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30 de agosto de 2019

  • 30.8.19
¿Quién no ha escuchado alguna vez en su pueblo, a un vecino, conocido o algún familiar, decir que ser autónomo es pésimo? Yo creo que todos, en alguna ocasión, lo hemos escuchado. Y nos preguntamos cuánto hay de verdad en lo que dicen. Por un lado, tenemos lo que leemos; por otro, lo escuchamos tanto en las noticias como en otros muchos medios de comunicación.



Las economías de los países se sustentan en gran medida en los autónomos, evidencia que está ampliamente contrastada y, sin embargo, los dichos populares y el sentir social es que ser autónomo solo beneficia a los grandes, pero perjudica seriamente a los emprendedores de capital cero.

En cierto modo, creo que hay mucho de razón en lo que se cree y se dice y, también, mucho de información a medias o mal captada, porque ser autónomo es una tendencia que se está imponiendo con más fuerza en los municipios.

También es cierto que el autónomo o la autónoma no tienen los mismos privilegios que los asalariados, algo que tiene que empezar a cambiar desde los gobiernos con políticas públicas que apoyen a este sector de forma valiente y contundente, siendo la vía más factible para acabar con la economía sumergida y con la precariedad en el trabajo.

Aún persiste en la sociedad y en las mentes sociales que ser autónomo es como la zurrapa del trabajo, desvalorando la gran labor que hace este colectivo que no es pequeño en España y tampoco en Andalucía. Generadores de renta y de trabajo necesitan de cambios drásticos que les den la oportunidad de tener una vida digna y una jubilación tranquila.

El sector achaca parte de sus males a la retención de IVA, a su declaración trimestral, y a otros impuestos. Sin embargo, los beneficios para un colectivo tan activo son aprobados con cuentagotas, sembrando la duda de muchos emprendedores que se plantean si ese es el camino o es mejor ser funcionario y tener la vida resuelta.

Sin embargo, cada vez son más los centros de emprendimiento y asesoramiento para la creación de start-up que vemos en los municipios de Andalucía, lo que crea una controversia muy elocuente: por un lado, ser autónomo es arriesgarse con los recursos propios del emprendedor; y por otro lado, si sopesas los beneficios de ser trabajador por cuenta ajena o trabajador por cuenta propia, se llega a la conclusión de que el que trabaja para otro tiene muchos más beneficios que el que arriesga.

El mundo está cambiando y la forma de trabajar, también. Si queremos acabar con la esclavitud laboral, con las discriminaciones en el ámbito del trabajo e innovar en los territorios, se hace necesario cambiar los conceptos en tiempo y forma.

Las mujeres siguen siendo las grandes perjudicadas en toda la vorágine de condiciones laborales:, si eres joven, te explotan y te pagan menos que a un hombre; si tienes más de 45 años, ya comienza a hacerse difícil encontrar un puesto de trabajo digno; y si sobrepasas los 50, es difícil –por no decir imposible– que una empresa te contrate. Con lo cual, la vía de escape es entrar en el mundo de las autónomas donde, lógicamente, las cosas no son fáciles, ya que sigue existiendo una discriminación que, en este caso, es doble: la de ser mujer y autónoma a la vez.

Hace poco tiempo conocí una institución andaluza que tiene representatividad en todo el territorio español que se dedica a la defensa de los autónomos y autónomas. Me parecieron muy interesantes las reivindicaciones que proponen para que sean analizadas y aprobadas.

Fue ahí donde me di cuenta de que el miedo popular a ser autónomo está basado en la no apuesta seria y contundente de los políticos con el sector. Las instituciones están apostando e incentivando a los jóvenes para que se hagan emprendedores y autónomos y, sin embargo, aún hoy día en el siglo XXI, se trata de un mundo incierto y lleno de discriminación.

Las necesidades de los autónomos a ser reconocidos con leyes y políticas públicas que les garanticen, por ejemplo, cotizar por ingresos reales o pensiones y prestaciones sociales dignas son un camino que es necesario recorrer hasta llegar a ser y tener las mismas condiciones que un trabajador por cuenta ajena.

La lucha por erradicar las desigualdades y la decadencia laboral y de la vida de las personas comienza cuando un Gobierno y su país apuestan por las personas y por darles las mismas oportunidades a todos y todas sin distinción alguna. Es por eso que se hace necesario, si realmente queremos avanzar e incorporarnos al siglo XXI, tomar actitudes que faciliten ese cambio y, en consecuencia, mejorar la calidad de vida de las personas.

El desarrollo sostenible, la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) son claros y contundentes con el trabajo y las oportunidades de trabajo dignas. De hecho, establecen la necesidad de consolidar y apostar por los autónomos en las municipios de España, donde cada vez las oportunidades de trabajo son menores, lo que hace que muchos de ellos se estén quedando despoblados, dado que nuestros grandes talentos se están escapando a grandes multinacionales.

El territorio al que pertenecemos es el espacio idóneo para crear, innovar y desarrollarnos, porque es el espacio donde se mueven las emociones y éstas mueven y fomentan la creatividad. Pero, para ello, se hace necesario que exista una apuesta firme y apartidista que no solo fomente el trabajo autónomo sino que también apueste por el sector. Y apostar no es solo facilitar el cómo darse de alta en la Seguridad Social o bajar las cuotas: es dar al colectivo la posibilidad de tener una vida cotidiana digna y una jubilación llena de tranquilidad.

A lo largo de la historia, las mujeres hemos tenido un gran peso en la sociedad en lo que se refiere al trabajo y al emprendimiento. Hoy día, cuando son las grandes multinacionales las que mandan en los mercados, se nos está vetando la posibilidad de trabajo en muchas de las facetas de nuestras vidas: cuando somos madres, cuando estamos en edad fértil. Y ahora, por muy cruel que parezca, pero es real, se nos veta el trabajo a partir de los 50 años porque consideran que ya no somos productivas.

Esta realidad es devastadora e incompresible en el siglo XXI, ya que se ha demostrado científicamente que nuestra vida se ha alargado en 20 años y que los 50 años es la edad ideal, porque en ella convergen la experiencia con la sabiduría, un cóctel ideal para emprender y desarrollar grandes proyectos, con la fuerza y la vitalidad que da saber lo que realmente se quiere del trabajo y de la vida.

El desarrollo sostenible, el desarrollo de nuestros municipios y la posibilidad de dotar a nuestros hombres y mujeres de herramientas para que puedan crear e innovar pasa por mirar más allá de unos ministerios, de los cuatro años que dura una Legislatura. La sostenibilidad converge y se une a los nuevos desafíos a través de grandes apuestas que comienzan en el ahora y que se consolidan a lo largo de los años, posibilitando estabilidad e ilusión y ganas de mirar hacia el futuro.

MERCEDES C. BELLOSO

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