Que la función vicaria de la memoria es determinante de nuestra identidad es sabido. Menos considerado, pese a los avances de las ciencias cognitivas, es el recuerdo como movilizador de las emociones y la acción. El pasado 16 de mayo, jornada de reflexión previa a las elecciones andaluzas, en la Biblioteca Municipal de Bidebarrieta, amigos y compañeros de Ramón Zallo organizaron un merecido acto público de homenaje. Y allí acudimos tras una intensa campaña electoral.
No podíamos faltar a la llamada de Petxo Idoyaga, por tanto compartido y porque en un tiempo lacayuno y del imperio de la razón cínica reconocer a nuestros mejores es un imperativo categórico. Máxime si hablamos de un personaje que internalizó la undécima tesis sobre Feuerbach.
Si algo distinguía a Ramón es que era un hombre de acción. La geografía sentimental en la voluntad por cambiar el mundo que habitamos nos llevó así de Sevilla a La Habana, de Buenos Aires a Madrid, de Ciudad de México a Brasilia, siempre ejerciendo la virtud republicana de la fraternidad. Una excepción, por otra parte, en la Academia.
Como intelectual orgánico, nunca eludió la realidad social, procuró siempre comprender los mecanismos de poder y transformar el conocimiento en herramienta para la acción colectiva. Desde la economía política de la comunicación y las políticas culturales, aportó una obra que conecta la teoría con las luchas cotidianas en pro de una cultura más democrática, plural y participativa.
Era heredero de la filosofía de la praxis. En el cruce entre la investigación y la práctica social, sus análisis buscaron por sistema influir en las políticas públicas, en debates cívicos y prácticas culturales traduciendo conceptos complejos en diagnósticos comprensibles y propuestas operativas, tendiendo, en fin, puentes entre conocimiento y acción, entre teoría y mundos de vida de las comunidades.
Él nos ayudó en COMPOLITICAS a problematizar los indicadores culturales y abordar el reto de la Sociedad de la Información andaluza a partir de una mirada integral, más allá de la tecnología y los mercados. Su aporte a las políticas de comunicación fue imprescindible en la defensa de la cultura como bien público y derecho colectivo. Y en congruencia con su compromiso intelectual y moral no faltó a nuestra llamada para fundar ULEPICC en Sevilla.
Pionero de la tradición crítica en comunicación en España, quienes nos formamos en la segunda mitad de los ochenta, en pleno apogeo de la odisea neoliberal, con facultades como la Complutense dominada por el síndrome del franquismo sociológico y por colaboracionistas del antiguo régimen, pocas voces proyectaban un pensamiento más allá de la doctrina fascista de los Dovifat y Fattorello de turno.
Ramón Zallo era uno de los referentes con los que estudiantes, ávidos de conocimiento sólido provenientes de la clase obrera que no renunciábamos a transformar el mundo, empezamos a pensar metódicamente la economía política de la comunicación y la mediación social.
Sin llegar a dictarnos clase, ejerció un magisterio por la consistencia y originalidad de su obra y la voluntad de no solo ilustrar, como hizo siempre en vida, sino de practicar en especial la escucha activa. En las escuelas de doctorado de ULEPICC y AEIC, en congresos internacionales, en tertulias y encuentros informales, Ramón cultivó infatigablemente la función pública del saber desde la virtuosa actitud de aprender, colaborar y pensar en común. Lo hizo en frentes culturales y movimientos de liberación, en la lucha por la paz, y en la militancia, en la universidad y la disputa por las políticas culturales.
Su labor preclara de pedagogía democrática se traducía en una extraordinaria cultura dialógica y de mediación entre distintos actores y una ética insobornable de compromiso con la dignidad, la diversidad cultural y la autonomía creativa.
La figura de intelectual orgánico que encarnó fue, desde este punto de vista, tanto faro crítico como guía para cuestionar los consensos establecidos, los intereses inconfesables y las alternativas viables y concretas para una comunicación liberadora. Los libros, artículos y ponencias que nos diera en vida enriquecieron, sin duda, la conversación pública sobre medios y políticas culturales.
La inteligencia de Ramón no era conocimiento formal niquelado para consumo del sistema de ciencia y tecnología, se producía, cual ciencia ciudadana, para ampliar derechos, fortalecer la democracia y abrir caminos singulares de construcción colectiva.
Aprendimos de él que la finezza analítica es cuidado del pensamiento consistente para ampliar derechos, comprender para transformar, debatir para incluir y actuar juntos en defensa de una vida cultural y comunicativa más justa y humana.
Por todo ello y mucho más que los allegados saben, en Quito, le brindamos un merecido y emotivo homenaje en nombre de ULEPICC. No olvidaré el brillo de su mirada de ese hermoso acto organizado en CIESPAL. En mi recuerdo permanecen, imborrables, los numerosos encuentros y debates; las confesiones, risas y complicidades; la visita a la Casa Museo León Trotsky en Coyoacán; la celebración de cumpleaños en trajinera surcando los canales de Xochimilco; las sabias recomendaciones en el Consejo Asesor de nuestra organización; y también el calor y aliento en tiempos sombríos cuando sufrimos el lawfare como colaborador del Gobierno de la Revolución Ciudadana de Rafael Correa.
Fueron veinticinco años de amistad y colaboración, de aprendizaje y admiración, de compromiso y trabajo estrecho, que nos hicieron mejores. No sé si en su fuero interno se reconocía maestro socrático, pero de hecho atesoraba como pocos la virtud republicana de la ejemplaridad, la fraternidad y el compromiso cívico en todos los frentes que fueron el motor de su vida y obra y que nos inspiraron.
Ramón, eskerrik asko, denagatik. Ez zaitugu inoiz ahaztuko. Siempre, in memoriam.
No podíamos faltar a la llamada de Petxo Idoyaga, por tanto compartido y porque en un tiempo lacayuno y del imperio de la razón cínica reconocer a nuestros mejores es un imperativo categórico. Máxime si hablamos de un personaje que internalizó la undécima tesis sobre Feuerbach.
Si algo distinguía a Ramón es que era un hombre de acción. La geografía sentimental en la voluntad por cambiar el mundo que habitamos nos llevó así de Sevilla a La Habana, de Buenos Aires a Madrid, de Ciudad de México a Brasilia, siempre ejerciendo la virtud republicana de la fraternidad. Una excepción, por otra parte, en la Academia.
Como intelectual orgánico, nunca eludió la realidad social, procuró siempre comprender los mecanismos de poder y transformar el conocimiento en herramienta para la acción colectiva. Desde la economía política de la comunicación y las políticas culturales, aportó una obra que conecta la teoría con las luchas cotidianas en pro de una cultura más democrática, plural y participativa.
Era heredero de la filosofía de la praxis. En el cruce entre la investigación y la práctica social, sus análisis buscaron por sistema influir en las políticas públicas, en debates cívicos y prácticas culturales traduciendo conceptos complejos en diagnósticos comprensibles y propuestas operativas, tendiendo, en fin, puentes entre conocimiento y acción, entre teoría y mundos de vida de las comunidades.
Él nos ayudó en COMPOLITICAS a problematizar los indicadores culturales y abordar el reto de la Sociedad de la Información andaluza a partir de una mirada integral, más allá de la tecnología y los mercados. Su aporte a las políticas de comunicación fue imprescindible en la defensa de la cultura como bien público y derecho colectivo. Y en congruencia con su compromiso intelectual y moral no faltó a nuestra llamada para fundar ULEPICC en Sevilla.
Pionero de la tradición crítica en comunicación en España, quienes nos formamos en la segunda mitad de los ochenta, en pleno apogeo de la odisea neoliberal, con facultades como la Complutense dominada por el síndrome del franquismo sociológico y por colaboracionistas del antiguo régimen, pocas voces proyectaban un pensamiento más allá de la doctrina fascista de los Dovifat y Fattorello de turno.
Ramón Zallo era uno de los referentes con los que estudiantes, ávidos de conocimiento sólido provenientes de la clase obrera que no renunciábamos a transformar el mundo, empezamos a pensar metódicamente la economía política de la comunicación y la mediación social.
Sin llegar a dictarnos clase, ejerció un magisterio por la consistencia y originalidad de su obra y la voluntad de no solo ilustrar, como hizo siempre en vida, sino de practicar en especial la escucha activa. En las escuelas de doctorado de ULEPICC y AEIC, en congresos internacionales, en tertulias y encuentros informales, Ramón cultivó infatigablemente la función pública del saber desde la virtuosa actitud de aprender, colaborar y pensar en común. Lo hizo en frentes culturales y movimientos de liberación, en la lucha por la paz, y en la militancia, en la universidad y la disputa por las políticas culturales.
Su labor preclara de pedagogía democrática se traducía en una extraordinaria cultura dialógica y de mediación entre distintos actores y una ética insobornable de compromiso con la dignidad, la diversidad cultural y la autonomía creativa.
La figura de intelectual orgánico que encarnó fue, desde este punto de vista, tanto faro crítico como guía para cuestionar los consensos establecidos, los intereses inconfesables y las alternativas viables y concretas para una comunicación liberadora. Los libros, artículos y ponencias que nos diera en vida enriquecieron, sin duda, la conversación pública sobre medios y políticas culturales.
La inteligencia de Ramón no era conocimiento formal niquelado para consumo del sistema de ciencia y tecnología, se producía, cual ciencia ciudadana, para ampliar derechos, fortalecer la democracia y abrir caminos singulares de construcción colectiva.
Aprendimos de él que la finezza analítica es cuidado del pensamiento consistente para ampliar derechos, comprender para transformar, debatir para incluir y actuar juntos en defensa de una vida cultural y comunicativa más justa y humana.
Por todo ello y mucho más que los allegados saben, en Quito, le brindamos un merecido y emotivo homenaje en nombre de ULEPICC. No olvidaré el brillo de su mirada de ese hermoso acto organizado en CIESPAL. En mi recuerdo permanecen, imborrables, los numerosos encuentros y debates; las confesiones, risas y complicidades; la visita a la Casa Museo León Trotsky en Coyoacán; la celebración de cumpleaños en trajinera surcando los canales de Xochimilco; las sabias recomendaciones en el Consejo Asesor de nuestra organización; y también el calor y aliento en tiempos sombríos cuando sufrimos el lawfare como colaborador del Gobierno de la Revolución Ciudadana de Rafael Correa.
Fueron veinticinco años de amistad y colaboración, de aprendizaje y admiración, de compromiso y trabajo estrecho, que nos hicieron mejores. No sé si en su fuero interno se reconocía maestro socrático, pero de hecho atesoraba como pocos la virtud republicana de la ejemplaridad, la fraternidad y el compromiso cívico en todos los frentes que fueron el motor de su vida y obra y que nos inspiraron.
Ramón, eskerrik asko, denagatik. Ez zaitugu inoiz ahaztuko. Siempre, in memoriam.
FRANCISCO SIERRA CABALLERO
FOTOGRAFÍA: EHU
FOTOGRAFÍA: EHU






























