a mirar el mundo?

—Sí, claro. Hay una culpa creo que muy natural y muy idealizada acerca de por cómo la gente que ha sido decisiva, como pueden ser maestros, pueden ser padres, pueden ser gente que está en tus años de formación y te ayuda a ver el mundo, cómo con el paso del tiempo les arrumbamos como si fueran trastos viejos y los dejamos en el desván. Claro que hay un sentimiento de culpa. Totalmente.

—La novela es también un retrato de tu adolescencia y de tu generación.

—Sobre todo de mi adolescencia, con lo cual a través de ella se puede ver muchas adolescencias. Sin duda alguna. Pero como todos los relatos generacionales, yo creo que es intergeneracional. Quiero decir. No hace falta ser de mi generación ni haber sido nacido año arriba ni año abajo para entender esta historia y para ser involucrado por ella, ni mucho menos.

—Ahora tu generación empieza a dominar el ámbito público y a imponer su nostalgia. ¿Algo de nuevo en el horizonte?

—Bueno, yo confío en que mi nostalgia no sea tal. Confío en no imponer ningún tipo de nostalgia porque no creo ser una persona nostálgica. Detesto profundamente la nostalgia. Pero sí, yo creo que ahora vamos a ver una nostalgia, que ya se ve, con lo de que Yo fui a EGB y ese tipo de cosas. Vamos a ver una nostalgia relacionada con ese tipo de cosas. Fueron unos años aburridos y duros. Con lo cual, yo creo que vamos a tener ese discurso dominante. Va a ser un poco más gris (ríe).

—Dices que vosotros erais peores alumnos que los de ahora y que había violencia y acoso entre compañeros.

—Antes había mucha más violencia y mucho más acoso escolar que ahora. Había tanto que no se hablaba de ello porque era totalmente normalizado y generalizado. Creo que ahora es objeto de debate y de preocupación porque está en retroceso y porque es más marginal.

—La muerte, como es lógico, también está presente en tus libros. Dices: “Yo quiero morirme antes que mis amigos”.

—Sí. Totalmente. Pero por egoísmo puro y duro. Porque prefiero que me ayuden a ayudarlos yo a ellos.

—Ni no ficción ni autoficción. Pero sí protagonista y narrador de tus propias historias.

—Como muchísimos autores a lo largo de la historia de la literatura. Mi libro se centra en una tradición muy clara que es la literatura confesional, que arranca en San Agustín, incluso antes. Con lo cual, no creo que haya que ponerle más etiquetas.

—La mirada al barrio está siempre presente en tus novelas.

—Mi mirada es un poco socarrona y distante. No se presta a la épica. No es un retrato complaciente de la vida de barrio.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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