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30 de julio de 2019

  • 30.7.19
He de confesar, de entrada, que desde la adolescencia he sentido una inusitada atracción por el Universo y los viajes espaciales, es decir, por la astronomía y la astronáutica. Tal afición juvenil me empujaba ir a las bibliotecas a hojear obras sobre enanas blancas, asteroides o planetas y coleccionar cuantos reportajes aparecían en la prensa que compraba mi padre acerca de los proyectos Mercury, Géminis y Apolo, además de noticias que hacían referencia a la NASA y Wernher von Braun, así como a los cohetes Saturno, las naves Spuniks, Sayuz y todos aquellos héroes, como el ruso Yuri Gagarin y el norteamericano John Glenn, que fueron pioneros en la fascinante aventura espacial, incluyendo, naturalmente, a la perrita Laika y el chimpancé Ham. Es algo que todavía me apasiona.



Pero también me ha interesado tempranamente la política y los enrevesados manejes de la gobernación, junto a las ideologías e intereses en que se basan. Tal inquietud tal vez naciera de la curiosidad por comprender la realidad política de donde procedía y la del régimen dictatorial al que recalaba por avatares familiares.

También, sin duda, por lo heredado de un padre interesado y familiarizado con la política y su pertinaz manía lectora de periódicos. Eran tiempos en que me creía capaz, con cierta pedantería, de cuestionar a Franco y su régimen ante amigos españoles de mi edad que parecían desconocer la historia contemporánea de su país, a partir de la sublevación de un general que lideró una guerra civil e instauró una dictadura que ofrecía sólo una versión torticera de lo acontecido. Como los noticiarios del NoDo.

Y en esas me he mantenido. Así, presencié en directo, a través de la retransmisión televisiva de madrugada de Jesús Hermida, la llegada del hombre a la Luna, de la que se cumplen ahora 50 años, y fui testigo de la evolución de la dictadura a la democracia, como ciudadano con derecho al voto, mediante una Transición que, con la indulgencia del tiempo, resulta sorprendente y hasta milagrosa, puesto que podía haber acabado a garrotazo limpio, como algunos pretendieron.

No ocultaré que, en plena vorágine por la democracia, yo prefería la ruptura a la reforma y optaba por la república en vez de la monarquía. Aquel apasionamiento juvenil, que me hacía devorar Triunfo, Cuadernos para el Diálogo y Cambio 16, entre otras publicaciones, fue calmándose hasta mutar en un interés adulto que contempla el devenir de lo que sucede en el espacio y en la Tierra sin las urgencias de lo inmediato y con referencias a la experiencia. Prácticamente, como cualquier abuelo que cuenta sus batallitas.

En la actualidad, conservo el interés por ambos campos de la realidad, junto a otros, pero prefiero la aventura espacial a la terrestre. Me emocionan las hazañas de rovers que recorren la superficie de la Luna o Marte, las sondas que “aterrizan” en satélites de otros planetas o sobre asteroides llenos de arrugas y los descubrimientos de exoplanetas u otros cuerpos más allá de los límites de lo conocido en el espacio profundo.

Me dejan con la boca abierta esos nuevos cohetes cuyas fases impulsoras retornan controladamente al punto de partida, y no al mar en paracaídas, para volver a ser reutilizados, y los sofisticados instrumentos, como el reloj atómico que controlará las señales, sin pérdida de tiempo por la distancia, que sirven para calcular la ubicación y la trayectoria de las naves espaciales.

También la incorporación de otros actores a la carrera espacial, como Europa y China, que rompen el monopolio de rusos y norteamericanos en la investigación científica del cosmos, y hasta las revelaciones que confirman teorías de la física, como las fuerzas gravitacionales, o nos muestran por primera vez la imagen de un agujero negro, del que se supone ni la luz puede escapar.

Conservo, en fin, una enorme fascinación por el progreso en el espacio y los logros de la astronáutica, pero me decepciona, también enormemente, el retroceso en el acontecer terrenal, donde los nacionalismos, la estrechez de miras y el egoísmo convierten la acción política del hombre en una asquerosa batalla movida por ambiciones particulares o partidistas que genera conflictos, desigualdades, guerras y pobreza por doquier.

Los avances en el espacio no se corresponden con los de la Tierra. Trump, por ejemplo, gobierna EE UU –la única superpotencia del planeta– y ordena el mundo a impulsos de sus instintos primarios e insolidarios y enarbolando un discurso grosero y ofensivo, como cualquier matón de los bajos fondos.

Ya no existen telones de acero que separen territorios en función de ideologías enfrentadas, pero continúan las divisiones por el control económico, energético, militar, político y hasta cultural de cada bando. África se desangra por hambrunas, enfermedades y conflictos que hacen huir a sus poblaciones en desbandada.

Y de Sudamérica también se huye con lo puesto por la mala gestión y los abusos en países que prometían un paraíso y acabaron instalando un infierno de déspotas y ladrones. Nuevos muros y vallas, por tierra y mar, intentan contener esas avalanchas de desesperados, que nos parecen más peligrosos que la peste, para que no se cuelen en nuestras casas y arrebaten la riqueza y el bienestar que acaparamos para nosotros solamente.

Las religiones siguen empeñadas en sus sectarismos espirituales mientras aspiran a influir en lo material, sea gobierno, sociedad o intimidad de cada cual, todo lo que pueden, como si estuvieran en posesión de la Moral absoluta y, aseguran, revelada.

Y en España, para no ir más lejos, volvemos a los viejos cainismos e intransigencias que, de antiguo, nos impiden progresar en pacífica convivencia ni estar a la altura que corresponde a un país moderno, plural, libre y civilizado. Derechos conquistados con sudor son cuestionados por exigencias del mercado y libertades arrancadas tras años de lucha y sangre son, a su vez, limitados o condicionados por unas élites que nunca han renunciado a sus privilegios ni a su modelo tradicional de sociedad.

La cultura y el conocimiento están supeditados al espectáculo o a la manipulación más insidiosa del consumismo. Comparados con los frutos de la ciencia en el espacio, la deriva de la política hacia maximalismos excluyentes, lenguajes arrabaleros y estrategias cortoplacistas o populistas que no atienden al interés general, plagadas de banderías, vetos y consignas, resultan tan desagradables que, si no fuera porque nos afectan, los aborreceríamos e ignoraríamos olímpicamente.

Pero eso es lo que quieren. Su objetivo es defraudar, que no nos interese la política, que nos conformemos con eslóganes y lugares comunes y no profundicemos en las causas y consecuencias de cada hecho, cada doctrina, cada problema y cada supuesta solución.

Que nos comportemos como un rebaño manso que vota aleccionado por la oportuna propaganda cada cuatro años o cada seis meses, según les convenga. Y que nos olvidemos de progresar como organización social de la misma manera que progresamos en el espacio.

Que no descubramos nada nuevo en la Tierra, como se consigue allá arriba donde giran los cuerpos celestes, que nos sirva para librarnos de prejuicios, supersticiones y demás ataduras de la ignorancia y la opresión. Que el individualismo, el egoísmo y la mediocridad nos hagan esclavos en cada parcela donde pleiteamos ambiciones y banalidades, y no que la cooperación, la solidaridad y el esfuerzo por el bien común orienten nuestras preocupaciones, como suele en la investigación espacial.

Y eso es lo malo de las aficiones: que unas dan satisfacciones y, otras, sufrimientos. Pero de ninguna te puedes zafar sin renunciar a tu manera de ser y tu trayectoria vital. ¿Qué se le va a hacer?

DANIEL GUERRERO

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