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Mostrando entradas con la etiqueta Desde el Llanete de la Cruz [Pepe Cantillo]. Mostrar todas las entradas
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18 de junio de 2020

  • 18.6.20
Por doquier nos llegan mensajes cargados de tranquilidad. El mantra es “meditar, pensar, reflexionar, relajarnos y tener máximo bienestar en cada coyuntura”. “El momento presente es lo único que necesitamos, nada más… y nada menos, cuando el presente está atiborrado”. “Es curioso que la vida, cuanto más vacía, más pesa”. Son citas atribuidas a personajes más o menos importantes. ¡Fabuloso! Pero en unas circunstancias tan extremas o peligrosas, ¿cómo las llevamos a cabo?



Recordemos que lo único que tenemos es el momento presente. El pasado poco a poco se desdibuja en el olvido y el futuro es una esperanza sin fundamento, una entelequia, un viaje hacia el más allá, a lo desconocido, tal vez ¿a la nada? Dicha nada será un edén, un nirvana o un cielo para los creyentes que justifican los pesares del mundo perdido.

La felicidad es el significado y el propósito de la vida, la meta general y el final de la existencia humana. Asumamos una felicidad compartida en primera instancia con los seres queridos para poder saltar hasta el resto de los humanos.

Bajo esa dulzona capa de merengue se esconde la dura y amarga masa de contrariedades y problemas que configuran el pastelón de la realidad: un amplio sector de parados, cierre de empresas y largas colas de hambre.

Imaginando el futuro de la humanidad. “¿Que rumbo debemos tomar?” En El País, 75 expertos y pensadores ofrecen su visión de las claves de la nueva era. El variado mapa mundial que sombrean estos expertos (filósofos, economistas…..) intenta dibujar toda una gama de caminos por los que poder transitar. Los temas que tocan son diversos y dan para mucho.

En definitiva, ha cambiado la forma en que vamos a vivir a partir de ahora ¿Cómo será el mundo que nos espera a la salida de esta etapa de obligado confinamiento? La pregunta es pertinente para pensar en un futuro en el que acabamos de entrar e impertinente por la cantidad de interrogantes y cambios que nos pronostica y, sobre todo, por la angustia que genera.

La etapa de encierro, como posible precaución de defensa ante la amenaza vírica, la hemos pasado, yo diría como si de un juego se tratase. La siguiente, puesto que ya sabemos el peligro que nos rodea, pasarla mejor o peor dependerá de nosotros.

Entramos en un sendero plagado de baches. Unos atañen a la salud, que en buena parte, repito, dependen de cada persona y otros afectan a lo económico-laboral. Este último es bastante serio. Es cierto que la economía está muy tocada y que sin trabajo estamos mal. Si la economía vuelve a funcionar, todo irá bien. Suena a perogrullada pero, en líneas generales, es así aunque las previsiones apuntan para lejos.

A veces aflora la impresión de que nos han abierto la rendija de la protección estatal y pienso que, si es así, depender del Estado supone perder iniciativas, conformarse con lo que nos den, incluso trampear.

El virus aleja del mundo feliz de Huxley siempre en permanente felicidad, sin pobreza ni guerra pero controlado. Algún político ya se mueve por esos derroteros con el tema del “necesario control”, o con la amenaza de hipotecar la información con la censura, contra la libertad de pensar, de decidir, de fomentar la capacidad de tener criterio propio.

“Verdad es que son muchos los jóvenes que parecen atribuir a la libertad muy poco valor. Pero algunos de nosotros todavía creemos que los seres humanos no pueden ser sin libertad completamente humanos y que, por tanto, la libertad es supremamente valiosa”, recoge en Nueva visita a un mundo feliz el escritor y filósofo británico Aldous Huxley.

Sin querer, sin darnos cuenta, volveremos la cabeza para mirar atrás con el riesgo de convertirnos en “estatuas de sal”. Caer en la trampa de dejarnos arrastrar por los mensajes y supuestas directrices que buscan nuestro sometimiento sería patético.

Pensemos. Es un privilegio estar vivos y el respirar nos otorga el disfrute de lo que nos rodea, sea mucho o poco. Estar vivos permite amar a los seres queridos y, sobre todo, pensar en cómo organizar la propia vida mientras dure, sin llegar a un conformismo irreparable y amargo.

Todo lo anterior parece un sermón laico que nos transporta a los grandes desafíos que nos esperan. El trabajo está bajo mínimos, todos estamos amenazados con su carencia pero, sobre todo, lo están los más jóvenes, al menos de cuarenta años para abajo.

Escudriñando en la prensa digital me topo con una información que puede alegrar la visión –no la realidad– que tenemos de nuestro país en este momento. “Es evidente que el país que quiere la inmensa mayoría es una España limpia y honesta”. Suena a desafío para avisarnos de que hay que empezar de nuevo, que “el futuro ya está aquí: entre el miedo y la esperanza”.

Pero el que la “utopía” entendida como “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano” (sic) salte al campo de juego no significa que ganará por goleada.

No me cabe la menor duda de que es una manifestación que ilusiona y que cualquiera de nosotros haría lo imposible porque fuera verdad. En este caso, la ilusión se transforma en atractiva esperanza colmada de deseo como puerta abierta a un futuro lo más aceptable posible. Otro tema es que pueda convertirse en realidad pese a que siempre nos han vendido (dicho) que “la esperanza es lo último que se pierde”. Suena a “utopía”.

“Prevenir la corrupción también es reconstruir”, añade el titular referido. La corrupción es una realidad que ya parecía olvidada, al menos eso creíamos. Durante los meses de confinamiento solo hemos pensado en el mortífero peligro que nos rodeaba. Hemos tenido cercana –unos muy próxima, otros menos–, la muerte cargada de soledad.

Han sido meses confusos, rodeados de mentiras, sembrados de promesas que hoy son y mañana han cambiado o ya no me acuerdo. Hasta la corrupción como carcoma de la moralidad, como desvergüenza fatal, ha estado muy presente en el tejemaneje de oscuros intereses con el material sanitario, sobre todo con las mascarillas (mas-carillas). En esta situación el nombre viene que ni pintado.

A la confusión sanitaria hay que añadir la hecatombe laboral. Y el futuro se cargaba de nubarrones que solo presagian vendavales, tempestades. Incluso en el horizonte cada vez se pinta de forma clara la posible dependencia del Estado para todas aquellas personas que se quedaron sin nada… ¿Verdadero, falso? Confusión.

A un porcentaje bastante alto de ciudadanos, entre un 80 o un 90 por ciento, nos preocupa y mucho el posible avance o el rebrote del coronavirus porque los efectos económicos del susodicho serán peores que la misma posible infección. Ya se piensa que en otoño –cuando caen las hojas– se espera un rebrote fuerte. ¿Volveremos a las reclusiones con mensajes sonoros, azucarados de felicidad? De nosotros depende que el rebrote incida lo menos posible y obstaculice mínimamente la marcha del país.

Por eso, la citada información cuya intención, supongo, es dejar la puerta abierta a la esperanza como estado de ánimo alcanzable, en la medida de lo posible, deja un olor nada aceptable. La amargura y el miedo tampoco desaparecen. Si la economía vuelve a funcionar, todo irá bien. Suena a perogrullada pero, en líneas generales, es así.

Cierro con una cita de la novela 1984, publicada por G. Orwell en 1949. “Ahora te diré la respuesta a mi pregunta. Se trata de esto: el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder. No la riqueza ni el lujo, ni la longevidad ni la felicidad; sólo el poder, el poder puro”.

PEPE CANTILLO

4 de junio de 2020

  • 4.6.20
La publicidad, como no podía ser de otra manera, rápidamente ha enlazado los anuncios a la situación que estamos viviendo. En la primera etapa, resumida en la cita "cuarentena", insistía en la reclusión en el ambiente familiar. Jugar mayores con los hijos para hacerles la situación más llevadera; cocinar buscando lo más agradable para todos, etcétera. Todos los anuncios iban inscritos en dicho ambiente y contaban con la comprensión, con la iniciativa del producto en venta. "Quédate en casa"; "juntos venceremos al virus"; "aplaude en el minuto fijado"...



Digamos que nos ofrecieron el día a día organizado de cara al exterior; digamos que aplaudir en un determinado momento del día, antes de que se esconda el sol, era un aliciente para quedarse algo tranquilo, para ventilar la cabeza cansada de ordenador o de móvil donde los “guasap” recorrían el cerebro como meandros disponiendo el camino y calmando nuestro deseo de volar por los vericuetos del día a día y, de paso, ventilábamos la casa al abrir ventanas para que dichos aplausos refrescaran el ambiente, que era una de las ideas alimentadoras de tal acción.

Era algo bonito en la medida que se agradecía la noble y generosa entrega de todo un conjunto de profesionales. Por otros vericuetos, por desgracia, se deslizaban los muertos que el “bichito” se había llevado en su último suspiro sin poder decirle adiós a la vida y a la familia. Todo se realiza desde el corazón y, en definitiva, la generosidad de los profesionales hace que podamos salir adelante.

La solidaridad juega a favor de todos nosotros, reforzando los mensajes oficiales de unos y otros. Pero siempre hay alguien que “mea fuera del tiesto”, sobre todo en el ámbito político. Pero eso es otro cantar que, de momento, es preferible dejarlo de lado. Vale más el esfuerzo de los profesionales.

El miedo que se ha infiltrado en el cuerpo a todo el personal es algo serio: el encierro es más coercitivo de lo que parecía, hasta el punto de silenciar los gritos que la fobia a la reclusión emitía nuestra conciencia –o nuestro deseo, si lo preferimos–.

Curiosidad para no perder de vista: al levantar el retiro y hacer el aislamiento algo más suave suspiramos pensando que ya no pasaba nada. Pero el ansia de salir, en muchos de los casos, vencía hasta cierto punto el posible equilibrio del sentido común. Pero…

El deporte gana terreno en todas partes. Por doquier surgen corredores exagerados que, necesitados de desentumecer la adormilada musculatura, van destilando arrobas de sudor. Las bicicletas y patinetes inundan espacios públicos a toda velocidad. Es lógico aunque no sea recomendable.

Deporte, gimnasia, actividad física, predominan por doquier. Las normas higiénicas prescritas contra el virus, poco a poco se van relegando. Mascarillas, guantes, distancia de seguridad se desvanecen por momentos. La alegría de volar cuasi libres emborracha nuestro organismo.

¡Viva la libertad…! Solo que estamos ante una libertad controlada, estamos ante un rato –“espacio de tiempo, especialmente cuando es corto” (sic)– que de por sí es fugaz y aún se nos hará más breve, dejándonos con el sabor a flor de piel. Diría que en lugar de sosegar ha potenciado aun más nuestra necesidad de correr, de saltar...

Vivo a muy corta distancia del cauce del río Turia, en Valencia, convertido desde hace tiempo en un entorno ajardinado y desde luego muy utilizado por el personal. En esos días de asueto, de preapertura, dicho cauce ha sido desbordado por una gran afluencia de personas.

Hasta aquí nada que decir, salvo que como espacio para la actividad deportiva y lúdica es muy valioso. Pero parece que la mayoría nos hemos desmelenado deportivamente. Deporte (correr, bicicleta, patinetes) y el helicóptero de Tráfico, auxiliado por drones, se ve obligado a dar vueltas por la zona, recordando por los altavoces que hay unas normas para esos momentos de expansión que son obligatorias para todos. Difícil cometido.

A veces el helicóptero se resiste a marchar y permanece casi quieto, colgado en el aire, avisando insistentemente en despejar el terreno y a la espera de que acuda un coche patrulla a la zona que intentará primero avisar y después multar. Que si quieres arroz… El personal remolonea como niños saturados de caprichos.

Esta perorata me lleva a recordar que amén del daño físico, económico, laboral en el que estamos metidos, se hace necesario educar a esos retoños que completan el grupo familiar. La escuela está cerrada pero la necesidad de educar, en el amplio sentido de la palabra, cobra valor dentro del hogar.

Dentro de casa –dicen– parece que en general hemos sido educadores atendiéndolos y enseñándoles cómo pueden divertirse; cómo compartir espacios y quehaceres; cómo organizar el tiempo. No deshagamos el trabajo realizado. Asumamos que la familia es –siempre lo ha sido– un pilar fundamental, la base primordial desde la que se puede ir creciendo como personas.

Si durante la cuarentena hemos educado compartiendo juegos, leyendo, ayudando en posibles deberes escolares, amén de colaborar al mantenimiento limpio y aseo del espacio familiar porque es parte de la responsabilidad personal lo que están haciendo…

Ahora que empezamos a salir del encierro se hace necesario continuar la labor y es ineludible dejar unas huellas relacionadas con algunos valores morales que les permitan crecer como personas respetuosas, generosas, colaboradoras, honradas, capaces de desechar la mentira que tanto daño genera.

¿Y los quinceañeros? Personalmente creo que han quedado en el “limbo de los justos”, es decir “sin enterarse de lo que ocurre” (sic). Me refiero a los jovencitos que son o deben ser responsables por ellos mismos frente a las razones del encierro, a posibles contagios.

Puede –no afirmo, insinúo– que son más propensos a escurrir el bulto a la hora de participar en las tareas hogareñas y desde luego, esto es un supuesto, más nerviosos y rebeldes ante la tardanza de libertad de movimientos. La posible clave de botellones y saraos varios celebrados en ciudades o pueblos son muestra clara de las ansias de volar y de la gravedad de dichos eventos. ¿Hay peligro? A mí no me llega.

Y nos propusieron –más bien sugirieron– los diversos lemas que adornaban la mesa de cada día con la publicidad adaptada al momento. Eran anuncios suaves y fáciles de captar: atended a los pequeños para que pudieran extraer de dicha situación todo el jugo posible.

Se crea así una infrautilización del virus, minimizando el miedo e intentando valorar el buen hacer sobre todo de los más pequeños, a pesar de lo amarga que es la situación. Resulta curioso cómo ellos nos dicen: "cuidado, papi o mami, no toques eso, lávate las manos, que el bichito no se ve pero sí está".

¿Había y hay peligro de contagio? No dudemos que sí. Cito textualmente dos lacónicos mensajes. Uno de Sanidad: “O nos separamos o volveremos juntos para atrás". Otro de una especialista de UCI: “Todavía no hemos vencido”.

Es decir, estamos rodeados por el virus que no ha desaparecido y puede contagiarnos en cualquier momento. De las barreras que pongamos cada uno de nosotros dependerá, en el mejor de los casos, chafarlo o caer en sus garras. La broma es facilona pero peligrosa. La actitud defensiva nos resguardará. Al menos, eso esperamos.

Cito una iniciativa sugerente e interesante alrededor de los pequeños y el confinamiento. Y es que los pediatras de Atención Primaria han publicado un cuento para implicar a los más pequeños en la lucha contra el malvado y feo Covid. El cuento, que se puede descargar en este enlace, termina con esta esperanzadora frase: “Los niños y la Pequepanda hemos salvado al mundo del malvado coronavirus”. Salgamos con sentido común.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

21 de mayo de 2020

  • 21.5.20
Seguimos abrumados tanto por el miedo que ha podido despertar entre nosotros el virus como por las dificultades que se plantean para dar merecida sepultura a los muchos fallecidos, víctimas del coronavirus. Por fin las familias podrán decir adiós a sus seres queridos.



A primeros de mayo, Sanidad anunció que los velatorios se podrán celebrar con 15 personas al aire libre y 10 en espacios cerrados en la fase 1. Se insiste, como es natural, en guardar lo más estrictamente las normas elementales de precaución para evitar más contagios.

El velatorio hace referencia al “acto de velar” a los muertos consiste en “pasar la noche al cuidado del difunto bien en su casa, en el hospital o modernamente en un tanatorio.” Pero ¿por qué hay que cuidar a un difunto? Si alguien está muerto carece de sentido cuidarlo… Por eso hay que retroceder en el tiempo para entender eso de “cuidar”.

La costumbre de “velar” a los difuntos no es una moda de la actualidad. Se dice que nos hicimos sedentarios cuando empezamos a enterrar a los muertos. Es posible que la sepultura de un miembro de la tribu nos atara a la tierra. Digamos que estamos ante un tipo de culto de trasfondo religioso. Ahora bien, más que velar deberíamos decir vigilar si el interfecto (coloquialmente, “persona de la que se está hablando”) efectivamente ha muerto.

No descubro nada nuevo afirmando que el culto a los muertos no es una novedad: está presente entre los humanos desde tiempo inmemorial. La Humanidad viene cumpliendo con dicho culto desde siempre y de diversas maneras, según las distintas religiones.

En referencia a los momentos presentes, sí que son novedad para nuestras sociedades actuales las circunstancias que han causado el alto número de muertos que quedaron depositados lejos de la familia y aun persiste la amenaza de un alto número de contagios que nos avisan de que seguimos en peligro.

El culto a los muertos se basa en la creencia de que hay otra vida después de la muerte, creencia que no es solo del cristianismo. Egipcios, judíos, griegos, romanos creían en esa otra vida. Dicho culto religioso va acompañado de oraciones a los dioses y ofrendas a los muertos para que favorezcan a los familiares vivos o medien ante los dioses por ellos.

Rendir homenaje al muerto no era el único criterio para dedicarle un adiós suntuoso. Digamos que el difunto ha logrado el respeto de los deudos si ha vivido una vida moral que le ha permitido ganarse la distinción social y el respeto de los demás.

Para griegos y romanos los ancestros actúan e influyen en la vida de las generaciones posteriores, bendiciendo o maldiciéndolas. En concreto, los romanos creen que los difuntos actuaban como dioses protectores con respecto a familiares y conocidos. Eran los dioses “penates”. Rendirles culto y ofrecerles oraciones y regalos se hacía para apaciguarlos y ganarse sus favores.

Para los griegos dar sepultura a los muertos era un deber. Si al muerto no se le enterraba quedaba condenado a vagar eternamente. Así rendían culto a los antepasados. Al difunto lo llevaban a hombros los familiares o los esclavos. Podía ser enterrado o quemado y las cenizas se guardaban en una urna. Los cementerios estaban situados al borde de los caminos.

Entre los romanos dicho culto también era muy importante. Los muertos se enterraban a orillas de la calzada, a la salida de la ciudad o se quemaban en los hornos crematorios. La tumba se decoraba con flores y le dejaban comida y vino. En el entierro participaban esclavos con música, portadores de antorchas, bailarines y plañideras y se pasaba el día comiendo alrededor de la tumba.

La presencia de plañideras en los funerales viene también del pasado. Por lo general eran mujeres a las que se les pagaba por llorar en los funerales (también solían estar presentes en los velatorios). A más importancia del difunto, más presencia de lloronas. Así se les llamó posteriormente en Latinoamérica.

Según diversas fuentes, dicha costumbre nace en el antiguo Egipto y está relacionada con el culto a los dioses, tradición que también siguen los hebreos y heredan tanto griegos como romanos. La costumbre llega hasta nuestros días. En América Latina aparece a partir del siglo XVII. La importancia del difunto elevaba tanto los llantos y gritos como el número de plañideras y el precio a pagar por su presencia.

El llanto es contagioso a la par que relajante (dicen) y, por tanto, sería una manera de provocarlo en los familiares para que se sientan mejor una vez desahogada la pena que les aflige por la pérdida del ser querido. A las plañideras se les contrataba para que lloraran e hicieran público el lamento y el dolor de la familia, ya que estos no debían llorar en dichos momentos.

En relación a la transmisión de condolencias, hay toda una serie de frases que suelen ser pronunciadas cuando se saluda a los familiares. Van desde las muy sentidas, que arrancan del corazón, hasta esas otras que suenan faltas de sentimiento. Una cuestión es acompañar a familiares y difunto por el dolor que brota del corazón y otra, acudir para cumplir.

Se sabe que fue en Europa, durante la Edad Media, cuando se comenzó a practicar la tradición de poner el cadáver sobre una mesa en la casa familiar. Los parientes y amigos vigilan a la persona “aparentemente” muerta por si despertaba, a la par que rinden honores y así se despiden dando el pésame a la familia. En la noche se alumbran con velas, no hay otra iluminación, y de ahí viene la palabra velatorio o velorio o vela…

Sobre la costumbre de velar a los muertos hay muchas razones que intentan dar una explicación. Plausible o no, eso es otra cuestión. Existe la creencia de que “si se dejaba solo un cadáver antes de enterrarlo, los espíritus malignos podían poseerlo”. Otra razón alude al miedo que generaba el tener un cadáver en la casa, lo que dio paso a que se reunieran amigos y vecinos para acompañar a la familia.

Son ideas cargadas de superstición que alimentaban toda una serie de ritos mortuorios. Muchas de dichas costumbres son anteriores al cristianismo. Reuniones que terminaban en fiesta consumiendo alcohol y alimentos, como en el caso de los romanos, ya citado.

Lo de despertarse el muerto tiene su explicación. Más de una vez, la persona que se presumía fallecida se reincorporaba a la vida después de unos días muerta. ¿Razón? Intoxicarse al beber alcohol solía ocurrir con frecuencia y, como consecuencia, el sujeto sufría una pérdida de movilidad y de conocimiento durante un periodo largo de tiempo. Es lo que se llama “catalepsia” consistente en un “accidente nervioso repentino (…) que suspende las sensaciones e inmoviliza el cuerpo en cualquier postura en que se le coloque” (sic).

Más de un fallecido pudo ser enterrado vivo sin que lo supieran y, por esta razón, había que velar al muerto al menos por tres días. Intoxicarse por estaño provoca ataques de catalepsia. Este accidente era frecuente.

Por razones varias, muchas personas, supuestamente muertas, no lo estaban. Enterrar vivo a alguien ha ocurrido bastantes veces. Por esta razón había que velar al supuesto muerto, y además solían poner una campana en las tumbas. De ahí la frase “salvado por la campana”. Actualmente se da sepultura a una persona fallecida sólo con un parte médico y máximo 48 horas después de su muerte.

En la actualidad, la costumbre de velar a los difuntos ha ido cambiando en relación a otros tiempos. El factor religión, en líneas generales, ha perdido terreno. Velatorios y entierros cada vez están más alejados del sentido religioso. Si hasta no hace mucho el cadáver se velaba en el domicilio, ahora son los tanatorios los que se encargan de ello.

Familiares, amigos y conocidos acuden a dicho tanatorio, dan el pésame a los familiares más próximos, comentan algunas incidencias que marcaron el final del difunto y se marchan. A la hora de enterrar el cadáver o incinerarlo solo suelen estar presentes los familiares más próximos (esposo o esposa, hijos, y algunas personas más).

Hemos perdido seres queridos y personas anónimas para muchos de nosotros y hemos perdido un gran número de sanitarios. De hecho, la cifra total se situaba este lunes en 51.090 afectados, según los datos notificados al Comité de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (Ccaes) por las comunidades autónomas.

Tener un detalle de adiós cuesta poco y podría ser un calmante emocional para los familiares. Me refiero al llamado luto como “signo exterior de pena y duelo manifestado en ropas, adornos y otros objetos, por la muerte de una persona. El color del luto en los pueblos europeos es el negro” (sic). Unos podrán decir que ocuparse de ello en estas circunstancia no ha lugar, otros que…, el llamado “duelo, pena, aflicción” (sic) ha quedado depositado en un rincón del corazón familiar. Sea como sea, descansen en paz.

PEPE CANTILLO

6 de mayo de 2020

  • 6.5.20
El pasado domingo, muchos de nosotros pudimos salir a pasear, con horario limitado y marcado por las circunstancias (autoridad “competente” ordena). En las calles del barrio había gente haciendo cola de distanciamiento para el pan o algo de dulce, por el Día de la Madre. No había flores para regalar.



Curiosamente la palabra propuesta por la RAE para ese día era “impacto” y uno de sus significados se refiere al “efecto producido en la opinión pública por un acontecimiento, una disposición de la autoridad, una noticia, una catástrofe…” (sic). Tal palabra encaja con el hilo de estas líneas y con el trasfondo de la alerta.

El significado de "impacto" en los momentos y circunstancias que estamos viviendo está cargado de un embotamiento físico y de agobio psicológico. La puerta de salida del mundo que hemos dejado atrás no se parece en nada a lo que nos deparará este otro mundo en el que nos espera una amplia cadena de obstáculos.

Unas trabas están relacionadas con la seguridad sanitaria y otras, no menos importantes, con el día a día en lo socioeconómico y en los derroteros oficiales de cara a un futuro inmediato. No olvidemos que en las altas esferas se está deshojando la margarita entre la desescalada o prorrogar el Estado de alarma. “Esta crisis se ha cargado más de medio millón de empleos en abril y el paro roza los 4 millones”.

Sigo con mi marcha. Durante la cincuentena, igual que otras tantas personas, había salido unas cuantas de veces a la compra del avituallamiento necesario. No había niños por la calle que nos pudieran arrancar una divertida sonrisa. Marchábamos con la cabeza baja y mirando de reojo por si se nos acercaba alguien. Éramos recelosos espectros en un mundo huidizo y solitarios acelerábamos el caminar.

El referido paseo del domingo se me hizo angustioso viendo cómo los viandantes nos esquivábamos unos a otros. El comentario de una niña pequeña que nos adelantó con la bici nos hizo reír. “Mira papá, esos abuelitos van muy despacio y juntos”. “No son abuelitos, son mayores”. La disculpa del padre me agradó. En efecto, circunstancias personales nos han convertido en un dúo dependiente.

La cuarentena que hemos dejado atrás, de momento, si miramos hacia adelante, al futuro representado en el mañana parece que no ha sido tan larga y hasta habrá personas que les haya parecido un suspiro del tiempo. Si volvemos la vista hacia el pasado ya han pasado –valga la redundancia– marzo y abril. ¡Dos meses!.

En el transcurrir de dicho tiempo, la muerte se ha paseado por nuestras calles, ha entrado en nuestras casas, se ha llevado por delante una buena cantidad de personas de distintas edades. El número de fallecidos está aun en el aire, dependiendo de los resultados que aporten las posibles autopsias. Hay dudas en esta parcela.

Los profesionales sanitarios han sido duramente castigados. Unos, con la muerte; otros se han contagiado y, de momento, están enfermos. La explicación es de perogrullo, es decir, evidente. Han trabajado en condiciones precarias, no sanitarias según diversas informaciones dadas por dicho colectivo. No entro en esta herida infectada.

Poco a poco se están abriendo las puertas que dan a la calle para que salgamos, eso sí en orden, sin aglomeraciones, sin presionar… ¡No empujen, por favor! Pero… si durante el obligado encierro alguna gente ha conseguido escapar pese a la Policía y a posibles multas, ahora y ante el confuso calendario de salidas puede que el guirigay sea aun mayor.

Cuando anteriormente hacía referencia a las flores para las madres me acordé de que estamos en primavera. Muchos capullos aun no han florecido, siguen en el macetón y algunos “meando fuera de tiesto”, como los integrantes de los treinta botellones que, repartidos por casi todos los distritos de Madrid, se celebraron en la noche del sábado pasado hasta bien entrada la madrugada. Han sido multados pero lo que se pueda pagar con dinero… La noticia ha salido en casi todos los periódicos.

¡Juventud, divino tesoro! No. Estamos ante una manada de irresponsables que es posible que piensen y crean que son inalcanzables por el virus. Que dicho bichejo solo ataca a la gente mayor. A estas alturas queda claro que ante más achaques hay más posibilidad de contagio, pero es arriesgado desafiar dicha calamidad.

Según Rafael Bengoa, experto en gestión sanitaria, “hemos infantilizado a la sociedad diciéndole no te preocupes, el sistema te va a curar”. Estoy de acuerdo en lo referente a la infantilización de la sociedad y como ejemplo nos puede valer la machada de los citados botellones. Vivíamos en “un mundo feliz” alejados del esfuerzo, en general desposeídos de toda responsabilidad.

Vivíamos amparados en el paraguas donde “mi verdad estaba contra la Verdad” de los hechos y de la misma realidad. La dicotomía entre verdad y Verdad se pone en marcha en el preciso instante en que yo (el burro delante), tú, nosotros, que somos los que te vamos a salvar, tergiversamos la realidad subiéndola al altar de lo incontestable, de lo indiscutible, de lo infalible.

A partir de ese momento solo vemos el proscenio en su conjunto, sin examinar detalles, y solo oímos los aplausos porque ya nos consideramos importantes ejerciendo dicha acción. Qué más da si el material protector de los sanitarios solo son unos míseros sacos de polietileno.

¿A dónde quiero ir a parar? Bastante simple. El encierro dicen que se está acabando. Aunque hay una cierta renuencia. Parece que la calamidad sembrada por el virus ha aflojado sus garras. Parece… A partir de ahora tendremos que prestar mucha atención a posibles focos de contagio. Todos juntos y revueltos somos un bocado suculento para contagiarnos, puesto que no sabemos quién sí o quién no puede estar “séptico”, es decir, quién “contiene gérmenes patógenos” (sic).

¿Negativo por mi parte? No, aunque seremos más vulnerables desde el momento en que empecemos a llevar una vida normalizada –habría que decir "nueva" porque van a cambiar muchas cosas, muchas costumbres, muchas formas de comportarnos–. Confieso que es para estar atentos ante cualquier posible síntoma personal o de los demás. El tema es algo preocupante.

De la peligrosidad que nos rodeará, a partir de ahora no se ha dicho mucho, pero existe y tendremos que contar con dicha presencia para relacionarnos con los demás. Somos un pueblo efusivo y cariñoso. Insisto a riesgo de ser pesado.

Abrazar, besar, envolver en nuestros brazos, estrechar manos… son gestos habituales de convivencia, son muestras de amistad, cariño, alegría… que están vedados por un posible contagio. Mañana, también. Porque, con ello, podemos o nos pueden transmitir ese asqueroso virus que ha asesinado el afecto que pudiéramos transmitir a las personas queridas con las que compartimos parte de nuestra vida.

Los titulares de prensa son poco alentadores (verdaderos/falsos) solo se me ocurre decir que “entre col y col, lechuga”. Es decir, hay informaciones múltiples sobre las secuelas de la enfermedad. Unas confusas, otras solo alarmantes y otras verdaderas. Que cada cual tome por donde crea conveniente. Se trata de buscar la Verdad para poder actuar lo más acertadamente posible.

Nos están avisando de una fuerte crisis económica, de una fuerte pérdida de empleos, de un fuerte cierre de comercios, bares, pequeñas tiendas… “En pocos meses se destruirá gran parte del empleo creado en los últimos años”. Dicen que la recuperación y volver a donde habíamos llegado será tarea dura y agobiante, pues la economía no se recuperará antes de finales del 2021.

¿En el nuevo mundo seremos capaces de insertar toda una gama de valores éticos que nos engarcen con los demás? Esa es una de las esperanzas. Cito textualmente a Adela Cortina (filósofa) en una entrevista de la revista 'Ethic': “Hay que intentar ser fuertes ante este tipo de adversidades, por cada uno de nosotros y por todos los demás, para poder ser responsable con respecto a otros y poder ayudar (...). Se han producido dos reacciones de la sociedad: el impulso del humanismo y la solidaridad y, por otro lado, el discurso de la división, el odio y la confrontación constante (...).

La enseñanza que tendríamos que sacar, si es que aprendemos algo -porque a veces parece que no aprendamos nada de las desgracias-, es que ya está bien de conflicto, ya está bien de polarización, de supremacismos y de luchas sectarias e ideológicas (...). Busquemos lo que nos une, que es mucho, porque creo que todos valoramos la libertad, la igualdad, la solidaridad, el diálogo y la construcción del futuro, busquemos eso que Aristóteles llamaba «la amistad cívica”.

Cierro con una cita de El País: “Cuando volvamos seremos distintos, pero ya somos mejores”. Quisiera creer todo lo que dice esta frase, pero dudo de la segunda parte. Estamos, en general, ante una solidaridad impuesta.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

23 de abril de 2020

  • 23.4.20
La pandemia que estamos sufriendo nos ha cogido por sorpresa y con retraso. Somos uno de los países (descartando China) con más incidencia en los tres compartimentos cercados por el virus: Hospitales, depósitos de muertos y prisiones en las viviendas. De las múltiples parcelas que configuran los centros sanitarios ya recibimos información –digamos que suficiente– aunque, a veces, jueguen al escondite con los datos.



Hace ya más de un mes que vivimos prisioneros entre las reducidas paredes de un piso. Guisar para comer, dormir, limpiar, leer (a quien le guste), ver la tele, teclear en el ordenador o pasear por un universo digital es todo lo mas que podemos hacer. El paso del tiempo pesa en la terraza del cerebro. ¿Hasta cuándo? Buena pregunta. La respuesta, cada día que pasa, está más confusa.

Me centro en los fallecidos cuyo número es bastante significativo. En el momento de escribir estas líneas sobrepasamos con creces los 21.700 muertos que se han quedado en el rincón de nuestra memoria tras exhalar un ¡uff! impotente por nuestra parte. Me refiero a los vivos en general.

En las altas esferas quedan reducidos a un número más o menos limpio o manipulado, según intereses políticos. Tengo claro que dar inmediata sepultura a todos es difícil de realizar, por no decir imposible. Y complicaría aun más las posibles infecciones si son acompañados por sus familiares. ¿Entonces?

Pero ofrecer un detalle de adiós costaría poco y podría ser un calmante emocional para los familiares. Me refiero al llamado luto como “signo exterior de pena y duelo…, por la muerte de una persona” (sic). Unos podrán decir que ocuparse de ello en estas circunstancias no ha lugar; otros, que el llamado “duelo, pena, aflicción” (sic) ha quedado depositado en un rincón del corazón familiar y punto.

Parece ser que desde las altas esferas se pidió no guardar luto. En cierta manera se ha llegado a prohibir el duelo porque “se hace necesario deshumanizar a los muertos”, según dijo alguien. La frase en cuestión hiela todo tipo de sentimiento. La pena puede ser general y desde luego familiar, pero sin más montajes, creo que nos dice. ¡Ya está…! Nunca fue más verdad aquello de “que solos quedan los muertos”.

En España, en distintos momentos y por razones varias, se han declarado día o días de luto oficial empezando por la bandera a media asta y con un crespón negro, añadiendo unos minutos de silencio y terminando con acto oficial de entierro. No siempre, por no decir casi nunca, dichas ceremonias han tenido acatamiento general. Con cierto amargor me viene al recuerdo el atentado de Barcelona. Nosotros somos “asín”.

Oficialmente, en estas circunstancias que estamos atravesando, no hay manifestaciones de luto de ningún tipo. A lo más, aisladamente suele aparecer algún dato. Por no haber ni tan siquiera se usa la corbata negra entre quienes la llevan por el cargo. La orden es que se prohíbe el luto. Punto.

Parece ser que el jefe de Estado “homenajea a los fallecidos” a título personal, noticia a la que no se le ha prestado ninguna atención por aquello de "nada de luto". Punto. Aclaración para mentes agudas u obtusas: hago referencia al jefe de Estado al margen de cualquier planteamiento político. En estos momentos me importan los muertos y las circunstancias que nos coartan.

Politizar el dolor es una acción de mentes raquíticas y enfermizas. Incluso en Internet, ante la muerte de algún médico, se han babeado ofensas y desacatos en contra de dicha muerte. Somos un pueblo cainita. Desde nuestros balcones aplaudimos la labor de sanitarios y fuerzas de seguridad y, a renglón seguido, “expulsamos” de nuestro bloque de viviendas a ese vecino sanitario (médico, enfermera) porque nos pueden contagiar. No invento: esta información ha salido en prensa y televisión. Para más inri (“escarnio”), en Internet han saltado algunas voces escupiendo desacatos.

El presidente valenciano convoca un homenaje por las víctimas del coronavirus para el día 19 y se desmarca del Gobierno central. Hago referencia a la prensa local. “Ximo Puig… convoca luto oficial el domingo, banderas a media asta y tres minutos de silencio”.

El Gobierno de la Generalitat invita a los valencianos a salir en silencio al balcón, como muestra de pésame por los más de mil fallecidos. Políticos valencianos y el presidente de la Comunidad guardan tres minutos de silencio en recuerdo de las víctimas: “No os olvidaremos nunca”. La bandera ondeaba a media asta con un crespón negro.

A la decisión valenciana hay que unir Andalucía, que el próximo domingo homenajeará también a las víctimas con tres minutos de silencio antes del aplauso habitual que se viene realizando cada día desde que estalló esta debacle. Da un paso más invitando a colgar la bandera andaluza y de España con un crespón negro en señal de duelo.

El Gobierno sigue en sus trece y niega el recuerdo a los muertos, rechaza el crespón en la bandera o la corbata negra como señal de luto. Total los muertos, muertos están. ¿A quién le interesan? De paso hago justicia y creo recordar que el ministro Salvador Illa dio el pésame a la familia de los muertos el domingo pasado. El duelo oficial tendrá que esperar aunque, según parece, se empieza a tener en cuenta la necesidad psicoafectiva de prestar atención a  la declaración de luto oficial (minutos de silencio y bandera a media asta) para honrar a los muertos y mostrar condolencia con los familiares.

Prefiero usar la ironía antes que subir el tono de mis palabras. Quede claro que este tipo de cita-comentario no va contra la izquierda, el centro o la derecha. Va contra el ciego utilitarismo que nos rodea. Va contra unos políticos cuyos corazones están congelados. Es un compromiso con un pueblo, bastante castigado ya por las circunstancias y un deber hacia esas personas anónimas cuyos corazones lloran de pena por la muerte en soledad y ese adiós que no le pudieron dar.

Hemos perdido seres queridos (familiares, amigos, conocidos…) y personas anónimas para muchos de nosotros; hemos perdido sobre todo un racimo de sanitarios (todos necesarios) entre los que hay unas cuantas docenas de médicos. Hasta el momento, más de una veintena de sanitarios de distintos ámbitos han fallecido a causa de esta enfermedad en España.

Es decir, se han marchado para siempre ciudadanos de a pie y de a caballo, ricos y pobres. Hemos perdido personas mayores que desde residencias y hogares se han ido en silencio. Todo está ocurriendo a buen ritmo. Es como si estuviéramos en un barco zarandeado por aguas picadas, siempre a punto de naufragar.

Mañana está pintado de incertidumbre y amarrado a una seria crisis sanitaria que no anuncia nada nuevo. Por no anunciar nada nuevo ni tan siquiera puede predecir el final de esta hecatombe. Confieso que le tengo envidia a nuestros vecinos portugueses (su frontera con España tiene muchos kilómetros) y a Grecia, país que me encanta por muchas razones, y que creía estaba ya desaparecida.

El mañana augura nubarrones. Habrá subida de precios en distintos sectores, aumentará el paro cuando volvamos a una ansiada normalidad. Crecerá la deuda pública cuyo pago habrá que saldarlo a empujones y desde una fuerte subida de impuestos. ¿Cuántos pequeños comercios tendrán que cerrar? Mejor no pensarlo.

¿Cómo afrontar la muerte de un ser querido? Con la pandemia, las defunciones se disparan. Los psicólogos explican que “el dolor queda en pausa hasta que el encierro deje paso al choque con la realidad...” ¡Cuan largo me lo fiáis, don Juan…!

Con estas líneas quiero dar mi pésame a tantos familiares hundidos por sus tragedias particulares. Y un reconocimiento a aquellos profesionales que arriesgan sus vidas por salvar las de otros. Nuestro encierro, a su lado, es una minucia, una insignificancia.

PEPE CANTILLO

9 de abril de 2020

  • 9.4.20
Vulgarmente, por solidaridad se entiende “estar próximo al otro, identificarse con su problema, su postura o su situación”. Solidaridad vendría a significar algo así como “estoy contigo”, hago mía tu situación desde una empatía sentimental. Me adhiero a tu causa porque, en definitiva, quiero compartir contigo.



En el caso que nos ocupa, es de justicia hacer una matización de la solidaridad desde dos frentes: uno de entrega absoluta al trabajo asignado y, el otro, de empatía con el personal. Es decir, sanitarios, colaboradores, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y el pueblo encerrado.

Las actitudes solidarias no aparecen espontáneamente, sino que precisan de toda una cultura de educación y asimilación de actitudes por parte de cada uno de nosotros. La solidaridad requiere ante todo sensibilidad, pero alejada del individualismo en pro de acciones colectivas y compartidas. La solidaridad hace referencia a entrega, a justicia, ayuda para un determinado colectivo necesitado de ella, por eso significa cooperación, tolerancia, darse antes que dar, compartir, respetar...

Se es solidario respecto a algo, a alguien que me importa y por quien estoy dispuesto a una actitud de sacrificio, a darme para conseguir solucionar el problema. La solidaridad es ser capaces de pasar del yo al nosotros con todas las consecuencias que comporta. En ese frente está el personal sanitario y en los múltiples frentes que nos ha abierto la guerra vírica.

Pero también están la disponibilidad de empresas que aportan materiales de primera necesidad para frenar esta debacle, y la entrega de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, los militares, sin olvidar el ofrecimiento generoso de particulares. Son importantes esos aplausos enviados desde el encierro familiar que traspasan los balcones, dirigidos a nuestros abnegados héroes que luchan para dar seguridad y salvar nuestras vidas.

Estamos inmersos en un problema serio, global y desde luego mortal. Un enemigo destructor, un virus mortífero, que se ha materializado en la aldea global. El problema viral que nos ha cercado nos mantiene aislados, a la par que está deshaciendo las columnas del templo de la felicidad que teníamos construido y en el que hasta ahora hemos vivido. La alarma ha saltado en todo el planeta. Casi de golpe y porrazo, en unos países más que en otros, el mundo ha parado su actividad.

La autoridad competente ha ordenado el encierro por seguridad. Psíquicamente nos sentimos y somos libres de volar por un cielo a veces soleado; en otros momentos aparece cargado de sombrías nubes prietas de agua que cae arbitrariamente cuando quiere.

El lema es muy simple: “me quedo en casa”. Dicho argumento pretende darme la libertad de pensamiento, que no de movimiento. Asumida la situación seré libre –triste contradicción– para hacer lo que quiera dentro de las paredes de mi vivienda. Tengo derecho a no aburrirme para que el encierro no se haga insoportable. A estas alturas la prisión ya se nos hace penosa. Y lo que te rondaré, morena.

El trance que nos aísla es sumamente agobiante a todos los niveles. Estamos encerrados físicamente por una calamidad mundial que envuelve el aire que respiramos. Nos hemos convertido, de la noche a la mañana, en rehenes de un monstruo invisible que ahoga inmisericorde a quien se le ponga a tiro. Uso la palabra "ahogar" porque creo que define bien el peligro que se cierne sobre nuestras cabezas. La insuficiencia respiratoria, dicen, es la que asfixia nuestro vivir.

Otra plataforma imprescindible como base de la realización de la persona nos adentra en la responsabilidad que cada sujeto debe adoptar, primero para crecer como persona en sentido individual, y en segundo lugar buscando la integración en el colectivo donde con-vivimos. Ello implica asumir nuestra responsabilidad como miembros de una sociedad democrática junto con la tolerancia y el respeto a los demás.

En estos días de confusión, inseguridad, miedo a caer en las garras del monstruo, circulan entre nosotros muchos bulos, es decir, “noticias falsas propaladas con algún fin” (sic). Asustarnos puede ser una razón de dicho “buleo”. El bulo es una mentira sembrada con toda intencionalidad. También puede ser una de las razones para controlar una sociedad que tiembla ante un porvenir incierto. Vamos, que dichos bulos son algo así como un saco de porquería.

En nuestra sociedad somos muy propensos a manifestar sentimientos de afecto ante las personas queridas. Pues bien, dichos sentimientos están vetados en la medida en que nos aproximan al otro. El contacto con el otro que hasta ayer era –y en el fondo de nuestro corazón sigue siéndolo– la miel que endulzaba diversos momentos del día a día, se ha transmutado como si fuera un vil enemigo al que no podemos, no ya tocar, sino de quien tenemos que alejarnos.

Abrazar, besar, envolver en nuestros brazos, estrechar manos… son gestos de convivencia, son muestras de solidaridad, de amistad, cariño, alegría, que ahora están vedados por un posible contagio. Porque con ello podemos o nos pueden transmitir ese asqueroso virus que ha asesinado el afecto que pudiéramos transmitir a esas personas queridas con las que compartimos parte de nuestra vida.

Curiosamente, las circunstancias críticas de la pandemia que estamos sufriendo, de la epidemia en la que nos ha metido el destino, están produciendo unos daños colaterales que no podíamos, ni por asomo, imaginar. De momento, solo aludo a los humanos.

Aléjate del otro, sea quien sea; guarda para otro día los brotes de afecto, de efusividad, enciérrate en casa hasta que diga la autoridad competente. Serio problema. Dicho planteamiento nos abruma con creces. Es duro vivir en una isla solitaria rodeado de todos los demás.

Sumamente importante son las víctimas que se quedan en la cuneta. El número de muertes que deja la plaga crece a buena velocidad. Alguien dijo que gracias al confinamiento, el número de muertos por accidente de tráfico había descendido significativamente. Quizás comparando ambas cifras se pueda entender lo cretino de esta afirmación. Este carril nos lleva a diferenciar entre muertos directamente por el virus, ya sean jóvenes o viejos. Lógicamente los primeros suelen tener las defensas bien pertrechadas. Los segundos están más indefensos, más cuarteados.

El dilema que se plantea es de órdago: salvar a las personas que aún tienen vida por delante o a esos decrépitos sujetos que ya han vivido, poco o mucho. Morir por falta de aire (falta de respiradores) debe ser todo un drama si a ello añadimos la ausencia de seres queridos que puedan acompañarnos hasta que nos recoja Caronte con su barca para cruzar el río.

Hablo de dilema porque es duro dejar en la cuneta a unos y ayudar a salir del agujero a otros. Cuando he trabajado los dilemas morales en clase siempre fue difícil decidir por “A” frente a “B”. En el fondo del asunto que nos ocupa, creo que se ¿antepone? una opción frente a la otra. ¿Estamos ante un tipo de eugenesia selectiva?

La eugenesia dice que la practicaban entre los espartanos allá por los años de Maricastaña y consistía en despeñar a los mal-nacidos (nacidos con defecto) porque suponían una carga frente a los sanos (saludables) que serían magníficos soldados para defender al pueblo. Ya más modernamente, en determinados sitios se optó también por dicha eugenesia.

La eugenesia ha pretendido seguir diversas lineas: una de ellas, obtener mas calidad genética de las especies, humanos más sanos por selección artificial. Francis Galton, Darwin, Mendel son nombres conocidos dentro del campo de la eugenesia. El tema es amplio y complicado.

Frente a este dilema, la televisión pronto nos ha bombardeado con imágenes en las que se ve a nuestros mayores saliendo de las UCI, después de haber ganado la batalla al virus. La mano que mece la televisión pronto se ha esforzado en resolver dicho dilema. La sociedad cuida de sus mayores.

Educar en valores se hace ineludible, pero ¿en cuáles? La pregunta nos lleva a buscar esos valores que podríamos llamar universales en tanto en cuanto nos competen a todos los ciudadanos. Se hace estrictamente necesario concatenar determinados valores donde esté presente la libertad de la persona. Estos valores son imprescindibles para formar humanos capaces de dar, darse y compartir con los demás….

Estamos aludiendo a respeto, responsabilidad, compromiso, transparencia, honestidad, para conseguir renovar nuestra futura sociedad. Porque no nos engañemos: cuando acabe el encierro entraremos en una sociedad cambiada. Me atrevo a decir nueva o renovada.

PEPE CANTILLO

26 de marzo de 2020

  • 26.3.20
Y dicen que un buen día caímos en la maléfica red de un virus con corona y todo. El país poco a poco y con cierta lentitud fue envuelto en un aislamiento preventivo por un periodo (¿sine die?) que después de san José sería ampliado un par de semanas más. Hay que recordar que la Organización Mundial de la Salud (OMS), máxima autoridad sanitaria, ya advirtió que el coronavirus se puede frenar si se aplican medidas.



La autoridad competente hace público, por razones de seguridad, un confinamiento “a cal y canto” aún mayor, es decir, que no salgamos a la calle bajo ningún pretexto y que permanezcamos encerrados en nuestras casas. Dicho confinamiento se inicia entrado ya el mes de marzo. Otra cuestión será cumplirlo a “pie juntillas”.

En referencia a la situación, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, recuerda que “las medidas tomadas por España son las más duras de Europa e incluso del mundo”. El Estado de alarma llega tarde, pero duro. Graves razones sanitarias obligan a permanecer enclaustrados. ¿Salir? Lo imprescindible. Permanecemos en cuarentena por razones sanitarias.

Está claro que la situación es alarmante –yo diría muy alarmante–. Las personas que están muriendo aumentan por días. La mayoría de ellas son personas mayores que, por lógica, son más vulnerables dado que están más achacosas, tienen menos defensas para resistir al susodicho virus. En el momento de escribir estas líneas, se cuentan en España 56.188 casos confirmados y 4.089 fallecidos.

Estamos ante una pandemia, que según el Diccionario de la Real Academia Española, es una “enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región” (sic). Dicha pandemia, originada en China, ha dejado más de 473.500 personas contagiadas además de provocar la muerte a más de 21.500 personas en todo el mundo.

Este tipo de situaciones pandémicas suelen mostrar la valía de muchas personas de todas las edades y profesiones, sanitarias, policiales o simplemente personas corrientes, todas ellas capaces de entregarse al prójimo hasta donde haga falta.

Por desgracia también hay “malajes” (desagradable, que tiene mala sombra) a los que se les está recordando y de paso avisando que ser jóvenes no les hace invencibles, y también podrían morir a causa del virus. Problema: no ven necesario vivir recluidos.

Catástrofes de este tipo hemos tenido bastantes a lo largo de la historia humana. En el siglo XIV, la Peste Negra se llevó por delante, según estimaciones de los expertos, unos 200 millones de vidas. Hubo un antes y un después, otras ocasiones que amargaron la realidad del vivir humano. La Peste Negra marcó un hito fatídico.

De dicha etapa viene el nombre de “cuarentena” que consiste en “un aislamiento preventivo al que se somete a alguien por razones sanitarias durante un determinado tiempo para evitar que contagie su enfermedad”.

Quizás el motivo menos conocido sea el religioso, según cita Alfred López. Entre el pueblo judío hay abundantes eventos relacionados con la cuarentena: los años que Moisés vivió como pastor; el tiempo que pasó en el monte Sinaí hasta bajar las Tablas de la Ley; los años que los hebreos deambularon por el desierto hasta poder llegar a Tierra Santa; los días que Jesús pasó ayunando... También la Cuaresma dura cuarenta días, entre Carnavales y Semana Santa.

Otra explicación de dicho término hace referencia al puerperio, “período que transcurre desde el parto hasta que la mujer vuelve al estado anterior a la gestación” (sic). En definitiva, son cuarenta días que, en muchos de los casos, no llegaban a completarse.

También se aplicaba a los barcos cuando arribaban a puerto, ya que eran los que en sus bodegas llevaban al portador de la peste. Poco se podía hacer en aquella época para luchar contra ella. Las máscaras del carnaval de Venecia surgen en el siglo XVI para protegerse los médicos de los apestados. La “máscara de pico”, típica del carnaval, se conocía como “il Dottore della peste”.

Con frecuencia he dicho que en las distancias cortas es donde una persona se la juega. Con ello me saltarán una serie de palabras cargadas de consideración, de entrega y de servicio para con los demás. Paso a dejar un recuerdo de las actitudes positivas y generosas, desprendidas, caritativas, dadivosas, bondadosas, nobles... de muchas personas que se están dejando parte de su vida en este callejón. Un detalle casero.

En el bloque donde vivo, una de las mañanas, nada más empezar la alarma, encuentro en el interior del ascensor una breve nota avisando a los vecinos que si alguien con dificultades necesitaba ayuda (ir por avituallamiento, agua, medicinas…) que contaran con ellas. Era el ofrecimiento que hacían dos chicas a las personas que lo necesitaran. ¡Magnífico!

Indudablemente este periodo de nuestras vidas será duro, tanto para enfermos por culpa del virus como para las personas que pierdan su trabajo. Cuando la angustia de esta plaga pase nos espera el sobresalto de lo que pueda ofrecer el mercado laboral a corto plazo. Esperábamos una crisis, pero nunca una de tipo “medieval”, es decir una “peste” que afectará el entramado económico, social y demográfico.

Los viejos estaban infestados de soledad: ahora son personas de riesgo y no deben salir para no contagiarse ¿Miramos por ellos? Seguro. Pero salta una duda. Si se contagian llevan todas las de perder y colapsarán aun más los hospitales… Quietecitos en casa, para no contagiarse. La verdad es que se mire por donde se mire, los viejos somos un estorbo. Este pensamiento recorre calles, prensa y demás medios de comunicación.

Vejez y soledad serán cada vez más comunes. En fin, nuestro mundo siempre ha estado infestado de malas personas... Parece que somos muchos viejos en esta sufrida barcaza y, como la muerte tarda, la “naturaleza” nos ha mandado un virus capaz de todo.

Crónica y recorrido del maléfico virus en España. El 31 de enero se conoce el primer diagnosticado. El 9 de febrero aparece el segundo positivo y el 13, el tercero. El cuarto emerge el 24. El 25 aparece el octavo y el 26 ya tenemos 14 contagiados conocidos.

Sanidad tranquiliza al personal afirmando que si alguien ha venido de zona de riesgo no tiene que hacer nada. El 27 son ya 27 los contagiados y el 28 subimos a 59 infectados. Oficialmente se anuncian posibles medidas pero sin concretar.

El 1 de marzo hay 84 casos; el 2 subimos a 125; el 3 son 169 y un fallecido; el 4 hay 228 casos y dos fallecidos; el 5 llegamos a 282 y un muerto. Desde el Gobierno animan a llenar las calles el 8 de Marzo. ¿Grave error? Respeto a las mujeres, comparto alegrías y tristezas con ellas. En estos digitales he defendido sus valores y capacidades…

El 6 aparecen 365 casos; el 7 hay infectados 430 y 10 muertes, aunque el brote (dicen) está bajo control. El 8M infectados hay 674 y 17 muertos. El 9 se insta a no salir a la calle por un cambio de situación en el tema; el 13 amanece con 300 infectados y 100 muertos; el 14 se declara el Estado de Alarma (¿Estado de sitio?). La demora en el transcurrir de la contaminación es gorda.

El Gobierno cada día nos tranquiliza en la medida de sus medios, nos anima recurriendo a un llamamiento a la tranquilidad, nos apacigua con promesas que esperemos puedan cumplirse porque, en caso contrario, la mayoría del “populus” lo pasaremos muy mal. Al menos, eso sí, ya tenemos papel higiénico…
PEPE CANTILLO

12 de marzo de 2020

  • 12.3.20
El suicidio siempre ha sido un tema tabú entre nosotros. Era considerado como algo malo, denigrante e inconfesable. Si se suicidaba un familiar, dicha información era ocultada. La familia se avergonzaba sufriendo en silencio el incidente. El comadreo comentaba los pros y contras, el por qué, las causas que habían impulsado a dar dicho paso. Indudablemente quedan profundas raíces arraigadas en nuestra sociedad, sobre todo entre el personal mayor. Aun, hoy en día, sigue siendo “la muerte que no queremos ver”. ¿Razones? Muchas y ninguna…



En nuestro país se suicidan unas diez personas al día, hasta tal punto que sobrepasan las muertes por accidente de tráfico, así como los homicidios, y rebasan en buen número el total de mujeres muertas por violencia machista. A la referencia anterior hay que añadir una amplia cantidad de intentos de suicidio.

Las causas de este tipo de muerte en muchos casos están relacionadas con determinadas enfermedades mentales. En otros casos, sobre todo entre el personal más joven, parece que no hay clara razón de dichas muertes.

A lo ya dicho hay que añadir el hecho de que hay suicidios motivados por una pérdida de sentido a la vida o causados por no soportar continuadas crisis emocionales a las que no se les ve el final. Y el suicidio está ahí como un convidado de piedra y que parece que no queremos ver.

Desde los organismos oficiales tampoco se le viene dando importancia a este tipo de muertes, siendo el número de víctimas muchas más frente a otras de las citadas. Desde la religión el tema chirría más, dado que, de entrada, deja claro que la vida no nos pertenece. Hasta 1983, al suicida no se le enterraba en sagrado según el Código de Derecho Canónico.

¿Qué razones se pueden aducir para entender este tipo de muertes? Pueden ser muchas y por supuesto variadas. Cada cual se supone que tiene una explicación que solo conoce la persona que está en ese trance. En el fondo de la cuestión, el sujeto ha entrado en una etapa de crisis y el final del camino podría ser buscar la muerte, dado que no encuentra sentido a la vida o  es incapaz de enfrentarse a ella.

La cuestión provoca ganas de adentrarse y saber un poco más de un tema que es viejo entre los humanos pero que, insisto, pasamos de puntillas sobre las razones que lo provocan y las consecuencias que puede arrastrar para el resto de familiares.

La soledad podría ser una de las tantas causas. Hago una aclaración con este asunto. Es cierto que entre nosotros hay bastantes personas solitarias, que se repliegan, no por ánimo depresivo, sino por una necesidad inherente a su personalidad. Disfrutan estando solas y jamás sufren por ello. Este tipo solitario no cuenta para matarse.

Frente a esas personas amantes de la soledad, hay muchas más a las que la situación de aislamiento les angustia porque no soportan el silencio obligado. La referencia alude a una amplia cantidad de personas mayores que viven abandonadas, solitarias por obligación.

Las razones o causas que pueden provocar que una persona acabe con su vida son muchas y variadas. Es cierto que el envejecimiento tiene un alto número de posibles clientes. La tasa más alta de suicidios está entre las personas mayores de 80 años.

Algunas causas de suicidio pueden ser la pérdida de un ser querido (esposa, marido, hijos, padres…); sentido de culpa ante un hecho determinado que era de su competencia; la pérdida de todo aquello que impulsaba el sentido de una vida; soportar día tras día los efectos de una enfermedad crónica que afectan tanto al posible suicida como a quien sufre dicha enfermedad crónica...

Es cierto que el dolor atora sentimientos:la sensación de impotencia ante circunstancias concretas amarga y predispone a salir de la vida. La esperanza se diluye y en su lugar brota la amargura, la impotencia. Todo ello presiona al suicida, que no ve otra salida que la muerte. Poco a poco van cuajando en el sujeto los pensamientos y deseos de morir

Quitarse la vida supone realizar un acto en el que la persona busca activamente su propia destrucción, búsqueda por lo general derivada de un profundo sufrimiento ya sea psíquico, o físico. E, insisto, si la situación va cargada de dolor, el final puede llegar antes.

Los pensamientos suicidas crecen en la mente del sujeto y, poco a poco, controlan todos sus deseos hasta ponerlo al borde del precipicio. El dolor remata el sufrimiento ante la impotencia (real o imaginada) de no poder dominar la situación ni el abatimiento. La posible salida del atolladero no aparece por ningún sitio, mientras que la frustración cargada de desesperanza va en aumento.

Refiero algunos de los bulos que rodean al suicidio: es falso que quien quiere terminar con su vida no lo dice. De una forma u otra, suelen dar pistas de sus intenciones. El problema es que los que les rodean no prestan atención a los posibles avisos.

Quien lo dice no lo hace. La realidad es que quienes acabaron con su vida ya lo habían anunciado sin hacerles caso. Se dice que el suicidio se madura sobre la marcha porque es impulsivo. Aun así, suelen avisarlo de una u otra manera.

La suerte está echada: quieren morir. La comunicación sigue abierta al menos con una persona de confianza o con un teléfono o, incluso, con el médico. Lo anterior demuestra que el sujeto no tiene claro el tema y lanza cuerdas de salvamento. Por cada suicidio llevado a término hay veinte tentativas.

La mayoría de intentos de suicidio no terminan en muerte. Muchos de estas tentativas se llevan a cabo en una forma en la que el rescate sea posible. Estos intentos a menudo representan una llamada de auxilio.

Otro bulo. De un hombre se espera que sea fuerte, independiente y decidido. No puede dejarse llevar por las emociones, ha de rechazar actitudes que lo señalan como débil y por eso es remiso a pedir ayuda. Si para colmo el suicidio es un tema relegado al silencio, poco se puede hacer por resolver la situación. Tampoco vale.

Una notas curiosas. Parece ser que los hombres son más propensos que las mujeres a suicidarse; por contra, las mujeres parecen más predispuestas a intentarlo sin que lleguen a consumarlo. Otra razón que se debe tener en cuenta es que la mayoría de intentos de suicidio, tanto de hombres como de mujeres, no llegan a realizarse. En estos casos, el suicida quiere acabar con su vida pero siempre suele dejar una rendija por la que sea posible rescatarlo. Digamos que su deseo de terminar no está claramente definido.

Tengamos en cuenta que “según datos de 2019, es una de las principales causas de muerte en nuestro país con 3.600 fallecidos cada año”. ¿Solo se suicidan los hombres? Ya hemos dicho que es otro tongo.

Cito tres posibles ejemplos de suicida. De la persona que llega a suicidarse se viene diciendo que es incapaz de enfrentarse a los obstáculos que le salen en el camino. Un hombre de nacionalidad india se suicida creyendo que estaba contagiado por el coronavirus. ¿Motivos? Miedo a contagiar a sus hijos.

Autorretrato de un suicidio frustrado. Me sentía débil ante la vida y, marcado por un complejo de culpa, intenté suicidarme tres veces. Divorciado, sin trabajo, sufría por mis hijos, no veía futuro, tenía vergüenza ante la familia. ¿A quién recurrir? El suicida está marcado como alguien que no es capaz de enfrentarse a la vida.

Tercer caso. El tema, para bien o para mal, y como era de esperar, deja de ser tabú en Internet. Como ejemplo adjunto una noticia relacionada con ello publicada en El Confidencial: “24 horas para evitar un suicidio: así se salvó la vida de un joven gracias a un foro de informática”, cuyos miembros informaron a la Policía de Valladolid de un posible suicidio en Málaga. Entre los usuarios del foro, “la mayoría lo tomó a broma, pero él lo estaba escribiendo en serio”.

PEPE CANTILLO

27 de febrero de 2020

  • 27.2.20
En una entrega anterior decidí abordar el tema del suicidio con cierta prudencia y la intención de tocarlo desde distintos ángulos para ofrecer la mejor explicación posible. Seguiré escarbando por el mismo terreno pero se hace necesario e importante un desvío.



Me refiero al acoso escolar que, por desgracia, de cuando en cuando nos enseña las garras para recordarnos que existe, que está ahí, que desde el patio del colegio o desde Internet se pueden dar situaciones graves entre escolares. Al grano.

A mediados de febrero fue ingresado un alumno de 14 años víctima de bullying al intentar suicidarse. La información al respecto aparece en algunos periódicos, pero me da la impresión de que no en muchos de ellos. Hagamos un breve repaso de los hechos.

El tipo de noticia es de las que te ponen mal cuerpo para todo el día. El tema es grave y se hace necesario sacar consecuencias para buscar remedio. Este tipo de suceso no es la primera vez que se da y no será, para desgracia de todos, la última. El parte dice que “en principio no peligra la vida de este estudiante…”. La amargura no hay quien se la quite.

Estamos ante un caso concreto de acoso escolar en segundo de la ESO. Sobre el tal acosador, que ya fue denunciado por los padres, había una “orden de alejamiento de 50 metros”. El patio del colegio no da para más en cuanto a distancia. Para completar el panorama parece ser que el centro “había instado a los padres del presunto acosador a abandonar el centro, pero rehusaron”.

A la vista de los últimos acontecimientos el padre interpondrá una denuncia al instituto porque “no se está atajando una situación de acoso que viene de lejos”. Con anterioridad el denunciado había “amenazado a la víctima con darle una paliza donde le pillara, que le iba a matar". Hasta aquí un breve extracto de la noticia en el diario Información de Alicante.

Este tipo de temas ya es viejo y cada vez toman más cuerpo los casos de acoso escolar que aumentan día a día. ¿Alarmismo? Desgraciadamente, no. Según datos oficiales a finales de 2019, la cifra de afectados ascendía a 5.557 escolares que sufren alguna de las variantes de acoso en la etapa estudiantil. Esos son solo los casos conocidos.

900 018 018 es el Teléfono contra el Acoso que está a cargo de la Fundación Anar, es confidencial, gratuito y disponible las 24 horas. Pueden llamar tanto agredidos como la familia o personas con información concreta sobre acoso. Las llamadas al teléfono así lo confirman.

Es cierto que dicen (nos dicen) que ha descendido el número de llamadas totales en los dos últimos años. Es fácil manipular una noticia y tergiversar la realidad. El descenso, según entiendo, se debe a que algunas Comunidades Autónomas han puesto en marcha su propio teléfono. ¿Alegría por ello?

Si sumamos datos, de 25.000 llamadas se desciende a 12.000, la mitad. Pero repito que a estos números habrá que añadir las llamadas de las comunidades implicadas en el tema. “Madrid y Andalucía se sitúan como las comunidades con más casos de acoso”.

¿Quién debe denunciar la situación y ante quien? En el mejor de los casos y dada la posibilidad de disponer de varias líneas telefónicas integradas por personas preparadas en este terreno, lo ideal sería que denunciara el sujeto agredido contando con que dicha línea es confidencial, está abierta las 24 horas del día… Pero el sujeto acosado tiene miedo y vergüenza de contar a un extraño lo que le ocurre, con lo cual se está haciendo más daño del que ya recibe y cada día que pasa será más imposible salir del atolladero.

La edad de los acosados se sitúa entre 10 y 13 años y están aumentando las víctimas de edad comprendida entre 8 y 9 años. ¡Alerta! El nivel de acoso ha entrado en Primaria. Este último dato es más preocupante de lo que parece.

En cuanto al acosador, la edad media situada entre 11 y 13 años ha descendido también hasta los 8 años incluyendo Primaria. Los menores de Primaria parece que tienen prisa por ser mayores. En ambos casos parece ser que son más los niños que acosan, aunque bien es verdad que las diferencias con las niñas no son significativas.

¿A qué tipo de acoso nos enfrentamos? Como acoso se clasifica toda forma de maltrato físico, psicológico, verbal, sexual, social o aquel que se produce mediante la utilización de medios tecnológicos.

Los tipos de acoso a los que nos enfrentamos son muchos y variados. La lista que doy a continuación marca algunas parcelas del problema. Bullying, cyberbullying, stalking, sexting, sextorsión, grooming, oversharing... Este último tipo monta un trío peligroso al juntar adolescentes y redes sociales.

¿Quién debe denunciar la situación y ante quién? En el mejor de los casos y dada la posibilidad de disponer de varias líneas telefónica integradas por personas preparadas en este terreno, lo ideal sería que denunciara el sujeto agredido contando con que dicha línea es confidencial, está abierta las 24 horas del día.

Por lo general las personas agredidas, física o psíquicamente no suelen denunciar la situación por vergüenza, intimidación y amenazas que puede llevar el asunto a mayores cotas de daño. Las consecuencias pueden ser muy variadas. Intimidación, ansiedad, tristeza, miedo, bajo rendimiento, aislamiento social entre otros efectos. Podríamos citar como manifestación de lo anterior, y por desgracia, los intentos de suicidio como el ya referido. Pero ¿por qué?

Si consideran a la víctima como un empollón por sacar buenas notas será diana segura para atacarle. Si suspende mucho y el profesorado lo advierte en público, es un zoquete, un burro que no vale para nada y estará en la diana de los acosadores.

En el campo físico pueden aparecer alteración de sueño, problemas digestivos, falta de apetito…Las personas víctimas de acoso tendrán malas relaciones sociales y como secuela de ello poco a poco caen en un rechazo del colegio dado que ir a clase todos los días es un verdadero martirio. Hay que prestar más atención a la marcha de la clase y a los cambios de comportamiento del alumnado tanto en el aula como en el patio.

Pregunta del millón: ¿Y la familia donde está? En la mayoría de casos, es la última en enterarse de la situación y cuando se da cuenta de que algo va mal, puede ser tarde y el mal es ya irreparable. Negro pongo el panorama pero es así.

El procedimiento que se debe seguir, en el caso de tener sospechas y/o información, establece que primero se hace necesario sonsacar toda la información posible del hijo. Segundo, obtenida dicha información, hay que denunciar en la escuela lo que está ocurriendo para que tomen las medidas oportunas y necesarias. Si la escuela no responde hay que saltar a la Inspección Educativa y, por último, el caso se debe denunciar ante la Policía.

Los personajes de este drama convivencial son el acosador, la víctima y el público. Doy breves referencias de cada actor de esta tragedia^, según su importancia. El acosador (él o ella) suele ser prepotente, un respondón que se salta las normas; es un gallito de pelea que busca prestigio en el coro de amigotes que le ríen las gracias. Actúa por diversión sin importarle las consecuencias; le falta empatía y su autoestima es baja, cuestión que compensa haciendo daño y faroleando ante su camarilla de aduladores.

Hay marcada diferencia entre acosador y víctima pues, el primero, necesita protagonismo y el segundo, no. Elige víctimas débiles que no saben qué hacer ante el problema o no pueden hacer nada y ahí reside su éxito. En caso contrario, todo terminaría en una pelea de gallos de corral.

La víctima sufre insultos, burlas y desprecio, empujones, zancadillas, ridiculización, difamación, groserías, motes, se le hace el vacío –ni le hablan ni le dejan que hable–, se le excluye en los juegos, soporta amenazas físicas que suelen cumplirse (el acosador es listo y no dejará huellas físicas que lo delaten).

El público asiste como mirón, silencioso o, en el peor de los casos, jaleando los hechos que se desarrollan en este drama, tal vez por sadismo, por empatía o miedo al acosador, pero en cualquier caso, también juega un papel importante con su no denuncia. Del colegio saltamos a las redes y el problema se hace letal.

La vida no es un juego. Padres y escuela tienen que aunar aun más los esfuerzos para evitar males mayores.

PEPE CANTILLO

13 de febrero de 2020

  • 13.2.20
El Día de los Enamorados se remonta a antes de la aparición del cristianismo. Su origen coincide con las Lupercales, fiesta dedicada al Dios de la Fertilidad y de la Sexualidad. Ofrecían ritos de purificación y pedían al Dios que les favoreciera con un buen cambio de estación para obtener fertilidad tanto humana como agrícola. Luperco deriva de lobo (lupus) y hace referencia al Fauno Luperco, romanización de Pan, el Dios griego de la Agricultura.



Como curiosidad, los miembros lupercales se reunían en una cueva sagrada donde sacrificaban una cabra. A continuación, los niños salían a la calle para azotar a las mujeres con la piel de los animales, para que aumentaran la fertilidad. Las Lupercales se celebran el 15 de febrero en el entorno del monte Palatino. Son el origen del Carnaval y de la fiesta de los enamorados o san Valentín.

¿Por qué el 14 de febrero se celebra el Día de los Enamorados o san Valentín? Los antecedentes quedan claros en la fiesta romana. Llamarle san Valentín o enamorados depende del matiz cristiano o no cristiano que se le quiera dar a dicho evento.

La excusa o la razón de tal celebración nos la plantean como una forma de sorprender a nuestra pareja con regalos variados y festejar el amor compartido. Dicha festividad se conmemora en bastantes países, cada cual según sus tradiciones. Pero ¿dónde se celebra dicha festividad y cómo? Hago un breve recorrido por algunos países de la mano de Canal de Historia, que ofrece bastante información. Veamos algunos ejemplos.

Parece ser que esta festividad, como se le conoce en la actualidad, tiene su origen sobre el siglo XIV en el Reino Unido, donde comenzó como la fiesta de la amistad. También en Inglaterra, Jack Valentine, personaje misterioso, la noche antes de san Valentín llama a las puertas y deja regalitos para grandes y pequeños. Debe desaparecer sin ser visto.

En Francia hay costumbre de reunirse hombres y mujeres por separado en dos casas. Por la ventana van asomándose para decidir a quién le atraen la mujer asomada. Las no seleccionadas queman las fotos de los hombres que las rechazaron. Dicha fiesta está prohibida en la actualidad. ¿Por parecer una ofensa o un desprecio? No, simplemente por el descontrol bullanguero que se monta.

Brasil celebra el Día de los Enamorados el 12 de junio, festividad de san Antonio de Padua, patrón del amor y del matrimonio, día en que se exalta el amor romántico y la amistad. A modo de juego, cada mujer soltera escribirá en un papel el nombre de su “amor” y hay que adivinar de quién es dicho mensaje. Otra referencia más.

China celebra en agosto “la leyenda de los amantes” (la Noche de los Siete Qi xi). Se refiere a la historia de un hada y un mortal que se casan desobedeciendo a los dioses. Al enfadarlos, estos crean la Vía Láctea para separarlos y solo les dejan verse una vez al año coincidiendo con la celebración del “Qi xi”. Dicha fiesta también es la excusa para que las mujeres pidan al dios Zhinu encontrar al amor de su vida.

En la República Checa, las parejas de enamorados deben besarse bajo un cerezo en flor para obtener felicidad y salud en su relación. La fiesta se celebra a primeros de mayo, siguiendo sus costumbres, que vienen de lejos.

En Dinamarca y Noruega no está muy arraigada dicha fiesta. Aun así, en san Valentín los hombres mandan cartas con poemas anónimos, dejando pistas de su identidad y las chicas, si lo adivinan, ganan un huevo para Semana Santa; si no lo descubren, se lo deben.

En El Salvador se celebra el Amigo Invisible por san Valentín a través del juego del Angelito en el que participan pequeños y mayores haciéndose regalos. El fin del juego es adivinar quién te hizo tal regalo. Previamente se envían cartas o notas dando pistas. En Colombia y Paraguay es muy popular celebrar el Día de la Amistad.

En Guatemala se celebra el Día del Amor Platónico o Romántico. La nota simpática la pone el llamado “Amor Viejo”, consistente en un desfile de mayores vestidos con trajes originales y adornados con corazones o flores. Las flores son indicio de amor.

En Japón y Corea ese día se regala chocolate a los hombres. Operación que se repite a la inversa en marzo en el llamado “Día Blanco”. En Corea se celebra el “Día Negro”, que sirve de consolación para los solteros no elegidos y que quedan desparejados.

En Perú es típico intercambiar orquídeas como muestra de amor. Esta clase de flor es muy abundante y de variados colores y parece que bastante caras de precio. Recordemos que, en este caso, las orquídeas simbolizan un amor profundo. Y por amor… lo que sea.

En Filipinas, el Día de los Enamorados se celebran, a lo grande, muchas bodas que duran más de lo normal y, si es posible, las oficia un personaje socialmente conocido. En Polonia existe la costumbre de viajar a la “Ciudad de los Amantes”, Chelmo, donde aseguran que reposan las reliquias de san Valentín. La pareja le pide al santo un matrimonio feliz.

Rumanía celebra san Valentín el 24 de febrero. Tradicionalmente le llaman el día de “Dragobete”, personaje mitológico joven y bello parecido a Cupido que protege contra las enfermedades, el resto de año. Simboliza el fin del frío invernal y la llegada de la primavera. Durante la fiesta el pueblo se reúne en la plaza para cantar y jugar.

Hay más historietas en relación a otros países. Esto solo es un botón de muestra, una curiosidad. Completo el recorrido citando la presencia de san Valentín y explicando quién fue o quiénes fueron dichos “valentines”. Han existido más de tres candidatos llamados Valentín para el día 14 de febrero.

San Valentín es un médico y luego sacerdote que vive en Roma donde gobierna Claudio II quien decide prohibir los matrimonios jóvenes. ¿Motivos? Los solteros son mejores soldados porque no tienen nada que perder. El cura se opone e insta a que se casen. El emperador manda matarlo el 14 de febrero. Este Valentín es más popular y al que está dedicada la festividad.

Otro candidato fue el obispo Valentín de Terni (Italia) que era famoso y muy querido. Fue decapitado por orden del emperador Marco Aurelio. Del tercer Valentín solo se sabe que fue martirizado en África junto a otros cristianos.

Valentín Raetian, es otro obispo que vive en el siglo V y cuya festividad se celebra sobre todo en Alemania. Suelen representarlo con un niño epiléptico tumbado a sus pies. Fin de la historia valentiniana.

En el siglo XX (1969), después del Concilio Vaticano II, se elimina la fiesta de san Valentín pero el festejo de los enamorados ya era imparable. El negocio es el negocio y el gasto, primero en tarjetones y después regalando flores, bombones, regalos varios…, la fiesta no para. El comercio y los regalos se diversifican y amplían cada vez más.

Baste recordar los actuales días del Padre, de la Madre, de los Abuelos; el santo de cada cual u onomástica, que cada vez se celebra menos y su lugar lo ocupa el cumpleaños, el aniversario de…, Navidades, etcétera. El comercio tiene que comer.

Una anécdota curiosa sacada del periódico 'Las Provincias' de Valencia: “el san Valentin más comercial llega gracias a Galerías Preciados”. ¿Se acuerdan de Galerías? “En 1948, un periodista propone importar la fiesta de san Valentín para celebrar el Día de los Enamorados. Cuenta con Pepín Fernández, dueño de tal comercio. ¿Objetivo? Hacer regalos. La idea se extiende y la publicidad prende fuego…”. Éxito total porque las ventas fueron en aumento.

PEPE CANTILLO

30 de enero de 2020

  • 30.1.20
En estos tiempos que corren, con tantas urgencias, presiones y exigencias, la soledad puede llegar a ser un paréntesis deseado. Se convierte en el espacio para estar con uno mismo, con los pensamientos propios, las emociones, el disfrute o, simplemente, para tener la mente vagando por paisajes inventados.



En la entrega anterior tocaba muy por encima el tema de la soledad voluntaria o impuesta. Ciertamente sopla un airecillo que nos deja algo perplejos. Dicha soledad aparece en algunos momentos como un castigo que sufren en mayor grado bastantes personas mayores.

La prensa alardea de cuando en cuando sobre el tema. Incluso se habla de que dichas circunstancias son pista propensa para el suicidio. ¿Es posible? Sin embargo, el suicidio está también muy arrinconado por la prensa, según se puede comprobar en la lectura de los periódicos.

La curiosidad me ha llevado a escudriñar por distintos frentes. El tema es bastante amplio y con cierta complejidad. La misma prensa se autoacusa de pasar de puntillas por encima de estas noticias. Reconocen que el suicidio y la eutanasia están en el mismo rasero, solo que a la eutanasia le estamos encontrando algunos agujeros por donde poder colarnos legalmente, mientras que al suicidio no hay por dónde cogerlo hasta ahora. Es un tema al que siempre se le ha dado de lado y que se rehuye, ignorando tanto sus consecuencias como el daño que puede ocasionar.

Es como si hablar de dicho tipo de muerte diera mal fario. El suicidio no es de ahora: siempre ha estado presente entre los humanos por razones muy variadas. En Roma era el pan nuestro de cada día y no digamos nada del mundo griego,  amén de otros tantos pueblos que marcaron historia.

Modernamente, el suicidio ha prevalecido más en unos países que en otros pero, jugando con las palabras, digamos que en muchos países se le trata como un tipo más de muerte y sin que esté tan estigmatizado como en el sur de Europa. Parémonos un momento a pensar. Suicidios ha habido siempre, unas veces furibundos, otras solapados. Una breve pincelada sobre dos suicidios (condenas a muerte) que son algo conocidos en la historia de nuestra cultura.



Sócrates será condenado a muerte por el tribunal del gobierno de la ciudad (399 a. C.). La causa de dicha condena será que está corrompiendo a los jóvenes y que no cree en los dioses. El trasfondo de dicho asunto parece ser su oposición a la tiranía que ejerce Critias sobre Atenas.

Le dan a escoger cómo morir y beberá un vaso de cicuta que, según cómo se utilice, es un veneno o un fármaco aplicable a heridas y en intervenciones quirúrgicas. Tal pócima era de corriente uso en Egipto para liquidar a los presos y en Etiopía se usará en contra de algún rey.

Estudios posteriores dicen que la cicuta es un veneno horrendo, máxime si el jugo se obtiene de las raíces. El caso es que su uso era frecuente. La muerte de Sócrates fue representada en un cuadro, creación del pintor de estilo neoclásico Jacques-Luis David.

Lucio Anneo Séneca nace en el 4 d. C. en Córdoba y muere en Roma 61 años después. ¿Ha caído en desgracia o se ha pasado de rosca? La cuestión no está clara y es condenado a muerte. Famoso filósofo y orador, se dedica a la abogacía. Será nombrado pretor por el emperador Claudio. Lo destierran y, al volver, fue preceptor de Nerón.

Según la historia, el tal Nerón era una joyita… En la Puerta de Almodóvar se le recuerda a Séneca con una bonita estatua, obra del escultor Amadeo Ruiz Olmos. También existe una representación pictórica, obra de Manuel Domínguez Sánchez reflejando su muerte.



Se le supone implicado en una conjura contra el emperador Nerón y éste lo condena a muerte en el 65. Posteriormente le ofrece la posibilidad de suicidarse, que acepta para evitar represalias menos dignas. Se corta las venas y bebe la cicuta con toda tranquilidad (estoicismo senequista) en un banquete con algunos amigos. Su mujer también se corta las venas pero el “misericordioso” Nerón impide que muera.

Según los estoicos, la sabiduría y la virtud son la meta de la vida moral. Obedecer a la naturaleza será la forma de ser feliz, además de permitir superar deseos y temores. El sabio debe aprender a soportar la adversidad. Propugna el suicidio como una liberación.

Algún estudioso de Séneca apunta que está muy cerca del naciente cristianismo. Recordemos que el cristianismo no está de acuerdo con el suicidio. Séneca es un convencido defensor de la igualdad humana. De sus obras, los “diálogos morales”, “las cartas”, las “tragedias” y “los epigramas” son jugosas de leer.

Hago un paréntesis para explicar qué es la cicuta y como actúa. “Es planta de la familia de las umbelíferas, de unos dos metros de altura, con tallo rollizo, estriado, hueco, manchado de color purpúreo en la base y muy ramoso en lo alto, hojas blandas, fétidas, verdinegras, triangulares y divididas en gajos elípticos, puntiagudos y dentados, flores blancas, y semilla negruzca menuda. Su zumo es venenoso y se usaba también como medicina”.

Dicho “veneno preparado con el jugo de la cicuta” (sic) fue lo que mató a Sócrates. Tomarlo era una alternativa a cumplir con la condena a muerte. Conclusión: tanto griegos como romanos se atreven a ello, frente a otro tipo de muerte que consideraban podía llevar represalias menos dignas para el condenado.

Sigamos con el tema pero trasvasado a los tiempos actuales. El suicidio siempre ha sido un tema tabú entre nosotros. Era considerado como algo malvado, malo, denigrante e inconfesable. Si se suicidaba un familiar dicha información era ocultada. La familia se avergonzaba, sufriendo en silencio dicho incidente.

El comadreo comentaba los pros y contras, el por qué, el trato mejor o peor que había impulsado al suicida a dar dicho paso. Indudablemente quedan amplia raíces arraigadas en nuestra sociedad, sobre todo entre el personal más mayor. Aun hoy en día sigue siendo “la muerte que no queremos ver”.¿Razones? Pueden ser muchas y procedentes de variados frentes.

Hablaré más despacio en otro momento. Dado que al meterme por este caminito me he encontrado con distintas e interesantes informaciones sobre el tema. En nuestro país se suicidan unas diez personas al día, hasta tal punto que duplican las muertes por accidente de tráfico así como los homicidios y rebasan en buen número las mujeres muertas por violencia machista. Personalmente ya he escrito y atacado este tema en distintos momentos. Matar por matar ya lo hacen los animales.

Este comentario no es una flecha disparada al corazón de nadie. Quien sufre muerte por la causa que sea ya tiene bastante problema. Si acaso lo tomaría como un intento tímido de poner las cosas en su sitio, sin cargar tintas acomodadas a tejemanejes varios.

A la referencia anterior hay que añadir una amplia cantidad de intentos de suicidio. Las causas de este tipo de muerte en muchos casos están relacionadas con determinados contratiempos personales (enfermedades mentales, dependencias…); otros casos, sobre todo entre el personal más joven, parece que no cuentan con una clara razón.

Si de la vida no obtengo lo que esperaba puede que ello me acogote y tire la toalla sin dar más explicaciones. ¿Droga? ¿Supuestos fracasos? ¿Desengaños amorosos? Recordemos que vivimos en una sociedad donde pasarlo bien es lo más importante. Sí que es cierto que el suicidio por acoso escolar entra en dicha lista, aunque hay que matizar que, según la información que he manejado, el dato de muertes por esta razón no es muy elevado. De momento…

En contra de dicha razón hay que añadir el hecho de que hay suicidios motivados por una pérdida de sentido a la vida o causados por no soportar continuadas crisis de fuerte dolor emocional al que no se le ve fin. Y el suicidio está ahí como un convidado de piedra al que parece que no queremos ver. Desde luego no se le viene dando mucha importancia desde los organismos oficiales.

Últimamente aparecen voces referidas a dicho problema. Pero no son muy atendidas. Tenemos otros problemas que son de más prioridad y piden cancha a toda velocidad. La situación sociopolítica y sus enredos –aceptados unos; rechazados otros– piden paso. ¿Hay salida digna? En el caso del suicidio grecorromano, la magnanimidad del poder jugaba, después de condenar, a ofrecer salidas aparentemente dignas.

¿Nosotros? ¿Qué razones se pueden aducir para entender este tipo de muertes? Las razones pueden ser muchas y por supuesto variadas. Cada cual se supone que tiene una explicación que solo la entiende dicha persona. Un fracaso social, amoroso, profesional… En el fondo de la cuestión,  el sujeto ha entrado en crisis y digamos que está haciendo aguas.

Cierro estas líneas y este trabajo a medio recomponer porque lo que podría escribir hasta completar lo más y mejor posible da para editar un libro y no estoy ni en el momento ni en el sitio oportuno.Hay una frase del psiquiatra Saul Levine que es elocuente por sí sola: “En momentos difíciles, los seres humanos necesitamos personas cercanas que ayuden a aliviar nuestro dolor; y, en momentos felices, que validen y compartan nuestra alegría”. Añado yo: “pero no siempre tenemos la suerte de encontrar a esas personas”.

PEPE CANTILLO

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