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9 de febrero de 2020

  • 9.2.20
Una reciente encuesta realizada por una aplicación de seguridad femenina asegura que el 83% de las mujeres encuestadas indicaba que cuando más miedo sentía era cuando tenía que caminar sola por la calle y de noche. La calle se convertía para ellas en un entorno que les hacía aflorar los miedos que en otros lugares no los tienen.



Y si a la calle se le sumaba la oscuridad, los temores se acentuaban. Hemos de tener en cuenta que muchas de las mujeres que respondían al cuestionario ejercían sus trabajos hasta entrada la noche, por lo que necesariamente debían regresar a casa cuando el sol se había puesto.

No se especificaba en la encuesta los lugares de residencia de quienes la habían respondido, aunque, me imagino, que la preocupación crece a medida que se vive en localidades con mayor población, de modo que será en las grandes urbes donde el sentimiento de inseguridad se acentúa, dado que en ellas el anonimato se encuentra mucho más extendido entre la gente.

De todos modos, quisiera apuntar que los miedos que manifestaban en la encuesta se debían al mero hecho de ser mujeres; no porque les pudieran tener incidentes similares a los que les acontecen a los hombres (que también pueden ser víctimas de episodios de agresividad).

En las explicaciones aportadas, de un modo u otro, aparecía descrito el machismo imperante en nuestra sociedad, de forma que a algunos sujetos ese machismo les hace creer que son superiores y que, en consecuencia, tienen la potestad de molestarlas, e, incluso, asaltarlas o agredirlas por el mero hecho de la propia condición femenina de la mujer.

En la encuesta también se les preguntaba acerca de las soluciones que encontraban para sentirse seguras. En su mayoría respondía que la solución más habitual era la de ir acompañadas por alguna persona amiga o conocida y, si esto no fuera posible, mantener el contacto por SMS o WhatsApp con algún familiar, de modo que pudieran estar localizadas durante el recorrido que tenían que hacer hasta llegar a la casa.

La verdad es que la primera vez que me hice consciente de este miedo que afecta de modo especial al género femenino fue en la convocatoria de una concentración que se llevó a cabo tiempo atrás como repulsa a la agresión sufrida por una chica por parte de la tristemente famosa ‘Manada de Pamplona’.

En esa ocasión me vi con algunas compañeras que son profesoras de la Facultad en la que trabajo. En medio de la charla que mantuvimos surgió el tema de la indefensión en la que se encuentran algunas mujeres ante las agresiones de ciertos personajes.

Silvia, una de estas compañeras, me hizo ver que desde su adolescencia siente miedo a caminar sola por la calle en determinadas circunstancias, y que este temor difuso lo padecen muchas de las jóvenes que ella conoce, dado que pueden ser molestadas o agredidas de manera física o verbal por el mero hecho de ser mujeres

Por mi parte, le manifesté que nunca había pensado en ello, dado que yo nunca he sentido ese temor por el hecho de ser hombre. Bien es cierto, que en determinados contextos o situaciones puedo sentirlo, especialmente si pienso que pudiera ser abordado por otros (las mujeres no te atracan) con la intención de ser robado.

A partir de la charla que mantuve con aquellas compañeras, acudieron a mi mente los trabajos de investigación que en cierta ocasión realicé con un grupo de estudiantes de Secundaria acerca de las ideas que tenían de lo que acontece en las calles. Como habitualmente les planteo, esas ideas deberían plasmarlas en dibujos que ellos crearan de forma libre y sin que les preocupara si estaban mejor o peor realizados, pues lo importante era lo que expresaban en la lámina.

Me llamó de modo especial la atención algunas de las escenas que ciertas alumnas habían plasmado, pues reflejaban con bastante claridad ese sentimiento de temor que les generan los espacios públicos como lugares en los que se dan todo tipo de agresiones o violencias.



Es lo que expresó Marina, de 13 años, con el dibujo de una escena urbana. Si lo observamos con cierto detenimiento, nos muestra como elemento central a una madre que sostiene a su hijo pequeño, al tiempo que una voz oculta les dice: “¿Dónde estáis? Vuestros amiguitos no os van a hacer nada…”.

Por otro lado, en un gran plano general se contempla una plaza en la que acontecen distintas formas de agresión. Así, desde una ventana se escuchan: “No me pegues más. ¡¡Desátame!!; a lo que otra voz responde: “No. ¡¡No quiero, estúpida!!”.

Continúa con otras expresiones agresivas como la de un chico que es atropellado por un coche o el atraco en un supermercado en el que matan a una persona. Cierra con una pareja que está sentada en un banco en el que el chico dice: “Me encanta este barrio. ¡Es tan divertido!”, al tiempo que la chica que le acompaña le responde: “Pues a mí no me gusta porque hay mucha violencia. Por esto me voy a mudar a otro barrio”.

Resulta ilustrativo el diálogo que mantiene esa pareja del dibujo anterior, ya que al chico no le molestan todas las formas de violencia que se dan en el barrio en el que vive; mientras que la joven que le acompaña manifiesta tal rechazo que está deseando cambiarse de barrio. Es un modo no planificado de expresar cómo sienten cada uno de los géneros.



Otro trabajo pertenece a Julia, compañera de la anterior y también de su misma edad. En este caso, la autora trazó una calle cargada de tensiones y agresiones. Así, vemos como elementos principales un par de coches que vienen de frente: uno conducido por chicas y el otro por chicos que los conducen con sonido a todo volumen, al tiempo que los conductores que iban en sentido contrario se lo recriminan; también, una niña sola en una acera llorando; un bebé abandonado en la otra acera al lado de una botella rota y colillas; y en una de las esquinas, una mujer que es atracada por un individuo que porta una pistola.

Quizás estos dos dibujos que he seleccionado del conjunto no sean tanto de experiencias directas que las alumnas hubieran vivido, sino el resultado de las noticias alarmantes que cotidianamente nos llegan por los medios de comunicación y que ellas han sintetizado en sus pensamientos y las han trasladado a unos espacios urbanos.

Y es que conviene tener en cuenta que en la actualidad las noticias de las diversas agresiones que sufren las mujeres, con especial significado los casos en los que son víctimas las jóvenes, impactan en los oyentes o espectadores, que, entre atónitos e indignados, sienten la impotencia ante una realidad que parece que se resiste a cambiar.

AURELIANO SÁINZ

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