A priori, era su decisión. Estaba allí sentado, en aquella terraza, por culpa de una apacible temperatura primaveral que invitaba a tomar la calle como si no hubiese un mañana. Un buen libro abierto, Sostiene Pereira, y el lujo de poder perderse entre sus folios mientras hubiera luz.
Admiraba de Tabucchi su capacidad para, mediante la belleza de las oraciones simples, profundizar en cuestiones tan complejas como la justicia o el valor del individuo como ente aislado de la masa heterogénea de cualquier sociedad. Únicamente un nubarrón amenazaba con provocar tormenta en su estado anímico aquella tarde. ¿Había escogido verdaderamente estar sentado en esa terraza con aquel libro?
Recordaba la sensación de esperanza que otorgaba ver el sol brillar a través de los altos ventanales de la oficina. También conservaba el recuerdo de haber entrado en la librería durante su paseo y, tras ojear varios libros, comprar Sostiene Pereira.
Pero no encontraba en su memoria el momento en que decidió acudir precisamente a aquel parque. Ni el motivo que le impulsó a detenerse ante aquel paisaje de árboles, con el sol filtrándose entre las ramas y el verde extendiéndose a su alrededor. Pero lo importante era que estaba allí.
Al cerrar los ojos, logró con esfuerzo que la banda sonora urbana de vehículos, pitidos, música a todo volumen y bocinas descendiera unos decibelios, para regocijo de su tranquilidad y de su paz mental. La decisión que habría de tomar en unas horas necesitaba de aquella calma. Pero seguía de fondo la cuestión de su verdadera libertad, aquella duda sobre si algo lo había empujado hasta allí, o no. ¿Debía decidir en aquel lugar o esperar al próximo escenario al que quisieran llevarlo sus pies?
Juraría que nunca había estado antes allí. Tampoco recordaba ninguna recomendación al respecto. Lo que más le preocupaba era la elección del libro. No sabría decir si lo había comprado por gusto propio o por la insistencia de su mentor, empeñado en que debía figurar entre sus lecturas obligatorias. Cualquiera sabe. No fue la estrategia más brillante la de pedir un café para llevar para matar el tiempo y templar los nervios. Pero, unido a la lectura, la cafeína no resultó ser tan mortífera para su misión de relajación.
Página a página, su mente comenzó a poner orden y aclarar ideas. Los nubarrones de la duda pusieron pies en polvorosa y el móvil apagado no podría sacarlo de ese estado. Perdiéndose entre los párrafos, pudo ser consciente, tras días sin conseguirlo, de que la decisión que creía tormento era apenas una gota de agua en un vaso. Antes de que pudiera darse cuenta, llevaba más de la mitad del libro leído. Apuró el café y, al tener la tarde libre, decidió devorar la otra mitad. Tabucchi lo merecía, sin duda.
El tiempo era suyo. Tras acabar el libro, caminó rumbo a la misma librería donde había adquirido la obra recién consumida. Haciendo caso a los consejos de su mentor, decidió optar por los grandes de la literatura de América Latina. Bajo ese argumento, García Márquez, Leila Guerriero y Cortázar cayeron por arte de magia bajo el fuego de la pistola de la caja registradora.
Regresó al banco y no fue consciente de cómo se iba muriendo el día. Perdido entre la palabra escrita, únicamente regresó a la realidad cuando el hambre hizo llamamiento en sus tripas. Alzó la mirada y estaba solo. Incluso los perros habían renunciado a su paseo, los pájaros habían cancelado su concierto y los niños ya estaban acostados por sus padres para reunir fuerzas de cara al colegio. Reinaba el silencio. Supo que no podía esquivar eternamente el regreso a casa y puso rumbo hacia el piso.
La llegada fue difícil. Volvían los pensamientos y recuerdos que creía haber asesinado con las lecturas, pero la literatura no puede con todo, a pesar de su magia. Intentó alargar todo lo posible el gesto de meter la llave en la cerradura. Girar el pomo y entrar fue la verdadera odisea.
Cuando vio de nuevo sus cajas, se detuvo. La nota de despedida seguía allí, sobre la mesa, exactamente donde la había dejado. No pudo evitar caer sobre el sofá y mirar su reloj. A la mañana siguiente, su presencia y su perfume serían meros fantasmas.
No podía asimilarlo. En algún rincón tenía guardado aquel ejemplar de Anna Karénina que ella le había regalado. Lo cogió sin dudar, tomó aire y salió a la calle. El banco lo estaba esperando.
Admiraba de Tabucchi su capacidad para, mediante la belleza de las oraciones simples, profundizar en cuestiones tan complejas como la justicia o el valor del individuo como ente aislado de la masa heterogénea de cualquier sociedad. Únicamente un nubarrón amenazaba con provocar tormenta en su estado anímico aquella tarde. ¿Había escogido verdaderamente estar sentado en esa terraza con aquel libro?
Recordaba la sensación de esperanza que otorgaba ver el sol brillar a través de los altos ventanales de la oficina. También conservaba el recuerdo de haber entrado en la librería durante su paseo y, tras ojear varios libros, comprar Sostiene Pereira.
Pero no encontraba en su memoria el momento en que decidió acudir precisamente a aquel parque. Ni el motivo que le impulsó a detenerse ante aquel paisaje de árboles, con el sol filtrándose entre las ramas y el verde extendiéndose a su alrededor. Pero lo importante era que estaba allí.
Al cerrar los ojos, logró con esfuerzo que la banda sonora urbana de vehículos, pitidos, música a todo volumen y bocinas descendiera unos decibelios, para regocijo de su tranquilidad y de su paz mental. La decisión que habría de tomar en unas horas necesitaba de aquella calma. Pero seguía de fondo la cuestión de su verdadera libertad, aquella duda sobre si algo lo había empujado hasta allí, o no. ¿Debía decidir en aquel lugar o esperar al próximo escenario al que quisieran llevarlo sus pies?
Juraría que nunca había estado antes allí. Tampoco recordaba ninguna recomendación al respecto. Lo que más le preocupaba era la elección del libro. No sabría decir si lo había comprado por gusto propio o por la insistencia de su mentor, empeñado en que debía figurar entre sus lecturas obligatorias. Cualquiera sabe. No fue la estrategia más brillante la de pedir un café para llevar para matar el tiempo y templar los nervios. Pero, unido a la lectura, la cafeína no resultó ser tan mortífera para su misión de relajación.
Página a página, su mente comenzó a poner orden y aclarar ideas. Los nubarrones de la duda pusieron pies en polvorosa y el móvil apagado no podría sacarlo de ese estado. Perdiéndose entre los párrafos, pudo ser consciente, tras días sin conseguirlo, de que la decisión que creía tormento era apenas una gota de agua en un vaso. Antes de que pudiera darse cuenta, llevaba más de la mitad del libro leído. Apuró el café y, al tener la tarde libre, decidió devorar la otra mitad. Tabucchi lo merecía, sin duda.
El tiempo era suyo. Tras acabar el libro, caminó rumbo a la misma librería donde había adquirido la obra recién consumida. Haciendo caso a los consejos de su mentor, decidió optar por los grandes de la literatura de América Latina. Bajo ese argumento, García Márquez, Leila Guerriero y Cortázar cayeron por arte de magia bajo el fuego de la pistola de la caja registradora.
Regresó al banco y no fue consciente de cómo se iba muriendo el día. Perdido entre la palabra escrita, únicamente regresó a la realidad cuando el hambre hizo llamamiento en sus tripas. Alzó la mirada y estaba solo. Incluso los perros habían renunciado a su paseo, los pájaros habían cancelado su concierto y los niños ya estaban acostados por sus padres para reunir fuerzas de cara al colegio. Reinaba el silencio. Supo que no podía esquivar eternamente el regreso a casa y puso rumbo hacia el piso.
La llegada fue difícil. Volvían los pensamientos y recuerdos que creía haber asesinado con las lecturas, pero la literatura no puede con todo, a pesar de su magia. Intentó alargar todo lo posible el gesto de meter la llave en la cerradura. Girar el pomo y entrar fue la verdadera odisea.
Cuando vio de nuevo sus cajas, se detuvo. La nota de despedida seguía allí, sobre la mesa, exactamente donde la había dejado. No pudo evitar caer sobre el sofá y mirar su reloj. A la mañana siguiente, su presencia y su perfume serían meros fantasmas.
No podía asimilarlo. En algún rincón tenía guardado aquel ejemplar de Anna Karénina que ella le había regalado. Lo cogió sin dudar, tomó aire y salió a la calle. El banco lo estaba esperando.
CARLOS SERRANO MARTÍN
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL






























