Las consultas de los psicólogos están repletas de personas con disfunciones varias. Desde los trastornos alimentarios hasta la depresión, pasando por la ansiedad, las adicciones y los duelos. Y es bueno que recurran a ellos porque los psicólogos son una necesidad social.
Ahora bien, sentimientos como la alienación, la angustia provocada por problemas económicos o el desempleo son problemas sociales. Un profesional puede ayudarte a afrontarlos, pero tienen unas implicaciones que requieren la acción política.
Muchas personas piensan que su vida carece de propósito, que están estancadas en su trabajo o que este no las llena, cuando su auténtico problema es que se sienten alienadas, aunque no se den cuenta de ello. El Diccionario de la RAE ofrece varias definiciones del concepto, y es la segunda acepción a la que nos referimos: “Limitación o condicionamiento de la personalidad, impuestos al individuo o a la colectividad por factores externos sociales, económicos o culturales”.
Por su parte, Karl Marx, ese gran desconocido para una mayoría de políticos de pseudoizquierda, señala en el primer volumen de El Capital: “Todos los métodos para desarrollar la producción se trastocan en medios de dominación y explotación del productor, mutilan al obrero, convirtiéndolo en un hombre fraccionado, lo degradan a la condición de apéndice de la máquina”.
Hay personas que viven al día, sin propósito, sin más aspiración que la supervivencia en el corto plazo. Son los buscavidas de turno. Pero hay otras que buscan propósito, y que no lo encuentran en la religión. Muchas de estas personas se aferran al trabajo como fuente de sentido y reconocimiento. Se dejan la vida y los nervios en un trabajo en el que son un mero engranaje.
Así, el oficinista se vuelve un apéndice del ordenador con el que trabaja y donde se deja la vista. El mecánico se vuelve una extensión de las herramientas y el profesor se torna un mueble más dentro de su aula. Las personas que tienen este problema llegan a casa, no logran desconectar del todo y acaban identificándose con lo que representan en su empleo.
“Soy el último mono”; “Este empleo está por debajo de mi potencial”; “Es un trabajo temporal. No es el empleo de mi vida”; “Yo valgo más que esto”; “¿Por qué no se me reconoce en la empresa?” y un largo etcétera. Y todo por un trabajo que, en no pocas ocasiones, es temporal o fijo discontinuo —la mayor barbaridad que este gobierno de pseudoizquierda nos ha colado—.
En resumen, una parte del malestar que muchos interpretan como un fracaso personal, en realidad procede de condiciones laborales y sociales que la psicología individual, por sí sola, no puede resolver. Ya sé que hablar de la alienación de los trabajadores no es tan interesante como hablar de machismos y feminismos, de la corrupción del partido contrario —eso de decir “presunta” ya suena de mal gusto—, o del último zasca del politicucho de turno.
Sin embargo, estoy convencido de que tratar de este tema, entre otros muchos, podría ahorrar a más de una persona los gastos del psicólogo. Y, ya de paso, entre esos otros temas, convendría abordar la necesidad de incorporar psicólogos al sistema público de salud. Pero eso lo dejamos para otro día.
Haereticus dixit
Ahora bien, sentimientos como la alienación, la angustia provocada por problemas económicos o el desempleo son problemas sociales. Un profesional puede ayudarte a afrontarlos, pero tienen unas implicaciones que requieren la acción política.
Muchas personas piensan que su vida carece de propósito, que están estancadas en su trabajo o que este no las llena, cuando su auténtico problema es que se sienten alienadas, aunque no se den cuenta de ello. El Diccionario de la RAE ofrece varias definiciones del concepto, y es la segunda acepción a la que nos referimos: “Limitación o condicionamiento de la personalidad, impuestos al individuo o a la colectividad por factores externos sociales, económicos o culturales”.
Por su parte, Karl Marx, ese gran desconocido para una mayoría de políticos de pseudoizquierda, señala en el primer volumen de El Capital: “Todos los métodos para desarrollar la producción se trastocan en medios de dominación y explotación del productor, mutilan al obrero, convirtiéndolo en un hombre fraccionado, lo degradan a la condición de apéndice de la máquina”.
Hay personas que viven al día, sin propósito, sin más aspiración que la supervivencia en el corto plazo. Son los buscavidas de turno. Pero hay otras que buscan propósito, y que no lo encuentran en la religión. Muchas de estas personas se aferran al trabajo como fuente de sentido y reconocimiento. Se dejan la vida y los nervios en un trabajo en el que son un mero engranaje.
Así, el oficinista se vuelve un apéndice del ordenador con el que trabaja y donde se deja la vista. El mecánico se vuelve una extensión de las herramientas y el profesor se torna un mueble más dentro de su aula. Las personas que tienen este problema llegan a casa, no logran desconectar del todo y acaban identificándose con lo que representan en su empleo.
“Soy el último mono”; “Este empleo está por debajo de mi potencial”; “Es un trabajo temporal. No es el empleo de mi vida”; “Yo valgo más que esto”; “¿Por qué no se me reconoce en la empresa?” y un largo etcétera. Y todo por un trabajo que, en no pocas ocasiones, es temporal o fijo discontinuo —la mayor barbaridad que este gobierno de pseudoizquierda nos ha colado—.
En resumen, una parte del malestar que muchos interpretan como un fracaso personal, en realidad procede de condiciones laborales y sociales que la psicología individual, por sí sola, no puede resolver. Ya sé que hablar de la alienación de los trabajadores no es tan interesante como hablar de machismos y feminismos, de la corrupción del partido contrario —eso de decir “presunta” ya suena de mal gusto—, o del último zasca del politicucho de turno.
Sin embargo, estoy convencido de que tratar de este tema, entre otros muchos, podría ahorrar a más de una persona los gastos del psicólogo. Y, ya de paso, entre esos otros temas, convendría abordar la necesidad de incorporar psicólogos al sistema público de salud. Pero eso lo dejamos para otro día.
Haereticus dixit
RAFAEL SOTO ESCOBAR
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL






























