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Mostrando entradas con la etiqueta Desde el Llanete de la Cruz [Pepe Cantillo]. Mostrar todas las entradas
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22 de octubre de 2020

  • 22.10.20
Corren malos tiempos. Al ritmo en que se mueve el tema virus, el miedo, la desesperación o la angustia siembran más y más la parcela de cada uno de nosotros. ¿Todos tenemos miedo del virus? Digamos que unos más frente a otros, que se tiran al mar incluso sin saber nadar. Las consecuencias las pagamos todos.


Voy al tema que quiero tratar. Las firmas de seguros están a la caza y captura de todos nosotros como cualquier otro tipo de negocio. Haciendo justicia debo confirmar que también suelen ofrecer salidas a problemas que nos agobian, como es el caso de la situación pandémica en la que estamos sumergidos y que ahoga tanto en lo sanitario como en el terreno laboral o social.

Por ejemplo, en referencia a la vivienda, dicha captura ha florecido aun más desde que el “okupismo”, tolerado o no, viene dando la matraca, sobre todo en las grandes ciudades. Tema que no acabo de entender por mucho que desde algunas atalayas políticas quieran vendernos la burra. Pero no marcharé por estos derroteros. Dejo el asunto para otro día.

Cuidar familiares. Entro en el terreno de las personas que están maniatadas física y psíquicamente como cuidadoras de un miembro familiar, sobre todo de las personas mayores. La figura del cuidador o cuidadora no es nueva y arrastra mil inconvenientes tanto para quien cuida como para la persona que es cuidada.

Los tipos de cuidadores familiares suelen ser la esposa, el marido, los hijos (uno por lo general), algún pariente cercano... Dejo fuera a los cuidadores contratados, cuya historia puede ser muy interesante pero están en otra línea a la que intento seguir y explicar.

El cuidador familiar asea, viste, da de comer, sale a pasear (si es posible físicamente), comparte lecho y se levanta cuando el cuerpo dependiente necesita ir al baño. Quien cuida suele ser una mujer o un hombre. Resalto que la mujer es mejor cuidadora pero ello no exime al hombre para que cumpla con su obligación.

Quien cuida pronto desfallece, no porque sea blando ni gandul sino porque cada paso que da, cada día que pasa, se hace aun más dependiente de la persona dependiente. No estoy haciendo un juego de palabras: solo intento describir una realidad dura, agobiante, que por lo general no se ve desde fuera. La línea de trabajo que intento desmadejar alude a la persona que está cuidando veinticuatro horas día tras día. ¿Eso es posible? Lo es, aunque hay que bordear muchos muros y socavones.

Daños o ampollas que van acumulando pus en el cuidador son el cansancio, la falta de sueño, comer deprisa y corriendo, perder las relaciones sociales, soledad continuada, dejar de cuidarse a sí mismo... Esto último es una contradicción puesto que si el cuidador no está en condiciones sufrirán tanto él o ella como la persona dependiente.

Una aclaración previa que creo estrictamente necesaria. Las personas cuidadoras a las que me refiero suelen ser familiares directos. Indudablemente, cuidar de alguien dependiente no es trabajo fácil ni tampoco para ponerse medallas. En el caso del cuidador familiar, es una obligación moral, tanto si nos gusta como si no. El tema es bastante complicado y en él se unen fuertemente dos personas: dependiente y ayudante.

Al socaire de la situación vírica han surgido asociaciones –por lo normal, privadas– que posibilitan que quien cuida esté preparado lo mejor posible. Cuidar es un camino duro de transitar –yo diría que es una senda llena de piedras y en dura pendiente–.

En este terreno, algunas fundaciones relacionadas con diversas firmas, bien de seguros o bancarias (tienen que lavarse a cara) ofrecen ayuda psicológica para ser más eficaces en el cuidado de personas dependientes, enfermas, solitarias y que lo están pasando mal.

Me hago eco de algunas ideas lanzadas por una fundación, en este caso de seguros. Citaré entre comillas lo que sea textual y así omito nombres, por aquello de no hacer publicidad que ni me va ni me viene. Solo diré que es de agradecer el gesto, que no dudo tiene un importante valor social. A continuación cito una serie de consejos que ofrecen para facilitar algo la faena y los comento brevemente.

Cito: “Te preguntarás ¿Cómo cuidar de un adulto mayor…? Dicha interrogante y su lista de consejos fue lanzada durante el tiempo de cuarentena general ya pasado, pero permanece vigente dado que el tipo de sugerencias que ofrece es atemporal. El material fue elaborado por el Consejo General de Psicología. Vamos a ello.

“Ayúdales a que mantengan todos los hábitos higiénicos necesarios”. Indudablemente, tal consejo es de Perogrullo (“personaje ficticio a quien se atribuye presentar obviedades de manera sentenciosa”, según nos dice el diccionario). Los psicólogos no nos están llamando guarros (“persona sucia y desaliñada”): simplemente, avisan de que no dejemos de lado la higiene personal aunque no vayamos a salir. El consejo afecta al cuidador y a la persona cuidada. Inciso importante: cuidar se refiere tanto a mujer como a hombre. No quiero que nadie se sienta menospreciado.

“No dejes que tu estrés les afecte”. Es muy normal que quien cuida esté más nervioso de la cuenta, que se le amontone la faena, que el cansancio agobia… Y por ello apuntan: “¡Gestiona el tiempo y relájate!”. Digamos que una buena organización nos ayudará a contrarrestar el estrés.

“Fomenta con ellos las relaciones sanas”. Se trata de ser “felices” lo más posible, dentro de unas circunstancias opresoras y deprimentes. El esfuerzo que hay que realizar es importante por ambas partes. Potenciar la autoestima ayudará a no abatirse más de la cuenta. Una idea fácil de enumerar y difícil de aceptar: estar jodidos y amargados es un suplicio que acarrea más sufrimiento y no conduce a nada.

“Haz juegos y actividades que les recuerden su infancia”. Este consejo se me escurre por la simple razón de que, al ser de riesgo, los nietos con los que poder compartir juegos no están o hay que alejarlos de los mayores. Otra razón a tener en cuenta estriba en el grado de dependencia de la persona que hay que cuidar. No obstante, leer (si es posible), ver tele pero dosificada –porque, en caso contrario, también aburre dada la poca calidad que ofrecen la mayoría de los canales– son algunas de las opciones. Si la persona dependiente puede caminar, salir a dar un paseíto es otra opción. 

“Respeta sus decisiones. Escúchalos y llega a acuerdos”. Escuchar es el verbo de más importancia en este tipo de situaciones y supone “prestar atención a lo que se oye”. Con frecuencia solo oímos, con lo que se cumpliría aquello de “por un oído me entra y por el otro me sale”. Tampoco se trata de darles la razón para que se callen.

“Conéctalos por videollamada con sus seres más queridos”. La relación familiar se puede incrementar gracias a los medios de comunicación y el móvil permite ver y ser vistos. Incluso dichas videollamadas le permitirán un deshago aunque exageren los hechos o los cuenten a medias.

“Utiliza el lenguaje no verbal. ¡Sonríeles!”. Yo diría que se hace necesario suplementar el lenguaje no verbal, pero en positivo ya que el negativo aflora solo y es percibido a poco que se preste atención a los gestos que hacemos ante una situación negativa. Recordemos que un gesto, positivo o negativo, vale más que mil palabras.

“Hazlos felices en casa”. Este sería el objetivo principal pero no deja de ser difícil conseguir tronchar quejas, malos momentos, ansiedad y malhumor cargado de rabia y amargura. El pesimismo y la negatividad suelen brotar a la menor contrariedad.

Mirado bien, la información que nos ofrecen es sencilla, fácil de entender y hasta me atrevería a afirmar que también es fácil de aplicar. Indudablemente, atender y cuidar a una persona, sea mayor, impedida o de alto riesgo no es tan simple como quieren darnos a entender. Veinticuatro horas al pie del cañón día a día, mes a mes, año tras año, es un compromiso que deja huella física y psíquica en el cuidador.

No es mi intención hacer una crítica negativa pero sí advierto que cuidar de otra persona es una proeza que a veces –con frecuencia– puede desbordar el río de la entrega y hasta ahogar la generosidad del cuidador. Disculpen mi falta de humildad pero hablo desde la experiencia personal. El tema me quema en la mente e impide, hasta ahora, que no relate más información. ¿Quién cuida al cuidador? Esa es la pregunta del millón que trataré de abordar en otro momento. 

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

8 de octubre de 2020

  • 8.10.20
Estas reflexiones, siendo importantes para alimentar el recuerdo, han estado guardadas durante algún tiempo. El motivo reside en cierto pudor a la hora de escribir vivencias personales, máxime si la otra persona ya no está aquí porque la parca Átropos la raptó.



Un acto de bondad dio origen a una amistad que fue enraizando en la maceta de nuestras vidas. La regábamos con momentos de generosidad que brotaban desde los veneros del corazón. El abono en sacos llenos de pensamientos e ideas que enriquecíamos con cada encuentro, en cualquier momento que nos permitiera comunicarnos, era esparcido con mimo, con delicadeza para que no dañara las raíces de esa bonita flor que había crecido en el jardín común: la amistad.

Porque la amistad es una flor regenerada día a día por el roce que emana empapado de cariño. La amistad se abre al sol cada mañana y cuando se va de este mundo rebrota desde las cenizas de los recuerdos. Una persona buena hace el bien porque le germina desde lo profundo del corazón, porque desea repartir cariño y sembrar bondad. Marcos era una persona buena. A ambos nos unió el vínculo de la amistad.

Decir "amigo" es derramar sonrisas entretejidas con la dulzura del trato; decir "amigo" es discutir en un alarde de comprensión sobre lo humano y lo divino sin masacrar el pensamiento del otro; decir "amigo" es compartir confidencias que serán guardadas en el cofre del olvido consciente para no traicionar la confianza; decir "amigo" es pedir ayuda en momentos difíciles o simplemente especiales.

¡Qué digo! El amigo sabe cuándo y cómo prestar su persona para que el trance, sea del amargor que sea, pueda compartirse entre ambos. Decir "amigo" es acompañarse en la alegría y en el dolor que mancha la cama de un hospital, abriendo un agujero a la cita con muerte; decir "amigo" es exclamar: "Compañero, ¿dónde estás? Acércame tu mano".

Marcos está en el corazón de muchos de nosotros. Dejó una huella tan profunda que será imposible desterrarlo del recuerdo. Su sonrisa sigue transmitiendo un hálito de esperanza, de amistad, de cariño, de bondad eterna. Si cierro los ojos humanos que son bastante cortos de vista, y miro en el huerto de los recuerdos plantados en todos los momentos felices o tristes, es igual, allí está Marcos, como un eterno jardinero, abonando y regando la flor de la amistad.

Si la muerte llama a mi puerta… Pero la atrevida y descorazonada parca Átropos llamó a su puerta y lo arrastró hasta a sus dominios. Él la esperaba, sabía que no estaba lejos y dolorido, esbozando suaves y a veces raquíticas sonrisas que nos regalaba en un gesto tímido, demasiado fugaz para nuestros corazones que se condolían ante su cuerpo lacerado. El dolor no le permitía derramar la bondad y la generosidad que atesoraba su corazón.

Leo en Wikipedia que “en la mitología griega, las parcas Cloto, Láquesis y Átropos representan el nacimiento, la vida y la muerte. Ellas escribían el destino de los hombres en las paredes de un muro que nadie podía borrar. Eran tres hermana hilanderas también llamadas Nona, Décima y Morta”.

Él sabía que el fin estaba cerca pero, con suaves gestos, sonrisas fugaces, con la presión de manos, descargaba parte del dolor que le laceraba. Presión que nos punzaba en el corazón por la impotencia de nuestras posibilidades ante tanto dolor. En momentos de gran lucidez habíamos hablado sobre lo imposible de materializar el dolor, lo duro de no poderlo compartir, lo miserable de la condición humana ante ese cuchillo que sólo te permite dos opciones: o blasfemar o rezar.

Marcos rezaba a su Dios, confiaba en su sabiduría "porque Él sabrá", decía, "qué es lo que hace y por qué". Y su Dios egoísta se lo llevó en la madrugada de un Domingo de Ramos, antes de empezar la Semana Santa. Lamento no haber podido decirle adiós en ese momento.

¿Dejó de sentir los lacerantes tormentos el Viernes de Dolores? Dolores, su madre, le trajo a la vida y de ella (la vida) partió acribillado de sufrimiento. Quisiera pensar que así fue. Pero sigo sin entender ni aceptar que se lo llevaran. Dolores también se llamaba mi madre, cuyo recuerdo –él no la conoció– nos unía aun más.

¿Por qué se lo llevaron? Personas de su categoría humana y moral son necesarias en este mundo lleno de lágrimas saladas que ni siquiera se pueden recoger para calmar la sed, lamentos que se escurren silenciosos, las más de las veces, camino del vacío que deja la marcha hacia el desierto de la soledad.

El cáncer invadió su jardín irremisiblemente, condenándolo a un barbecho. Pero no se rendía. Signos de dolor. Puños apretados macerando huesos sobrecargados de lacerante sufrimiento y el rostro impertérrito para no dar señales a los que le rodeaban, del acribillante tormento que recorría toda la estructura ósea.

Entereza frente al sufrimiento que se esconde –o, mejor, se camufla– entre los dedos aprisionados en el puño. Y cuando consigues desencajar la rigidez e introduces la mano en su mano, sientes una leve presión que te dice: "¡Hola, amigo!".

Planeando por encima del terror que aprisionaba la amargura que destilaba el cuerpo, se escurría de su rostro un suave lamento. ¡Ay! En un leve rictus esboza una desdibujada sonrisa para comunicarte cuánto agradecía tu proximidad silenciosa.

Poco a poco dejó escapar su alma camino de otras praderas más fértiles en las que había puesto toda su esperanza. Solo una pregunta me quedó colgada de los labios y no se la pude hacer porque fui cobarde, porque sentía el miedo que me invadía al ver cómo estoico, sereno, había cerrado los ojos a este mundo cruel que lo expulsaba de su lecho buscando que se le escapara una queja, un ¡ay! lastimero, suplicante, como signo de que el dolor había podido con su entereza.

No lo consiguió la famélica parca, pese a sus intentos. Pudo más la entereza que mostró día tras día a lo largo de unas semanas que debieron ser eternas para él. Estoy seguro que sus labios sellados atesoraban un “hágase tu voluntad” como oración tímida de la que solo sabía su corazón. Hasta en eso fue elegante, cargado de fortaleza para que nadie viera su sufrir. Pero ¿por qué, amigo, te llevan ahora que más te necesitan aquí?

Desde que despertó la enfermedad no dejamos de compartir profundos pensamientos, ideas volátiles que a nada conducían. Su rostro, pese al dolor, siempre me lo pintaba con una tímida sonrisa llena de cariño, de amistad, de conformidad con lo que le deparaba estos momentos que él sabía eran los finales.

Habíamos hablado de la imposibilidad de medir el dolor, de la imposibilidad de poderlo compartir para hacer menos gravosos los momentos duros, de la necesidad de tomarlo como elemento liberador. Dolor…que anula ilusiones futuras. Su fe era terca y aceptaba estoico el final.

Como recuerdo le dejo estas líneas. La amistad es como una planta generosa en flores que precisa ser regada con frecuencia para que crezca y se desarrolle. Como el amor precisa cuidados diarios. Se nutre del respeto, por eso el buen amigo alimenta la libertad del “amado”. Empleo el vocablo "amar" en su sentido más amplio, ya que la amistad genera amor mutuo del que se nutre.

El amigo nos quiere tal como somos, lo cual no quita que, ante posibles errores, intente ayudarnos a corregirlos partiendo de una aceptación personal. Quien no reconoce sus posibles fallos no los eliminará. “La valía de la amistad reside en valorar al amigo sin sacrificarlo ni por las ideas, ni a las ideas por el amigo”.

Marcos, desde el recuerdo, te saludo con el corazón.

PEPE CANTILLO

24 de septiembre de 2020

  • 24.9.20
¿Qué está pasando en nuestra sociedad? El desprecio a los demás está a flor de piel, las ofensas de obra o de palabra abundan por doquier. El otro se ha convertido en un muñeco al que se puede menospreciar como se venga en gana. Crece la xenofobia, el desprecio aumenta un odio aparentemente inocuo pero dañino a más no poder. El tema ya lo he tratado con anterioridad.



Venimos pleiteando contra la violencia del macho hacia la mujer, eso que llamamos "violencia de género", lacra que no se ha eliminado y a saber hasta cuándo la sufriremos. Dicha violencia, tanto física como psíquica, también ha sido tratada con anterioridad en estas páginas. Y clama justicia. Traigo a colación dos casos recientes de malquerencia descarada contra el prójimo. Ambos ejemplos rebosan desprecio, humillación y apestan a odio.

El primero hace referencia a un pleno en el Ayuntamiento de Valdepeñas. La noticia proviene de Antena 3: “el alcalde Jesús Martín arremete contra la edil Cándida Tercero diciéndole "ahora, señora Cándida, diga conmigo: "he aprendido la lección y no tenía ni puta idea de lo que es un contrato público, y por eso meto tanto la pata". A ver cómo le sale”.

El párrafo no tiene desperdicio. La desfachatez y el desprecio a la concejala es de libro. El tema no queda ahí. Parece ser que, en plenos anteriores, dicho sujeto ya dejó claro su sello machista, despreciativo y, cómo no, ofensivo a tope. Y abusando de su autoridad, machacó todo lo que pudo y más.

En otra ocasión soltó la siguiente perla, aludiendo al refrán argentino “la Gata Flora, que cuando se la meten chilla y cuando se la sacan llora”. Parece ser que dicho señor (con perdón por lo de "señor") ha emitido en varios momentos numerosos y polémicos comentarios contra la misma señora. En otra sesión aseguró que salía “veneno” de su boca y que estaba “al borde de su locura”.

Pasemos de referentes políticos, que los hay. Estamos ante comentarios humillantes, despreciativos, vergonzosos e intolerables. La mala educación, la falta de respeto, el descarado desprecio, la humillación más vergonzante zumban en el aire como flechas asesinas.

Desde dicha plataforma es fácil saltar a un soterrado odio, indudablemente no físico (para este individuo sería fatal) pero sí psicológico, que es mucho más maléfico y deja perenne huella en la persona que lo sufre. Solo me cabe terminar con una simple frase: “Alcalde corto, sentencia pronto…”.

El siguiente caso es más reciente y el odio que supura es más asqueroso aunque alguien pudiera pensar que es una chiquillada. Haciendo un juicio de valor por mi parte, no creo que sea la primera vez que dichas interfectas hayan saltado a la pista del desprecio y la humillación.

“Agresión racista de tres chicas adolescentes en el metro de Madrid”. Ese es uno de los titulares que aparece en Youtube. El vídeo supongo que se hizo viral. Lástima, porque, entre otras razones, en este país nuestro no somos tan obtusos ni tan bocazas. No quiero pensar que las chicas estaban en pleno poder de sus cualidades mentales, aunque es lo que aparece en el referido video. Da pena y asco.

Quiero pensar, por la cara que se le ve a una de las personas ofendida, que tampoco ésta había injuriado previamente. El titular es contundente: "¡Panchito de mierda…!, se oye en uno de los vídeos". De los distintos y variados fragmentos que aparecen en la Red, ofrezco el que puede aparecer más aceptable en cuanto a la información. Sin embargo, creo que el vídeo en el que una de las chicas se reafirma en los hechos merece oírse.



El hecho de “estar en tu país” no es óbice para ofender ni despreciar a nadie. El respeto a los demás es un mandamiento civil válido en todo país y lugar. Estar en mi país no me da derecho a ofender. En este caso, tenemos un problema racial. Un racismo que viene de la superioridad del indígena del país frente al inmigrante pobre.

La educación de la ciudadanía no es un problema aislado y solo competencia de grupos selectivos. Educar es una obligación social que se inicia en la familia y debe trascender a la sociedad. ¿Educar en qué y cómo? Amén de culturizar al personal, lo que implica “civilizar, “incluir en una cultura” es educar en valores básicos que consoliden la libertad tanto personal como colectiva, la responsabilidad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto y la justicia entre otros muchos valores necesarios para convivir.

Educación no es solo saber leer y sí es saber convivir. Del analfabetismo de anteriores etapas (parte del siglo XX) como mísera lacra para el pueblo, hemos pasado a una libertad que en muchos casos ya degenera en libertinaje grosero y despreciador del vecino. ¿Motivos? Simplemente porque me da la gana, porque soy libre y mi libertad no está limitada por la del otro.

La situación cultural moderna nos ha llevado a enfatizar libertad y derechos individuales pero hemos olvidado la responsabilidad y el más elemental respeto. Tal postura nos ha permitido hacer una mala interpretación del significado y la valoración de la dignidad de la persona y está arrinconando la sensatez personal. Las consecuencias de dicha postura han travestido el significado de la dignidad personal y han desechado la responsabilidad social.

Nuestros parlamentos, llamados “Cámara” o “asamblea legislativa, nacional o regional” se han convertido en un frontón “contra el que se lanza la pelota” de opiniones, desacatos, puñaladas verbales, ofensas veladas y no tan veladas, de unos contra otros. Desde luego el ágora, plaza pública donde los griegos celebraban las asambleas y debatían sobre las decisiones a tomar de cara a la mayoría, está herida de muerte.

Porque de golpe y porrazo hemos asentado las posaderas en el sillón de la intransigencia y desde dicha tribuna estamos asesinando el respeto a los demás, sobre todo si no son de mi cuerda o si son de otro color, o de otro rincón geográfico (ibero, europeo, africano o sudamericano, entre otros muchos). Recordemos que hemos sido emigrantes y hemos sufrido desprecios e improperios.

Por desgracia, parece ser que abundan cada días más los siesos, en este caso siesas, es decir “personas desagradables, antipáticas, desabridas”, que ofenden porque están cargadas de odio hacia los demás. Último botón de muestra que deseo añadir: en las Noticias del pasado lunes, Antena 3 emitía un video denigrante. Una chica pataleaba a otra en plena calle. Nadie las separa pero sí que lo graban para subirlo a la Red. ¡Genial! La humillación, la violencia… convertidas en diversión.

Dice Victoria Camps en el prólogo del ensayo Elogio de la duda: “Vivimos tiempos de extremismos, antagonismos y confrontaciones. A todos los niveles y en todos los ámbitos, pero sobre todo en el político. Una actitud que potencia a su gusto los escenarios mediáticos y que sube de tono gracias a la facilidad con la que las redes sociales brindan la ocasión de apretar el gatillo contra cualquiera cuyo comportamiento o mera presencia incomoda. Cordura, sensatez, moderación, reflexión, son conceptos que se esgrimen de vez en cuando y apelan a una forma de vivir juntos más tranquila que la de estarse peleando por cualquier cosa, pero ser moderado carece de atractivo y no sirve para redactar titulares”. Más claro, agua.

PEPE CANTILLO

10 de septiembre de 2020

  • 10.9.20
Si miramos con atención nuestro entorno, sobre todo el generado por la información interesada que suavemente nos va indicando la entrada del redil, podremos entender ese mecer la cuna para que no nos invadan los miedos ni la inquietud que planea sobre este mundo en el que vivimos. ¿Catástrofe, inseguridad…? Cierto olor a muerto parece que sobrevuela por encima de nuestras cabezas. El impacto de la crisis, cada día que pasa, se hace más evidente.



¿Nos estamos volviendo hipocondriacos? Es posible que sí, al menos en una parte de la población, mientras que otra sigue el eslogan del “carpe diem” que invita a aprovechar lo más posible lo que nos ofrezca el día a día. Pensar en el futuro es sufrir por lo que pueda venir. El mañana es el minuto siguiente que se descuelga del reloj. Vivamos el presente

Dicha postura tiene parte de sentido dentro de lo normal, pero no deja de ser evidente que la inseguridad nos rodea, que hay en el ambiente cierta cantidad de miedo que oprime a buena parte del personal… Dicha actitud asfixia a la mayoría de la población.

Toda esta introducción viene provocada por un grito de alerta que discurre monótono y tozudo como el eco: “todos somos importantes, todos debemos arrimar el hombro” para salir de este berenjenal. ¿Cómo? Estamos ante la pregunta del millón.

Se hace necesario cultivar la responsabilidad personal para transmitir seguridad a los demás. El respeto mutuo es de vital importancia para todos. La generosidad –en el sentido más amplio de la palabra– debe alimentar la convivencia diaria para facilitar la colaboración entre nosotros. Todo ello requiere de una gran dosis de autoestima que nos da seguridad y facilita movernos en tales valores éticos. Busquemos ante todo la verdad que ladinamente nos está camuflando.

Busquemos la senda de la verdad para que las toneladas de mentiras sobre mentiras que han aplastado el día a día sean clarificadas. En el transcurso de los meses que llevamos hasta ahora de este año maléfico y virulento por obra y gracia del maldito virus se han propalado mentiras hoy que mañana serán verdades; falsedades de ayer se trasmutan hoy en propuestas creíbles. El tema es grave. Como ejemplo, recuerdo el “8 de marzo”.

Me pregunto si del encierro vírico hemos salido más purificados y mejores personas. Delicada pregunta. Con seguridad, podemos afirmar que buena gente siempre hay, pero no podemos obviar que también hay cantidad de ejemplares no tan buenos. ¿Dónde? La habilidad para disfrazarse de lobo en cordero es portentosa.

Cuando hago referencia a mejores siempre estoy pensando en una sociedad en la que el conjunto de sus componentes, cada grupo, intenta arrimar el hombro en pro de un vivir menos angustiado. Puede, eso parece mostrar la realidad, aunque los extremos cada vez se radicalizan más. Bajemos a la realidad.

Los rebrotes víricos aumentan cada día que pasa. Una parte de la sociedad tiene miedo a caer en las redes del contagio. Otra buena cantidad de personas sacan pecho, se imponen al miedo y se enfrenta al día a día sin pensar en los posibles encontronazos que pueda ofrecer el entorno. Y da la impresión de que existe un amplio bloque, no importa la edad, que se ha tirado al río desafiando al monstruo e incluso provocándolo con total descaro.

El racimo humano, para mi corto entender, está compuesto de viejos decrépitos y achacosos que no desafían a la muerte pero que no están muy lejos de ella por razones evidentes. Otra parte del personal vive y actúa “a la buena Miguel”, es decir, hacen lo que le parece sin orden ni concierto.

Pensemos que es necesario vivir el día a día, compartirlo con los demás, sobre todo con aquellas personas que están abandonadas a su suerte. Si usamos la capacidad de razonar veremos cómo surge una potente necesidad de implementar valores que puedan llegar a los demás. Unas líneas más atrás he citado algunos que me parecen de primera necesidad.

Me refiero a la tan traída y llevada solidaridad a la que es necesario añadir un marcado respeto por el prójimo y que deberá poner en marcha una sobredosis de responsabilidad, entrega generosa y generosidad desprendida. Podemos resumirlo en esa lacónica frase que reza “yo por ti, tú por mí”. Sería interesante y enriquecedor reinventar valores como la confianza, el respeto, la empatía y, sobre todo, aquellos que favorecen la tolerancia, la igualdad y la justicia para fortalecer la vida en común.

Las personas más afectadas por la debacle socioeconómica, una vez más, son las de 40 años para abajo. Al parón económico acaecido en lo que va de año habría que añadir los coletazos no muy lejanos de otros momentos de crisis que les cogieron en el camino.

¿Cómo podrán organizar su vida y la de los suyos? Difícil pregunta y penosa respuesta. Puede que bastantes de ellos consigan guarecerse en un rincón del tronco familiar que una vez más tendrá que apretarse el cinturón para darles al menos, de comer a hijos y nietos.

A ese tipo de grupo necesitado suelo llamarlo con algo de pena “becarios de pensionistas”, frase que ya he utilizado en otras ocasiones pero que creo resume bastante la situación. La frase aparentemente es simple pero no deja de encerrar una dura realidad: los padres, muchos de ellos, además de ejercer de abuelos, tienen que estar al quite ayudando al conjunto de hijos y nietos.

No hay duda de que el mejor momento de la vida sea la etapa juvenil. Dicho vivir discurre por una orilla pensando en cómo organizar el futuro entre trabajo, familia y el disfrute vital. Y, de golpe y porrazo, mayores y jóvenes tropezamos con un muro que nos limita y aprisiona, que machaca todas las ilusiones.

En nuestro caso es el virus que se está llevando por delante esperanzas, trabajo, momentos importantes de la vida, muertes… En definitiva, la llamada normalidad en la que vivíamos se ha rajado en mil pedazos. Todo se ha descolocado. Pues ¡a la mierda…, quiero vivir!, puede ser el efervescente alarido de la sangre de muchas personas, sobre todo de la juventud.

Me viene a cuento el contenido publicitario de un producto. “Tómate la vida más a la ligera” es el eslogan de una marca de mayonesa. Es indudable que se refieren a la posible bondad del producto y, por lo tanto, remata transmitiéndonos que dejemos de lado la presión, el estrés, los complejos y gocemos del sabor de Ligeresa, que además viene en un envase cien por cien reciclable.

Añado algunos eslóganes más que circulan suaves pero insistentes en el ámbito de la publicidad. “Lo bueno no es caro”; “la vida se vive bailando”; “sigamos haciendo las cosas buenas que hemos aprendido”. Sugerente, bonito… pero la vida en el día a día no es una salsa y sí un conjunto de mendrugos de pan difíciles de masticar.

Quiero creer que todo ello nos llevará a un nuevo paradigma, a la conciencia de que trabajar es un lujo, de que salir de casa es un privilegio, de que hay que disfrutar de la vida que pasa demasiado rápida, salir, reír, amar, disfrutar de los amigos y de nuestros mayores y restar importancia a aquello que no la tiene.

El futuro es incierto, pero unidos todos, podremos superarlo. El coronavirus no ha distinguido entre ricos y pobres, ideologías, nacimiento o condición. Todo ello ha despertado un sentimiento de empatía y solidaridad que no puede perderse.

Cierro con una cita de la filósofa Adela Cortina. A la pregunta "¿Quién educa?", ella responde: “familia y escuela, ayudados de la sociedad y organizados desde el Estado, no dirigidos ni obligados. El Estado, esté quien esté ideológicamente en el poder, está para indicar por donde debemos marchar…En pocas palabras el Estado está a las órdenes del pueblo, no el pueblo a los intereses políticos y menos ideológicos”. El tema da para mucho.

PEPE CANTILLO

27 de agosto de 2020

  • 27.8.20
Querido Teo, para finales de este mes de agosto está prevista tu llegada a la estación de la vida. Calculando el tiempo transcurrido, debiste acurrucarte en el vientre materno muy calladito, sin hacerte notar, para crecer milímetro a milímetro hasta el día que te tocase abandonar tan cómoda estancia. Llegar a la estación de la vida es todo un evento.



Para la mayoría de humanos, la vida antes de nacer es un misterio que nos acompaña como una gran interrogante hasta que más tarde salgamos de este “valle de lágrimas” porque, según algunas creencias, existe otro mundo maravilloso donde todo es alegría y felicidad. Te diré que todas las religiones sueñan con dicho paraíso que no es al que estás a punto de llegar. La pregunta es: ¿por qué no ir directos a dicho edén?

Teo, la vida antes de nacer se inicia en el seno materno a partir de un abrazo vital, nunca mejor dicho, entre tus progenitores. Desde ese momento, un espermatozoide y un óvulo se funden en otro abrazo que generará al nuevo ser, en este caso tú. Digamos que los padres plantan un arbolito que poco a poco se irá desarrollando, primero en la intimidad materna para después salir al sol de este mundo.

La pena es que de ese encuentro y de la ulterior estancia no recordamos nada; tampoco de la vida fetal ni del momento de nacer. Hay quien dice que dichas vivencias emergen más tarde en la vida adulta. Chico, reconozco que no lo sé. Hay quien dice que “cada ser que llega a la estación terrenal trae consigo su historia, sus miedos y anhelos”. También se dice que cada nuevo ser viene con un pan bajo el brazo (¿?).

No lo sé, Teo. Se dicen tantas cosas… Con alguna certeza sí que podemos afirmar que esta vida se inicia con la fecundación como momento clave que permite emprender el inicio del proyecto personal. ¡Bienvenido seas!

De momento, esto es solo un adelanto de lo que irás aprendiendo conforme vayas siendo mayor y tu capacidad de comprender a las personas, junto con las cosas que nos rodean, te permita interiorizar momentos, emociones, éxitos y fracasos, de los que también se aprende, aunque digan que no, máxime si solo defienden un eterno y falso mundo feliz.

El valor de la vida está ligado a momentos cargados de felicidad, de alegría, de placer y, a la par, de sufrimiento que puede traernos un dolor hiriente, una enfermedad, la pérdida de personas queridas, un tropezón con las piedras del camino. Éxito y fracaso, te repito, también educan y nos hacen más fuertes.

Para la mayoría de humanos, la vida antes de nacer es un misterio que nos acompaña como una gran interrogante hasta que llega el momento de salir de este mundo, es decir, de terminar esta vida. Quizás esa salida a la eternidad, que te confieso desconocer dónde se encuentra, podría darnos alguna información. Otro misterio más que se ciñe a nuestra cintura.

Desde las religiones, te repito, tanto la llegada como la marcha final son una incógnita. Teo, nacer es un compromiso que tú no has pedido y en el que ya estás implicado. Hay quien dice que sí lo has deseado, pero no me lo creo. Otros dirán que así lo quiso Dios. Siempre el misterio envuelve dicho momento.

Nacer y vivir comporta aceptar reglas establecidas y unos valores que nos engrandecen como sujetos y nos proyectan hacia los demás para compartir amor en el más amplio sentido de la palabra; primero con los seres queridos y, a continuación, con quienes nos rodean y están dispuestos a dar y recibir cariño, porque necesitamos de la generosidad de cada sujeto que llega a ella.

Posiblemente nacerás con cierto deje de pereza, dado que la mansión materna siempre será el lugar más cómodo para ti. Desde esa morada te deslizarás hacia un mundo en principio nuevo, extraño y poco a poco, arropado por la energía materna, asomarás tu curiosa cabecita buscando las estrellas y los ojos de tus progenitores. La vida te irá invadiendo poco a poco.

Se trata de nacer para vivir, pero también vivir para nacer día a día. El primer escalón –para vivir– comporta crecer como individuo singular recibiendo de los padres, de la familia, unas directrices que te indicarán parte del camino. Tú darás unos sollozos suaves hasta quedar arropado y tranquilizado en los brazos acogedores de la madre.

Quizás en ese “dar” esté el gozne que nos amarra a los demás. Se nace para amar, para ayudar, para compartir, para ser responsable tanto como libre; para dar lo que se pueda a los demás, para crear lazos de amistad, generosidad, solidaridad y, sobre todo, respeto.

En la estación de llegada te esperan contadas y escogidas personas. El resto esperaremos a que nos den noticias de la llegada y, sobre todo, saber si estás bien. Mientras tanto, tú solo verás diversos y extraños seres que se te parecen como humanos que somos. No tengas miedo: todos te queremos y, por eso, estamos pendientes de tu llegada.

Te aguardan con impaciencia tus padres, tu hermana Vera, tus tíos, tías, primos y los “abu”, que te adoran lo mismo que a tu hermana. Solo podemos prometer cuidarte, ser generosos contigo en mimos y sonrisas y el deseo de poder acompañarte un trecho del camino de tu vida.

Vamos a lo personal. Te imagino moreno con unos ojos negros sembrados de estrellas que derramarán una sonrisa dulce robada a ese supuesto y desconocido más allá que has dejado. Nunca pierdas esa mueca relajada que nos acompaña el nacer. Te imagino generoso y cargado de misterio como “secreto muy reservado y de importancia” para parecerte a tu padre, que todo lo resuelve, cuando no tiene respuesta, con un ¡misterio!

Tu nombre en la actualidad se identifica más con un personaje de libros infantiles que con el significado original de dicho nombre. Supongo que cuando llegues a dominar las palabras te preguntarán si te llamas como el “Teo del tebeo”.

Tu hermana, que es muy curiosa y predispuesta, te lo mostrará por doquier. Curiosidad. Teo es un municipio coruñés con un entorno agradable e interesante. Si te gustase viajar y te pica la curiosidad, podrás visitarlo cuando seas mayor.

¿Cuál es el origen de tal nombre? Te lo puedo explicar para que estés preparado. Teo es un nombre de origen griego relacionado con la religión y con el amor al prójimo. Significa “dios” y hace referencia a “la presencia de Dios” o “a quien Dios cubre con su presencia”. Posteriormente fue asumido por el cristianismo.

Dicen que los portadores de este nombre son agradables, amables y dulces. Esperemos que tu vida se mueva por dichos senderos. Dicen, a toro pasado, que la forma de ser de una persona está marcada de antemano por su nombre. Esto es una especie de indicio que no tiene por qué cumplirse, igual que los horóscopos. Pero hagamos una excepción.

Vamos con algo importante. Haciendo una foto psicológica de la personalidad de los llamados Teo, dicen que son sinceros y muy dóciles, nobles, que buscan que las personas que les rodean se sientan bien y felices en la medida que puedan colaborar a ello. El respeto junto a la honradez son los valores que más le interesan. Te recuerdo y te prevengo que si hay algo importante en este mundo, en primer lugar está la familia y, después, las amistades.

Tu onomástica, en caso de que quisieras celebrarla, es el 23 de enero. Te diré que en la actualidad se celebra más el día de nacimiento que el llamado "santo". A lo largo del camino te irán guiando en un sentido u otro, para que seas tú quien elija la festividad.

Existe la costumbre de abreviar los nombres o alterarlos cariñosamente. Por ejemplo, Juan suele cambiarse por Juanito. Pepe, por Pepito o Pepillo, que así me llamaba mi “papagüelo” José. En tu caso lo tenemos difícil, pues Teo es un nombre tan cortito que poco se puede cambiar. "Teín" o "Teíto" ya sonaría raro.

Bienvenido a este mundo, aunque, en estos momentos, está algo revuelto. Atravesamos una etapa cargada de incertidumbre, enfermedad y muertes. Un virus nos maltrata por doquier. Tu generación está bautizada como la “Generacion Covid”. Te protegeremos en todo momento para que seas feliz pero sin hacer daño a los demás.



No te canso más, pequeño. La vida se inicia con la gestación y termina con la muerte. Duremos el tiempo que duremos, cada día nacemos un poquito más al percibir y descubrir una serie de elementos que nos rodean y hacen que enfoquemos nuestro caminar por un sendero u otro. A la par, día a día, nos vamos desprendiendo de un poco de vida que furtiva se escapa de los rincones del cuerpo.

Pero no te asustes, siempre podrás gozar de los seres queridos que rondarán tu jardín buscando una sonrisa de amapola desprendida de tus labios. La foto que adjunto es de tu padre. Me encanta esa amapola navegando solitaria en un supuesto mar de trigo bailarín y fértil. No tardes más en llegar.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: DAVID CANTILLO

13 de agosto de 2020

  • 13.8.20
Tenía intención de escribir para esta semana unas líneas menos serias y alejadas del coronavirus, tema que, de tanto oírlo, nos tiene ya aburridos. Pero la situación hace que vuelva a la carga. Incluso he dejado en el tintero material casi terminado sobre la mitomanía y los mitómanos, sobre el narcisismo. En definitiva, sobre valores que es necesario desarrollar para poder convivir dentro de este país cargado de recelos y rencor que, a veces, llega al odio y cuyas llagas reabiertas están supurando un pus maloliente y desde luego peligroso. Poco a poco las heridas se han emponzoñado.



En dicho caldo de cultivo surgen noticias que inquietan –y a la par aterran– relacionadas con la pandemia y el desastre que, día tras día, desde que oficialmente se reconoció como amenaza, está dejando importantes secuelas. A dicha debacle humana hay que añadir una seria caída económica y un descoloque del personal. Me refiero a la confirmación de ciertas actitudes que podemos calificar de peligrosas o tal vez de ¿pérfidas?

Este domingo pasado la sorpresa pudo conmigo. Al entrar en la prensa digital para dar un repaso rápido al panorama, quedo estupefacto por una serie de noticias gravemente negativas. La sorpresa me hace escudriñar más despacio dicha información puesto que, como bien es sabido, los bulos corren desesperadamente por el amplio y extenso prado de las redes sociales –a veces prado, a veces estercolero– y también por determinados digitales. Me refiero a las llamadas noticias falsas (fake news) que enredan al personal y, de paso, desvían la mirada hacia otros horizontes.

Ante la duda y la desconfianza reviso más despacio buscando poder confirmar dicha información. Mi sorpresa queda apabullada al enfrentarme con titulares parecidos en unos y otros digitales. Es más, acudo al Telediario de La 1, en Televisión Española, y ya terminan de machacar dicha sorpresa. Las noticias son ciertas y moralmente siniestras.

Acude a la memoria aquella frase de un amigo que cité en un artículo pasado y me dio cancha para desarrollar un poco el tema. Suave pero tajante, decía que no nos veríamos de momento porque “no quiero contagiarte”. Él, que yo sepa, no estaba contagiado, solo era precavido. Me sonó duro pero dicha dureza está confirmada por la realidad que estamos viviendo.

Los contagios rebrotan por doquier. Las causas son varias y variadas y si observamos el panorama con cierta amplitud de miras, entran dentro de una lógica afectividad robada. Como ejemplo pensemos en bodas, cenas familiares, cumpleaños, celebraciones varias, todas ellas cargadas de buena voluntad, de cariño contenido, de amor profundo en el sentido grande y amplio del término, pero no exentas de posibles contagios. A los hechos me remito.

Frente a ese deseo de compartir tiempo con la familia, de ver a los amigos, de intentar disfrutar, pese al peligro vírico, estando en juego la salud de todos, nos impulsa el estar con la familia, los amigos, a los que la pandemia nos ha condenado a estar separados.

Las normas están encima de la mesa y son para cumplirlas. Mascarillas, desinfectantes, limpieza higiénica de manos, distancia prudencial en playas, bares, evitar el contacto personal por muchas ganas que tengamos de repartir besos y abrazos… Son parte del equipaje de estos momentos que la mayoría de la población hemos aceptado con mejor o peor ánimo, pero son necesarias por nuestro bien.

Entro en la razón de estas líneas y cito algunos titulares: “Las quedadas para difundir el virus”, reza un titular de 20 minutos. ¿Verdad? ¿Mentira? ¿Creación de alarmas? ¿Un bulo más? En ABC aparece: “Las fiestas del Covid: «descerebrados» que tosen en los vasos para contagiar a los demás”. Entran escalofríos.

Otro titular de pánico. “Desalojan una playa de Tenerife donde habían quedado 62 personas para propagar el coronavirus”. “Los asistentes habían sido convocados a través de las redes sociales”. ¿Premeditación y alevosía? Noticia que también apareció en el Telediario de La 1 de TVE. ¿Nos hemos vuelto locos?

Otra perla. Beber a botellón y después espurrear la bebida sobre el público, amén de pasar la botella de boca en boca, es un amago de suicidio. En dicho evento musical había mogollón de gente que pudimos ver a través de varias cadenas televisivas. Recordemos que “no hay juventud sin riesgo”, pero eso es lo que hay.

Paréntesis. El significado de "mogollón" puede ser “gran cantidad o gran número” (de algo); también “holgazán o gorrón”, pero no se refiere para nada a personas. Admito que dicha palabra referida a personas no me cuadra…

¿Qué juventud hemos formado, qué educación han recibido en casa y en la escuela para no respetar y defender la salud propia y del otro? ¿Qué castigo se debe aplicar a quien atenta contra la salud y la vida de otros? Un detalle curioso: es impactante el anuncio publicitario que va desde los grados de una cerveza a los grados del crematorio. Parece ser que cierta juventud tampoco ve la televisión…



Todo esto está desconcertando al resto del personal. Leo en ABC que "somos un país incapaz de controlar la epidemia". Vamos a la deriva y una de las graves consecuencias, además del aumento de contagios, tanto en viejos como personas de mediana edad, es el frenazo de la economía en general. Y, por si éramos pocos, desde el resto de Europa vetan el turismo y se destruye una de las fuentes de riqueza a la que no habíamos prestado atención, porque simplemente estaba ahí.

La realidad de fondo de este socavón es preocupante. “Cataluña aumenta el número de contagios y Andalucía dobla el numero de ingresos en la UCI”. Acercándome a El Confidencial entresaco literalmente el siguiente titular del periodista andaluz Javier Caraballo: “Virus y botellón, ¡prohibamos lo prohibido!… Si esas nuevas formas de relación social estaban prohibidas es porque se las consideraba intolerables para la convivencia ciudadana”.

Noticia reciente en las Noticias de Antena 3: “aumentan los contagios e ingresos de personal menor de 30 años”. La información cuadra con la cita anterior. El asunto no es algo baladí ni por el contenido ni por la forma. A los hechos me remito.

¿Intento de criminalizar a la juventud? No creo, pero sí de llamar a un comportamiento social valedero para todos. Con anterioridad hemos enarbolado la bandera de la solidaridad y una cierta entrega hacia los más desfavorecidos por las circunstancias virales. Muchas personas siguen necesitando del otro. Es el momento de poner en marcha valores como la confianza mutua, el respeto, la asertividad, la empatía…

¿Para qué sirvió el encierro cuando unos meses después de salir del mismo parece que la situación es aun más grave? ¿Tal vez la forma de desescalada no fue la acertada? Estamos ante un obstáculo que solo se aminorará con nuestra ayuda. Provocar al virus es una locura por parte del personal. No nos enfrentamos a un monstruito de Disney que una vez apagado el televisor lo mandamos a dormir. Éste no duerme.

Me hago eco del título de la canción Yo por ti, tú por mí que, además, se ha convertido en un proyecto sin ánimo de lucro para colaborar con los pequeños comercios. No deja de ser interesante. Voy más lejos buscando un espacio abierto a la entrega, a la ayuda, a compartir con el prójimo el pan y la sal para andar juntos el camino que nos ofrece el momento vital en el que estamos. Hay que seguir el camino aunque tenga piedras.

PEPE CANTILLO

30 de julio de 2020

  • 30.7.20
Empezamos la aventura que estamos viviendo con algo de retraso y, para colmo, poco a poco se ha ido filtrando la idea de que el peligro ya se está alejando. Estamos más bien equivocados. Si decimos que lo peor de dicha aventura ya pasó puede que cometamos un serio error que nos pondría al borde del precipicio, por supuesto sin darnos cuenta.



O mejor, siendo muy confiados supondríamos que no nos coge y, dentro de cierta lógica, solo cabe decir que el incidente no me ha pillado de momento, por suerte. Han pasado ya más de cien días (135) desde que la autoridad competente nos confinó y casi 200 desde que la presencia vírica empezó a dar señales de su maldad en España. Pensemos que el virus es volandero y en cualquier momento podría retomar con furia lo que se le quedó atrás. Los rebrotes aparecidos hablan por sí solos.

Bien, dicho lo dicho, estamos en la segunda etapa de este maléfico incidente y, de momento, solo podemos contarlo. Nos han inoculado, a la chita callando, una sobredosis tal de optimismo que el miedo ha sido arrinconado y, en esta segunda fase, las ganas de volar son tan fuertes que hasta desafiamos al diablo.

Para seguir alimentando dicho optimismo y movernos dentro de una cierta placidez, “las fuerzas superiores (el Gobierno y sus frentes individualizados)” desde sus respectivos pedestales, nos han puesto en marcha una gama de ventiladores psicoemocionales que refrescan posibles miedos y el sofoco que ello pueda provocarnos.

No olvidemos que cada bloque de los mandos superiores va a la suya y casi por libre desde un marcado postureo, es decir, desde una “actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción” (sic). Prueba fehaciente nos la ofrecen los diversos derroteros por los que discurren unos y otras.

La razón de tales ventiladores es distraer al personal y evitar que, de un acceso de ira, le dé un calentón de protestas ante posibles fallos, bulos o mentiras y pueda hacer y hacerse daño. Ejemplos de tales distraimientos, por parte de unos y otras, hemos sufrido una buena cantidad en el plazo de los últimos siete meses. Me atrevería a resumirlo en aquella canción infantil “ahora que estamos a tiempo, vamos a contar mentiras. Por el mar corren las nieves…”.

El por qué de los ventiladores. Se activan sobre todo para cargar contra el enemigo y distraer o despistar a los fieles. Frente a los errores, cambios de pareceres de la autoridad, fallos varios, un buen ventilador refresca el cabreo ciudadano.

Digamos que están siendo muy cucos al aventar noticias que no van a solventar nada pero distraen de los problemas esenciales (muertos, residencias, mascarillas, crisis económica, paro, existencia de pobreza y líos mil…) que ha dejado el virus y, a la par, cabrean o indignan al sometido pueblo que es la única y verdadera razón de todo este embrollo, ofertándole descaradamente un blanco.

Surge una pregunta tonta: ¿pero no es más urgente y necesario sanear el terreno de bichitos demoledores que nos abocan a las puertas del cementerio además de arruinar la economía? Eso también, pero metamos bulla con otra serie de problemas propios del mangoneo de determinados sectores carcas o fachas o, simplemente, poco simpatizantes con la autoridad defensora de la nueva democracia.

Como ejemplo pueden valer algunos asuntos muy serios. En primer plano pongamos el tema del Rey Emérito que, desde luego, no es una apetecible sopaipa y, por tanto, queremos justicia. Es necesario entrar a fondo, cuando se pueda, e hincarle el diente a UN tema que ya es viejo, pero interesa traerlo a la pantalla ahora para calentar motores.

Metidos en faena sigamos aventando el estercolero de los Bárcenas y amigotes del PP que están hasta el cuello de mierda olorosa. Hay más. Machaquemos a todos aquellos que piensan de forma distinta a nosotros. ¿Pensamiento único? Bueno…

Otro ventilador puesto en marcha la semana pasada –pero creo que se desenchufó muy rápido y casi solo– atañe al tema Pujol “and company”. Es un asunto que sale de cuando en cuando –da la impresión de que está programado para aparecer en momentos cruciales– y se esconde solo. Está claro que los deseos de resolverlo no aparecen.

Respuesta clara: "Es que estamos ante un problema de la Justicia", nos podrán decir desde distintos frentes. Ante dicho argumento hay que responder: “amén”. Como la memoria está bastante saturada de asuntos de este tipo y como prensa –lo que se dice prensa– se lee poca, pues que siga su camino el tema.

El titular de El País con fecha 19 de julio pasado, es elocuente: “Los Pujol, historia de 20 años de corrupción en Cataluña”. Esto parece el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, dado que siete son los hijos. Hago referencia a este ventilador porque cuando lo cité aparecía como novedad.

En el artículo De oca a oca aludía al Centro de Estudios Jordi Pujol del que dependía “Edu21” como iniciativa dedicada a la Ética y a la promoción de valores en educación. El proyecto funcionaba “para mayor gloria de Él”, adaptación libre por mi parte del lema jesuítico “ad maiorem Dei gloriam”. Estamos ante “un engaño de 34 años”. Eso sí, la iniciativa Ética servía para aparecer “peinao y bien lavao”.

Otro ventilador que tampoco se ha puesto en marcha en estos días. ¿Recuerdan el tema de los ERE de nuestra querida Andalucía? El asunto está “sub judice” y no hay nada que decir. Silencio absoluto. Es normal dado que dicho peñasco es de mi partido y no se debe tirar piedras sobre el propio tejado. Amén.

En el artículo ERE que ERE hablaba largo y tendido de la lacra de la corrupción y citaba al escritor y pensador José Luis Sampedro, que decía: “hay corrupción porque hay hombres en venta y otros dispuestos a comprarlos”. ¡Está todo dicho!

Indudablemente, si el Gobierno fuera de otro color está claro que enchufaría otros ventiladores para desviar el posible fuego que pueda salir del pueblo. Muchos españoles esperábamos más del Gobierno socialista pero los vientos han ido por otros senderos buscando tal vez entronizar el ego.

Los datos que afectan al Gobierno y su mejor andadura puede que los oigamos con un gesto de desagrado pero nada más. "¿Algún ventilador apagado sobre algo reciente o más lejano?", se podría preguntar con ingenuidad.

¿Rescate o acuerdo con Bruselas? Las autoridades comunitarias niegan que estemos ante un rescate. “No es un instrumento de rescate”, informa Paolo Gentiloni, comisario de Asuntos Económicos. Que salga el sol por Antequera.

Desde que empezó el baile vírico ha habido algunos enchufes a familiares y amigotes. Se supone que es una forma cariñosa de luchar contra el dichoso paro que pudiera haber antes del virus y el que ha producido el “estado de sitio” (llamado confinamiento o, en tono más torero, encierro). Hombre, es normal: hay que disponer de personal en el que confiar.

¿Quién dijo parados? El número total ronda casi unos cuatro millones (3.862.883) y subiendo, salvo que lo remedie un milagro. Bien es verdad que las cifras suben o bajan dependiendo de quién las dé. La fuente que cito es de Europa Press, sobre la base de informaciones del Ministerio de Empleo y Seguridad Social. Comprendo que hay noticias más importantes a las que dar aire.

Embustes, fraudes y mentiras se agarran del brazo como un matrimonio bien avenido y, cómo no, los enchufes y el nepotismo comen a costa de la mano de sus bienhechores a los que les bailan el agua. Estamos en un país que hace aguas por los cuatro costados.

PEPE CANTILLO

16 de julio de 2020

  • 16.7.20
Con bastante curiosidad, manchada de temor por lo que pueda encontrar de nuevo, hago un rastreo por la prensa para otear el horizonte que se ha ido dibujando a lo largo de la semana pasada. Como no podía ser de otro modo, salvo milagros en los cuales no creo, dicho horizonte está nublado por los rebrotes víricos que lo empañan.



Efectivamente, crecen los rebrotes por buena parte de la península. Empecemos por el terreno que más nos puede interesar sin menospreciar al resto. Hago un rápido repaso, aunque no dejo de pensar en el desbarajuste en que estamos metidos. Desde un principio, los números de afectados o muertos nos ha llevado de calle. Las cuentas nunca han coincidido, ni oficiales ni sanitarias. La madeja sigue enredada.

En la fase actual, los rebrotes han alcanzado una buena cifra de afectados y se espera que suban más. Los números que citaré son de la pasada semana y pueden ser tan inciertos como los que nos dan en distintos momentos. Toda la información procede de un rastreo de diversa prensa. ¿Hay falsedad? Por mi parte, no: solo cito, lo cual no quita posibles errores por baile de números.

En Andalucía aparecen 19 brotes activos en Granada, Málaga, Cádiz y Almería, con un total de 349 casos. En el brote de Granada, el culpable es un entierro; en Cádiz, la capital se convierte en una fiesta por el ascenso pero se olvida de las medidas sanitarias y hay cinco positivos en siete días. El personal relega normas ante la alegría deportiva. ¡Viva el Cai!

En Valencia, un cumpleaños colabora en posibles contagios. En Aragón, brotan 68 casos nuevos y se solicita la responsabilidad ciudadana, se insiste en respetar la distancia de seguridad y deciden el uso obligatorio de mascarillas que, dicho sea de paso, también se obliga a usarlas en las comunidades ya citadas. Los rebrotes últimos asustan aunque parece que no alarman al personal. Se han dado más de cien rebrotes. Por ejemplo, en Valladolid han aparecido unos 20 más.

En Baleares van por el mismo sendero en lo referente a las mascarillas, tanto en espacios cerrados como abiertos e, incluso, apuestan por usarlas en casa si hay sobrecarga de ocupantes o alguien de fuera. La medida es obligatoria para residentes y visitantes y en el trabajo todo dependerá de diversas circunstancias laborales.

En Cataluña se duplican los rebrotes en 24 horas y suman 816 nuevos positivos. En la zona leridana superan el centenar de nuevos ingresos con 105 hospitalizados. Datos que reafirman el confinamiento en general y en residencias en particular, en las cuales, el número de fallecidos, en la etapa anterior, ascendió a un 67 por ciento.

En la zona de Hospitalet hay unos 300 casos activos y, de momento, se rechaza confinar a la población. Las autoridades tienen claro que “la situación será complicada durante los próximos meses”. Según Simón, “no sabemos si el brote de Lérida está controlado”. Vamos, que el bichito avanza de manera similar a la de “principios de marzo” (¿?).

El tema residencias da para hacer un buen repaso a enfermos, muertos, encerrados… pero faltan datos y, desde luego, aun estamos muy cercanos al acontecimiento de los hechos, a posibles manipulaciones de datos, tanto de muertos como de vivos y de números totales de contagiados.

Cuando tengamos algo más de perspectiva sobre los hechos acaecidos y el trato que se le ha dado, tanto a nivel estatal como comunitario, podremos extraer una información cierta y más objetiva. Mientras tanto, todo son piedras en tejado ajeno y el cementerio espera pacientemente la llegada de nuevos inquilinos. Pensemos con la cabeza y no con las ganas de juerga.

Pasemos a otros rincones del país. La semana pasada en Galicia aparecen unos 259 contagiados. En A Mariña, el brote sube a 200 casos. En esa semana en el País Vasco había unos 70 contagiados y el sábado aparecían 31 infectados nuevos y un muerto.

El intento de prohibir votar a los contagiados parecía salvarse de momento, aunque… intereses sanitarios frente a intereses políticos entran en juego. El tema complica la situación por ambas partes. En un principio, ni en Galicia ni en el País Vasco podían ir a votar los contagiados con la autorización del Tribunal Supremo (Galicia) y la Junta Electoral Central.

Estamos ante un serio dilema una vez más. En este caso entran en juego la salud de los votantes y el derecho al voto. La autoridad vasca deja claro hace unos días que si los infectados acuden a votar serán penalizados. Y, efectivamente, “el Gobierno Vasco ha prohibido votar a los positivos”. Supongo que la Ley tendrá algo que decir.

Resumiendo, los rebrotes endurecen el confinamiento en determinados territorios. Sanitariamente, Aragón, La Rioja, Navarra, Asturias, Andalucía, Extremadura, Baleares, Cataluña, Cantabria y Murcia están en el punto de mira. Se confirma el aumento de contagios a 2.045 desde el viernes. Cataluña ha triplicado el número de afectados. Es decir, más de la mitad de territorios tienen la soga al cuello.

La información más detestable, si es verdad, es la siguiente: “Muere tras ir a una 'fiesta Covid' organizada por un infectado para ver si alguien se contagiaba”. Suena a masoquismo, a atrevida insolencia moral, a delito, a...

Un soplo de aire fresco para calmar un poco: todo no va a ser negativo. Toledo prohíbe el botellón por miedo a nuevos rebrotes de coronavirus. Todas las precauciones son pocas.

No volveremos a la normalidad que teníamos antes de esta catástrofe. Nuestro mundo está cambiando a una velocidad suave pero continuada. Nueva forma de trabajar, quien tenga tajo; nueva actitud de trato al otro que implica respetar su vida. Contagiarse es fácil y, sin darnos cuenta, lo haremos mal.

Pautas de posible protección: ¿Hay que guardar distancia de seguridad? Es necesario por el bien de todos (para mí y para ti). ¿Hay que llevar mascarilla? Vale más la vida tuya y mía que los inconvenientes de dicho disfraz. Desechemos el bozal con el que podemos terminar el camino. Lavarse las manos es algo rutinario que olvidamos con frecuencia y, sin embargo, amortigua posibles infecciones. Bajar la guardia sería (es) imperdonable y maléfico para la mayoría.

¿Qué hacer con nuestro tiempo libre? Pensemos en cambiar el modo de divertirnos para alejarnos del virus y, aun así, hay riesgo de caer en el hoyo. Ser joven o viejo no exime. Se imponen cambios. Debo cuidarme yo para así evitar dañar el prójimo. Ahora es más entendible la respuesta que abría las líneas de la entrega anterior: “No quiero contagiar a nadie”.

¿Qué puedo hacer para no contagiarme y no contagiar? Creo que lo tenemos claro, otro cantar será que queramos aplicar las medidas que estén en nuestro poder. Los rebrotes aludidos en líneas anteriores hablan por sí solos.

Cumpleaños, entierros, bodas, bares, botellones, playas son lugares de riesgo. Y aquí viene el problema. Todo atracón “exceso en una actividad cualquiera” (sic) puede dejarnos “cao” (K.O.) expresión que la RAE admite como “nocaut” y que define como “golpe que deja fuera de combate” (sic).

Pero nuestra capacidad racional nos lleva algo más lejos y actuamos sabiendo el cómo y el por qué de nuestros actos. Aquí entra en juego la responsabilidad, un valor que compartimos (debemos) todos los humanos. ¿Ser responsable?

Por responsabilidad monda y lironda entendemos la “capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente” (sic). Una segunda definición hace referencia al “cargo u obligación moral que resulta para alguien del posible yerro en cosa o asunto determinado” (sic).

Cada persona debe asumir responsabilidades sobre su propia salud y, desde jóvenes, entender que su comportamiento tiene consecuencias sobre todo el sistema. Hemos infantilizado a la sociedad diciéndole "no te preocupes, el sistema se va a ocupar de todos". ¡Ojo! dicha actitud es un sendero abierto al borreguismo.

La ruleta de la suerte está en marcha. Nos puede premiar o castigarnos a muerte.

PEPE CANTILLO

2 de julio de 2020

  • 2.7.20
Hace unos días llamé a un buen amigo para interesarme por él y preguntarle cómo se encontraba después del confinamiento o si había tenido alguna contrariedad sanitaria. "Todo bien", me respondía, lo que me alegró, como era de esperar. Pasamos a departir sobre diversas cuestiones, aunque todas ellas relacionadas con el sinvivir en el que nos ha metido el virus.



Para terminar la llamada, le sugerí que podíamos vernos y conversar de tú a tú un rato. ¿En tu casa o en la mía? Propuse encontrarnos bien en mi casa, en la suya o en terreno neutral. La respuesta me chafó un poco. “No quiero contagiar a nadie”. Sabía que no tenía nada relacionado con el virus. ¿Entonces? La respuesta era educada y contundentemente suave. Estaba cerrando la puerta a cualquier tipo de encuentro.

Nos conocemos desde tiempo ha y rápidamente capté su intencionalidad. El peligro de contagio nos rodea por doquier. Mi buen amigo es una persona formal, cumplidora a rajatabla con las normas, lo que no impide que esté disponible a echar una mano en lo que sea. Pero ante una posible contaminación –lejana o cercana– no dará un paso al frente, máxime si se trata, como en este caso, de vernos, charlar y poco más. Las normas se dictan para cumplirlas.

Esa misma tarde en el supermercado –soy quien responde del avituallamiento familiar– a mis espaldas suena una voz que me es también familiar y que me llama por mi nombre. Con gran alegría por ambas partes nos intercambiamos las noticias sanitarias de las dos familias.

El tiempo se congeló ante el estand de la verdura donde se dio el encuentro. Pese a la sorda mascarilla y la distancia establecida, sentimos correr por nuestro cuerpo un reguero de placer, un agradable deleite por el encuentro y, sobre todo, por confirmar que las circunstancias sanitarias eran normales –sobre todo, en relación al virus–, dentro de los achaques y dificultades crónicas que pudiéramos arrastrar desde hace tiempo.

La charla supo a poco y cada cual aceptó que debíamos continuar con la compra y que ya volveríamos a vernos en cualquier otro momento. Nos despedíamos con un abrazo virtual empapado en alegría y chorreando cariño.

Ya sé que son dos casos distintos, que el azar o la suerte nos retó a casi saltarnos las normas, que ante el placer de ver a una persona querida sobran gestos físicos…

La otra cara de esta situación, me refiero al personal que situaré en una edad de 40 años para abajo, es algo distinta. Ante todo quiere divertirse sea como sea; la mascarilla es un adorno impertinente que ni te deja respirar bien ni te permite ser oído en condiciones salvo que alces el tono de voz. Vamos, que dicha pantalla es un inconveniente innecesario, además de molesto. Total, para cuatro invisibles burbujitas que salgan de la boca… no hace falta tanta parafernalia.

Guardar una distancia conveniente tampoco resuelve nada. "Somos jóvenes y nuestro cuerpo está en perfecto estado", piensan acertadamente. Quizás lo que no saben o no desean pensar es que el “bichito” es mudo, sordo y ciego.

Hermano, bebe, que la vida es breve… Está claro que hablo del personal más joven, de ese tipo de personas cuya vida está montada –o se la hemos montado– alrededor del buen vivir, del disfrute ahora que podemos porque, después, nadie sabe lo que pasará ni cómo viviremos la vida… Y lo que va delante, va delante.

Valga de ejemplo la epidemia que nos cerca por doquier. No desvelo un secreto ni doy una primicia informativa si insisto en que dicho personal se mueve dentro del reclamo de la felicidad (“happycracia”). Volveremos sobre el tema.

En el libro Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas, sus autores dejan claro que “la felicidad es un producto que se compra… y se concibe como algo personal, como algo que cada uno elige”.

Resumiendo: “la industria de la felicidad que mueve miles de millones de euros afirma que puede moldear a los individuos y hacer de ellos criaturas capaces de oponer resistencia a los sentimientos negativos, de sacar el mejor partido de sí mismos controlando totalmente sus deseos improductivos y sus pensamientos derrotistas”.

Disfrutar de la compañía de los colegas, estrujar hasta la última gota de una botella de alcohol, echar humo por la nariz creando leves nubarrones de tabaco o de “maría” es todo un placer, dicen. La felicidad es el antídoto contra cualquier tipo de contagio, supongo que piensan esos jóvenes fortotes y cultos.

Cambio de tercio. Hemos sacralizado el valor de la solidaridad con un efusivo cariño, desde el oportunista político cuya intencionalidad traspasa ríos y montañas y nos han regalado (¿vendido?) una sobredosis de aplausos reales y abrazos virtuales a la caída de la tarde para sentirnos comprometidos con los profesionales que han ido dejando trozos de su salud en anónimos y solitarios enfermos. Incluso han aparecido brotes caceroleros campanilleando contra la autoridad –dicen que incompetente–.

Estamos ante un tipo de acoso a cielo abierto. El otro modelo de acoso es, digamos, personalizado y al que llaman “escrache” porque queda más fino, hasta tal punto que su definición, yo diría algo indulgente, lo precisa como “manifestación popular de protesta contra una persona, generalmente del ámbito de la política o de la Administración, que se realiza frente a su domicilio o en algún lugar público al que deba concurrir” (sic). ¿A que queda hasta bien? Mientras que acosar se entiende como “perseguir, sin darle tregua ni reposo, a un animal o a una persona” (sic).

Solo un breve comentario. Con el tema del acoso ("escrache" en fino) se está utilizando sin reparo la “ley del embudo”, que en su momento expliqué. Por todos los dioses del Olimpo, a un político no se le debe escrachar y mucho menos se le puede acosar. Esas acciones deberían estar vetadas para esos magníficos políticos que pretenden guiarnos por el buen camino. Faltaría más.

Vuelvo al campo de los valores. ¿Realmente pregonábamos solidaridad o solo era una forma de matar el aburrimiento? A primeros de marzo y a punto de ser confinados traté sobre el valor de la solidaridad. Estaba tomando partido por un sendero que invitaba a compartir con el otro. La solidaridad hace referencia a entrega, a justicia, a ayuda para un determinado colectivo necesitado de ella. Por eso significa cooperación, tolerancia, darse antes que dar, compartir, respetar...

En las circunstancias actuales, la mayor parte del compromiso recae sobre nosotros como sujetos capaces de asumir y responder de sus actos. La responsabilidad enmarca toda nuestra vida. Otro cantar será que la eludamos y nos la saltemos a la torera.

La información sobre el virus ha cerrado el mes con diversos rebrotes que han aparecido en España. Seré breve puesto que ya estamos algo empachados, motivo este que no es razón para saltarnos las normas establecidas.

Andalucía, Aragón y sobre todo Murcia están preocupados por dichos rebrotes. Sanidad registró 84 nuevos contagios. Otra piedra en el camino. Estamos a las puertas de unas vacaciones atípicas: colegios cerrados, un alto número de personal en paro y, sobre todo, deseos furibundos de sacarle partido al verano. Circunstancias que pueden volverse en nuestra contra.

Una referencia aciaga. La mal llamada “gripe española” de 1918 –por cierto, su origen no estuvo en España– dejó millones de muertos y está catalogada como la mayor epidemia sufrida por la Humanidad, solo fue superada por la Peste Negra medieval. La escritora Laura Spinney la comenta en su libro El jinete pálido, 1918: La epidemia que cambió el mundo, al que vale la pena echarle un vistazo.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

18 de junio de 2020

  • 18.6.20
Por doquier nos llegan mensajes cargados de tranquilidad. El mantra es “meditar, pensar, reflexionar, relajarnos y tener máximo bienestar en cada coyuntura”. “El momento presente es lo único que necesitamos, nada más… y nada menos, cuando el presente está atiborrado”. “Es curioso que la vida, cuanto más vacía, más pesa”. Son citas atribuidas a personajes más o menos importantes. ¡Fabuloso! Pero en unas circunstancias tan extremas o peligrosas, ¿cómo las llevamos a cabo?



Recordemos que lo único que tenemos es el momento presente. El pasado poco a poco se desdibuja en el olvido y el futuro es una esperanza sin fundamento, una entelequia, un viaje hacia el más allá, a lo desconocido, tal vez ¿a la nada? Dicha nada será un edén, un nirvana o un cielo para los creyentes que justifican los pesares del mundo perdido.

La felicidad es el significado y el propósito de la vida, la meta general y el final de la existencia humana. Asumamos una felicidad compartida en primera instancia con los seres queridos para poder saltar hasta el resto de los humanos.

Bajo esa dulzona capa de merengue se esconde la dura y amarga masa de contrariedades y problemas que configuran el pastelón de la realidad: un amplio sector de parados, cierre de empresas y largas colas de hambre.

Imaginando el futuro de la humanidad. “¿Que rumbo debemos tomar?” En El País, 75 expertos y pensadores ofrecen su visión de las claves de la nueva era. El variado mapa mundial que sombrean estos expertos (filósofos, economistas…..) intenta dibujar toda una gama de caminos por los que poder transitar. Los temas que tocan son diversos y dan para mucho.

En definitiva, ha cambiado la forma en que vamos a vivir a partir de ahora ¿Cómo será el mundo que nos espera a la salida de esta etapa de obligado confinamiento? La pregunta es pertinente para pensar en un futuro en el que acabamos de entrar e impertinente por la cantidad de interrogantes y cambios que nos pronostica y, sobre todo, por la angustia que genera.

La etapa de encierro, como posible precaución de defensa ante la amenaza vírica, la hemos pasado, yo diría como si de un juego se tratase. La siguiente, puesto que ya sabemos el peligro que nos rodea, pasarla mejor o peor dependerá de nosotros.

Entramos en un sendero plagado de baches. Unos atañen a la salud, que en buena parte, repito, dependen de cada persona y otros afectan a lo económico-laboral. Este último es bastante serio. Es cierto que la economía está muy tocada y que sin trabajo estamos mal. Si la economía vuelve a funcionar, todo irá bien. Suena a perogrullada pero, en líneas generales, es así aunque las previsiones apuntan para lejos.

A veces aflora la impresión de que nos han abierto la rendija de la protección estatal y pienso que, si es así, depender del Estado supone perder iniciativas, conformarse con lo que nos den, incluso trampear.

El virus aleja del mundo feliz de Huxley siempre en permanente felicidad, sin pobreza ni guerra pero controlado. Algún político ya se mueve por esos derroteros con el tema del “necesario control”, o con la amenaza de hipotecar la información con la censura, contra la libertad de pensar, de decidir, de fomentar la capacidad de tener criterio propio.

“Verdad es que son muchos los jóvenes que parecen atribuir a la libertad muy poco valor. Pero algunos de nosotros todavía creemos que los seres humanos no pueden ser sin libertad completamente humanos y que, por tanto, la libertad es supremamente valiosa”, recoge en Nueva visita a un mundo feliz el escritor y filósofo británico Aldous Huxley.

Sin querer, sin darnos cuenta, volveremos la cabeza para mirar atrás con el riesgo de convertirnos en “estatuas de sal”. Caer en la trampa de dejarnos arrastrar por los mensajes y supuestas directrices que buscan nuestro sometimiento sería patético.

Pensemos. Es un privilegio estar vivos y el respirar nos otorga el disfrute de lo que nos rodea, sea mucho o poco. Estar vivos permite amar a los seres queridos y, sobre todo, pensar en cómo organizar la propia vida mientras dure, sin llegar a un conformismo irreparable y amargo.

Todo lo anterior parece un sermón laico que nos transporta a los grandes desafíos que nos esperan. El trabajo está bajo mínimos, todos estamos amenazados con su carencia pero, sobre todo, lo están los más jóvenes, al menos de cuarenta años para abajo.

Escudriñando en la prensa digital me topo con una información que puede alegrar la visión –no la realidad– que tenemos de nuestro país en este momento. “Es evidente que el país que quiere la inmensa mayoría es una España limpia y honesta”. Suena a desafío para avisarnos de que hay que empezar de nuevo, que “el futuro ya está aquí: entre el miedo y la esperanza”.

Pero el que la “utopía” entendida como “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano” (sic) salte al campo de juego no significa que ganará por goleada.

No me cabe la menor duda de que es una manifestación que ilusiona y que cualquiera de nosotros haría lo imposible porque fuera verdad. En este caso, la ilusión se transforma en atractiva esperanza colmada de deseo como puerta abierta a un futuro lo más aceptable posible. Otro tema es que pueda convertirse en realidad pese a que siempre nos han vendido (dicho) que “la esperanza es lo último que se pierde”. Suena a “utopía”.

“Prevenir la corrupción también es reconstruir”, añade el titular referido. La corrupción es una realidad que ya parecía olvidada, al menos eso creíamos. Durante los meses de confinamiento solo hemos pensado en el mortífero peligro que nos rodeaba. Hemos tenido cercana –unos muy próxima, otros menos–, la muerte cargada de soledad.

Han sido meses confusos, rodeados de mentiras, sembrados de promesas que hoy son y mañana han cambiado o ya no me acuerdo. Hasta la corrupción como carcoma de la moralidad, como desvergüenza fatal, ha estado muy presente en el tejemaneje de oscuros intereses con el material sanitario, sobre todo con las mascarillas (mas-carillas). En esta situación el nombre viene que ni pintado.

A la confusión sanitaria hay que añadir la hecatombe laboral. Y el futuro se cargaba de nubarrones que solo presagian vendavales, tempestades. Incluso en el horizonte cada vez se pinta de forma clara la posible dependencia del Estado para todas aquellas personas que se quedaron sin nada… ¿Verdadero, falso? Confusión.

A un porcentaje bastante alto de ciudadanos, entre un 80 o un 90 por ciento, nos preocupa y mucho el posible avance o el rebrote del coronavirus porque los efectos económicos del susodicho serán peores que la misma posible infección. Ya se piensa que en otoño –cuando caen las hojas– se espera un rebrote fuerte. ¿Volveremos a las reclusiones con mensajes sonoros, azucarados de felicidad? De nosotros depende que el rebrote incida lo menos posible y obstaculice mínimamente la marcha del país.

Por eso, la citada información cuya intención, supongo, es dejar la puerta abierta a la esperanza como estado de ánimo alcanzable, en la medida de lo posible, deja un olor nada aceptable. La amargura y el miedo tampoco desaparecen. Si la economía vuelve a funcionar, todo irá bien. Suena a perogrullada pero, en líneas generales, es así.

Cierro con una cita de la novela 1984, publicada por G. Orwell en 1949. “Ahora te diré la respuesta a mi pregunta. Se trata de esto: el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder. No la riqueza ni el lujo, ni la longevidad ni la felicidad; sólo el poder, el poder puro”.

PEPE CANTILLO

4 de junio de 2020

  • 4.6.20
La publicidad, como no podía ser de otra manera, rápidamente ha enlazado los anuncios a la situación que estamos viviendo. En la primera etapa, resumida en la cita "cuarentena", insistía en la reclusión en el ambiente familiar. Jugar mayores con los hijos para hacerles la situación más llevadera; cocinar buscando lo más agradable para todos, etcétera. Todos los anuncios iban inscritos en dicho ambiente y contaban con la comprensión, con la iniciativa del producto en venta. "Quédate en casa"; "juntos venceremos al virus"; "aplaude en el minuto fijado"...



Digamos que nos ofrecieron el día a día organizado de cara al exterior; digamos que aplaudir en un determinado momento del día, antes de que se esconda el sol, era un aliciente para quedarse algo tranquilo, para ventilar la cabeza cansada de ordenador o de móvil donde los “guasap” recorrían el cerebro como meandros disponiendo el camino y calmando nuestro deseo de volar por los vericuetos del día a día y, de paso, ventilábamos la casa al abrir ventanas para que dichos aplausos refrescaran el ambiente, que era una de las ideas alimentadoras de tal acción.

Era algo bonito en la medida que se agradecía la noble y generosa entrega de todo un conjunto de profesionales. Por otros vericuetos, por desgracia, se deslizaban los muertos que el “bichito” se había llevado en su último suspiro sin poder decirle adiós a la vida y a la familia. Todo se realiza desde el corazón y, en definitiva, la generosidad de los profesionales hace que podamos salir adelante.

La solidaridad juega a favor de todos nosotros, reforzando los mensajes oficiales de unos y otros. Pero siempre hay alguien que “mea fuera del tiesto”, sobre todo en el ámbito político. Pero eso es otro cantar que, de momento, es preferible dejarlo de lado. Vale más el esfuerzo de los profesionales.

El miedo que se ha infiltrado en el cuerpo a todo el personal es algo serio: el encierro es más coercitivo de lo que parecía, hasta el punto de silenciar los gritos que la fobia a la reclusión emitía nuestra conciencia –o nuestro deseo, si lo preferimos–.

Curiosidad para no perder de vista: al levantar el retiro y hacer el aislamiento algo más suave suspiramos pensando que ya no pasaba nada. Pero el ansia de salir, en muchos de los casos, vencía hasta cierto punto el posible equilibrio del sentido común. Pero…

El deporte gana terreno en todas partes. Por doquier surgen corredores exagerados que, necesitados de desentumecer la adormilada musculatura, van destilando arrobas de sudor. Las bicicletas y patinetes inundan espacios públicos a toda velocidad. Es lógico aunque no sea recomendable.

Deporte, gimnasia, actividad física, predominan por doquier. Las normas higiénicas prescritas contra el virus, poco a poco se van relegando. Mascarillas, guantes, distancia de seguridad se desvanecen por momentos. La alegría de volar cuasi libres emborracha nuestro organismo.

¡Viva la libertad…! Solo que estamos ante una libertad controlada, estamos ante un rato –“espacio de tiempo, especialmente cuando es corto” (sic)– que de por sí es fugaz y aún se nos hará más breve, dejándonos con el sabor a flor de piel. Diría que en lugar de sosegar ha potenciado aun más nuestra necesidad de correr, de saltar...

Vivo a muy corta distancia del cauce del río Turia, en Valencia, convertido desde hace tiempo en un entorno ajardinado y desde luego muy utilizado por el personal. En esos días de asueto, de preapertura, dicho cauce ha sido desbordado por una gran afluencia de personas.

Hasta aquí nada que decir, salvo que como espacio para la actividad deportiva y lúdica es muy valioso. Pero parece que la mayoría nos hemos desmelenado deportivamente. Deporte (correr, bicicleta, patinetes) y el helicóptero de Tráfico, auxiliado por drones, se ve obligado a dar vueltas por la zona, recordando por los altavoces que hay unas normas para esos momentos de expansión que son obligatorias para todos. Difícil cometido.

A veces el helicóptero se resiste a marchar y permanece casi quieto, colgado en el aire, avisando insistentemente en despejar el terreno y a la espera de que acuda un coche patrulla a la zona que intentará primero avisar y después multar. Que si quieres arroz… El personal remolonea como niños saturados de caprichos.

Esta perorata me lleva a recordar que amén del daño físico, económico, laboral en el que estamos metidos, se hace necesario educar a esos retoños que completan el grupo familiar. La escuela está cerrada pero la necesidad de educar, en el amplio sentido de la palabra, cobra valor dentro del hogar.

Dentro de casa –dicen– parece que en general hemos sido educadores atendiéndolos y enseñándoles cómo pueden divertirse; cómo compartir espacios y quehaceres; cómo organizar el tiempo. No deshagamos el trabajo realizado. Asumamos que la familia es –siempre lo ha sido– un pilar fundamental, la base primordial desde la que se puede ir creciendo como personas.

Si durante la cuarentena hemos educado compartiendo juegos, leyendo, ayudando en posibles deberes escolares, amén de colaborar al mantenimiento limpio y aseo del espacio familiar porque es parte de la responsabilidad personal lo que están haciendo…

Ahora que empezamos a salir del encierro se hace necesario continuar la labor y es ineludible dejar unas huellas relacionadas con algunos valores morales que les permitan crecer como personas respetuosas, generosas, colaboradoras, honradas, capaces de desechar la mentira que tanto daño genera.

¿Y los quinceañeros? Personalmente creo que han quedado en el “limbo de los justos”, es decir “sin enterarse de lo que ocurre” (sic). Me refiero a los jovencitos que son o deben ser responsables por ellos mismos frente a las razones del encierro, a posibles contagios.

Puede –no afirmo, insinúo– que son más propensos a escurrir el bulto a la hora de participar en las tareas hogareñas y desde luego, esto es un supuesto, más nerviosos y rebeldes ante la tardanza de libertad de movimientos. La posible clave de botellones y saraos varios celebrados en ciudades o pueblos son muestra clara de las ansias de volar y de la gravedad de dichos eventos. ¿Hay peligro? A mí no me llega.

Y nos propusieron –más bien sugirieron– los diversos lemas que adornaban la mesa de cada día con la publicidad adaptada al momento. Eran anuncios suaves y fáciles de captar: atended a los pequeños para que pudieran extraer de dicha situación todo el jugo posible.

Se crea así una infrautilización del virus, minimizando el miedo e intentando valorar el buen hacer sobre todo de los más pequeños, a pesar de lo amarga que es la situación. Resulta curioso cómo ellos nos dicen: "cuidado, papi o mami, no toques eso, lávate las manos, que el bichito no se ve pero sí está".

¿Había y hay peligro de contagio? No dudemos que sí. Cito textualmente dos lacónicos mensajes. Uno de Sanidad: “O nos separamos o volveremos juntos para atrás". Otro de una especialista de UCI: “Todavía no hemos vencido”.

Es decir, estamos rodeados por el virus que no ha desaparecido y puede contagiarnos en cualquier momento. De las barreras que pongamos cada uno de nosotros dependerá, en el mejor de los casos, chafarlo o caer en sus garras. La broma es facilona pero peligrosa. La actitud defensiva nos resguardará. Al menos, eso esperamos.

Cito una iniciativa sugerente e interesante alrededor de los pequeños y el confinamiento. Y es que los pediatras de Atención Primaria han publicado un cuento para implicar a los más pequeños en la lucha contra el malvado y feo Covid. El cuento, que se puede descargar en este enlace, termina con esta esperanzadora frase: “Los niños y la Pequepanda hemos salvado al mundo del malvado coronavirus”. Salgamos con sentido común.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

21 de mayo de 2020

  • 21.5.20
Seguimos abrumados tanto por el miedo que ha podido despertar entre nosotros el virus como por las dificultades que se plantean para dar merecida sepultura a los muchos fallecidos, víctimas del coronavirus. Por fin las familias podrán decir adiós a sus seres queridos.



A primeros de mayo, Sanidad anunció que los velatorios se podrán celebrar con 15 personas al aire libre y 10 en espacios cerrados en la fase 1. Se insiste, como es natural, en guardar lo más estrictamente las normas elementales de precaución para evitar más contagios.

El velatorio hace referencia al “acto de velar” a los muertos consiste en “pasar la noche al cuidado del difunto bien en su casa, en el hospital o modernamente en un tanatorio.” Pero ¿por qué hay que cuidar a un difunto? Si alguien está muerto carece de sentido cuidarlo… Por eso hay que retroceder en el tiempo para entender eso de “cuidar”.

La costumbre de “velar” a los difuntos no es una moda de la actualidad. Se dice que nos hicimos sedentarios cuando empezamos a enterrar a los muertos. Es posible que la sepultura de un miembro de la tribu nos atara a la tierra. Digamos que estamos ante un tipo de culto de trasfondo religioso. Ahora bien, más que velar deberíamos decir vigilar si el interfecto (coloquialmente, “persona de la que se está hablando”) efectivamente ha muerto.

No descubro nada nuevo afirmando que el culto a los muertos no es una novedad: está presente entre los humanos desde tiempo inmemorial. La Humanidad viene cumpliendo con dicho culto desde siempre y de diversas maneras, según las distintas religiones.

En referencia a los momentos presentes, sí que son novedad para nuestras sociedades actuales las circunstancias que han causado el alto número de muertos que quedaron depositados lejos de la familia y aun persiste la amenaza de un alto número de contagios que nos avisan de que seguimos en peligro.

El culto a los muertos se basa en la creencia de que hay otra vida después de la muerte, creencia que no es solo del cristianismo. Egipcios, judíos, griegos, romanos creían en esa otra vida. Dicho culto religioso va acompañado de oraciones a los dioses y ofrendas a los muertos para que favorezcan a los familiares vivos o medien ante los dioses por ellos.

Rendir homenaje al muerto no era el único criterio para dedicarle un adiós suntuoso. Digamos que el difunto ha logrado el respeto de los deudos si ha vivido una vida moral que le ha permitido ganarse la distinción social y el respeto de los demás.

Para griegos y romanos los ancestros actúan e influyen en la vida de las generaciones posteriores, bendiciendo o maldiciéndolas. En concreto, los romanos creen que los difuntos actuaban como dioses protectores con respecto a familiares y conocidos. Eran los dioses “penates”. Rendirles culto y ofrecerles oraciones y regalos se hacía para apaciguarlos y ganarse sus favores.

Para los griegos dar sepultura a los muertos era un deber. Si al muerto no se le enterraba quedaba condenado a vagar eternamente. Así rendían culto a los antepasados. Al difunto lo llevaban a hombros los familiares o los esclavos. Podía ser enterrado o quemado y las cenizas se guardaban en una urna. Los cementerios estaban situados al borde de los caminos.

Entre los romanos dicho culto también era muy importante. Los muertos se enterraban a orillas de la calzada, a la salida de la ciudad o se quemaban en los hornos crematorios. La tumba se decoraba con flores y le dejaban comida y vino. En el entierro participaban esclavos con música, portadores de antorchas, bailarines y plañideras y se pasaba el día comiendo alrededor de la tumba.

La presencia de plañideras en los funerales viene también del pasado. Por lo general eran mujeres a las que se les pagaba por llorar en los funerales (también solían estar presentes en los velatorios). A más importancia del difunto, más presencia de lloronas. Así se les llamó posteriormente en Latinoamérica.

Según diversas fuentes, dicha costumbre nace en el antiguo Egipto y está relacionada con el culto a los dioses, tradición que también siguen los hebreos y heredan tanto griegos como romanos. La costumbre llega hasta nuestros días. En América Latina aparece a partir del siglo XVII. La importancia del difunto elevaba tanto los llantos y gritos como el número de plañideras y el precio a pagar por su presencia.

El llanto es contagioso a la par que relajante (dicen) y, por tanto, sería una manera de provocarlo en los familiares para que se sientan mejor una vez desahogada la pena que les aflige por la pérdida del ser querido. A las plañideras se les contrataba para que lloraran e hicieran público el lamento y el dolor de la familia, ya que estos no debían llorar en dichos momentos.

En relación a la transmisión de condolencias, hay toda una serie de frases que suelen ser pronunciadas cuando se saluda a los familiares. Van desde las muy sentidas, que arrancan del corazón, hasta esas otras que suenan faltas de sentimiento. Una cuestión es acompañar a familiares y difunto por el dolor que brota del corazón y otra, acudir para cumplir.

Se sabe que fue en Europa, durante la Edad Media, cuando se comenzó a practicar la tradición de poner el cadáver sobre una mesa en la casa familiar. Los parientes y amigos vigilan a la persona “aparentemente” muerta por si despertaba, a la par que rinden honores y así se despiden dando el pésame a la familia. En la noche se alumbran con velas, no hay otra iluminación, y de ahí viene la palabra velatorio o velorio o vela…

Sobre la costumbre de velar a los muertos hay muchas razones que intentan dar una explicación. Plausible o no, eso es otra cuestión. Existe la creencia de que “si se dejaba solo un cadáver antes de enterrarlo, los espíritus malignos podían poseerlo”. Otra razón alude al miedo que generaba el tener un cadáver en la casa, lo que dio paso a que se reunieran amigos y vecinos para acompañar a la familia.

Son ideas cargadas de superstición que alimentaban toda una serie de ritos mortuorios. Muchas de dichas costumbres son anteriores al cristianismo. Reuniones que terminaban en fiesta consumiendo alcohol y alimentos, como en el caso de los romanos, ya citado.

Lo de despertarse el muerto tiene su explicación. Más de una vez, la persona que se presumía fallecida se reincorporaba a la vida después de unos días muerta. ¿Razón? Intoxicarse al beber alcohol solía ocurrir con frecuencia y, como consecuencia, el sujeto sufría una pérdida de movilidad y de conocimiento durante un periodo largo de tiempo. Es lo que se llama “catalepsia” consistente en un “accidente nervioso repentino (…) que suspende las sensaciones e inmoviliza el cuerpo en cualquier postura en que se le coloque” (sic).

Más de un fallecido pudo ser enterrado vivo sin que lo supieran y, por esta razón, había que velar al muerto al menos por tres días. Intoxicarse por estaño provoca ataques de catalepsia. Este accidente era frecuente.

Por razones varias, muchas personas, supuestamente muertas, no lo estaban. Enterrar vivo a alguien ha ocurrido bastantes veces. Por esta razón había que velar al supuesto muerto, y además solían poner una campana en las tumbas. De ahí la frase “salvado por la campana”. Actualmente se da sepultura a una persona fallecida sólo con un parte médico y máximo 48 horas después de su muerte.

En la actualidad, la costumbre de velar a los difuntos ha ido cambiando en relación a otros tiempos. El factor religión, en líneas generales, ha perdido terreno. Velatorios y entierros cada vez están más alejados del sentido religioso. Si hasta no hace mucho el cadáver se velaba en el domicilio, ahora son los tanatorios los que se encargan de ello.

Familiares, amigos y conocidos acuden a dicho tanatorio, dan el pésame a los familiares más próximos, comentan algunas incidencias que marcaron el final del difunto y se marchan. A la hora de enterrar el cadáver o incinerarlo solo suelen estar presentes los familiares más próximos (esposo o esposa, hijos, y algunas personas más).

Hemos perdido seres queridos y personas anónimas para muchos de nosotros y hemos perdido un gran número de sanitarios. De hecho, la cifra total se situaba este lunes en 51.090 afectados, según los datos notificados al Comité de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (Ccaes) por las comunidades autónomas.

Tener un detalle de adiós cuesta poco y podría ser un calmante emocional para los familiares. Me refiero al llamado luto como “signo exterior de pena y duelo manifestado en ropas, adornos y otros objetos, por la muerte de una persona. El color del luto en los pueblos europeos es el negro” (sic). Unos podrán decir que ocuparse de ello en estas circunstancia no ha lugar, otros que…, el llamado “duelo, pena, aflicción” (sic) ha quedado depositado en un rincón del corazón familiar. Sea como sea, descansen en paz.

PEPE CANTILLO

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