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Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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27 de mayo de 2021

  • 27.5.21
El dos de agosto de 2004 tenía 14 años, y estaba a pocos días de cumplir los quince. Aburrido en casa, mi familia ya se había metido en la cama y yo era dueño y señor del mando de la televisión. Estaba a oscuras, como siempre me ha gustado ver la tele de noche, y no tenía ganas de leer.


Tirado en el sofá, iba de un canal a otro sin rumbo fijo. Zapping lo llaman los amantes del anglicismo. Veía esto, veía aquello. Nada me convencía. Nada me llamaba la atención. Como teníamos canales de pago –uno de los pocos lujos que mi familia se permitía por aquel entonces–, me dirigí a ellos con la esperanza de encontrar algo. Paré en un canal de contenido musical, pero no aguanté mucho. Al final, decidí pulsar el botón número 1 y volver a revisar todos los canales uno a uno.

No tuve que esperar mucho. Me llamó la atención La 2. Había una película en blanco y negro, con una imagen muy degradada –al menos, para lo que yo estaba acostumbrado–, y me llamó la atención ver actores asiáticos vestidos con atuendos tradicionales. Era una película japonesa subtitulada. Decidí darle una oportunidad.

El argumento acontecía en el Japón feudal y, en él, se sucedían y combinaban hechos vulgares y cotidianos con otros sobrenaturales. Había acción sin especial espectacularidad. La fotografía estaba cuidada y todo el filme ofrecía belleza, o al menos me pareció eso. Era algo nuevo para mí, algo fascinante que quería que se repitiera.

Sin embargo, ¡ay! No es sabio volver donde se fue feliz. Sin ser cinéfilo, he disfrutado mucho con el cine. Incluso he llegado a llorar de emoción. Pero jamás he vuelto a tener ese mismo sentimiento de descubrimiento.

Con los años, supe que la película que vi fue Ugetsu Monogatari (Cuentos de la luna pálida de agosto, 1953), de Kenji Mizoguchi. Se proyectó en el programa número 415 de ‘Qué grande es el cine’, presentado por José Luis Garci y que, en aquella ocasión, contó con la colaboración de Oti Rodríguez Marchante, Clara Sánchez y Juan Miguel Lamet.

Mentiría si dijera que es mi película favorita. Más allá del cariño, ni siquiera estaría en una selección de diez. Y, sin embargo, puedo afirmar con rotundidad que fue una llave importante para ver otro cine, un cine diferente.

Es cierto que fue una combinación perfecta: aburrimiento, curiosidad, oportunidad. Si bien, no es óbice para que otros jóvenes puedan, al menos, llegar a tener acceso a un cine más allá de la actual industria de Hollywood.

Quizá sea hora de dar un mayor protagonismo al cine en las aulas, educando en el cine del mismo modo que se educa en la lectura. No estoy diciendo que se les proyecte El gatopardo a chicos de 12 años, ni que se enseñe Historia del Cine, si bien creo que se debería favorecer cierta educación cinematográfica que fomente la creatividad, el ocio sano y el conocimiento de los adolescentes.

Ahora que la nueva reforma educativa favorece la vagancia y la ley del mínimo esfuerzo, estoy convencido de que se puede encontrar hueco para estas propuestas. Hay algunas interesantes, como Educafilmoteca, un proyecto de Filmoteca Española para acercar el cine a las aulas.

En cualquier caso, creo que es importante integrar el cine en las aulas como una fuente de cultura, y no como una simple solución para las guardias o para ilustrar contenidos. Una ventana a la cultura para una generación abocada a la ignorancia y, aún más que hoy, a los caprichos del mercado.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

13 de mayo de 2021

  • 13.5.21
El día después de las elecciones en la Comunidad de Madrid está marcado por la extrañeza. Una sensación similar a cuando la Selección Española de Fútbol ganó el Mundial o, por el contrario, le tocó caer antes de tiempo. Salvo el día en que Vox entró en el Parlamento andaluz, lo cierto es que nunca he visto que la expresión “resaca electoral” tuviera tanto sentido. En especial, en la propia Comunidad.


Me acerqué a votar después del trabajo. En mi colegio electoral, la cola ocupaba el perímetro de más de media manzana. Cerca ya de la entrada, una señora mayor que andaba apoyada en muletas se acercó a un policía. “Con usted quería yo hablar”, le indicó al agente, que no tardó en acercarse.

“¿De verdad tengo que esperar toda esta cola?”, preguntó con voz lastimera mientras señalaba con una de las muletas a las personas que esperaban su turno. “Por supuesto que no, señora. ¡Venga conmigo!” le respondió el policía, muy bien dispuesto. Alrededor, había unas personas de mediana edad que intentaban colarse y que desistieron por la presencia policial.


Había ganas de votar. Había ganas de expresarse. Que yo haya vivido, no he visto nunca una jornada electoral con tanto ambiente. El proceso se desarrolló con tranquilidad, salvo el circo de FEMEN en el colegio electoral de Rocío Monasterio. Algunos fueron con la idea de vencer al comunismo. Otros, con la idea de parar al fascismo.

En cambio, no fueron pocos los que rumiaban en las colas los agravios del sanchismo a una Comunidad que ha sabido equilibrar salud y economía. Y si hay algo que ha demostrado la política en los últimos años es lo que une un agravio. Los madrileños han sido los apestados de la pandemia, señalados por un sanchismo que obviaba a propósito las proporciones relativas de otras zonas donde la gestión había sido mucho más nefasta. En especial, Navarra y Cataluña.

Tampoco fueron pocos los que recordaron las afirmaciones de precampaña de dirigentes del Partido Socialista y de Unidas Podemos, que señalaban a Madrid como poco menos que un paraíso fiscal. La negativa de Gabilondo a subir impuestos no era creíble. Tan poco como su deseo de regular el mercado del alquiler, que manifestó días después de que los dirigentes del PSOE estatal desecharan la idea, para frustración de Unidas Podemos.

La noche fue corta, y no por el toque de queda. La paliza de Ayuso a sus contrincantes se hacía manifiesta con menos del 50 por ciento escrutado. Ni siquiera iba a necesitar a Vox. Algunos no entendimos el hecho de que Casado diera un discurso antes que la candidata, y tan largo. Estuvo fuera de lugar. Incluso Vox, ese partido tan machista y retrógrado, dejó hablar a Monasterio antes que a su líder.

Sin embargo, como ya es costumbre, la nota la tuvo que dar otro Pablo, Iglesias en concreto. Tras lloriquear que su fracaso se había debido a que el mundo no lo comprendía y que todos eran muy malos, malísimos, –o tontos, tontísimos–, manifestó su deseo de abandonar todos sus cargos políticos. Y lo hace el día en que el partido fundado por su amigo, y ahora rival, Íñigo Errejón, hiciera en Madrid lo que él no pudo nunca: el sorpasso al PSOE. De la mano de Mónica García, eso sí, tras una campaña en la que demostró que Más País mantiene lo peor de Podemos: el feminismo descerebrado, las propuestas radicales vacías de contenido y la propaganda populista.

Como ya se ha indicado, el día después fue de resaca. De acuerdo con la propaganda pseudoprogresista, el fascismo había pasado. Los insultos, el mal perder, y la incomprensión a los madrileños por su elección recuerdan al ascenso de Vox en Andalucía. Autocrítica nula, empatía en extinción.

Para otros, se mantiene la calma y el orden. Un día normal, con muchas ganas de comentar los resultados... o muy pocas. Y un placer casi generalizado por la fuga de Iglesias, incluso, entre los votantes pseudoprogresistas. Tras la hiperventilación, no hay cambios significativos en el día a día.

Como todavía no me ha tocado la lotería, he tenido que ir a trabajar todos los días entresemana desde entonces, y admito que todavía no he tenido que saludar a la romana a nadie.

Como la Mahou, Ayuso solo gusta en Madrid, por más que para los medios generalistas, España se reduzca a la Meseta. Llevará a cabo políticas que gusten más, y otras que gusten menos. Como todo en democracia. Seguirá la tendencia privatizadora y seguirá el enfrentamiento con Sánchez, que el Kennedy español alimenta con placer en su orgía de agitación política.

Madrid Central ha caído, como no podía ser de otra manera. Eso sí, con el pecado original de que Almeida ha sido incapaz de proponer una alternativa. Pablo Iglesias ya no tiene cola para que se la agarren. Gabilondo y Franco han caído en desgracia ante su amo. En cuanto a Ciudadanos, que tanta paz lleve como descanso deja.

La pseudoizquierda española tiene ahora un problema, como refleja el hecho de que el primer movimiento ha sido mirar a Andalucía. Y también se la juega Casado, impotente en su mediocridad y en su incapacidad para limpiar la casa... En este sentido, tiene mucho que aprender de Sánchez. Al menos, él lo aparenta. La vida sigue igual.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

29 de abril de 2021

  • 29.4.21
El anecdotario de las singulares elecciones a la Asamblea de Madrid es extenso. Me gustaría compartir algunas de mi cosecha puesto que, estoy convencido, reflejan el ambiente político madrileño con casi tanto rigor que el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Reitero la veracidad de las anécdotas, que es más de lo que puede garantizar el señor Tezanos.


Primera anécdota. Hace un mes, alrededor de las 15.00 o 15.30 de la tarde, estaba volviendo de mi puesto de trabajo junto con mi pareja. Había sido un día duro para ambos y nos arrastrábamos cabizbajos hacia casa. El sol no era de justicia, pero emanaba suficiente luz y calor como para hacernos pesados los abrigos que nos colgaban del brazo y las mochilas que cargábamos en la espalda.

Ensimismados, rumiábamos los eventos de la mañana cuando oímos voces procedentes de un bar. Se trataba del dueño, que conocíamos de vista por la frecuencia con la que pasábamos por la entrada del local. Las palabras que escuchamos fueron las siguientes: “[…] Porque Ayuso es la única que nos quiere ayudar. Pero el cabrón de Sánchez lo quiere cerrar todo […]”.

No pude escuchar bien el final de su queja. Teníamos puesta la marcha automática y no tuvimos la agilidad mental suficiente como para detenernos a escuchar el final. Tampoco hay que tener una bola de cristal para imaginarla.

Segunda anécdota. Ante la imposibilidad de visitar a nuestras familias en Andalucía, inquietos por la cantidad de personas que sabíamos que huirían a la Sierra de Madrid entre el Miércoles y el Jueves Santos, decidimos ir a la Sierra los primeros días de la semana para descansar. El jueves nos volvimos, dejando atrás colas kilométricas que se dirigían hacia el lugar que nosotros abandonábamos.

Dejamos las maletas en casa y nos dirigimos al centro de la ciudad para comer. Era temprano, sobre las 12.30-13.00, pero no me importaba. Si no fuera por el trabajo, sería de esas personas que disfrutarían del brunch, anglicismo cool que viene a referirse a la comida del que desayuna tarde o almuerza temprano.

Nos dirigimos a la calle Mayor de Alcalá de Henares, vía principal de la Ciudad, que nos coge cerca de casa. Las calles están abarrotadísimas y nos damos cuenta de que, en Semana Santa, había ocio fuera de la Sierra para los habitantes de la Meseta. Abarrotada la calle hasta el punto de inquietarnos, con o sin covid, nos encontramos un tapón de personas junto a la casa natal de Miguel de Cervantes. Hay varias cámaras y curiosos.

Como soy sevillano y es Semana Santa, me dirijo de cabeza hacia el centro de la bulla sin pensármelo demasiado y no tardo en alcanzar mi objetivo. Solo faltaba el olor a incienso para empezar a buscar la cruz de guía. Sin embargo, lo que encontré estaba lejos de ser una cofradía, aunque tenía algo de crucificado.

Delante de un roll up, una suerte de cartel enrollable, Edmundo Bal, candidato de Ciudadanos, estaba dirigiéndose a la prensa. “Buen movimiento para ganar visibilidad”, pensé, “si no hubiera covid”. Tras acordarme de toda su familia por taponar la calle principal de la ciudad, me dispongo a alejarme del lugar para buscar un espacio más tranquilo y seguro. “Vaya elemento, que tengan narices de quejarse de la saturación de los espacios públicos”, pensé, si bien omito alguna palabra malsonante que negaré ante cualquier juez.

Mientras nos damos la vuelta, veo a un señor gritando desde el otro lado de la calle al candidato naranja: “¡Pero si estáis acabados!”. Los viandantes de alrededor nos dividimos entre los que nos reprimimos la carcajada y los que no. No ofende el que dice verdad.

Tercera anécdota. Es 15 de marzo. Nos llega la noticia de que Pablo Iglesias abandona la Vicepresidencia para presentarse a la Asamblea. Lo hablo con un compañero poco sospechoso de ser ‘facha’. Su expresión fue clara: “Me van a obligar a votar a quien no quiero”.

Mientras que hablamos de esta cuestión, mis amistades debaten sobre lo mismo en un grupo de WhatsApp. Cuando me paro a mirar, me sorprenden las palabras de una buena y sensata amiga: “Al final me van a obligar a votar a quien no quiero, únicamente por no tener a ese gilipollas de presidente [tres emoticonos de caritas sonrientes boca abajo]”.

No sé qué me sorprendió más, si el hecho de que usara la misma expresión que mi compañero o el hecho de que creyera que Iglesias podría llegar a presidente. Yo solo podía pensar en lo a gusto que debía de haberse quedado Pedro Sánchez, mientras me lo imaginaba en La Moncloa, fumándose un puro con los pies sobre su escritorio y con una sonrisa de oreja a oreja. También me lo imaginé con un whiskey con hielo en la mano, y admito que eché de menos no poder tomar un trago.

Cuarta anécdota. Las puertas de los retretes son interesantes. No suelen ofrecer muestras de alta cultura, si bien, no dejan de ser un elemento cotidiano donde se producen procesos interesantes.

Tal y como se puede comprobar en la imagen, un día me sorprendió ver pegada en la puerta de un retrete una imagen electoral de Más País. En ella, se puede ver un retrato de Mónica García con las palabras sobreimpresas “Mónica ǀ Madrileña ǀ Médica ǀ Madre”.

Intenté reflexionar sobre el mensaje. ¿Qué mérito político supone ser madrileña, médica y madre? Gádor Joya es madrileña, médica y madre, y eso no es óbice para que pertenezca al sector más reaccionario de Vox. ¿Mal mensaje? ¿Intento de apropiación?

Unos días después, tal y como puede verse en la foto, me encontré con que la imagen apareció tachada y rodeada de dos mensajes escritos: “VOX” y “VIVA ESPAÑA”. “Los extremismos de siempre”, pensé.

Sin embargo, un par de días después, encontré una respuesta que me sorprendió. Al mensaje “VOX” se le añadió un “FUCK”, que no pienso traducir, así como un recuadro para darle unidad al mensaje. Por otro lado, al mensaje de “VIVA ESPAÑA”, se le añadió una coma y las siguientes palabras: “NO LA ESPAÑA QUE VOX QUIERE”. Para concluir el panorama, entre ambos mensajes encontré dos líneas cruzadas que, asumo, era un tachón, cuya función comunicativa me es imposible descifrar puesto que, como pueden comprobar, no tachan nada.

Para ser sinceros, no sé qué fue lo más sorprendente. Como persona interesada en la comunicación política, admito que me fascinó comprobar que esa comunicación podía producirse hasta en la puerta de un retrete. En efecto, al haber intercambio e intencionalidad, se producen las condiciones para hablar de acto comunicativo.

Por otro lado, me pareció curiosa la voluntad de imponer el mensaje propio, recordándome a los salvajes procesos de intercambio de pareceres de las redes sociales. Admito que también me llamó la atención la defensa del concepto de España por un militante o simpatizante de extrema izquierda en España. ¿Un rayo de esperanza?

Por último, no dejó de ser fascinante comprobar cómo la extrema izquierda y la extrema derecha llevaban a cabo acciones propias de redes sociales en la puerta, no lo olvidemos, de un retrete. Para que después digan que no se pueden tener pensamientos profundos mientras se vacía la vejiga…

Tengo algunas anécdotas más vinculadas con Gabilondo, pero son casi tan sosas como el propio político, por lo que me las ahorro. Todo lo narrado, insisto, es verídico. Desde la conciencia de que no dejan de ser fragmentos de una experiencia personal, no dejan de ser vivencias que todos los que vivimos “a la madrileña” nos encontramos en el día a día.

Asisto perplejo a una campaña sucia en la que ambas partes –porque ellos mismos han decidido dividirse en dos bloques, no lo olvidemos–, intentan demostrar la barbarie de su rival. Ambos justifican la violencia contra el enemigo, ya sea el ataque antidemocrático que recibió Vox en Vallecas –o Vallekas, como gustéis–, o las amenazas recibidas por diferentes políticos “demócratas” –me encanta ese sentido del humor tan retorcido–.

Unas amenazas que, de ser ciertas, reflejan serios agujeros de seguridad que sorprenden en un contexto como el español. Hay cosas que no me cuadran. Que Rocío Monasterio actúe como una macarra, no tanto. Ni tampoco que los estómagos agradecidos calienten una campaña que, si no fuera por este circo, el bloque de la pseudoizquierda tendría perdida por goleada.

Mientras escribo estas líneas, la última hora es que Isabel Díaz Ayuso ha recibido también amenazas. ¿En un año serán recordadas como simples anécdotas de campaña? Estoy convencido de ello.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

15 de abril de 2021

  • 15.4.21
Philipp Eduard Függer recibió una carta singular el 14 de abril de 1592, proveniente de Venecia. Philipp pertenecía a una de las familias más poderosas del mundo y tenía informadores repartidos por toda Europa. Ya fuera por promoción suya o por acción de sus informadores, era habitual que las cartas exclusivas que recibía acabaran en una imprenta.


Se entiende que los Függer eran informados de asuntos de peso, que podrían influir en sus intereses financieros o comerciales, o que les permitieran conocer alguna circunstancia de interés de reyes y príncipes. Por otro lado, Venecia era uno de los grandes nodos informativos manuscritos de la Europa Moderna.

El contenido de esta carta singular es interesante, en tanto en cuanto nos permite comprender la mentalidad del lector moderno y sus vicios. Se trataba de una noticia que informaba del posible nacimiento del Anticristo.

La carta comienza justificándose, afirmando que se basaba en un “boletín de noticias” atribuido al gran maestre de la Orden de Malta –quizá Hugues Loubenx de Verdala–, y “varios príncipes más”. Es probable que se tratase de una gaceta manuscrita u otro tipo de publicación politemática o miscelánea, o sea, con diferentes narraciones. Se comprueba que la atribución autoriza lo que sigue, haciendo referencia a una persona de alto rango social.

Una vez justificada la fuente, el informador ofrece la narratio, que empieza con una atribución para pasar a la enunciación de la información:

El boletín informa de que en cierta provincia de Babilonia ha nacido de una mujer de mala reputación un niño cuyo padre es desconocido. Afirma que el niño está cubierto de pelo de gato y tiene un aspecto terrorífico. Comenzó a hablar ocho días después de nacer y a caminar al cabo de un mes. Se dice que ha confesado ser el Hijo de Dios.

Tras ubicar el acontecimiento, se ofrece la información en tercera persona, de manera clara y concisa. El texto sigue narrando hechos prodigiosos, que generan el escepticismo del lector contemporáneo en el mejor de los casos. Sin embargo, el redactor no solo sustenta su credibilidad en la supuesta autoría del boletín, sino que rechaza otras fuentes que afirma tener a su disposición por su escasa fiabilidad:

Para ser breve, omitiré otros informes al respecto que no parecen muy creíbles. Se dice que los rabíes han llegado a la conclusión de que la criatura es en realidad el hijo de la perdición, el Anticristo.

Parémonos un momento a recapitular. Uno de los hombres más poderosos de la época, Philipp Eduard Függer, comerciante y hombre de sólida formación, paga una red de informadores que le mandan cartas manuscritas. Y un día se presenta en su casa una carta señalando el posible nacimiento del Anticristo y, como señala la carta en otro punto, que ya se le rinde culto local. Inconcebible para el lector actual, pero lógico para el lector moderno. Sabemos que la carta fue después impresa, convirtiéndose así en un producto del primer periodismo europeo.

Y es que Honoré de Balzac se quedó corto en su crítica a la prensa cuando escribió, en el contexto de la prensa parisina de la década de 1840, que “para el periodista todo lo que es probable, es verdadero”. Ese juicio de verosimilitud también corresponde al lector.

Como bien señalan las teorías más recientes sobre la recepción, se trata de un proceso interactivo y de negociación del sentido entre un emisor y un receptor. Es un proceso de producción activa y que está marcada por diferentes variables.

Dicho de otra manera, el lector también participa en el proceso informativo, no es un elemento pasivo. Por ejemplo, las noticias falsas con intención de serlo, más conocidas como fake news en el universo de los anglicismos, se verían muy limitadas si los lectores fuesen críticos y exigentes. Ellos son los que le dan credibilidad, ellos son los que los difunden.

El profesional de la información tiene una responsabilidad, pero el lector también. José Ortega y Gasset lo sabía bien. El autor de La rebelión de las masas hizo un llamamiento al público en el primer número de El espectador, “Verdad y perspectiva” (1916), un conjunto de ensayos con claros matices periodísticos:

El escritor, para condensar su esfuerzo, necesita de un público, como el licor de la copa en que se vierte. Por esto es El Espectador la conmovida apelación a un público de amigos de mirar, de lectores a quienes interesen las cosas aparte de sus consecuencias, cualesquiera que ellas sean, morales inclusive. Lectores meditabundos que se complazcan en perseguir la fisonomía de los objetos en toda su delicada, compleja estructura. Lectores sin prisa, advertidos de que toda opinión justa es larga de expresar. Lectores que al leer repiensen por sí mismos los temas sobre que han leído. Lectores que no exijan ser convencidos, pero, a la vez, se hallen dispuestos a renacer en toda hora de un credo habitual a un credo insólito. Lectores que, como el autor, se hayan reservado un trozo de alma antipolítico. En suma: lectores incapaces de oír un sermón, de apasionarse en un mitin y juzgar de personas y cosas en una tertulia de café.

A hombres y mujeres de tan rara índole se dirige El Espectador, que es un libro escrito en voz baja.

Ortega y Gasset no quería cualquier público, sino que quería lectores “sin prisa”. Solicitaba su atención, consciente de que el gran público es un estercolero. Una conclusión a la que Mariano José de Larra llegó con 23 años.

Larra publica en agosto de 1832 El pobrecito hablador: Revista satírica de costumbres en Madrid (disponible aquí). Lo hace con el pseudónimo “Bachiller D. Juan Pérez de Munguía” y, en el primer número, tras dedicar “dos palabras” a los lectores para presentar su publicación, titula el primer texto como “Quién es el público, y dónde se le encuentra”:

[…] el ilustrado público gusta de hablar de lo que no entiende […] no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aun heterogéneos sé compone la fisonomía monstruosa del que llamamos publico; que este es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasageras; que ama con idolatría sin por que, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y objeto de su olvido ó de su desprecio el mérito modesto […].

La impresora María Pérez publicó en la Ciudad del Betis, en 1621, Victoria que el armada de Inglaterra alcançò con solos diez Galeones de diez y siete Naos de Turcos, a vista de Tarifa, tres dias despues de la que alcançò nuestra Armada en el Estrecho de Gibraltar y assi mismo se refiere el daño que la dicha Armada hizo (disponible aquí).

Sobre el público, Pérez destaca al final de su texto, tras una breve reivindicación profesional:

Nuestro trabajo es fuerza que salga a manos de cultos y de idiotas, a las del sabio y a las del rustico, al uno no hay para que satisfacer, el otro contentese con entretenerse por un cuarto.

La heterogeneidad del público es un hecho reseñado en los tres casos. Asimismo, todos señalan de manera implícita o explícita que el lector no siempre está capacitado para comprender o gestionar bien la información.

Por un lado, tanto emisor como receptor comparten un espacio comunicativo, con sus imaginarios y creencias, que facilita la credibilidad de ciertos mensajes. Por otro, hay un público que demanda un producto, sea información, opinión o entretenimiento. Y mientras que haya demanda, habrá oferta. Los programas más repugnantes de la televisión triunfan porque tienen una audiencia fiel. Los bulos se difunden porque son creíbles y porque, en el fondo, el lector le quiere dar credibilidad.

No había alfabetización mediática en el siglo XVI. Es un invento moderno, de los buenos, que Natalia Bernabeu y otros expertos definen como “la capacidad para acceder, analizar y evaluar el poder de las imágenes, los sonidos y los mensajes a los que nos enfrentamos día a día y que son una parte importante de nuestra cultura contemporánea, así como la capacidad para comunicarse competentemente disponiendo de los medios de comunicación a título personal”.

La alfabetización mediática, en especial la informacional, tiene sus límites. Como ya hemos indicado, si crees en el Anticristo, es más probable que estés dispuesto a creer una información vinculada con su llegada. En cualquier caso, la Sociedad de la Información exige una especial sensibilidad con la transmisión de información, y que es esencial si queremos mantener un entorno mediático sano y unas instituciones democráticas libres.

Porque ayer creían en el Anticristo. Hoy, en Estados Unidos, hay una parte importante de la población que cree en un fraude electoral. Y mañana, Iván Redondo nos puede hacer creer lo que le plazca... si es que no lo hace ya.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

1 de abril de 2021

  • 1.4.21
La muerte es siempre una cuestión delicada, y lo es aún más en los tiempos que corren. Sin embargo, es Semana Santa. Da igual cómo se quiera endulzar, la Pasión es una historia de muerte y, sí, también de resurrección.


Puesto que las ‘pelis de romanos’ están ya muy vistas, vamos a recomendar dos películas que toda persona cultivada debería conocer y que están de aniversario. En concreto, nos centraremos en sus representaciones de la muerte, la Muerte como personaje: Las tres luces y El séptimo sello. Advertencia: el texto está plagado de spoilers, pero también de buen cine.

Hace un siglo, en 1921, se estrena en Alemania Der müde Tod, de Fritz Lang, que llegaría a España en 1923 como La muerte cansada o Las tres luces. Su estreno germano vino precedido por otras películas que se integran en el movimiento conocido como ‘Expresionismo Alemán’, al que ya dedicamos unas palabras aquí –para profundizar en el cine alemán de Entreguerras, recomiendo el exquisito documental Von Caligari zu Hitler: Das deutsche Kino im Zeitalter der Massen (De Caligari a Hitler: el cine alemán en la era de las masas, 2014), presentado en el Festival de Cine de Sevilla.


El director de Der müde Tod, Fritz Lang, es uno de los grandes directores de la Historia del Cine. Maestro en todos los géneros que trató, es conocido por la primera gran saga cinematográfica de la Historia, la del Doctor Mabuse o por su monumental Metrópolis (1927). Sus dos partes de Die Nibelungen (Los Nibelungos, 1924), siguen siendo una lección de fotografía y hasta tuvo la valentía de dar voz a un asesino de niños ante un tribunal de mafiosos en M (M, el vampiro de Düsseldorf, 1931).


Si bien, vamos a desacralizar. Lang era un maestro del espectáculo al que se le daba genial narrar. Su padre era arquitecto y lo convirtió en un estudiante forzoso de Arquitectura. El muchacho tenía aspiraciones artísticas en una sociedad destrozada por la guerra y encontró en el cine, todavía en pañales como arte, y en la industria cinematográfica alemana –que todavía podía competir con Hollywood–, un ámbito artístico donde desarrollar su enorme talento.

Es fácil y, a la vez, complejo comparar Der müde Tod con la sueca Det sjunde inseglet (1957), que llegaría hace sesenta años a España, en 1961, a través de San Sebastián como El séptimo sello. Se trata de una de las obras clave de la cinefilia gafapasta y, sin duda, una de las mejores representaciones de la muerte en el Séptimo Arte.

Su director, Ingmar Bergman, era hijo de un pastor luterano y su obra cinematográfica está salpicada de conflictos humanos, casi metafísicos, necesitados de narración. Abnegado en su obra cinematográfica y teatral, Jungfrukällan (El manantial de la doncella, 1960), la perturbadora Vargtimmen (La hora del lobo, 1968) o la descorazonadora Gycklarnas afton (Noche de circo, 1953) son algunas de sus obras más relevantes.


Tanto en Der müde Tod como en Det sjunde inseglet, la muerte aparece como un personaje masculino condicionante de la acción. En Der müde Tod, en un momento y lugar indeterminados que se asemeja a la Alemania profunda decimonónica, la Muerte se lleva al amado de la protagonista mientras están de luna de miel.


La Muerte (Bernhard Goetzke) ofrece cuatro oportunidades a la protagonista (Lil Dagover) para recuperar a su amado (Walter Janssen). En las tres primeras, debe evitar que la Muerte, personificada y caracterizada, acabe con el amado antes de que se apaguen tres velas encendidas. Cada vela se corresponde con tres escenarios y situaciones diferentes: una ciudad musulmana durante el Ramadán, Venecia durante su carnaval o la China Imperial. Por supuesto, la Muerte triunfa en todas las ocasiones.

Sin embargo, la protagonista tiene una última oportunidad, que es donde la película alcanza cierto fondo moral: intercambiar el alma de su esposo por el de cualquier otro. Inconsciente, la recién casada cuenta su historia y pide a otros que hagan el sacrificio de sus vidas. Los interesados se niegan, como es lógico.

Tras producirse un incendio, un bebé queda atrapado y la protagonista debe decidir entre cambiarlo por su esposo o devolvérselo a su madre. En un último acto de lucidez, la amante devuelve el niño a su madre y acepta la oferta de la Muerte de ir con él para reencontrarse con su amado.

Der müde Tod es una historia romántica en el que un conflicto humano es excusa para llevar a cabo una película de aventuras con fondo moralista. No hay tanta reflexión metafísica como tal. Todo lo contrario que Det sjunde inseglet. Un cruzado (Max von Sydow) y su escudero (Gunnar Björnstrand) retornan a Suecia. Naufragan en el camino y la Muerte se dispone a llevarse al cruzado, Antonio Block.


Block no se siente preparado para morir y desea tiempo para encontrar un sentido a su vida. Le pide una partida de ajedrez a la Muerte, que acepta por diversión. Una prórroga que alargará lo inevitable, pero que le permitirá profundizar en sus conflictos y realizar una buena acción antes del fin. Por otro lado, Block se encuentra con unos comediantes vitalistas que contrastan con el ambiente opresivo de la Suecia medieval y con la angustia generalizada que produce la peste negra.

En ambos casos, la Muerte como personaje tiene un rol clave. De hecho, no son pocos los que han señalado la influencia de la Muerte representada por Goetzke en la Muerte de Ekerot. Sin embargo, sus concepciones son diferentes.

Bernhard Goetzke nos ofrece una personificación de la muerte que, en efecto, es ineludible. Serio y eficiente, se las arregla para llevar a cabo sus ejecuciones con precisión. Si bien, lo más interesante del personaje puede ser que es un ente de la existencia que siente cierta piedad y compasión. Ejerce su cometido porque tiene que hacerlo, puesto que forma parte de algo más grande que él.

Una muerte romántica a la alemana. Es el final de la joven, que encuentra en su fin la única manera de reencontrarse con su amado. Llegados a este punto, quizá sea interesante señalar, como anécdota, que el título de la película fue traducido como Destiny en su versión inglesa. El destino de todos es la muerte, aunque le pese a él mismo.

A todos los efectos, la Muerte de Bengt Ekerot es un funcionario. No tiene piedad, ni concede prórrogas, aunque no duda en posponer la ejecución de la ‘resolución administrativa’, por decirlo de algún modo, si puede divertirse un poco. En cualquier caso, al final, la ejecución de la resolución es ineludible. Forma parte de algo más grande que él, al igual que la Muerte de Der müde Tod, pero al mismo tiempo desconoce qué cosa es esa. No se integra en una realidad superior sino que, al igual que el ser humano, él mismo es una pieza aislada bajo un cielo que guarda silencio.

La Muerte se permite jugar con el cruzado y, frente al rostro serio e, incluso, amargado del ejemplo anterior, Ekerot nos muestra una Muerte de sonrisa irónica, casi pícara. Mientras mata a uno de los comediantes, que había simulado un suicidio, no duda en hacer uso del sarcasmo: “¿Acaso no te habías suicidado?”. Admite no saber qué hay más allá de él. No conoce el ‘sentido’ que busca Block. Sin embargo, al final, sin que aparezca ante la cámara, su presencia se torna tan oscura como temible, deshumanizada.

Si la característica más humana de la Muerte de Der müde Tod es su compasión, hasta el punto de ofrecer consuelo –aunque a su manera–, las de la Muerte de Det sjunde inseglet son su desconocimiento de lo que hay más allá de él y su curiosidad. El ejecutor de la ira de Dios desconoce de Su existencia y siente cierta curiosidad por las tribulaciones del cruzado.

Si la imagen de la Muerte con un muro sin fin a sus espaldas tiene un cariz romántico, la escena de la confesión de Block es una oda al existencialismo. Atormentado, Block se aferra a una reja: “Quiero confesarme y no sé qué decir; mi corazón está vacío”. Al otro lado de la reja, sin que él lo sepa, no lo escucha un sacerdote, sino la propia Muerte. Caronte hacia lo desconocido –la nada, el Infierno, el Purgatorio o la Salvación–, la Muerte escucha con curiosidad las tribulaciones del cruzado y le cuestiona sobre el origen de sus sufrimientos.

Lang toma una cuestión existencial de excusa para narrar al gusto de un público de Entreguerras necesitado de evasión, mientras que Bergman hace uso de los artificios del discurso cinematográfico para ofrecer una reflexión de carácter existencia a la generación del baby boom, la generación que aprendió a temer la bomba atómica.

Una diferencia notable en la narración que no podemos obviar es que, aunque ambas películas están en blanco y negro, Der müde Tod es una película muda, mientras que Det sjunde inseglet está llena de sonidos y matices. La película germana se encuentra más limitada en la narración, aunque no lo consideramos excusa para no ofrecer cierta profundidad.


Las también alemanas Das Cabinet des Dr. Caligari (El gabinete del doctor Caligari, 1920), de Robert Wiene, y Von morgens bis Mitternacht (Del mediodía a la medianoche, 1920), de Karl Heinz Martin, son dos películas que ofrecen reflexiones interesantes que, sin embargo, preceden a Der müde Tod.


La pasión es otro punto divergente. La joven esposa no gestiona bien el duelo y, en un acto romántico, acepta la muerte como forma de reencontrarse con su amado. Por tanto, Der müde Tod es la historia de un duelo. Por el contrario, Det sjunde inseglet es una historia de pasión. Aunque llega a alcanzar cierto grado de aceptación en el momento en que facilita la huida a los comediantes, al final, Block se derrumba, tapándose la cara con las manos. Da lo mismo, pues acaba sumándose a la danza macabra.

El fondo de la película alemana es interesante, pero trivial, al igual que ocurre con otras películas de Lang, como la saga de Mabuse o Die Nibelungen. Quizá, la excepción la encontremos en M –me niego a aceptar Metrópolis como una película profunda–, donde el guion ofrece una reflexión genuina y valiente. Como bien señala Siegfried Kracauer, la mafia resulta más eficiente que el Estado, los mafiosos se convierten en jueces de la moral y un asesino de niños acaba siendo víctima de la enfermedad mental y del loco deseo capitalista.


Si bien conviene señalar que M desciende a los asuntos humanos más inmediatos, y no entra en cuestiones metafísicas. Por el contrario, Bergman nos ofrece un canto a la vida tan potente como el Zarathustra nietzscheano. Gozar la vida como los comediantes, desde la aceptación de la muerte.

Lang se nos presenta como maestro del artificio, Bergman como el filósofo de la cámara. Las tres luces y El séptimo sello son dos relatos de muerte, pero también de amor y compasión. Dos recomendaciones cinematográficas que están de aniversario y que pueden ofrecer una visión alternativa de un tema manido, sí, pero interesante, en tiempos de Pasión.

RAFAEL SOTO

18 de marzo de 2021

  • 18.3.21
Los militantes del Partido Popular tienen nuevo eslogan: “socialismo o libertad”. Es potente. Gusta incluso a la derecha “sin complejos”. Y surge unos días después de que la izquierda más irreflexiva haya apoyado los actos violentos de quienes afirmaban defender la libertad de expresión. Libertad al fin.


¡Hasta qué punto nos puede hacer perder la cabeza esa palabra suprema! Robert Graves lo refleja a la perfección en su novela histórica Claudio, el dios, y su esposa Mesalina. Cuando el emperador le pide explicaciones por su frustrada revuelta, Cayo Silio responde: “Mis planes eran vagos. Hablé de libertad con muchos de mis amigos y ya sabes cómo es eso, cuando uno habla de libertad todo parece maravillosamente sencillo. Uno espera que todas las puertas se abran y todos los muros se derrumben y todas las voces griten de alegría”.

¿No podemos identificarnos con estas palabras todos aquellos que participamos en las protestas de 2011 contra el bipartidismo, la corrupción y contra otras tantas cosas? Hay una extensa bibliografía que trata sobre este concepto. En lo que a mí respecta, solo he leído una reflexión sobre la libertad que me haya impresionado.

En Así habló Zarathustra, Friedrich Nietzsche nos habla de “El camino creador”. Este camino requiere una actitud, consecuencia de la reflexión. Así, reclama: “¿Eres alguien con derecho de escapar de algún yugo? Pues no faltan quienes perdieron su último valor al escapar de la servidumbre. ¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zarathustra! Tus ojos deben decirme claramente: libre, ¿para qué?”.

Y es ahí donde encuentro el gran fracaso de mi generación y, en general, de la sociedad occidental actual. Los jóvenes nos levantamos contra un estado de cosas sin una actitud creadora. Hemos sido incapaces de proponer una realidad alternativa a aquella contra la que nos opusimos.

A diferencia de la sociedad de Posguerra, que buscó crear un mundo nuevo, nos hemos centrado en mantener y recuperar lo que teníamos antes de la crisis. Sí, es cierto. Las mujeres y el colectivo LGBTIQ+ han ganado en derechos y libertades, que no es poco.

Sin embargo, los pobres son más pobres y los ricos más ricos. Hemos analizado el capitalismo con la precisión de un microscopio de fuerza atómica, pero no hemos sido capaces de crear una alternativa viable al mismo.

Hemos apoyado nuevos partidos políticos, nuevos referentes e, incluso, la renovación de las viejas formaciones. Sin embargo, sus jugadas maestras, sus expertos en estrategia y sus juegos de comunicación política, cuando no institucional, no solo están lejos de configurar una ‘nueva política’, sino que nos han recordado a la vieja. Los principios lampedusianos siguen en pie.

La sociedad española no solo no es más democrática, sino que tiende cada vez más a los extremos autoritarios. Incluso hemos vivido persecuciones políticas civilizadas, como la que los pablistas llevaron a cabo contra los errejonistas en la Comunidad de Madrid. O menos civilizadas, como las que han llevado a cabo supremacistas catalanes en Cataluña contra los mal denominados ‘españolistas’.

El acceso a la vivienda sigue siendo una reivindicación vacía en los programas electorales. El último chiste de mal gusto del gobierno ‘progre’: incentivos que supuestamente ya existen para que los arrendadores bajen el precio de sus alquileres.

No hemos sido capaces de cambiar nada. ¿Para qué reivindicamos libertad? Hemos fallado porque no hemos sabido decir para qué queríamos esa libertad que tanto reivindicamos. Y por eso, ahora, no son pocos los que afirman que echan de menos la política aburrida.

¿Aceptamos la hipótesis del puñal en la espalda? ¿Podemos y Ciudadanos nos fallaron? ¿O acaso hemos sido nosotros los que hemos fracasado? Con mucha probabilidad, haya sido una combinación de todo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

4 de marzo de 2021

  • 4.3.21
Vas a la peluquería y pides que te hagan el corte de una manera determinada. Hasta tal punto que, en ocasiones, transmites ideas contradictorias. En otros momentos, das una respuesta parca a la consulta del profesional. Si te conoce, incluso le puedes responder que “como siempre”.


En cualquier caso, al final, te estás poniendo en manos de un profesional que interpreta tus instrucciones como mejor puede, sabe y/o quiere. Incluso, en el caso más bienintencionado, el peluquero tiene una destreza profesional que puede ir desde la excelencia a la incompetencia. Y en los casos peor intencionados, puede hacer lo que le dé la gana, dentro de unos límites, o te convence para que adoptes el corte que más le convenga. Vamos, lo que pasa en todos los oficios.

Cuando se solicita un recorte de derechos y libertades públicas ocurre algo análogo. Todos confiamos en el buen criterio y saber hacer del legislador. En un país que supera los cuarenta millones de seleccionadores nacionales, cada cual da su opinión y su criterio. Y en esa peluquería que puede llegar a ser el Congreso de los Diputados, tenemos en plantilla a figuras como Santiago Abascal, Gabriel Rufián o Irene Montero, flor y nata de la mediocridad hispana.

Unos pedirán al legislador que, por sentido común, los partidos independentistas sean ilegalizados. Otros solicitarán que se ilegalice a los partidos que denominan ‘fascistas’, mientras que otros exigirán que se haga lo propio con esos “masones” y “comunistas” que “se están cargando España”. Conforme al artículo 6 de la Constitución, los partidos políticos son el instrumento fundamental de participación política, ¿a quién se la deniegas? ¿Cómo haces para ejercer el recorte con moderación?

Sin ir más lejos, todavía estamos sufriendo las manifestaciones pacíficas y no tan pacíficas de quienes reivindican el derecho a enaltecer el terrorismo en una canción –libertad de expresión y, a su vez, a la creación artística, artículos 20.1a) y 20.1b) de la Constitución–, así como a decir cualquier cosa, por muy bárbara que nos parezca.

Otros, en cambio, defenderán la censura de todo aquel que atente contra ideas feministas –o de algunas feministas–, contra creencias religiosas o cualquier otro concepto o tema contradictorio, en una creación artística o en un género de opinión en prensa, por ejemplo. Porque sus ideas propias deben ser aceptadas y sus contrarias rechazadas en cualquier estado democrático, so pena de no serlo.

Esos que defienden la comisión contra las fake news sin representación judicial, ni del oficio periodístico –volvemos al artículo 20 de la Constitución–, ¿se imaginan un arma así en manos de un Jorge Fernández Díaz? Si mañana hubiera un Gobierno de coalición entre PP y Vox –hoy en día, todo es posible–, ¿se imaginan a estos personajes en una comisión que decidiese qué noticias son falsas y/o tienen intención de serlo, y cuáles no? ¿Con qué derecho moral podrían los ‘progres’ oponerse?

Y otros tantos ejemplos de derechos que están en peligro de ser recortados y, lo que es peor, que una parte significativa de la población está solicitando que se recorten. Siempre y cuando se limiten en los términos que estos ciudadanos soliciten, por supuesto.

Son los legisladores los que deben aprobar las leyes que materializarán estas limitaciones o recortes solicitados. Personas que tienen ideología y, sobre todo, intereses. Tienen una estrategia de comunicación y una disciplina de partido. Hoy pueden limitar derechos al gusto de unos, y mañana pueden hacerlo al gusto de los que se encuentran en la acera contraria. Y a los dos asiste el mismo derecho.

No lo olvidemos: no sería la primera vez que esos derechos y libertades se limitan o recortan al disgusto de casi todos. La reforma del artículo 135 de la Constitución se pudo resumir pronto y mal en que, ya nos podemos estar muriendo de hambre, que el Estado priorizará siempre el pago de la deuda externa. Y esa reforma se hizo con un acuerdo entre ‘progres’ y ‘fachas’ del PSOE y del PP.

Por todo lo expuesto, hay que ser cuidadosos cuando se defiende el recorte de derechos y libertades. Porque el ‘peluquero’ puede ser mejor o peor intencionado. Y también puede tener más o menos habilidad. Pero como entremos en ese juego, antes o después, el que acabará fastidiado serás tú.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

18 de febrero de 2021

  • 18.2.21
Como buen democratacristiano, Pablo Casado es un hombre temeroso de Dios. Quizá, por eso, asediado por un pasado que, en el fondo, sabe presente, tiene muy en cuenta las palabras de San Pablo a los corintios: “Que cada cual se fije bien de qué manera construye [...] Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa; si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como quien se libra del fuego”.


Quizá sea esta la razón por la que este Pablo, Pablito, Pablete ha decidido que conviene abandonar aquella pecaminosa construcción de la calle Génova para buscar una nueva donde culminar su obra. Una, grande y limpia de las pezuñas de la corrupción. Y, en el fondo, puede que hasta se crea que, con eso, “el autor se salvará” del azote de Vox y de la abstención.

Pongo muy en duda que el personal olvide casi dos décadas de corrupción con un cambio de sede. Casi tanto como la pretensión de conseguirlo con un equipo que cuenta con las bendiciones del antiguo Sumo Pontífice, José María Aznar, y sus gerifaltes.

Quizá, Soraya Sáenz de Santamaría, más limpia y pura en cuanto a corrupción se refiere, podría haberlo conseguido. Fue la más apreciada por los simpatizantes en las primarias de su partido y, dicho sea de paso, por aquellos que querían lo mejor del marianismo sin lo peor de Rajoy. Ella fue la mujer que dio la cara por el Gobierno del tijeretazo, y los afiliados lo sabían.

Sin embargo, Sáenz de Santamaría no fue del gusto de los viejos gerifaltes, con los que pretendía romper para limpiar el partido. Y se fue de la política, en un gesto que demostró su superior inteligencia con respecto a sus rivales. Ella no fue una política profesional, y se fue con la cabeza alta –o tan alta como lo podía hacer un miembro de un Gobierno caído en Cortes por la corrupción de su partido–.

No me extiendo mucho más en esta cuestión, pues creo que poco queda ya por decir de un partido demasiado comprometido por su pasado. Para ser sinceros, no me gusta hablar del Partido Popular en exceso, porque poca novedad y poca denuncia se puede hacer ya de un partido que hace tiempo que olvidó lo que es la vergüenza. Ya no queda nada por decir que no se haya dicho ya.

Vamos ahora con un tocayo del buen Pablo. Y es que nuestro buen Pablo Iglesias no podía tener un nombre más religioso. Y, las cosas como son, tampoco desentonarían en su boca las palabras más duras de San Pablo a los filipenses: “¡Cuídense de los perros, de los malos obreros y de los falsos circuncisos!”.

Y es que este Pablo, Pablito, Pablete siempre ha tenido un punto de puritanismo difícil de digerir. Quizá, por eso, necesite hablar del Gobierno al que pertenece como algo ajeno, pecaminoso y detestable.

Es difícil conciliar la ortodoxia con el día a día, y la política no da facilidades a la moralidad. Él lo sabe bien, pues es fiel seguidor de la saga de Juego de Tronos. Ned Stark perdió la cabeza por seguir sus principios, y los mártires molan y se exaltan cuando su Documento Nacional de Identidad no se corresponde con el tuyo.

El líder de Unidas Podemos afirma que España vive un déficit democrático. Es cierto. La censura, la autocensura y la postcensura son realidades irrebatibles; la Justicia española está comprometida; la prensa tradicional y no tan tradicional ha perdido su credibilidad –lo que está justificando a su vez la censura–; todos los viejos partidos tienen conexiones con sus pasados corruptos –en mayor o menor medida–; el Código Penal está anticuado y otras muchas situaciones que requieren un enérgico ejercicio de limpieza.

La situación de la democracia española es peor que la que teníamos en 2011, cuando Pablo fue iluminado por el movimiento 15M, del que se acabaría adueñando. Si bien, ¿acaso no ha contribuido él mismo a empeorar esa calidad democrática con leyes de censura, persecuciones que ahora sufre en carne propia y ortodoxias que ahora le obligan a hablar de su Gobierno en tercera persona? ¿Acaso no ha denunciado, perseguido y expulsado él mismo a errejonistas, teresistas y a otros elementos díscolos de su partido, apuntando con el dedo a los “malos obreros”?

¡Ay! Perseguido se siente Pablo Hasél, un rapero que no conocían ni en su casa y que ahora ha ganado notoriedad internacional. Como ya he señalado, el Código Penal está anticuado, y las penas a este individuo son un buen ejemplo.

Nadie debería ser condenado por la vía penal por una letra, pues hay otros mecanismos de castigo menos lesivos. Ni por una letra que atente contra la Corona, ni por una letra neonazi; ni por una letra que defienda el terrorismo, ni por una que describa una violación; ni por una letra que defienda el supremacismo catalán, ni por una que defienda los beneficios de los coches bomba. 

Hay libertades que son casi sagradas en democracia. Tres de ellas están amenazadas a día de hoy: la libertad de información, la libertad de creación artística y la libertad de expresión. La corrección política nos acerca más a las antorchas que a la iluminación.

Pablo, Pablito, Pablete Hasél me parece un individuo cobarde y repugnante. Cobarde por esconderse en una universidad tras haber ladrado como el peor de los supremacistas catalanes, en la búsqueda de un relato épico cercano al martirio donde solo hay letrina. Repugnante por su enaltecimiento del terrorismo y su agresión a un profesional de la información –por el que fue condenado, con justicia, a seis meses de prisión–, entre otras bendiciones que ha ido repartiendo. Y dicho esto, insisto, nadie debería ser condenado por la vía penal por una letra.

Me he planteado si asociarle una cita bíblica, como en los dos casos anteriores, pero no deseo faltar el respeto a mis lectores más religiosos asociando a este personaje con San Pablo. La desproporcionalidad de su pena no lo hace menos despreciable.

Me preocupa seriamente que la extrema izquierda y algún confundido hayan asumido la causa de este criminal como suya. Del mismo modo, me preocupa que se equiparen la absurda pena por injurias a la Corona con el de enaltecimiento del terrorismo, o que las agresiones a periodistas sean obviadas con tanto descaro. Pero los extremistas necesitan mártires, y Pablo Hasél ha tenido el buen criterio de no irse de cerveceo a Bélgica. ¿Alcanzará la santidad?

Pablos, Pablitos, Pabletes que nos traen de cabeza. Quizá otro día hablemos de Pedro y Santiago. Uno se afana en conservar las llaves del paraíso como Gollum el anillo único, convencido de ser un personaje de House of Cards y un Kennedy con salero. El otro lidera a otros puritanos del mismo pelaje que los de Iglesias, pero con toques medievales, con la extraña costumbre de arengar a su líder al grito de “¡Santiago y cierra, España!”.

En paz descanse doña Inés, que de los muertos en política no es menester hablar. Prestemos atención, pues todavía se puede escuchar su voz entre los fríos mármoles del Congreso. Puede que el Senado sea una tumba de elefantes, pero el Congreso cuenta todavía con algún fantasma –y no, no estamos hablando de ese rufián de san Gabriel, anunciador de la buena nueva supremacista–.

¡Ay, España nuestra! Divina, humana y heroica. España diversa, empequeñecida y esclava de tus pasiones. ¿Alguna vez llegará a ti la sensatez de la república de todos? Mejor dicho, ¿algún día conocerás la sensatez?

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

4 de febrero de 2021

  • 4.2.21
Es un día agotador en el trabajo. Debido a la covid-19, te exigen más que antes –tanto los que tienen muy en cuenta que tienen otros miles de personas dispuestos a hacer tu trabajo, como aquellos usuarios o clientes inconscientes que no se quieren enterar de qué va el asunto–, te pagan lo mismo si tienes suerte, y te diriges a tu hogar planteándote si tiene sentido tanto esfuerzo.


En el camino a casa, procuras aprovechar el tiempo pensando en tus cosas: facturas, citas médicas, problemas familiares y/o sentimentales… En ocasiones, un semáforo o algún imbécil que no se ha enterado de que fumar en la vía pública, y más en aceras estrechas, no es en absoluto aconsejable, te hacen levantar la cabeza y ponerte en guardia.

Cuando pasa el peligro, vuelves a tus cosas. Y te da por pensar que en algún momento tenemos que salir de este embolado. Que si la sacrosanta Unión Europea está comprando vacunas, será porque son efectivas. Que incluso la vacuna rusa, la Sputnik V, ha obtenido reconocimiento científico a través de una publicación de prestigio como The Lancet.

Como la mente es una ardilla que corretea de rama en rama, no puedes evitar el recuerdo de las negociaciones de la Unión Europea con AstraZeneca. Una tomadura de pelo, consecuencia directa de confiar sin cortapisas en la buena voluntad del sector privado mientras juega con el dinero de todos. Si pudieras expropiar y nacionalizar esas empresas, se iban a enterar…

Y de repente, te viene a la cabeza que Pablo Iglesias, líder de Unidas Podemos, también parece haberlo pensado. "No me temblaría el pulso en nacionalizar farmacéuticas si tuviera el poder y eso garantizara el derecho a la salud", afirmó hace unos días en una entrevista en Infolibre. Es entonces cuando el corazón se te divide.

Es cierto, estamos en manos de las farmacéuticas privadas, y eso nos debilita. Por otro lado, como la mente es traviesa, caes en el viejo recuerdo de El Comandante Chávez, expropiando a pie de calle en un acto tan polémico y estudiado como propagandístico al grito de “exprópiese”. Y sonríes. Lo sabes. Vincular Podemos con Venezuela es demasiado fácil, demasiado usado, demasiado mediocre. Pero Iglesias lo pone tan fácil… 

Con tantas leyes que dice promover por su presencia en el Gobierno, esperas que algún día se acuerde de la prometida regulación del precio del alquiler, de la reforma laboral u otras cuestiones más vinculadas con el día a día. Que lo de la eutanasia y los trans están muy bien, pero que los que los blancos y heteros, mujeres y hombres, tenemos otras preocupaciones más urgentes.

Te acercas al hogar. Empiezas a pensar en el almuerzo que, por suerte, dejaste hecho y dispuesto en un táper el fin de semana. Mealprep lo llaman los entendidos en el noble arte de buscar anglicismos para todo. Y pasando por las tiendas, te angustias por lo caro que está todo, así como por lo poco que dura el dinero en la cartera. Para que encima los de la radio informen de que, según el Instituto Nacional de Estadística, el Índice de Precios de Consumo (IPC) ha bajado un 0,5 por ciento. Manda cojones el asunto.

Llegas a casa, dando a gracias al cielo por tener a alguien que te reciba con una sonrisa, y que esa persona esté sana y trabajando. Desinfectas el móvil, las llaves y las suelas de los zapatos. Y te duchas, hambriento como estás, no vaya a ser que transmitas el bicho en casa. Porque recomiendan hacerlo, y sigues las instrucciones que te dan, porque no tienes ni puñetera idea de epidemiología, y con tu casa no te la juegas.

Calientas la comida y te sientas ante el televisor con un plato lleno y una cerveza fría por delante. Una birra que, antes, rara vez te acompañaba en las comidas rutinarias y que, ahora, consideras que te has ganado por haber llegado sano y salvo a casa, sin prenderle fuego a nada y sin arrancarle la cabeza a nadie. Un día más echado. O un día menos, según el caso.

Cansan las noticias vinculadas con la pandemia, pero sabes que son necesarias. Infoxicado y agotado en el alma, ya no te causan efecto las imágenes de ataúdes; las declaraciones de personas en situación de desempleo o inmersos en expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE), o las voces desesperadas de los sanitarios.

Por quedarte, no te queda ya alma para las informaciones que versan sobre la situación de las personas con discapacidad que ya nadie atiende, los solitarios viudos de la covid o los desafortunados de toda la vida, puesto que el capitalismo no es invento de AstraZeneca, y lleva jodiendo a la gente desde hace bastante tiempo.

En silencio, has devorado tu plato y bebido casi sin placer la cerveza. Si eres afortunado, tienes a otra persona al otro lado de la mesa que ha hecho lo propio, y te planteas empezar una conversación. Sin embargo, el informativo no te espera, y te informa de que ha habido una sesión del Congreso de los Diputados.

En la pantalla, el Kennedy español, luminaria del progresismo épico y brother intermitente del líder de Unidas Podemos, afirma que Vox tiene “destellos de sentido de Estado y de responsabilidad”. Mientras, el mediocre sucesor de Mariano Rajoy, socio indiscutible y discutido de Vox en diferentes gobiernos locales y regionales, reprocha a Pedro Sánchez que “cualquier día se le ve disfrazado con cuernos de búfalo, junto a los asaltantes del Capitolio”, por el apoyo que le ha prestado la extrema derecha con su abstención.

¿Quién te lo puede reprochar? Ya ni le preguntas a tu pareja por su día. Te cabreas y te entran unas ganas tremendas que prenderle fuego a todo. Pero claro, te acabas cortando, no vaya a ser que alguien te oiga y piense que eres un tipo violento. Así que apagas el televisor y lo mandas todo a la mierda. La siesta es el olvido y, con suerte, ya caerá un meteorito en algún momento de 2021 que haga el trabajo por ti. O quizá haya un apocalipsis zombi, o nos devore un terremoto, o quizá vuelva Windows Vista. Todo es posible, te dices, mientras que cierras los ojos con la firme intención de no pensar en nada.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

21 de enero de 2021

  • 21.1.21
El pasado 14 de enero, Endesa publicó en su página web una explicación divulgativa sobre las causas de la subida de la electricidad en el mercado regulado. En esta explicación, que es consultable aquí, se señala la importancia del mercado en la fijación de los precios: “El precio del kWh en la tarifa regulada PVPC cambia según la oferta y la demanda de energía”. Dicho de otra manera, esto es el capitalismo y te fastidias, chaval.


Como no han tardado en recordarnos los pastores pseudoprogresistas, fueron Felipe González y, sobre todo, José María Aznar los que promovieron la liberalización del mercado energético. Una liberalización que Aznar llegaría a calificar en 2002 como “irreversible”. Ni el Partido Socialista, ni el Partido Popular están en posición de dar lecciones al respecto.

Ahora bien, dicho esto, quisiera realizar una serie de consideraciones. En primer lugar, pocas realidades me resultan irreversibles si hay voluntad de cambiarlas. En segundo lugar, España tiene un serio problema con el almacenamiento de energía. Es cierto que es de los que más energía renovable almacena pero, en términos generales, el almacenamiento de energía en España es difícil y caro.

Por otro lado, la subvención de la factura eléctrica no es una opción. Más allá del necesario bono social para la protección de las personas en situación vulnerable –cosa innecesaria si el mercado no se hubiera liberalizado o, al menos, hubiera alternativas públicas–, lo cierto es que no podemos pretender que el Estado cubra toda la factura eléctrica.

Por último, hay opciones, dentro del mercado. Lo han demostrado Barcelona Energía y, sobre todo, Eléctrica de Cádiz, vinculados con los ayuntamientos de Ada Colau y José María González Santos, Kichi. Es cierto que son realidades que todavía deben asentarse, pero han demostrado que es posible plantear alternativas. 

De hecho, entre las propuestas electorales de Unidas Podemos estaba “crear una empresa pública eléctrica para para llevar a cabo la transición ecológica, luchar contra el cambio climático y bajar la factura de la luz”. Hay opciones, pero hay que tener la voluntad de encontrarlas.

Puesto que Unidas Podemos y el excelentísimo Gobierno del que forma parte están tan preocupados por los cortes de suministro, ¿no se podía haber hecho algo antes? Nadie podía prevenir Filomena hasta pocos días antes. Ahora bien, ¿acaso no sabemos todos que en enero y julio sube la factura?

En lo que llevamos de legislatura, eterna legislatura, se ha aprobado la urgentísima y necesarísima Ley de Educación, más conocida como Ley Celaá, sin diálogo con el sector educativo. Por otro lado, otra ley sin la que no podíamos pasar era la Ley de Memoria Democrática, que sustituía a otra norma con rango legal que nunca se llegó a cumplir del todo. 

Desde el punto de vista normativo, parece que no podíamos vivir tampoco sin el Procedimiento de actuación contra la desinformación que, como ya explicamos aquí, puede dar lugar en la práctica a una oficina censora.

Sí, es cierto. En su haber tiene leyes necesarias, como la Ley de Eutanasia o la Ley de Protección de la Infancia y la Adolescencia. Algo bueno tendrán que hacer. Pero incluso las medidas conducentes al Salario Mínimo Vital ha demostrado ser un fraude político por su escaso alcance y lo reducido de su cuantía. ¿No era mejor reforzar las ayudas que ya había?

Las grandes preocupaciones de los españoles siguen sin ser atendidas. Apenas se ha tocado la normativa vinculada con los precios de la electricidad, el agua o el alquiler. Por otro lado, más allá de la verborrea habitual, la reforma laboral de Rajoy sigue en pie, según Yolanda Díaz, ministra podemita de Trabajo, por la complejidad de su reforma.

El Plan Anual Normativo aprobado en 2020, donde se recogen las iniciativas legislativas y reglamentarias que el Gobierno tiene previsto aprobar antes de finalizar el año, apenas recogió normas vinculadas con estas cuestiones fundamentales.

Unidas Podemos sabe que la desidia del Gobierno en el que se integra no es razonable, ni siquiera para los suyos. Por eso, lleva meses optando por la auto-oposición, criticando las decisiones del Gobierno como si no formara parte del mismo. 

Hasta tal punto llegó esta esquizofrenia, que llegó a poner trabas a la aprobación en el Congreso de unos Presupuestos a los que ellos mismos dieron luz verde en el Consejo de Ministros. Y eso, por no hablar de que, según el propio líder morado, han tenido que soportar el feo de que no se les informara de la fuga del Emérito.

Cabe preguntarse, ya que tan mal ven las decisiones del Gobierno, si no les valdría la pena abandonarlo. Pero claro, surge la eterna cuestión: sin ellos no podrán realizarse las grandes reformas necesarias. Como si de los cuidadores del patio se tratasen, los ministros podemitas velan por el buen comportamiento de los miembros socialistas del Gobierno.

Sin embargo, tras el tiempo pasado, cabe también preguntarse qué reformas son esas que se quieren implementar y que no han podido o querido aprobar todavía. Hasta Alemania, país poco sospechoso de seguir la ortodoxia progresista, ha aprobado mecanismos análogos a los expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE). ¿De qué puede sacar pecho este Gobierno?

Hasta ahora, en líneas generales, las normas que se han aprobado son aquellas que han facilitado la polarización de la población o han dado más poderes al Gobierno, si no prebendas a las autonomías de siempre. Los debates han sido estériles y han ido dirigidos a los mismos fines. Las auténticas preocupaciones de los ciudadanos siguen sin ser atendidas.

Puede que los responsables del desastre de la factura eléctrica no sean los miembros de este Gobierno, así como de otras materias ya mencionada. En cambio, sí son responsables de anteponer sus intereses partidistas y de polarizar a una población exhausta, antes de solucionar sus problemas reales.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

7 de enero de 2021

  • 7.1.21
Tanto los datos de Bloomberg como los de Forbes son elocuentes: los ricos se han vuelto aún más ricos en 2020. Y eso ocurre en un momento en el que los pobres son cada día más pobres en todo el mundo. Es más, de acuerdo con Bloomberg, ha sido un año récord, con un aumento de los beneficios de 785.764 millones de dólares para las cincuenta personas más adineradas del mundo. 


Este hecho contrasta con el contexto de auténtica ruina que viven tanto los ciudadanos como el propio Estado. Hace unos días, la ministra de Hacienda y Administraciones Públicas, María Jesús Montero, señaló la posibilidad de una caída del déficit público del 11,3 por ciento en España.

Llama la atención que muchos de los que defendieron hasta hace poco las políticas más neoliberales y austericidas, ahora hayan pasado a defender una suerte de ‘capitalismo de Estado’ para reducir las desigualdades sociales. Pero ojo, no en el sentido de Estado del Bienestar, que es el viejo sueño del auténtico progresismo europeo.

Este ‘capitalismo de Estado’ tendría como fin alargar las medidas excepcionales adoptadas para paliar los efectos de la pandemia para favorecer una mutación del sistema económico capitalista. Este sistema facilitaría la liquidez a las empresas, Boletín Oficial del Estado mediante, a la vez que se mantiene subvencionada a buena parte de la población. Esta última idea resulta tentadora para diferentes políticos sin escrúpulos, que ven la oportunidad de crear redes clientelares y dependencias electorales. De las pequeñas y medianas empresas nadie habla, por supuesto…

La opinión más interesante al respecto la he encontrado en Bloomberg. Desde una perspectiva liberal, Andreas Kluth plantea una crítica tanto al liberalismo salvaje precedente como a la intención de crear dependencias económicas. En este sentido, Kluth destaca los peligros para la democracia y para las libertades individuales que puede suponer este cambio. Los fantasmas que Byung-Chul Han previó en marzo empiezan a materializarse.

Es evidente que la inseguridad y la dependencia económicas provocan recortes de libertades y derechos. Es la nueva era que viene, basándose en un principio ya bastante consabido: la desigualdad inherente al sistema capitalista.

Thomas Piketty estudió esta cuestión concienzudamente en una de las grandes obras de referencia de lo que llevamos de siglo: El Capital en el Siglo XXI. Esta obra de difícil lectura y aún más difícil producción produjo numerosas ampollas en los defensores del neoliberalismo. Algunos afirmaron que su trabajo contaba con errores estadísticos, otros que era un radical peligroso. En cualquier caso, admito tener en estima el trabajo de este académico. Y lo hago por dos razones concretas.

La primera de esas razones es que ha demostrado ser un académico honesto, en tanto en cuanto dejó en acceso abierto sus datos de investigación. Sus datos cumplen con los principios FAIR, que todavía hoy no son seguidos por la mayoría de la Comunidad Científica: Findable (localizable), Accesible (accesible), Interoperable (interoperable) y Reusable (reutilizable). La segunda razón es que sus propuestas, aunque atrevidas y progresistas, demuestran en todo momento basarse en el mundo real. Parte de un pensamiento progresista real y responsable.

Una de sus propuestas más interesantes es el impuesto progresivo sobre el capital. En la misma línea que la conocida como ‘tasa Tobin’ –que empezará a aplicarse en España en unos días tras la aprobación de los nuevos Presupuestos–, la idea de este impuesto es reducir las desigualdades entre los más adinerados y los más desfavorecidos gravando el capital.

Sin embargo, Piketty no olvida un detalle fundamental: la necesidad de cooperación internacional para evitar la evasión fiscal. De hecho, en una entrevista publicada en 2014, insiste en la necesidad de la cooperación entre Estados Unidos y la Unión Europea. En especial, con respecto a la tasa Tobin: “Es que técnicamente es muy complicada, más complicada que el impuesto mundial sobre el patrimonio. Que, además, introducirá más transparencia financiera, se sabrá el origen de cada elemento de capital”.

Si bien señala que no hace falta esperar a la existencia de un gobierno mundial, Piketty plantea la necesidad de cooperación entre las grandes economías. Quizá por ello me genere dudas la tasa Tobin que empezará a aplicarse en España. Habrá que comprobar sus efectos, y más en el contexto actual.

En cualquier caso, como bien señala el economista galo, estas propuestas son solo parches que no resuelven el verdadero problema: las desigualdades inherentes al capitalismo. Mientras que la tasa de rendimiento privado del capital sea mayor que la tasa de crecimiento del ingreso y de la producción, las desigualdades seguirán en aumento. Dicho de otra manera: “Una vez constituido, el capital se reproduce solo, más rápidamente de lo que crece la producción. El pasado devora el porvenir”.

En cualquier caso, como bien señala Agustín Monzón: “La crisis del coronavirus habría representado así la puntilla a un modelo que parecía herido, por la sucesión de fallas del mercado y la percepción de que sus costes han recaído sobre las capas más desfavorecidas, mientras las clases altas han podido sacar rédito de las políticas de estímulo implementadas por los bancos centrales, que han supuesto, sobre todo, un impulso al precio de los activos financieros”.

El sistema económico y financiero no se sostiene, no por una pandemia, sino por una situación que ya era precaria. Cada ideología buscará una solución acorde a sus ideas. El capitalismo es el único sistema económico realista que tenemos por delante. Sin embargo, plantea una contradicción inherente que crea desigualdades y que va a más en tiempos de incertidumbre. 

Y no veo solución favorable en un momento en que la población parece más adocenada y sumisa que nunca, más orgullosa de su becerril ignorancia y, sobre todo, más sensible a una situación de incertidumbre que ya parece crónica.

El capitalismo es un mal necesario por falta de alternativas serias. Por suerte, es un sistema moldeable, que debemos adaptar en beneficio de la ciudadanía para reducir las desigualdades inherentes al sistema. Una labor difícil en un momento en el que hasta el agua cotiza en bolsa.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

24 de diciembre de 2020

  • 24.12.20
Este año no puedo ir a casa de mi familia por varias razones que no vienen al caso. Echaré de menos a los míos, y más en soledad, pero hay algo que no echaré en falta: el discurso del Rey. Me estoy refiriendo a una tradición, como lo es en otras familias. La costumbre en mi hogar era escuchar el mensaje del Rey como si de un sacerdote en su púlpito se tratase. Incluso mis familiares más locuaces cerraban la boca para escuchar al ya Emérito, y ahora al hijo de su padre.


Sin embargo, a fuerza de ser sinceros, ¿qué expresa el mensaje navideño? No es más que un recordatorio de que el jefe del Estado está ahí. El discurso no aporta nada que no se sepa ya, ni tiene el más mínimo interés práctico.

De una manera ingenua, algunos buscan reproches a los que, a diferencia de él, sí gobiernan. Otros buscan razones para criticarlo, con razón y sin ella. Y lo cierto es que un Borbón, sea el que sea, no se mete en charcos cuando ofrece discursos de esta naturaleza. Son textos vacíos y bien preparados que no tienen otra finalidad que demostrar que la Corona está por encima del bien y del mal.

Como republicano, no puedo más que sentir repugnancia por estas demostraciones de poder. No lo echaré de menos. Sin embargo, en pleno siglo XXI, ¿cómo es posible apoyar un monarca como jefe de Estado? Y más a estos…

Una clave que muchas veces obviamos es que, dentro del instinto forofo, dicotómico y cainita español, los enemigos del monarca son, para muchos, su mayor justificación. Aunque parezca paradójico, la propaganda de la extrema derecha y la propaganda de la extrema izquierda han conseguido imponer en las clases más populares la idea de que la república es patrimonio de la extrema izquierda.

La virulenta oposición de podemitas (y toda su sopa de letras), proetarras, supremacistas vascos y catalanes, y otros sectores con mala imagen, incluso en los moderados de derechas, así como su reivindicación de una república, o de repúblicas de izquierda, han sido el mayor garante de la continuidad de los Borbones. Para el ciudadano de a pie, salvo que tenga formación –y muchas veces, ni eso–, es inconcebible un partido republicano de derechas.

Estoy convencido de que si la pseudoizquierda española hiciera fuerza por una república de todos, muchas de esas personas a las que hacíamos referencia reclamarían la República sin miedo. Sin embargo, eso requeriría inteligencia y responsabilidad política. Y en España, de eso no sobra.

Quizá, algún día, podamos evitar esa tradición tan fastidiosa que es ver el mensaje del Rey. Quizá podamos vivir una España democrática y republicana. Mientras… ajo y agua.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

10 de diciembre de 2020

  • 10.12.20
De acuerdo con la mitología clásica, Calipso era hija de Atlante, también conocido como Atlas, y de la oceánide Pléyane –aunque de esto último hay varias versiones. Cosa curiosa, porque lo normal es que suela ser al revés–. Por tanto, era una deidad, aunque no gozara de los dones del Olimpo.


En concreto, la dama había sido desterrada a las islas Ogigias por ser hija de su padre, castigado a sostener el Mundo en sus hombros por rebelarse contra la autoridad. Por alguna razón, Zeus no le otorgó el tercer grado. ¡Qué cosas!

Hoy, estas islas son conocidas como Islas Calipso en su honor, en los territorios que hoy se identifican con los territorios de Malta. Vivía con sus sirvientas, sin molestar, ni ser molestada, si bien lamentaba su soltería.

Un buen día, un náufrago llegó a su isla. Por lo que cuentan los mitos, el señor era experimentado y tenía buen parecer. Se trataba del rey de un territorio miserable llamado Ítaca, que ganó la gloria luchando en la terrible Guerra de Troya. Es más, el astuto Odiseo tenía fama de haber ideado la estratagema que dio la victoria a los griegos: un caballo de madera. Se contaba, además, que estaba de malas con Poseidón por haber cegado a su hijo, el cíclope Polifemo. Algo lógico, si lo pensamos bien.

Guapo, afamado y desvalido. No necesitó mucho para meterse en la cama de la pobre Calipso. De acuerdo con los relatos homéricos, ella lo cuidó y le ofreció la inmortalidad si se quedaba con ella, cosa que no aceptó, supuestamente, por recuerdo de su esposa, su hijo Telémaco y su tierra. Muy bonito todo.

Los relatos afirman que Calipso lo mantuvo preso en la isla durante siete años. Zeus se acabó apiadando de él y decidió ante los dioses olímpicos que retornase a casa. Y como ya entonces había disciplina de partido, Poseidón se tuvo que tragar el tridente y a Hermes le tocó hacerle una visita a Calipso en lo que, en la mentalidad griega, era el culo del Mundo.

Un inciso. Como ya hemos señalado, los relatos homéricos señalan que Odiseo estuvo aprisionado siete años. Hesíodo, autor cercano en el tiempo a los relatos homéricos y poco sospechoso de trabajar para el Ministerio de Igualdad, señala en su Teogonía que: “Calipso, la divina entre las diosas, habiendo tenido agradable consorcio con Odiseo, fue madre de Nausítoo y Nausínoo”.

Un “agradable consorcio” que ya había mantenido con otro de sus ligues, Circe. Al igual que ocurre con la Atlántida, la Odisea nos relata los amores del héroe con Circe, pero no nos da detalles de los hijos habidos en aquel escarceo amoroso. De acuerdo con Hesíodo, de la unión nacieron dos retoños, el “irreprochable y fuerte Latino y también a Telégono, merced a la dorada Afrodita” –me reconozco como fan de los eufemismos de Hesíodo–

Apolodoro da una versión ligeramente diferente en su Biblioteca Mitológica, afirmando que Circe fue madre de Telégono. Sobre Calipso señala escuetamente: “Allí lo acoge Calipso, hija de Atlante, y de sus amores pare a Latino. Permanece con ella cinco años, al cabo de los cuales fabrica una almadía y zarpa”–lo lamento, sigo prefiriendo los eufemismos de Hesíodo–

Por aportar un último testimonio, Cayo Julio Higino, ya en época romana, señala en sus Fábulas que Circe fue madre de Telégono y Nausítoo. No reconoce hijo alguno a Calipso, de la que dice que solo retuvo un año al astuto Odiseo.

Por tanto, Odiseo se paseó por el Mediterráneo, aceptando “agradables consorcios” con mujeres que le dieron sustento durante años, y dejándoles retoños que, por necesidad, hubo de conocer. Eso sí, según los relatos homéricos, el buen hombre fornicaba con deidades con gran pesar y recuerdo de su casa, por supuesto.

Hecho este inciso, volvemos al relato homérico. Hermes llega a las Islas Ogigias y se presenta ante Calipso para informarle de la decisión de Zeus. Le dice que le tiene que ayudar a embarcar, y que pobre de ella si se opone. Vamos, como suele decirse, encima de puta, ahora le tocaba poner la cama. Las palabras de Calipso no pueden ser más dignas de lástima:

Sois crueles, dioses, y envidiosos más que nadie, ya que os irritáis contra las diosas que duermen abiertamente con un hombre si lo han hecho su amante. Así, cuando Eos, de rosados dedos, arrebató a Orión, os irritasteis los dioses que vivís con facilidad, hasta que la casta Artemis de trono de oro lo mató en Ortigia, atacándole con dulces dardos. Así, cuando Deméter, de hermosas trenzas, cediendo a su impulso, se unió en amor y lecho con Jasión en campo tres veces labrado. No tardó mucho Zeus en enterarse, y lo mató alcanzándolo con el resplandeciente rayo. 

Así ahora os irritáis contra mí, dioses, porque está conmigo un mortal. Yo lo salvé, que Zeus le destrozó la rápida nave arrojándole el brillante rayo en medio del ponto rojo como el vino. Allí murieron todos sus nobles compañeros, pero a él el viento y las olas lo acercaron aquí. Yo lo traté como amigo y lo alimenté y le prometí hacerlo inmortal y sin vejez para siempre.

Pero puesto que no es posible a ningún dios rebasar ni dejar sin cumplir la voluntad de Zeus, el que lleva la égida, que se vaya por el mar estéril si aquél lo impulsa y se lo manda. Mas yo no te despediré de cualquier manera, pues no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo acompañen sobre el ancho lomo del mar. Sin embargo, le aconsejaré benévola y nada le ocultaré para que llegue a su tierra sano y salvo
.

En un último acto desesperado, Calipso decide dar una última oportunidad a Odiseo, que rechaza seguir con ella, aunque no ir “al interior de la cóncava cueva a deleitarse con el amor en mutua compañía”– sigo prefiriendo los eufemismos de Hesíodo–

Higino nos describe la misma escena, pero con otros matices: “[…] la ninfa Calipso, seducida por la belleza de Ulises [Odiseo], lo retuvo durante un año entero y no quiso dejarlo partir hasta que Mercurio [Hermes], siguiendo un mandato de Júpiter [Zeus], se lo ordenó a la Ninfa”. No nos ofrece los lamentos de la Atalante, pero nos cuenta que acabó suicidándose por amor a Odiseo. Cosa curiosa, si tenemos en cuenta su naturaleza divina.

Sea cual sea la versión que aceptemos, Calipso es abandonada por Odiseo, vividor y follador por excelencia de la mitología grecolatina, dejando atrás al hijo o a los hijos que quizá tuvo con ella. Y por segunda vez, pues ya había abandonado a Circe. Y no sería la última, al parecer. Todo ello, a pesar de que Calipso se arrastrase de todas las maneras posibles ante aquel vividor.

De acuerdo con los relatos homéricos, su esposa Penélope le fue fiel durante los casi veinte años de su ausencia, haciéndola objeto de proverbios vinculados con la fidelidad marital. Apolodoro es más realista y ofrece otras versiones alternativas a la versión oficial, que también recoge. Así, nos cuenta que había sido “pervertida” por el pretendiente Antínoo, o bien por Anfínomo. Tras tal deshonra a su casa, no se sabe con seguridad si Odiseo “la devolvió” a su padre Icario, como si de un objeto se tratase, o bien la mató allí mismo.

O sea, que las versiones alternativas vienen a señalar que Penélope, tras casi veinte años de ausencia marital entre la guerra y la vuelta –los sabios no se ponen de acuerdo con las fechas, como hemos comprobado–, tuvo un par de noches locas con alguno de sus pretendientes. Y el buen señor, a su vuelta, la mata o la “devuelve” a su padre por “pervertirse”, después de dejar no se sabe cuántos hijos ilegítimos a lo largo y ancho del Mediterráneo. Para el pensamiento grecolatino, “pervertirse” era cosa de hombres. Aunque no hay que irse a la mitología para encontrar casos análogos.

Todos los días nos encontramos con desaprensivos que maltratan física o psicológicamente a sus mujeres, y a mujeres que se arrastran por miedo a la soledad o por amor, desde la creencia de que éste todo lo puede. O por los hijos, que no es poca cosa. Ya sea por imposiciones sociales, miedos, deudas, hijos y otros hechos, son muchas las parejas que no pueden separarse, ni siquiera de quienes los o las maltratan física y/o psicológicamente.

Hoy no pude evitar recordar las historias de Calipso, Circe y Penélope. Historias de mujeres que no merecían el abandono, el desprecio, ni la violencia de sus parejas. Mujeres que fueron juguetes de hombres sin escrúpulos.

Según la mitología griega, Odiseo muere a manos de Telégono, hijo de Circe. Lo mató sin saber que se trataba de su padre. No puedo dejar de pensar que hay cierta justicia en ello. Y, quizá, los griegos también lo pensaron. Quizá se le ocurriera a un hijo abandonado. Porque cabrones ha habido siempre, en diferente grado y con diferente aceptación social. La diferencia es que hoy ya no pasamos ni una. O no deberíamos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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