La poda en verde desempeña un papel decisivo en el manejo moderno del viñedo al permitir regular el crecimiento de la planta durante su fase de máxima actividad y favorecer un equilibrio más eficiente entre desarrollo vegetativo y producción.
A lo largo del ciclo vegetativo de la vid, cada brote que emerge representa una posibilidad de crecimiento, aunque también una fuente potencial de competencia dentro de la propia planta. Y es que no todos los brotes aportan producción, ni todos contribuyen a construir un viñedo equilibrado. En ese contexto adquiere relevancia la poda en verde, una práctica que engloba distintas intervenciones realizadas en primavera y verano, cuando la vid se encuentra en plena actividad.
Esta técnica consiste en la eliminación selectiva de órganos herbáceos, principalmente brotes, aunque también puede implicar hojas, racimos o determinadas partes del crecimiento vegetativo. Dependiendo del órgano sobre el que se actúe, la intervención recibe diferentes denominaciones, como desbrotado, desnietado, despunte, aclareo o deshojado.
Los técnicos de la Red de Alerta e Información Fitosanitaria (RAIF) señalan que “la poda en verde es una forma de interactuar con la planta, de dirigir su crecimiento y de ajustar su equilibrio”. En ese mismo sentido, defienden que “el objetivo es conseguir que la vid distribuya sus recursos de manera eficiente entre crecimiento y producción”.
La importancia de esta práctica radica en que la unidad básica de desarrollo y producción en la vid es el brote, elemento sobre el que se construye la arquitectura completa del viñedo. Regular su número, su vigor y su disposición permite corregir excesos de vegetación, ordenar el dosel vegetal y facilitar las labores posteriores en campo.
Además, el enfoque cobra una dimensión especialmente relevante dentro de los modelos de Producción Integrada. Bajo este sistema, cada decisión agronómica debe responder a criterios técnicos vinculados a la rentabilidad, la sostenibilidad y el respeto al entorno. El Reglamento Específico de Producción Integrada de Vid en Andalucía establece una orientación clara: priorizar las prácticas culturales capaces de favorecer el equilibrio del cultivo y disminuir la dependencia de insumos externos.
Aunque la poda en verde no aparece recogida como una obligación concreta dentro de ese reglamento, su aplicación encaja plenamente con los principios de este modelo productivo. A través del manejo del brote, permite regular de forma natural el vigor del cultivo, mejorar el microclima del viñedo, contribuir a la prevención de enfermedades, reducir la necesidad de tratamientos fitosanitarios y adaptar las decisiones técnicas a las particularidades de cada parcela o unidad homogénea de cultivo.
Y es que, más allá de una labor puntual, esta técnica adquiere un carácter estratégico dentro de la gestión del viñedo. Los especialistas de la RAIF sostienen que “más que una práctica puntual, la poda en verde se convierte en una herramienta estratégica, coherente con los principios de la Producción Integrada y en una forma de entender el viñedo más eficiente y racional”.
Los efectos de una poda en verde correctamente ejecutada también trascienden el ámbito estrictamente productivo. Cada intervención capaz de evitar un tratamiento químico tiene consecuencias directas sobre el medio ambiente, la seguridad del agricultor y la calidad final del producto.
Al disminuir la incidencia de enfermedades, disminuye igualmente la necesidad de aplicar productos fitosanitarios, con beneficios asociados como un menor riesgo de contaminación de suelos y aguas, una reducción de residuos en la uva y en el producto final, una menor exposición del agricultor a sustancias químicas y una mayor conservación de la fauna auxiliar y de la biodiversidad ligada al viñedo. De igual modo, una planta equilibrada, con un número adecuado de brotes, aprovecha mejor el agua y los nutrientes disponibles, produce con mayor eficiencia y muestra una respuesta más adaptada a las condiciones del entorno.
El momento de intervención resulta, además, un aspecto determinante en este tipo de manejo. Adelantar o retrasar la actuación puede modificar de forma sustancial la respuesta de la planta. También la intensidad exige un ajuste preciso, ya que una eliminación excesiva puede desencadenar rebrotes vigorosos, mientras que una actuación insuficiente puede no resolver los desequilibrios existentes.
En este escenario, la capacidad de interpretar el cultivo se convierte en una herramienta compartida entre el técnico y el agricultor. Los técnicos de la RAIF afirman que “no se trata de intervenir más, sino de intervenir mejor”. Y añaden que se trata de “entender que el equilibrio del viñedo comienza en el manejo del brote y que, desde ahí, se construye un cultivo más sano, más productivo y más sostenible”.
A lo largo del ciclo vegetativo de la vid, cada brote que emerge representa una posibilidad de crecimiento, aunque también una fuente potencial de competencia dentro de la propia planta. Y es que no todos los brotes aportan producción, ni todos contribuyen a construir un viñedo equilibrado. En ese contexto adquiere relevancia la poda en verde, una práctica que engloba distintas intervenciones realizadas en primavera y verano, cuando la vid se encuentra en plena actividad.
Esta técnica consiste en la eliminación selectiva de órganos herbáceos, principalmente brotes, aunque también puede implicar hojas, racimos o determinadas partes del crecimiento vegetativo. Dependiendo del órgano sobre el que se actúe, la intervención recibe diferentes denominaciones, como desbrotado, desnietado, despunte, aclareo o deshojado.
Los técnicos de la Red de Alerta e Información Fitosanitaria (RAIF) señalan que “la poda en verde es una forma de interactuar con la planta, de dirigir su crecimiento y de ajustar su equilibrio”. En ese mismo sentido, defienden que “el objetivo es conseguir que la vid distribuya sus recursos de manera eficiente entre crecimiento y producción”.
La importancia de esta práctica radica en que la unidad básica de desarrollo y producción en la vid es el brote, elemento sobre el que se construye la arquitectura completa del viñedo. Regular su número, su vigor y su disposición permite corregir excesos de vegetación, ordenar el dosel vegetal y facilitar las labores posteriores en campo.
Además, el enfoque cobra una dimensión especialmente relevante dentro de los modelos de Producción Integrada. Bajo este sistema, cada decisión agronómica debe responder a criterios técnicos vinculados a la rentabilidad, la sostenibilidad y el respeto al entorno. El Reglamento Específico de Producción Integrada de Vid en Andalucía establece una orientación clara: priorizar las prácticas culturales capaces de favorecer el equilibrio del cultivo y disminuir la dependencia de insumos externos.
Aunque la poda en verde no aparece recogida como una obligación concreta dentro de ese reglamento, su aplicación encaja plenamente con los principios de este modelo productivo. A través del manejo del brote, permite regular de forma natural el vigor del cultivo, mejorar el microclima del viñedo, contribuir a la prevención de enfermedades, reducir la necesidad de tratamientos fitosanitarios y adaptar las decisiones técnicas a las particularidades de cada parcela o unidad homogénea de cultivo.
Y es que, más allá de una labor puntual, esta técnica adquiere un carácter estratégico dentro de la gestión del viñedo. Los especialistas de la RAIF sostienen que “más que una práctica puntual, la poda en verde se convierte en una herramienta estratégica, coherente con los principios de la Producción Integrada y en una forma de entender el viñedo más eficiente y racional”.
Los efectos de una poda en verde correctamente ejecutada también trascienden el ámbito estrictamente productivo. Cada intervención capaz de evitar un tratamiento químico tiene consecuencias directas sobre el medio ambiente, la seguridad del agricultor y la calidad final del producto.
Al disminuir la incidencia de enfermedades, disminuye igualmente la necesidad de aplicar productos fitosanitarios, con beneficios asociados como un menor riesgo de contaminación de suelos y aguas, una reducción de residuos en la uva y en el producto final, una menor exposición del agricultor a sustancias químicas y una mayor conservación de la fauna auxiliar y de la biodiversidad ligada al viñedo. De igual modo, una planta equilibrada, con un número adecuado de brotes, aprovecha mejor el agua y los nutrientes disponibles, produce con mayor eficiencia y muestra una respuesta más adaptada a las condiciones del entorno.
El momento de intervención resulta, además, un aspecto determinante en este tipo de manejo. Adelantar o retrasar la actuación puede modificar de forma sustancial la respuesta de la planta. También la intensidad exige un ajuste preciso, ya que una eliminación excesiva puede desencadenar rebrotes vigorosos, mientras que una actuación insuficiente puede no resolver los desequilibrios existentes.
En este escenario, la capacidad de interpretar el cultivo se convierte en una herramienta compartida entre el técnico y el agricultor. Los técnicos de la RAIF afirman que “no se trata de intervenir más, sino de intervenir mejor”. Y añaden que se trata de “entender que el equilibrio del viñedo comienza en el manejo del brote y que, desde ahí, se construye un cultivo más sano, más productivo y más sostenible”.
JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL






























