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Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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30 de diciembre de 2022

  • 30.12.22
Solemos aceptar que cada uno es el principal actor de su crecimiento humano, pero no siempre reconocemos con la misma claridad que también somos nosotros mismos quienes, a veces, ponemos los mayores obstáculos para seguir mejorando.


En mi opinión, el afán perfeccionista que define a las personas egocéntricas y a las narcisistas constituye un freno y una barrera invencible porque impide caer en la cuenta de que servir para algo y, sobre todo, servir a alguien son las sendas más directas para nuestro crecimiento humano.

La convicción de que los intereses propios son los únicos importantes nos incapacita para interpretar los significados y los valores de las realidades objetivas y nos impide vivir y convivir. Es ahí donde, a mi juicio, se explica cómo cuanto más incompetentes somos, más seguras son nuestras decisiones y más nos sobrevaloramos a nosotros mismos y, por el contrario, cuanto más competentes somos en algunos asuntos, más inseguros nos mostramos.

A veces, incluso, cuanto más ineptos somos, también, mayores dificultades tenemos para reconocer nuestra propia incapacidad. No deberíamos extrañarnos demasiado si tenemos en cuenta que, desde Sócrates, los verdaderamente sabios nos vienen repitiendo que la sabiduría consiste en la progresiva toma de conciencia de su radical ignorancia.

Si prestamos atención descubrimos cómo los más torpes se esfuerzan, frecuentemente de manera compulsiva, en acumular información para así compensar sus desequilibrios y ocultar sus carencias de inteligencia. Están convencidos de que, colmando la despensa de la memoria con datos, con números, con fechas y con nombres, disimulan su ineptitud para digerir y para asimilar los alimentos realmente sustanciosos.

Los conocimientos por sí solos no les aprovechan ni aumentan su tamaño humano, no los hacen más conscientes, ni más críticos; no les descubren sus propios límites, ni el sentido de la realidad ni les revelan sus inmensas ignorancias.

Algunos están convencidos de que, porque se empacharon de lecturas en su adolescencia, ya tienen alimento asegurado en su vejez. El día en el que lleguemos a la conclusión de que ya no nos queda nada por aprender, es porque alguna enfermedad mortal está aniquilando nuestra capacidad mental.

No caemos en la cuenta de que la sobreactuación, la ausencia de autocrítica, el autoengaño, la autosatisfacción y la autocomplacencia constituyen los frenos más potentes para nuestro crecimiento personal. Felicidades, queridas amigas y queridos amigos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

23 de diciembre de 2022

  • 23.12.22
Si es cierto que, como admiten los educadores y los profesores, las principales pautas de comportamiento las asimilamos fuera de los centros escolares y lejos de las paredes de nuestros hogares, deberíamos preguntarnos por qué vías nos llegan los mensajes más importantes, esos que realmente, aunque no siempre de manera consciente, determinan nuestras formas de pensar, de sentir y de vivir.


El título de la obra a la que he querido referirme hoy, editada por Paidós, nos responde clara y categóricamente: Soberanía visual. Tras una serie de estudios, de análisis, de críticas y de autocríticas de sus experiencias personales, un grupo de mujeres especialistas, coordinadas por María Acaso y por Clara Megías, nos muestran y nos demuestran que las imágenes visuales “construyen unas formas de vida que, sin que seamos conscientes, determinan nuestros estados de ánimo, nuestras expectativas y nuestras renuncias”.

Los propósitos de esta obra son –afirman– hacer consciente el carácter “político” de todos los productos visuales o, en otras palabras, explicar de manera clara la influencia decisiva de las imágenes visuales en nuestras maneras de pensar y de interpretar nuestros comportamientos individuales, familiares y sociales.

Partiendo del supuesto de que las imágenes visuales construyen nuestros modelos interpretativos y valorativos, y de que, de hecho, son los criterios que aplicamos para apreciar y para despreciar las diferentes maneras de vivir, llegan a la conclusión de que “se transforman en axiomas que propician acciones: lo que comemos y lo que no, las partes de nuestro cuerpo que cuidamos y las que no, las personas a las que amamos y a las que no”.

De manera convincente y clara nos muestran cómo las imágenes son “dispositivos de poder, herramientas que generan mecanismos de autoridad” y cómo, en consecuencia, poseen una elevada capacidad de “penetración mental”. Es indispensable, por lo tanto, que adquiramos consciencia del “derecho a decidir nuestro sistema de consumo, a los que prestaremos atención y a cuáles no, con el fin de desarrollar la “autogestión visual” construyendo así nuestro capital visual, ese inventario de las imágenes beneficiosas y ese catálogo de las que nos hacen daño. Con este fin nos orientan para que realicemos análisis físico, simbólico, crítico y de acción: unas destrezas que debemos aprender para que, poco a poco, logremos la “soberanía visual”.

En mi opinión, la explicación del código específico del lenguaje visual es clara y el análisis de las imágenes de las diferentes fases del proceso de creación de las representaciones visuales es profundo. Breve, pero suficiente, es el resumen de la Semiótica visual y, más concretamente, las explicaciones sobre su uso en personajes de películas y de series de animación infantiles.

Oportunas son, sin duda alguna, las detalladas explicaciones de las herramientas que articulan el lenguaje visual y, por supuesto, las propuestas concretas y sencillas de “acciones artísticas como, por ejemplo, las de ordenar el armario por colores, y fotografiarlo para efectuar un análisis en función del número de prendas de un determinado color”.

En las actuales circunstancias es indispensable que, al menos los educadores, adquiramos conciencia de la importancia de la omnipresencia y de la casi omnipotencia de las imágenes visuales, pero estoy convencido de que estas nociones, estos criterios y estas pautas resultarán clarificadoras y prácticas, además, para que los comunicadores y los padres sean conscientes del poder actual de las imágenes y, en general, del lenguaje visual.

Pienso que sí: que este libro demuestra que “la soberanía visual consiste en activar un proceso voluntario, consciente y responsable que nos conduzca a autogestionar las representaciones visuales que consumimos”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

16 de diciembre de 2022

  • 16.12.22
Tras la detenida lectura de esta obra plural titulada Hannah Arendt y el siglo XX (Barcelona, Paidós 2022) he llegado a la conclusión de que, tanto a los que están familiarizados con las teorías de Hannah Arendt, como a los que solo tienen referencias de sus análisis críticos e, incluso, a los que aún no han oído hablar de su pensamiento político, esta colección de análisis les aportará unas claves valiosas para interpretar y para valorar algunos de los hechos más importantes del siglo XX e, incluso, del actual siglo XXI.


Los trabajos críticos seleccionados por las especialistas –Monika Boll, Dorlis Blume y Rafhael Gross– sobre la vida y la obra de una de las pensadoras más influyentes nos aportan argumentos valiosos para interpretar algunos de los problemas políticos del siglo pasado.

Los análisis sobre “La era de la hegemonía total”, “El antisemitismo”, “La situación de los refugiados”, “El legado de la posguerra”, “El feminismo”, “El juicio de Eichmann”, “El sionismo”, “El sistema político y la segregación racial en Estados Unidos” o “El movimiento estudiantil” nos proporcionan unas claves que, a mi juicio, siguen siendo válidas para valorar correctamente unos conflictos políticos que, en la actualidad, siguen sin resolverse plenamente.

En estos ensayos elaborados desde diferentes perspectivas políticas e históricas –que, en realidad, es el catálogo de una exposición sobre la vida y el pensamiento de una de las filósofas políticas más importantes del siglo XX–, Micha Brumlik, por ejemplo, muestra cómo Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo no solo presenta su particular aproximación a la política desde el campo de la filosofía sino que también expone críticamente la situación de los judíos en la época moderna, y nos descubre las raíces del antisemitismo en el marco del declive de los Estados-nación a mediados del siglo XIX, y en la “Ambivalencia del Nacionalismo judío”, nos explican, por ejemplo, su convencimiento de que algunas familias judías fueron las que, gracias a sus conexiones internacionales, primero financiaron a los fundadores del Estado territorial y, después, sufragaron la expansión colonial, hasta que en la época del imperialismo dejaron de tener importancia.

Reveladoras son, a mi juicio, la influencia de las reuniones celebradas en el domicilio Rahel Levin y, posteriormente, el papel que sus cartas ejercieron en Arendt determinando que se sintiera como “una paria consciente” y, al mismo tiempo, una mujer fuerte.

Shana Shütz explica cómo Hannah Arendt –junto a otros judíos cultivados en Inglaterra, Palestina y Estados Unidos– perseguía el objetivo común de salvar los restos materiales de la cultura judía para que quedaran en mano de su comunidad, y Félix Axter nos ofrece detalles del amplio abanico de ideas que Arendt aborda en la segunda parte de Los orígenes del totalitarismo, titulada “imperialismo” en la que destaca la importancia del racismo colonial y su afán de exterminio.

Ahí explica las “paradojas de los derechos humanos”, y “la teoría política del refugiado” según la cual “en estas poblaciones sometidas a la presión de la convivencia de las tribus negras, la idea judeocristiana de humanidad y del origen común del género humano, perdió por primera vez su ascendiente y se impuso el deseo de exterminar a razas enteras”.

En mi opinión, esta obra, además de estas claves para interpretar y para valorar las teorías de Hannah Arendt, nos proporciona unos principios y unos criterios que nos sirven para identificar la importancia decisiva de las experiencias en la formación de las palabras, esas herramientas que formulan el pensamiento y, en consecuencia, orientan la vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

9 de diciembre de 2022

  • 9.12.22
A mi juicio, Busquemos otros montes y otros ríos (De la palabra al silencio), un conjunto de minuciosos y de rigurosos ensayos en los que su autor, Antonio Carreño, analiza textos de autores de diferentes géneros y de distintas épocas, nos proporciona un modelo de crítica literaria cuyo objetivo principal es identificar los principios estéticos, los criterios lingüísticos y las pautas retóricas que realmente inspiran y orientan la creación literaria y, por lo tanto, las referencias que nos orientan para elaborar las interpretaciones y las valoraciones de sus posibles lecturas.


Adelanto mi conclusión de que, sobre todo, para los investigadores, profesores, críticos y alumnos de Historia de la Literatura, de Teoría de la Literatura y de Literatura Comparada, esta obra es especialmente oportuna. La identificación de las relaciones que se establecen entre asuntos, géneros, estilos y recursos empleados en obras pertenecientes a autores de épocas y de lenguas alejadas entre sí, hacen posible la definición de los rasgos que las unen o que las separan, y facilitan el conocimiento de sus afinidades y de sus dependencias.

Ya en la primera parte, titulada “Las metáforas del yo narrativo”, nos proporciona una explicación detallada de la línea que, empezando por las crónicas y las epístolas, se continúa con los romances en pliegos de cordel, los corrales de comedias y los pregones, unos textos que, además de “mantener en vilo la atención del español de los siglos XVI y XVII”, se transmiten mediante la fabulación de los juglares y de los “poetas de repente”, y se extienden por la gran ola de la escritura de epístolas, una tradición arraigada sobre todo en Italia desde la Edad Media.

La aportación de datos que no siempre se han tenido en cuenta como las crónicas enviadas por los emisarios a las colonias, y los “descubrimientos” de paisajes que no habían sido previamente descritos genera una nueva manera de narrar y la adopción de una mentalidad que, posteriormente, provocaría esas metáforas inéditas que adelanta la –llamada por García Márquez– “literatura mágica”.

A mi juicio, los análisis comparativos del Libro de la vida, de Santa Teresa, y El Lazarillo de Tormes, y la refundación del Libro de Job de Fray Luis de León –una versión poética del drama bíblico que también atañe a la andadura biográfica del fraile agustino– nos aporta una nueva manera de leer críticamente los relatos autobiográficos.

Sugerente, sin duda alguna, la contraposición del mundo caballeresco –entramado de justicia, amor y equidad, un ciego ideal de acción y locura– de don Quijote y asimilación de Sancho, que deviene en un simulacro del iletrado que denuncia los “concertados disparates” en busca de la correspondencia en su mundo interior y de su intento fallido de que los gigantes son molinos de viento o la Dulcinea del Toboso, una ruda y vulgar campesina.

De sus análisis comparativos de las obras de Lope de Vega, Cervantes, Shakespeare, Max Aub, Jorge Guillén, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Camilo José Cela o Rosalía de Castro extrae la conclusión de que la creación literaria implica un dinámico proceso de lecturas y de relecturas; de aceptación y de rechazo de lo propio frente a lo ingerido y asimilado como ajeno: “Un obvio problema de identidad que, poéticamente, se afirma a partir de lo diferente pero apoyándose, paradójicamente, en un reconocido canon establecido como norma”.

En mi opinión, además de la luz que proporciona para la relectura de los textos analizado, esta obra nos proporciona una detallada metodología y un abundante caudal de recursos prácticos aplicables a los ejercicios de lectura comparada de la literatura universal.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ

2 de diciembre de 2022

  • 2.12.22
Parto del supuesto de que la meditación no es una práctica reservada a los religiosos, a los intelectuales, a los artistas o a los poetas sino una actividad simple que, practicada desde hace miles de años, es importante y, a veces, imprescindible para vivir humanamente.


Es una terapia que beneficia a la mente y al organismo porque alivia el exceso de ocupaciones y de preocupaciones que acumulamos en la actualidad durante todo el día. Es un ejercicio que nos sirve para encontrarnos con nosotros mismos, para identificar, en el fondo de nuestras consciencias, esas vivencias que nos identifican, que definen nuestras peculiares maneras de pensar, de sentir y, por lo tanto, que configura nuestra personal forma de ser.

Aventuro mi conjetura de que la lectura de El silencio es algo vivo. El arte de la meditación (Barcelona, Ariel, 2022), obra de Chanda Livia Candiani, es especialmente oportuna en unos momentos en los que tropezamos con serias dificultades para cultivarlo, para aprovecharlo como fuente de vitalidad, de fantasía y de creatividad, para respirar hondo y para oxigenar nuestro espíritu: para reflexionar sobre nuestros cambios, para meditar pausadamente en el imparable correr de nuestros días y para contemplar, asombrarnos, el espectáculo de la naturaleza; para descifrar los mensajes imponentes del mar, del cielo o de la montaña, o para, simplemente, percibir la voz discreta de un rosa o el imperceptible crecimiento de una brizna de hierba.

La lectura de esta obra –breve, sencilla, clara y, sobre todo, bella– nos descubre cómo la meditación es un ejercicio indispensable para penetrar en nuestro interior con el fin de descubrir los significados de los objetos y los sentidos de nuestros comportamientos.

Estos análisis parten del supuesto de que el silencio es una senda obligada para orientar nuestros pasos en el enmarañado entramado de senderos, a veces tortuosos, de nuestras vidas. Con un lenguaje transparente, Chandra Livia Candiani, poeta y traductora de textos budistas, nos explica cómo la meditación y la poesía nos iluminan para que tomemos conciencia, para que descubramos cómo crecemos escuchando nuestro cuerpo y sintiendo nuestro espíritu.

Estas son las razones de mi valoración positiva de este libro que nos orienta y nos estimula para que callemos y para que nos escuchemos a nosotros mismos, para que llenemos nuestras vidas de vida. La poesía, efectivamente, “es una práctica de vida, no de supervivencia”, es una senda que nos orienta y nos estimula para que habitemos en espacios cada vez más vastos de nosotros mismos y del mundo, y la meditación nos descubre que “el cuerpo es nuestra carne habitada, sentida, percibida con atención, precisión y con profundísima intimidad”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

25 de noviembre de 2022

  • 25.11.22
Los profesores y los alumnos que se sorprenden cuando escuchan que el objetivo común y último de todos los niveles y de todos los ámbitos de la enseñanza es la lectura, probablemente, no advierten que leer es una destreza compleja en la que intervienen diversos mecanismos y múltiples factores.


Leer palabras no es solo deletrear grafemas sino, también, profundizar en los sucesos, adentrarse en uno mismo y, al mismo tiempo, acercarse a los otros; es escuchar y hablar; es ser otro sin dejar de ser uno mismo.

Adelanto mi pronóstico sobre la favorable acogida que obtendrá Marcel Proust (Barcelona, Paidós, 2022), obra de Roland Barthes que, a mi juicio, es oportuna, sorprendente y valiosa: aventuro mi opinión de que su lectura resultará sugerente y estimulante a los escritores profesionales y a los críticos aficionados, a los profesores y a los alumnos de teoría, de crítica o de historia de la literatura, y tengo la impresión de que, de manera especial, proporcionará ideas novedosas a los que ya conozcan por separado las obras del novelista Marcel Proust o del teórico y crítico Roland Barthes. Quizás la conclusión más importante sea que los dos son, más y antes que escritores, unos lectores cualificados de libros y, sobre todo, de la vida.

Estoy convencido, sin embargo, de que a quienes más aprovechará este libro será a aquellos lectores que sienten la vocación de escribir, pero que, como le ocurrió a Marcel Proust, experimentan durante largo tiempo la impotencia hasta que, finalmente, cuando temen que no dispondrán de tiempo para terminar sus obras, decidan entregarse plenamente a la escritura. La afirmación de Barthes es categórica: “El libro de Marcel Proust es la historia –no de una vida– sino de una escritura”

A los críticos les interesará la precisión con la que Barthes distingue las vidas del autor, del narrador y del personaje, su manera detallada de advertir las coincidencias y las diferencias, y, sobre todo, su crítica del uso que solemos hacer de las biografías.

En contra de los historiadores que afirman que la vida de un autor informa de su obra, Barthes defiende y demuestra que es la obra la que explica la vida: “la vida de Proust nos obliga a invertir este prejuicio: no encontramos la vida de Proust en su obra, sino que encontramos su obra en la vida de Proust”.

A partir de esta constatación Barthes concluye que el mundo no nos ofrece las claves para interpretar las obras literarias, sino que es todo lo contrario: son éstas las que nos abren el mundo para nosotros e, incluso, para identificar algunos sentidos de nuestras vidas porque, por ejemplo, “la verdad de Proust no viene de una copia genial de la `realidad´ sino de una reflexión filosófica sobre las esencias y sobre el arte”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

18 de noviembre de 2022

  • 18.11.22
Estoy de acuerdo en que, igual que para conducir un automóvil de manera segura son necesarios los espejos retrovisores bien reglados –esas extensiones de nuestros ojos que nos proporcionan una mayor visibilidad de lo que sucede detrás y a los lados del vehículo–, para seguir caminando por los complejos senderos de la vida es imprescindible que tengamos en cuenta las experiencias acumuladas en el depósito de la historia.


Esta afirmación, sin embargo, no debilita la importancia de la necesidad de mantener firme la mirada hacia adelante y a lo lejos, para leer las señales de tráfico que nos orientan hacia nuestro destino y que nos evitan chocar con obstáculos que amenacen nuestra supervivencia.

Por supuesto que me uno a las voces de esos agentes culturales que, entusiastas, claman para que recuperemos, interpretemos, adaptemos y difundamos nuestro valioso y fértil legado histórico, pero a condición de que el recuerdo y el estudio del pasado los convirtamos en oportunidades para analizar el presente y en estímulos para proyectar un futuro mejor.

Las conmemoraciones, además de rescatar trozos de las experiencias históricas, nos deben servir para construir un porvenir más justo, una sociedad más equilibrada y un bienestar mejor compartido. Es cierto que la cultura del olvido nos borra el sentido de nosotros mismos y el significado de nuestras acciones; destruye los fundamentos de nuestra historia y erosiona los cimientos de nuestra propia biografía, pero también es verdad que, para vivir el presente plenamente, hemos de divisar, aunque sea de una manera borrosa e imprecisa, un futuro mejor cimentado en valores humanos.

Los actos conmemorativos no deberían conformarse con ser meros transmisores de información, sino que, también, podrían ser invitaciones para la reflexión sobre la realidad actual y sobre su necesaria transformación, estímulos para la autocrítica del pasado y para la creación del futuro.

Conscientes de que los rápidos avances tecnológicos, científicos, artísticos y culturales alteran todos los aspectos de nuestras vidas y transforman el mundo, es imprescindible que los aniversarios propicien encuentros con diferentes especialistas que nos ayuden a atisbar, al menos, la manera de la que los permanentes e imparables cambios multilaterales afectan a nuestra realidad actual y a nuestros proyectos del futuro.

Parto del supuesto de que la cultura no es un patrimonio de ningún partido, no pertenece en exclusiva a la izquierda ni a la derecha, no son solo competencias de las ciencias o de las letras, sino ámbitos abiertos a la libertad de la creación “crítica”, científica, literaria y artística.

Estoy convencido de que, para conseguir que estas evocaciones del pasado nos ayuden a avanzar, tanto los grupos políticos de una o de otra ideología, como las asociaciones científicas, literarias y artísticas, además de ayudarnos a recordar nuestra historia, deberían pensar en la necesidad de promover una cultura integradora capaz de una transformación individual y de unas reformas sociales más humanas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

11 de noviembre de 2022

  • 11.11.22
Con la lectura de La Comedia humana. Volumen XVI (Madrid, Hermida Editores) he disfrutado y he aprendido, me ha enganchado, me ha hecho preguntas y me ha sugerido respuestas. A mi juicio, la publicación de este volumen que reúne trece obras de La Comedia humana de Honoré de Balzac (1799–1850), autor reconocido como uno de los grandes narradores universales, es oportuna porque nos demuestra que la narración de los hechos y su descripción de las situaciones concretas encierran unos análisis psicológicos e ilustran unos compromisos morales, políticos y humanitarios que tienen que ver con muchos de los problemas actuales. En resumen, nos muestran cómo la literatura –la buena literatura– es el mejor instrumento para entender la mente humana y para interpretar la cultura que define a una sociedad, sí, a nuestra sociedad de aquí y de ahora.


El denominador común de esta colección de trece relatos de diferentes extensiones y de distintos contenidos es la denuncia de unas contradicciones y de unas injusticias sociales y, también, la profundización psicológica de unos comportamientos que hunden sus raíces en convicciones ideológicas determinadas por situaciones familiares que hoy mantienen una plena vigencia.

Los dibujos de estos personajes guardan una sorprendente analogía con esos otros seres de carne y hueso con los que nosotros convivimos diariamente, y los episodios narrados tienen mucho que ver con los comportamientos que hoy presenciamos en ambientes próximos o en otros lejanos contados por los medios de comunicación.

En sus enunciaciones filosóficas se combinan las críticas sociales con los análisis teóricos sobre las creaciones artísticas y sobre las diferentes capacidades intuitivas del ser humano. A veces, sobre todo en sus interpretaciones estéticas de la música o de la pintura, nos descubren otras facultades mentales que, sin ser creativas en un sentido artístico, nos ponen en contacto con personajes de mundos inmateriales que experimentan unas vivencias análogas a las actuales.

En mi opinión, la lectura de estos relatos nos confirma que la habilidad para “recrear” los modelos de comportamientos humanos es un arte permanente y universal que, nacido en aquellos antiguos relatos universales, orales o escritos, sigue siendo válido en la actualidad para interesarnos, para divertirnos y para transmitirnos diferentes modelos de mundo y distintas concepciones de la vida humana.

Estoy convencido, además, de que estos relatos, que cuentan episodios sorprendentes de una manera tan interesante y tan amena, pueden orientar a quienes estén decididos a crear novelas actuales y originales, pueden ayudar a desarrollar la habilidad de contar “episodios nuevos” y, sobre todo, a narrarlos de forma “nueva”. Ese es, recordemos, el origen etimológico de la palabra “novela”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

4 de noviembre de 2022

  • 4.11.22
Es ya muy sabido que, en nuestra sociedad actual, la actividad de las redes sociales es indiscutible, es permanente y es relevante. Aunque la empleamos en la enseñanza, en la economía, en el trabajo, en el deporte y en la política, tengo la impresión de que deberíamos controlarla hábilmente para evitar que generen serias consecuencias personales y sociales.


Estas tareas son, en la actualidad, tan vitales y tan extendidas que no podemos concebir la mayoría de las actividades humanas sin tener en cuenta los poderes de las conexiones virtuales. La digitalización de nuestras vidas es ya un hecho tan imprescindible que nos hace dependientes incluso para interactuar con nuestros familiares, amigos y compañeros.

Uno de los aspectos más importantes y, en mi opinión, menos atendidos, son los profundos efectos que el impacto de estos medios causan a nuestra identidad personal y colectiva, a la psicología de cada uno de nosotros y a la cultura de nuestros grupos y pueblos.

De manera rápida están transformando nuestra personalidad, nuestras maneras de pensar, de sentir y de actuar, e influyen en los cambios de nuestras tradiciones populares. Pienso que, debido a la rapidez con la que diluyen los espacios privados y mezclan los ámbitos íntimos, familiares y sociales, al mismo tiempo que nos proporcionan ayudas pueden hacernos más vulnerables.

Es cierto que las conexiones tecnológicas facilitan vivir y formar parte de un mundo más compartido, nos ayudan para que nos comprendamos y para que comprendamos a los otros, pero también hacen posibles los ataques y las agresiones al espacio sagrado de nuestra privacidad.

El uso excesivo e incontrolado de las redes sociales está generando un fenómeno contradictorio que, en mi opinión, puede tener unas consecuencias graves para nuestro equilibrio emocional y para nuestras relaciones familiares y sociales.

Me refiero a esa paradoja tan generalizada de ‘intimidad pública’, a esa facilidad con la que se anulan los espacios, los tiempos y las cuestiones personales y, por lo tanto, “sagradas”, a esas fronteras, a esas puertas y ventanas que nos protegían de quienes pudieran robarnos nuestros tesoros más personales, esos que nos configuran como seres individuales, diferentes y únicos, esos que definen nuestros proyectos vitales y consolidan nuestra identidad y que, justamente, son los que proporcionan a la persona, a la familia y a la sociedad la riqueza de la diversidad y hacen posible la convivencia, la colaboración y la amistad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

28 de octubre de 2022

  • 28.10.22
El antropólogo David Graeber y el arqueólogo David Wengrow, tras minuciosos análisis de las aportaciones de diferentes culturas indígenas, nos descubren en El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad (Barcelona, Editorial Ariel, 2022) unos datos que, articulados con una singular coherencia y explicados con una sorprendente claridad, nos sirven para acercarnos a una nueva interpretación de la historia de la humanidad.


Nos ofrecen una serie de respuestas a preguntas que, quizás, muchos de nosotros, los especialistas en la historia de la humanidad y los que no lo somos, nos hayamos hecho alguna vez como, por ejemplo, por qué el mundo es un desastre o por qué los seres humanos nos tratamos tan mal unos a otros.

En sus propuestas, diferentes a las que se han venido repitiendo desde el siglo XVIII, nos explican y nos demuestran cómo las comunidades prehistóricas eran más cambiantes y menos torpes de lo que todavía piensan algunos antropólogos e historiadores actuales.

Tras descubrir que, por ejemplo, los principios básicos de las tareas agrícolas se conocían mucho antes de su explicación y de su aplicación sistemática, y que se conservaban y se transmitían a través de juegos y de formas de representación teatral, llegaron a la conclusión de que en la historia de la humanidad los rituales han actuado como lugares privilegiados para la experimentación social y como enciclopedias de proyectos sociales.

Es posible que seamos muchos los que, en algún momento, nos hayamos preguntado sobre las razones profundas de tantas guerras, todas ellas fratricidas, de la continua explotación o de la generalizada indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

Pero, a mi juicio, la cuestión fundamental que los dos autores analizan es si esa inclinación permanente al desorden, al desgobierno, a la desigualdad y, en resumen, a la maldad, es una propiedad natural de los seres humanos o es la consecuencia fatal de algún comportamiento perverso en cierto momento de nuestra milenaria existencia.

Me resulta especialmente clarificador el análisis comparativo que los autores hacen de las tesis de Rousseau y de Hobbes, y su conclusión de que las dos propuestas son “sencillamente falsas, tienen terribles implicaciones políticas y hacen del pasado algo innecesariamente aburrido” (p. 14).

Es estimulante que los autores comiencen a contar otro relato más esperanzador tras reunir abundantes pruebas proporcionadas, sobre todo, por la arqueología, por la antropología y por diferentes modelos del desarrollo de las sociedades humanas a lo largo, aproximadamente, de 30.000 años. Sus propuestas –afirman– desmienten la narración tradicional, tras llegar a la conclusión de que la “gran imagen de la historia no tiene nada que ver con los hechos”.

Frente a la interpretación mantenida desde la Ilustración, Graeber y Wengrow proponen que “los avances más importantes desde las sociedades neolíticas, más que a un genio masculino, se basaban en un cuerpo de conocimientos colectivos acumulados, a lo largo de los siglos, sobre todo por mujeres, en una infinita serie de descubrimientos en apariencias humildes, pero, en realidad, enormemente importantes. Muchos de estos descubrimientos neolíticos tuvieron el efecto acumulativo de dar forma a la vida cotidiana de un modo tan profundo como lo hicieron el telar a vapor o la bombilla eléctrica” (p. 661).

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

21 de octubre de 2022

  • 21.10.22
Junto a las estadísticas sobre las dispares –y a veces disparatadas– subidas de los sueldos de los políticos, deberíamos colocar de vez en cuando las pagas medias de los españoles y, sobre todo, las de algunos profesionales tan cualificados como son los médicos y el personal sanitario.


Acabo de leer en varios periódicos las cantidades que cobran los facultativos, tanto de la asistencia privada como de la pública, y no acabo de creerme que, por esas cantidades, se vean obligados a los esfuerzos permanentes que suponen tantas horas del día y de la noche entregados a unas tareas tan delicadas, a tensiones personales, a sacrificios familiares, a riesgos profesionales y, a veces, a las incomprensiones sociales que sus delicadas actividades comportan.

A mi juicio, sería saludable que, en el balance económico global de sus tareas –como en las de otras profesiones similares–, incluyéramos el gasto de tiempo, el consumo de energías físicas, los riesgos de contagios, la perturbación de la tranquilidad, el desequilibrio de la vida familiar, el sacrificio del descanso, la supresión de la lectura sosegada de los libros de sus respectivas especialidades, la dificultad para el disfrute de otros bienes culturales o, simplemente, la posibilidad de pasear por un parque o de dormir una prolongada siesta reparadora.

Podríamos añadir más datos que definen la riqueza alternativa que muchos de ellos se pierden y que, a mi juicio, es superior al patrimonio que medimos exclusivamente con los criterios convencionales de la economía.

No es, ni mucho menos, que, influido por la poderosa publicidad, considere que el dinero es la medida del bienestar; no es que llegue a la conclusión de que el nivel de prosperidad es el que marca el termómetro que evalúa los sueldos, pero he llegado a la conclusión de que los administradores de esta empresa que es nuestro país –también llamado “nación”– deberían compensar un poco mejor a los encargados de proteger, de cuidar y de recuperar nuestra salud y, por lo tanto, de alargar nuestras vidas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

14 de octubre de 2022

  • 14.10.22
Lo menos que podemos exigir en la sociedad actual, en la que tanto alardeamos de “lo políticamente correcto”, es que respetemos los valores de las “cosas sagradas” en el sentido en el que lo utiliza Durkheim y que encontramos de muchas formas en la vida cotidiana. Tengamos en cuenta que lo “sagrado” no se limita al ámbito religioso, sino que aparece también, y de manera permanente, en el mundo secular de todos los tiempos.


Sagrados son esas series de valores en los que, solidariamente, nos sentimos vitalmente adheridos y, por lo tanto, identificados: son partes vitales de nuestra existencia humana personal, familiar y colectiva. Sagrados son los rasgos que constituyen y fortalecen nuestra identidad personal y social; sagrados son los caracteres que nos hacen ser nosotros mismos y que, por lo tanto, deben ser reconocidos y respetados. Sagrados son nuestro origen y nuestra historia común que, como es obvio, no dependen de nosotros, pero que generan unos vínculos y unos compromisos de respeto y colaboración mutua.

Esta reflexión tan elemental se me ha ocurrido al tener noticias de la polvareda agresiva que ha levantado la confesión verdadera o falsa –es lo mismo– de un personaje que se declaraba “gay”. En mi opinión, los que han reaccionado con rabia o con humor –“mal humor”– contra la condición social, familiar o personal de ese hipotético ciudadano han mostrado exclusivamente su incontenible y canallesca agresividad y sus maneras ilusorias de sentirse fuertes para abusar de los seres que ellos erróneamente consideran débiles o inferiores.

Mofarse de los homosexuales, de las mujeres o de los negros, por ejemplo, con la intención de ridiculizarlos, humillarlos, escarnecerlos o menospreciarlos, es intentar desposeerlos de su dignidad, el bien más valioso y más sagrado que poseemos los seres humanos. Esas agresiones, por muy “graciosas” que a algunos puedan parecerles, son simplemente la demostración de la propia indignidad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

7 de octubre de 2022

  • 7.10.22
Estoy convencido de que los que se decidan a leer Naturaleza sagrada (Barcelona, Planeta, Crítica, 2022), una importante obra de la ensayista británica Karen Armstrong, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2017, se sentirán sorprendidos, agradecidos y, sobre todo, esperanzados por la novedad y por la oportunidad de los valientes análisis que hace sobre la gravedad de los peligros con que todos estamos amenazados y por la originalidad de sus propuestas para que adquiramos conciencia de nuestra responsabilidad.


Gracias a las reiteradas informaciones científicas que recibimos por los diferentes canales de comunicación, todos conocemos las consecuencias graves que, para la naturaleza y para nosotros –los seres humanos–, se derivan del crecimiento de las emisiones de partículas, de la elevación de los niveles de contaminación y del aumento de los agujeros en la capa de ozono.

Hoy todos somos conscientes de que asistimos a unos cambios cada vez más rápidos y de que las temperaturas del globo y el nivel de los mares siguen subiendo a un ritmo alarmante. Y todos sabemos, además, que el cambio climático ha dejado de ser una inquietante posibilidad para convertirse en una realidad terrible como consecuencia de nuestra irresponsable actividad humana. Pero también es cierto que “no percibimos que estamos engarzados con nuestro entorno natural y que la enfermedad de la naturaleza determina nuestras dolencias humanas”. ¿Por qué?

La respuesta de Karen Armstrong es clara y categórica: “Aunque resulte esencial reducir las emisiones de carbono y prestar atención a las advertencias de los científicos, lo cierto es que no solo tenemos que aprender a actuar de otro modo, sino que también es imprescindible que concibamos de distinta manera el mundo natural”.

Debemos recuperar el sentimiento de veneración que siempre nos ha inspirado la naturaleza y que, durante miles de años, hemos cultivado con mimo los seres humanos. Sin esta “conciencia”, nuestra preocupación por el entorno natural será, simplemente, una mera emoción superficial.

Es cierto que cada vez nos estamos distanciando “progresivamente” de la naturaleza, pero, como la autora afirma, no es suficiente con que nos acerquemos físicamente, sino que, además, debemos modificar la totalidad de nuestro sistema de valoraciones y de creencias.

Si hemos saqueado la naturaleza tratándola como un recurso, es porque “en los últimos quinientos años hemos cultivado una cosmovisión muy distinta a la de nuestros antepasados”. No se trata de creer o no en una doctrina religiosa, sino de incorporar a nuestras vidas una serie de percepciones y de prácticas que, transformando nuestras mentes y nuestros corazones, cambien nuestro trato a la naturaleza.

Estoy de acuerdo en que es urgente que, para volver a vincularnos con aquellos lazos emocionales con los que convivíamos en y con la naturaleza, deberíamos aprender de esas culturas que, como la india o la china, concebían la naturaleza como una fuerza “sagrada”, como una realidad que es digna de ser respetada, amada y reverenciada.

Podríamos empezar acercándonos poco a poco para observarla atentamente, para escuchar los sonidos de los vientos, los movimientos de las nubes, la fluidez de los arroyos y para, como dice ella, “percibir la vida corriente que fluye en todas las cosas y las trenza en una armoniosa unidad”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

5 de octubre de 2022

  • 5.10.22
Tras recibir la noticia del fallecimiento del periodista Jesús Quintero varios amigos me acaban de preguntar cuál es la clave de éxito que, tanto en la radio como en la televisión, él alcanzó. De manera rápida les acabo de responder que, a mi juicio, su eficacia comunicativa residía, al menos, en su habilidad para estar pendientes de los interlocutores, en concederles el protagonismo y, en dejarlos hablar.


Gracias a sus oportunas y a veces largas pausas, permitía que sus preguntas fueran parecidas a las que muchos de los oyentes les hubiéramos hecho. Sus entrevistas nos servían para acercarnos y para alejarnos de la vida de los otros, para penetrar en nuestro interior e, incluso, para contemplarnos desde fuera.

Nos hacían pensar y reflexionar, sentir y emocionarnos, disfrutar y sufrir, llorar y reír, y, en cierta medida, nos ayudaban para que humanizáramos nuestras relaciones, aunque a veces la usáramos para deshumanizar a la sociedad. En mi opinión, poseía una singular habilidad para elegir a unos interlocutores que, parecidos o diferentes a nosotros, expresaran nuestras recónditas aspiraciones.

En resumen, ha muerto un gran profesional que tuvo la capacidad para hacer visibles esas personas que piensan, hablan y, sobre todo, sienten como muchos de nosotros. Que descanse en paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

30 de septiembre de 2022

  • 30.9.22
La soledad y el silencio a veces nos resultan molestos porque, simplemente, nos da miedo vernos por dentro a nosotros mismos. El mundo de hoy nos ha hecho más activos que contemplativos y hemos emprendido tal carrerilla hacia fuera que nos resulta difícil frenar para advertir que, por ejemplo, estamos envejeciendo.


En la actualidad, la mayoría de nosotros, a no ser que nos veamos sorprendidos por una enfermedad mortal o por un accidente trágico, nos encaminamos con relativa rapidez hacia una dilatada ancianidad. A mi juicio, debería ser normal que nos preguntáramos cómo estamos viviendo o cómo viviremos ese último recorrido que, si lo preparamos con habilidad, con esmero y con sabiduría, nos ofrece la oportunidad para que nos planteemos de manera razonable las cuestiones fundamentales de la vida humana como, por ejemplo, si deseamos vivir mucho tiempo o vivir de una manera razonable, intensa, generosa y provechosa.

Me permito invitarles a que intenten concebir la propia ancianidad y que cada uno ensaye sus fórmulas personales para vivirla de la manera más grata posible. En la actualidad, la vida de la mayoría de nosotros ha dejado de ser tan breve como el trayecto de un vehículo que pasa rápidamente. La esperanza de vida ha aumentado considerablemente, el recorrido es bastante más largo y, durante el mismo, podemos detenernos, bajarnos y volver a subirnos en cada una de sus diferentes paradas.

Ese último recorrido que, ya desde ahora, y si todos lo preparamos con habilidad, con esmero y con sabiduría, puede ser el tiempo adecuado para recuperar unas experiencias que, quizás, se nos hayan escapado, para aprender y para emprender los caminos para abrir puertas a lo desconocido, para escribir páginas aún en blanco, para extraer enseñanzas incluso de las dolencias y de las limitaciones físicas y, en resumen, para vivir y para celebrar lo que nos queda de vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

23 de septiembre de 2022

  • 23.9.22
A los lectores a los que les agrada y les interesa plantearse las cuestiones relacionadas con el bienestar y con el bienhacer, es posible que Estoicismo. De la Estoa a Marco Aurelio (Madrid, Hermida Editores), que reúne las reflexiones de los pensadores estoicos Epicteto, Séneca y Marco Aurelio, les resulte oportuna, interesante y práctica.


Me atrevo a adelantar que, incluso, es probable que algunos se sorprendan por la sencillez, por la claridad y por la profundidad con la que plantean unos problemas que hoy nos siguen inquietando como, por ejemplo, nuestra radical interdependencia, las hondas raíces de nuestros deseos, las influencias inevitables de las opiniones ajenas o los agudos sufrimientos que nos generan las pérdidas.

En mi opinión, resulta especialmente acertado reunir las reflexiones de un emperador, de un cortesano y de un esclavo romanos sobre unas ideas que surgieron en Grecia en unos momentos de desconcierto, en una situación histórica que guarda cierta analogía con nuestros problemas actuales.

Las explicaciones de Epicteto en su Manual de vida sobre, por ejemplo, las dependencias, los deseos, las opiniones, la espera o la enfermedad son totalmente actuales. Lo mismo ocurre con las Meditaciones de Marco Aurelio sobre el hábito de procrastinar los asuntos importantes, sobre la brevedad de la vida o sobre la administración del tiempo.

Las “Consolaciones” con las que Séneca trata de aliviar los pesares, de “arrancar el dolor” de Marcia o de explicar a Lucilio cómo es posible que ocurran tantas desgracias en un mundo gobernado por una providencia son especialmente oportunas en estos momentos.

Si, simplificando y exagerando, podemos afirmar que la última meta de los pensamientos filosóficos, de las investigaciones científicas y de los trabajos técnicos es lograr el bienestar personal y colectivo, y, si ese es el fondo de todas nuestras aspiraciones y de todas nuestras tareas, es razonable llegar a la conclusión de que estas reflexiones constituyen una invitación para que los investigadores de las distintas disciplinas científicas y técnicas, los profesores de las diferentes ciencias humanas y los lectores preocupados por los problemas sociales y políticos actuales lean estas reflexiones que profundizan en nuestras cuestiones “vitales”.

Es posible que la lectura o la relectura de estas obras clásicas nos ayuden descubrir unas fórmulas renovadas para tratar unos asuntos que ya habían preocupado y ocupado a unos pensadores que sembraron las semillas del frondoso bosque de nuestra cultura occidental.

Esta obra constituye una oportuna invitación para que los profesionales de los diferentes territorios del pensamiento actual, los críticos periodísticos y los creadores de opinión dirijan sus miradas hacia esos maestros que siguen iluminando las cuestiones que nos preocupan hoy a los ciudadanos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

16 de septiembre de 2022

  • 16.9.22
De manera sencilla, clara y amena, Johnjoe Mcfadden, científico y profesor de Genética Molecular de la Universidad de Johnjoe Mcfadden, nos da la razón a quienes estamos convencidos de que nuestras dificultades para comprender las ciencias, la filosofía y, a veces, la historia, radican, más en la oscuridad con las que nos las explican que en nuestra incapacidad para entenderlas.


Todos hemos tenido experiencias de lo bien que hemos comprendido y lo mucho que nos han entusiasmado unas cuestiones teóricas cuando un “experto en la comunicación pedagógica” nos las ha “contado” de manera sencilla, clara y amena.

Con detalles, con precisión y con habilidad, el profesor Mcfadden nos relata en La vida es simple (Barcelona, Paidós, 2022) los principales descubrimientos científicos que, durante la milenaria historia de las ciencias, han seguido unos procesos sencillos y “simples”.

Original me ha parecido el arranque de sus explicaciones en la idea del filósofo, lógico, teólogo y fraile franciscano inglés Guillermo de Ockham (c. 1288-1349), defensor del principio metodológico de la “economía” según el cual no debemos multiplicar las explicaciones sin necesidad.

Oportuno es, a mi juicio, el análisis que el autor efectúa para mostrarnos cómo los prejuicios ideológicos, sobre todo los religiosos, han oscurecido, complicado y, a veces, frenado los descubrimientos y las explicaciones de los fenómenos más importantes de la naturaleza.

Partiendo del supuesto de que la ciencia es una, nos recuerda cómo sus raíces se ahondan en los trabajos de las diferentes civilizaciones como la antigua Mesopotamia, China, Grecia y norte de África. Llega a la conclusión de que “cientos de lugares, innumerables épocas y millones de personas han contribuido a la construcción de ese extraordinario sistema de pensamiento que hoy denominamos ciencia moderna”.

Con claridad y con detalles nos explica “cómo todos los grandes avances científicos se han logrado gracias a unos cálculos que “implicaban una simplificación”. Nos recuerda que Roald Hoffmann, premio Nobel de Química, siguió aquella lógica occamista para llegar a la hipótesis cuántica y cómo, en aquella época, todos los científicos mostraban ya su preferencia por las soluciones sencillas.

Estoy de acuerdo, al menos, en que optar por una teoría compleja cuando se puede recurrir a otra más sencilla es, para cualquier investigador moderno, simplemente “anticientífico” y, por supuesto, antipedagógico.

Resulta llamativo que esa preferencia por la sencillez en la ciencia, que es relativamente reciente, tenga su origen en las ideas de Guillermo de Occam, aquel fraile franciscano “que rompió las polvorientas telarañas de las doctrinas medievales para dejar espacio a un pensamiento más ágil y más perspicaz”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

9 de septiembre de 2022

  • 9.9.22
Tengo la impresión de que, en la práctica, algunos (¿muchos?) de los políticos actuales ignoran que los mensajes se transmiten, sobre todo, con la expresión del rostro, con los gestos de las manos y con los movimientos de los brazos. No advierten que cualquier palabra, como, por ejemplo, “gordo”, “bonito”, “abuelo” o “parienta”, puede sonarnos a piropos o a injurias, dependiendo del tono con el que las pronuncien.


No suelen ser conscientes de que el lenguaje corporal –el más sincero y el más directo– es la clave con la que, de manera inconsciente, expresamos e interpretamos los significados de las palabras. Por muy buenos discursos que le preparen sus asesores, si en la “pronunciación” el político emplea un tono irritado, dirige a los oyentes unas miradas violentas y hace muecas crispadas, las palabras suaves y las razones convincentes producirán el mismo efecto que el impacto de unas piedras que nos golpean en lo más íntimo de nuestra sensibilidad.

Es una pena que no caigan en la cuenta de que, a veces, sus discursos nos suenan como ladridos de perros asilvestrados que pretenden asustarnos; otros, por el contrario, nos transmiten la impresión de que son gatos acobardados que temen ser capturados e, incluso, no faltan quienes nos parecen unos lobos que, disfrazados de ovejas, pretenden seducirnos.

Es cierto que cada uno tiene su voz peculiar, pero también es verdad que, igual que ocurre con la imagen corporal, si aplicaran los cuidados adecuados, podrían mejorarla y sacarle un asombroso partido. No deberían olvidar que la voz, igual que la piel, exige que la aseen, la tonifiquen y la mimen, sin olvidar que, como la piel, la voz es –más que una envoltura– un cristal transparente que descubre el fondo íntimo de nuestras conciencias donde palpitan las emociones, las esperanzas y los temores y, sobre todo, los rencores.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

2 de septiembre de 2022

  • 2.9.22
Está claro que también nosotros, los ancianos, a veces nos asustamos con lo que está pasando. Pero, en mi opinión, es importante que distingamos los temores razonables y controlados de los otros miedos paralizantes de quienes están permanentemente asustados, de quienes, ante el menor cambio, sienten un desmedido pavor.


Es normal que, conscientes de nuestra fragilidad, experimentemos temor a las enfermedades y a la muerte. Es explicable que sintamos desconfianza por los cambios que nos obligan a variar nuestras costumbres y a cometer errores.

Pero deberíamos buscar procedimientos para controlar esos temores irracionales y para evitar que se conviertan en unos miedos paralizantes que nos impidan alcanzar, mantener y aumentar nuestro bienestar. En el fondo, el miedo es esa preocupación, ese estremecimiento incontrolado por lo que todavía no ha pasado y quizás nunca pasará.

El miedo es el vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido y que solo se alivia por la presencia reconfortante, estimulante y consoladora de las personas próximas, de los seres queridos, de los familiares y de los amigos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

26 de agosto de 2022

  • 26.8.22
El decimoséptimo aniversario del fallecimiento de nuestro filósofo Mariano Peñalver me brinda la oportunidad de reflexionar sobre las guerras en unos momentos que, sin duda alguna, son especialmente oportunos. En mi opinión, de acuerdo con los antropólogos más cualificados, los dos “instintos humanos” más primarios –y, por lo tanto, los más irreprimibles– son el de supervivencia (individual y colectiva) y el de identidad (individual y colectiva).


Mientras tenemos vida, en el sentido más elemental de esta palabra, nos sentimos enérgicamente impulsados a conservarla y, en la medida de lo posible, a prolongarla. Paradójicamente, podríamos afirmar que estamos dispuestos a perder la vida con el fin de lograr los medios indispensables para mantenerla.

El otro instinto, no mucho menos irrefrenable, es el de la identidad, un impulso que consiste en ser uno mismo y en exigir respeto a la propia condición personal y colectiva. Ahí radican, a mi juicio, los gérmenes y la explicación de la agresividad y de las guerras.

En la actualidad, debido a la movilidad y a los permanentes cambios de residencia, el conocimiento de los complejos mecanismos psicológicos y sociológicos que intervienen en la composición de las diferentes identidades individuales y colectivas alcanza una importancia decisiva, ya que, como sabemos, tienen graves y complejas repercusiones tanto en la convivencia social como en las relaciones políticas.

Tengo, sin embargo, la impresión de que, tanto los gobernantes como los líderes de opinión, en sus análisis de las múltiples situaciones y en la adopción de las medidas para encauzarlas de manera razonable y justa, caen, con excesiva frecuencia, en una ingenua, inútil y, a veces, peligrosa simplificación.

Especialmente acertada es la distinción que establece Mariano Peñalver entre la agresividad personal y la violencia institucional. Él se pregunta si la primera es consecuencia de una baja o de una alta autoestima. Para responder a esta compleja cuestión, parte del supuesto de que la violencia institucional es el resultado no solo de las decisiones de los poderosos sino también de las respuestas que éstos obtienen de sus destinatarios o de sus víctimas.

Establece una clara diferencia entre la violencia tiránica, que no se fundamenta en el principio de la obediencia debida, y la violencia institucional que, a veces, se excede impulsada también por las pasiones. Duda de que hayan existido guerras limpias y opina que una de las claves de la agresividad y de la violencia se ahonda hasta ese fondo psicológico en el que se aloja nuestra impaciencia.

Llama la atención sobre el actual regreso a las promesas medievales de los “paraísos celestiales”, le sorprende la creciente manera de excitar la venganza y de alimentar el resentimiento hacia los poderosos, y rechaza el uso de la violencia como un medio adecuado para alcanzar cualquier fin estimable.

También él explica cómo los políticos, además de administrar los bienes de la colectividad, deberían ejercer una labor pedagógica estimulando el control (¿ascético?) de las pasiones y la protección frente a la codicia propia y ajena.

Condena por igual todos los terrorismos y nos pone en guardia ante los fundamentalistas de cualquier creencia. Peñalver nos advierte con claridad e insistencia cómo las consecuencias de la violencia, además de truncar vidas sanas, destruye la tranquilidad de las familias, despierta la rabia y la indignación en los padres, y el desánimo y la inquietud entre los hijos e, incluso, perturba la conciencia de las ciudades.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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